Capítulo 11
Casi una semana después de su llegada, Katie no estaba más cerca de encontrar una solución a su problema. No tenía a dónde ir y, a menos que quisiera volver a Nueva York a trabajar para Alexi y pasar las noches pasando hambre y frío, esta era realmente la mejor opción.
Pronto se había hecho buena amiga de Lettie.
Puede que la edad de Lettie se notara en su forma de moverse y en las siestas que se echaba todas las tardes, pero en lo que respectaba a su mente, era más lista que el hambre.
En cuanto a Jasper, mantenía las distancias.
No estaba segura de si era por el enfado o por lo que él la hacía sentir cada vez que estaba cerca.
A Katie nunca la habían cortejado y nunca se había interesado ni lo más mínimo por un chico, pero siempre que Jasper estaba cerca, era como si pudiera sentirlo.
Como si su corazón presintiera su presencia incluso antes de que ella se diera cuenta.
Sus ojos castaños claros tenían una forma de hacerla sentir como si hubiera desnudado su alma.
Le parecía injusto, porque deseaba poder ver también el interior del alma de él.
Todo lo que sabía sobre el apuesto hombre que ahora era su marido era que se trataba de un ranchero que había amado y perdido, y que ahora estaba atrapado con un bebé de siete meses.
No sabía qué comida le gustaba, qué estación del año prefería o ni siquiera si ella le caía bien.
Todo lo que sabía era que la había atraído hasta allí para que cuidara de su hija, y esta mañana le estaba costando incluso hacer eso.
Su resistencia a trabajar con niños y a tenerlos se había reafirmado esa mañana.
Darla se había despertado de mal humor y llevaba toda la mañana inquieta.
No quería sus gachas, no quería mimos y, si Katie la soltaba más de cinco segundos, intentaba echar abajo el techo de la cabaña con sus protestas.
Lo peor de cuidar a Darla era saber que ella no era más que una víctima inocente en todo esto.
La pobre niña no había tenido nada que ver en la pérdida de su madre ni en la traición de su padre.
Ella era solo otra razón por la cual Katie no quería tener hijos propios.
¿Para qué tener un hijo cuando sabías que la vida que le esperaba sería dura?
Habría que tomar decisiones difíciles, habría sueños que nunca se harían realidad y, lo que es más importante, nunca habría la felicidad que uno deseaba.
Le dolía el corazón por la pequeña mientras lloraba en sus brazos.
Lettie estaba sentada junto al fuego, frotándose los tobillos, que le dolían por el frío.
Jasper se había ido temprano esa mañana para revisar el ganado y aún no había regresado.
Era casi la hora de comer y Lettie comentó distraídamente que tal vez tuviera una novilla pariendo, lo cual sería la única explicación para su ausencia.
Como Katie no sabía absolutamente nada de ganado, no se molestó en discutir.
—Ven, Darla. ¿Qué te pasa, pequeña? —canturreó Katie mientras mecía a la niña de arriba abajo. Le dolían las piernas y la espalda se le quejaba, pero no se atrevía a parar. Aunque Darla seguía llorando, los decibelios parecían bajar cuando la mecía.
—No sé qué le pasa esta mañana —dijo Lettie preocupada desde el sofá—. Si no fuera porque el tiempo me está fastidiando los huesos, me habría hecho cargo yo.
Katie veía que Lettie sentía dolor y no quería molestarla con los lloros del bebé. —No te preocupes, tarde o temprano se tiene que cansar —dijo Katie con seguridad.
Cuando el llanto continuó durante otros treinta minutos, Katie finalmente sintió que estaba a punto de romper a llorar. No estaba hecha para ser madre. Tal vez le faltaba el gen maternal, fue lo único que pudo concluir mientras el bebé seguía llorando.
Katie secó las lágrimas de Darla. —Vamos, cariño, tienes que dejar de llorar o voy a empezar a llorar yo también —suplicó Katie, sintiendo que estaba llegando al límite de su paciencia.
Se sentó un momento, pero antes de que pudiera siquiera mecer al bebé sobre sus rodillas, Darla chilló más fuerte que nunca.
Las lágrimas escocieron los ojos de Katie y no pudo evitar el sentimiento de fracaso.
