Capítulo 13
Katie se sentó en el porche después de acostar a Darla.
Se respiraba la primavera en el aire. Podía sentirla en la nieve que se derretía y en las tardes cada vez más templadas, pero su corazón aún no se había ablandado ante la idea de ser madre.
Cada vez que creía saber lo que hacía con Darla, la pequeña le demostraba que se equivocaba poniéndose aún más impertinente.
Con nueve meses, Darla había empezado a gatear y, aunque le arrancaba muchas sonrisas, Katie seguía sintiéndose traicionada por haber sido atraída hasta allí bajo falsas pretensiones.
Cuidar de la niña no hacía más que reafirmar su idea de no querer hijos.
Algunos podrían describirla como una egoísta, pero no alcanzaba a concebir la idea de que el resto de su vida estuviera ocupada en cuidar de una criatura.
La responsabilidad era sencillamente excesiva.
Asegurarse de que la niña estuviera alimentada, bañada, educada y tuviera buenos modales.
.. se alzaba ante ella como una montaña incluso más alta que las Rocosas.
Se le escapó un hondo suspiro mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla.
Le había prometido a Jasper que se quedaría hasta que pudiera buscar otra solución, pero ¿qué otras opciones había?
Aunque no estaba precisamente entusiasmada con la responsabilidad de un bebé, no podía evitar admitir que nunca había sido más feliz que allí mismo, en el rancho.
Los espacios abiertos y los cielos inmensos le habían cautivado el corazón, aunque el bebé todavía no lo hubiera hecho.
Una estrella cruzó la galaxia y una sonrisa curvó sus labios.
Recordaba haber visto estrellas en Nueva York, pero ni tantas ni tan brillantes.
No podía imaginarse volviendo a desear regresar a Nueva York jamás.
Five Points carecía de todo atractivo tras haber visto lo que podía ser la vida.
Pero eso no resolvía su problema. Adoraba a Lettie; la anciana se había convertido en su mejor amiga desde Susan.
Pero era el dúo formado por el padre y la hija lo que la confundía.
Darla le gustaba, y sabía que el afecto que la hacía sonreír también la asustaba.
¿Cómo podía amar al hijo de otra mujer cuando ni siquiera quería hijos propios?
Los recuerdos de su infancia pasaron ante ella y Katie sacudió la cabeza.
No soportaba la idea de que Darla sufriera daño o penurias en la vida.
Y lo que es más importante, era el padre de Darla quien confundía a Katie.
Ella sabía que Jasper nunca tuvo la intención de buscar una relación sentimental.
Para Katie estaba muy claro que él solo quería a alguien que cuidara de su hija.
Pero eso no significaba que su corazón hubiera acatado las reglas de él.
El alto y apuesto ranchero le había robado el corazón y ni siquiera lo sabía.
Su forma de ser con Darla, la amabilidad con la que trataba a su madre y la voz dulce y tranquilizadora que usaba con los animales.
Katie no quería amarle, ni siquiera considerar la posibilidad de enamorarse de él, pero Jasper Wilkinson se había adueñado de su corazón y ella no tenía ni idea de cómo iba a recuperarlo.
Si era sincera, puede que fuera solo Jasper quien la retenía en el rancho.
En algún rincón de su mente, un sueño había empezado a tomar forma.
El sueño de que Jasper la amara tanto como amó a Darlene.
Podía oírlo en su voz y verlo en su mirada cada vez que hablaba de la madre de Darla.
Ser amada por un hombre tan imponente debía de ser algo abrumador y verdaderamente especial.
Pero en aquel rancho no había amor para ella, solo la hija de otra mujer que necesitaba sus cuidados.
Se le escapó un suspiro justo cuando oyó el crujir de la puerta a sus espaldas.
Se dio la vuelta y se sorprendió al ver a Jasper en el umbral.
Aunque lo veía sin sombrero todas las noches, la visión de sus ojos, sin la sombra del ala que los ocultara, seguía haciendo que su corazón diera un vuelco.
—¿No vas a acostarte? —preguntó Jasper sin moverse.
Katie miró hacia el cielo y sacudió la cabeza—. —No, voy a quedarme aquí fuera un ratito. Es una noche preciosa.
Esperaba que le diera las buenas noches y desapareciera en el interior, pero él salió al porche y se sentó a su lado—. —¿Te importa que te haga compañía?
Nunca habían buscado la compañía del otro y Katie estaba segura de que eso no era lo que estaba ocurriendo ahora. Simplemente Jasper quería estar fuera y ella daba la casualidad de que estaba allí.
—Claro —asintió Katie mientras le lanzaba una breve mirada. Deseó que sus ojos fueran más fáciles de leer bajo la luz de la luna, pero en ese momento no eran más que profundidades oscuras de medianoche.
Se sentaron en silencio durante un rato hasta que ella no pudo aguantar más la mudez. Katie se volvió hacia él con mirada inquisitiva—. —¿Querías algo?
Jasper frunció el ceño y negó con la cabeza—. —No. ¿Debería?
Ella sacudió la cabeza y no pudo evitar sentirse incómoda bajo su mirada.
Podía sentir sus ojos puestos en ella y se preguntó si lamentaba su presencia.
Estaba segura de que él agradecía la ayuda con Darla, pero eso no significaba que disfrutara teniéndola cerca.
Sintiéndose fuera de lugar, se puso en pie.
—Buenas noches, Jasper —dijo Katie en voz baja.
Jasper le sostuvo la mirada y Katie casi creyó verle sonreír—. Buenas noches, Katie.
Se refugió en su dormitorio y, en cuanto la puerta se cerró tras ella, soltó un suspiro—.
Señor, por favor, ayúdame. No sé qué hacer.
Él no me quiere aquí. Solo quiere que cuide de su hija y ni siquiera creo que lo esté haciendo bien.
Por favor, ayúdame. Ayúdame a encontrar la forma de dejar este rancho, de ganarme la vida en otra parte.
No puedo competir con el amor que sentía por su esposa.
No puedo competir... yo... Por favor, Señor, guíame y ayúdame. Amén.
Katie buscó su Biblia, con la esperanza de encontrar un versículo que le diera alguna orientación sobre lo que debía hacer.
1 Pedro 5: 6-7 — Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte a su debido tiempo. Descargad en Él todas vuestras preocupaciones, porque Él tiene cuidado de vosotros.
Aquel versículo fue como si el mismísimo Señor le hubiera hablado.
Katie lo leyó de nuevo y sintió que una lágrima le recorría la mejilla.
Quizá era hora de dejar de preocuparse por el futuro e intentar encontrar la felicidad en el presente.
No estaba segura de cómo podría hacerlo, pero sabía que, al menos, debía intentarlo.