Capítulo 18
J asper estaba casualmente en lo alto de la colina cuando vio a su madre y a Katie entrar en el establo. Llevaba toda la mañana prometiéndose que visitaría la tumba de Darlene, pero lo había ido posponiendo porque hoy tenía algo importante que decirle. Algo que necesitaba sacar de su corazón.
Se arrodilló junto a la roca que servía de lápida antes de quitarse el sombrero.
—Nuestra pequeña ha cumplido hoy un año, Darlene.
Es maravillosa. Se parece tanto a ti y tanto a mí.
Es la combinación perfecta de los dos, aunque espero que no se deje las botas tiradas por ahí como hago yo; sé que odiabas eso.
El corazón se le encogió de dolor, pero siguió adelante.
—Ha pasado un año desde que te dije adiós, mi amor.
Un año echándote de menos y echando de menos todos los planes que habíamos hecho juntos.
Quiero que sepas que siempre te querré. Siempre te llevaré en mi corazón y le hablaré a Darla de ti…
Pero hay algo que tengo que decirte, o más bien preguntarte hoy.
Estoy enamorado de Katie, Darlene… Se ha convertido en una madre maravillosa para nuestra hija y ella…
ella se ha hecho un hueco en mi corazón.
No creí que fuera posible, pero lo ha sido.
He luchado contra esto, pero es hora de ser sincero contigo y conmigo mismo.
Quiero seguir adelante, Darlene. Quiero volver a pensar en el futuro.
Tú siempre serás mi pasado, mi primer amor…
pero quiero que Katie sea mi futuro. En algún lugar de mi mente, creo que eso es lo que tú habrías querido.
Una brisa le refrescó la nuca, haciéndole mirar hacia la cabaña al pie de la colina.
Completamente distraído, volvió a girarse hacia la tumba.
—Te quiero, Darlene, prometo visitarte a menudo.
Quizá traiga a Katie para que te conozca…
—El ceño de Jasper se frunció al darse cuenta de lo que acababa de ver.
Se puso en pie y volvió a mirar hacia la casa, justo en el momento en que veía la parte trasera de un oso cruzar la puerta principal.
El miedo le atenazó el corazón mientras corría hacia su caballo.
Apenas un suspiro después ya estaba en la silla, espoleando al animal para que galopara.
Vio a Katie rodear la casa y trepar por una ventana, dejando las faldas enganchadas en el marco.
Se inclinó hacia delante sobre el caballo, rezando para que fuera más rápido y culpándose al mismo tiempo por no haber dejado una escopeta en la cabaña.
Solo tenía una y solía llevársela consigo al campo; nunca se sabía cuándo podías cruzarte con un puma hambriento o un oso curioso.
Ni en un millón de años se habría imaginado que un oso entraría en la cabaña. Al acercarse al establo, vio la figura delgada y nervuda de su madre intentando correr hacia él. —¡Jasper… un oso!
Jasper saltó de la silla y agarró su escopeta, gritándole a su madre por encima del hombro: —¡Vete al establo, cierra la puerta!
Su madre no discutió; en su lugar, se dio la vuelta e hizo lo que él decía.
Mientras Jasper corría hacia la casa, un millón de oraciones resonaban en su mente.
Para que Dios protegiera a Katie, para que protegiera a Darla, para que protegiera todo lo que amaba.
Cuando llegó al porche, supo que tenía que aminorar la marcha para evaluar la situación.
Miró por las ventanas y no vio rastro del oso, lo que solo podía significar que estaba en la habitación… con Katie y Darla.
El miedo hizo que le flaquearan las rodillas, pero respiró hondo para recuperar las fuerzas antes de cruzar la puerta sigilosamente.
Oyó el gruñido del oso y pudo escuchar los llantos asustados de su hija.
Su instinto le hizo apuntar a la parte trasera del oso, visible desde el pasillo, pero bajó el cañón del arma sabiendo que un oso herido era más peligroso que uno hambriento.
En su lugar, se obligó a moverse hacia la esquina más alejada del salón, rezando para que su plan funcionara. Amartilló la escopeta y apuntó hacia el techo.
Tres disparos se escucharon a kilómetros a la redonda al sonar en rápida sucesión.
Jasper cerró los ojos, rogando para que funcionara.
Oyó un traspié y un gruñido, y el oso chocó contra la mesa del comedor antes de salir disparado de la cabaña.
Fue suerte u oración, se dio cuenta Jasper en cuanto se acercó a la puerta para ver al oso huyendo a toda prisa hacia la linde del bosque.
Soltó la escopeta sobre la mesa antes de correr hacia la habitación.
Katie estaba de pie en medio del cuarto con el paraguas, apuntando como si fuera una espada, con Darla llorando a sus espaldas.
Podía ver cómo le temblaban los brazos y el puro terror en su mirada.
En ese momento, se dio cuenta de que no solo estaba enamorado de la chica intrépida de Nueva York, sino que la amaba como a su esposa en todos los sentidos importantes.
Corrió hacia ella, atrayéndola a su abrazo.
Se había interpuesto entre su hija y el oso; había estado dispuesta a arriesgar su vida por Darla.
Las lágrimas le escocieron en los ojos cuando oyó sus sollozos de alivio contra su pecho.
No se dio cuenta de que solo llevaba puestos los pololos ni de que se había raspado el codo; lo único que le importaba era sostenerla hasta que cesaran las lágrimas.
Le plantó un beso en la coronilla, sabiendo que no podía haberla amado más. —Te quiero… —Las palabras se le escaparon de la boca antes de que se diera cuenta.
Katie le miró con los ojos muy abiertos. —¿Jasper?
—Lo digo en serio, Katie, te quiero. No quería volver a amar… —Jasper rozó sus labios con los de ella y sintió que su mundo volvía a enderezarse por primera vez en un año.
Cuando se apartó, los ojos de Katie escudriñaron los suyos. Detrás de ellos, Darla había dejado de llorar y estaba fascinada por la escena que se desarrollaba junto a su cuna.