Se levantó y dejó con cuidado al bebé, que berreaba, en su cuna antes de salir corriendo por el pasillo hacia su dormitorio.
Cerró la puerta de golpe y se tiró sobre la cama, sollozando con tanta fuerza como el bebé.
¿Por qué había venido aquí? ¿Qué pensaba que pasaría?
¿Que encontraría el amor y la felicidad como Susan?
¿A quién quería engañar? Lo que le pasó a Susan era la excepción, no la regla.
Había perseguido un sueño imposible y ahora tenía todo lo que siempre había soñado: una casa cálida, una cama, comida y alguien que la protegiera, y ni siquiera era capaz de calmar a un bebé.
La puerta chirrió al abrirse y ella se secó las lágrimas rápidamente. —Ahora mismo salgo. Lo prometo.
Lettie se sentó a su lado en la cama y le acarició la espalda. —Tómate tu tiempo. No puedo imaginarme lo duro que debe de ser para ti. Las madres primerizas aprenden con sus bebés qué se espera de ellas. A ti te han lanzado a lo más hondo del tirón.
Katie sorbió por la nariz. —¿Me estoy hundiendo, verdad?
Lettie se rió entre dientes suavemente. —Lo estás haciendo mejor que la mayoría. Recuerdo que una vez Jasper lloró tanto que se lo di a su padre y le dije que no quería que me lo devolviera.
—¿Hiciste eso? —preguntó Katie sorprendida, secándose las lágrimas. Lettie parecía la madre perfecta.
—Claro que sí. Criar niños no es fácil, Katie.
Especialmente no cuando no pueden decirte qué les duele.
Sé que esta mañana has intentado todo lo que yo habría hecho para calmarla.
Solo está inquieta y no estoy segura de que ella misma sepa por qué.
Se cansará tarde o temprano si la dejamos en la cuna.
—No puedo dejarla ahí sin más. Jasper me matará.
—No la dejarás sola, te quedarás cerca. No puedes cuidar de ella si no te cuidas a ti misma. Yo le echaré un ojo, tú tómate unos minutos primero. Los hombres no entienden lo agotador que puede ser un bebé emocionalmente a veces.
Katie miró a Lettie con otros ojos. Había pensado que Lettie la había estado juzgando desde su asiento toda la mañana, cuando en realidad la había estado observando con silenciosa aprobación. Por primera vez desde que llegó a Colorado Springs, sintió que, después de todo, había esperanza.
—Saldré enseguida.
—Tómate tu tiempo —Lettie sonrió antes de salir de la habitación.
Katie respiró hondo un par de veces, sintiendo que recuperaba sus fuerzas.
Cuando se levantó y regresó a la sala de estar donde el bebé seguía llorando, cerró los ojos por un momento.
Señor, por favor, ayúdame a calmarla. Me rompe el corazón verla tan disgustada.
Por favor, guíame, Señor; puede que no sea su madre, pero ahora mismo soy lo más parecido que tiene a una.
Katie cogió al bebé y lo estrechó contra sí. —Está bien, Darla pequeña, descubriremos qué es lo que te atormenta.
Darla gimoteó contra su hombro antes de que se le escapara una nueva oleada de sollozos.
Justo entonces, la sopa que estaba en la estufa empezó a hervir.
Katie echó mano a una cuchara de madera, pero antes de que pudiera meterla en la olla, las encías de Darla se cerraron alrededor del borde.
El silencio reinó en la pequeña cabaña y Katie lanzó una mirada hacia Lettie. Lettie estalló en carcajadas.
—Está echando los dientes —dijo Lettie, sacudiendo la cabeza—. Debería haberlo pensado. Si fuera tú, buscaría otra cuchara. Si le quitas esa ahora, volverá a llorar otra vez.
Katie se rió entre dientes mientras miraba a la pequeña masticando la cuchara de madera.
A veces la respuesta estaba justo delante de tus ojos, solo tenías que dejar de buscarla.
Con cuidado, dejó al bebé en la cuna con la cuchara de madera y observó cómo Darla atacaba la cuchara con determinación.
Una sonrisa curvó las comisuras de sus labios.
Puede que no fuera madre, pero por primera vez, imaginó lo triunfante que debía de sentirse una madre cuando finalmente hacía algo bien.