Escape al amor (Rumbo al Oeste por Amor nº 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

Ninguna sorpresa podría haber sido mejor para Katie que recibir la propuesta de matrimonio por correo.

Había dado un salto, gritado de alegría y después llorado lágrimas de verdad al recibir la carta de Jasper.

Durante los últimos meses, había vivido por y para sus cartas y las de Susan.

Las misivas de Susan le daban esperanza y las de Jasper le hacían darse cuenta de que esa esperanza podría conducir a que sus sueños se hicieran realidad.

Aunque ni Jasper ni ella habían mencionado el amor, Katie no lo necesitó para aceptar el dinero del pasaje de tren que él había enviado con su propuesta.

Había llegado a conocer a Jasper como un hombre amable y generoso, y en ese momento, considerarse su amiga era motivación suficiente para abandonar su gris existencia en Nueva York.

Ni siquiera se había molestado en ir a la casa de vecindad para contarle a Alexi su decisión. En su lugar, había vendido todas sus pertenencias y utilizado el dinero, junto con sus ahorros, para comprarse un abrigo nuevo y un vestido para su viaje al oeste.

Katie había respondido a la carta de Jasper aceptando su propuesta y notificándole su hora prevista de llegada, para que la recogiera en el andén de Colorado Springs.

Se sentía emocionada y a la vez aterrada por dejar atrás lo conocido, pero mientras el tren salía de la estación de Nueva York, Katie se recordó a sí misma que solo dejaba atrás penurias y desesperación.

Quizá no conociera Colorado ni fuera capaz de desafiar el duro invierno que Jasper había descrito en su última carta, pero sabía que, si ni siquiera lo intentaba, se arrepentiría el resto de su vida.

Durante los últimos tres días, había visto ir y venir a numerosos pasajeros.

Algunos solo viajaban hasta el siguiente pueblo y otros, como la madre con dos niñas pequeñas que había estado sentada frente a ella desde Nueva York, también se dirigían al oeste.

Había una atmósfera extraña en el tren. Casi de esperanza, aunque también se percibía el miedo.

Aparte del ruidoso grupo de hombres que viajaba en la parte trasera, nadie más había estado antes en el Oeste.

Katie no sabía qué le esperaba tras la siguiente colina ni conocía el nombre del siguiente pueblo, pero eso no mermaba lo más mínimo su valor.

Observaba el paisaje cambiante, leyendo las cartas de Jasper como una confirmación de la vida que le aguardaba.

De vez en cuando suspiraba para sus adentros cuando una de las niñas lloraba desconsoladamente, y volvía a sentirse agradecida por su decisión de no tener hijos y por el hecho de que las cartas de Jasper nunca mencionaran la procreación.

No es que no le gustaran los niños. Simplemente había pasado demasiada parte de su vida cuidando de los demás y ahora era el momento de mirar por sí misma.

Siguiendo otro hilo de pensamiento, uno que apartaba al fondo de su mente, suponía que la gente era egoísta por tener hijos.

Entendía la necesidad de procrear y de dejar un legado, pero ¿para qué molestarse si ese legado solo se enfrentaría a una vida dura de sufrimiento?

El silbato del tren sonó, alertando a los pasajeros de la próxima parada.

Curiosa, como con cada parada, Katie se incorporó y escudriñó el pequeño pueblo.

Como ocurría en la mayoría de los pueblos por los que habían pasado, unas pocas cabañas bordeaban una vía principal, con algún letrero de un salón o una casa de huéspedes.

Cuanto más avanzaba el tren hacia el oeste, más pequeños eran los pueblos y más rudos los pasajeros que subían en cada parada.

El revisor comenzó a recorrer los vagones, anunciando la parada y una breve pausa para reponer las reservas de carbón.

—Madre, ¿podemos bajar? Solo un momento —se quejó la hija mayor. Katie pudo ver el cansancio y la desconfianza en el rostro de la madre.

—Solo un momento, no podemos perder el tren si arranca —dijo la madre, cogiendo su bolso antes de seguir a sus hijas fuera del vagón. Por un instante, Katie consideró desembarcar también, antes de decidir lo contrario. No necesitaba nada y no tenía deseos de caminar por un pueblo polvoriento.

Miró por la ventana mientras cargaban los vagones de carbón en el tren, hasta que su vista se detuvo en la madre y sus dos hijas.

Apenas habían abandonado el andén cuando cuatro hombres se les acercaron.

Sus sonrisas de dientes podridos y sus miradas lascivas hicieron que a Katie se le erizara el vello de la nuca.

Esperó un momento para ver si la madre corría de vuelta a la seguridad del tren.

Sin embargo, en cuanto esta alargó la mano para coger a sus hijas, un hombre se plantó frente a ellas, bloqueándoles el paso.

Antes de que se diera cuenta, Katie se levantó de su asiento y corrió hacia la madre y sus hijas. El viento cálido la golpeó en las mejillas y le tiró del pelo al bajar del tren. Podía oír a la mujer suplicando a los hombres que las dejaran en paz, lo que no obtuvo más que muecas de lujuria.

Katie había pasado el tiempo suficiente en los callejones de Five Points para saber que aquellos hombres no tenían intenciones caballerescas. Se abrió paso entre la pequeña multitud del andén hasta llegar al lado de la mujer. —¿Pasa algo?

—Mirad esto, si tiene una amiga —exclamó uno de los hombres. Incluso a distancia, Katie podía oler el whisky en su aliento.

—Volvamos al tren, está a punto de salir —mintió Katie, cogiendo la mano de una de las niñas.

—No tan rápido, preciosa. Hay que pagar un peaje. Ninguna mujer bonita baja en nuestro pueblo sin pagar el peaje —dijo otro hombre con mirada torva, acercándose.

Katie sabía que se estaba arriesgando, pero no podía quedarse de brazos cruzados y dejar que aquellos hombres se salieran con la suya.

Dio un paso al frente y puso su expresión más altiva.

—Lo siento, caballero, pero ¿conoce al alcalde de Judson’s Hall?

—Katie echó mano del nombre del pueblo como último recurso.

—El señor Purnam. Pues claro que sabemos quién es. ¿Por qué? —gruñó el hombre.

Katie sonrió con dulzura. —Me gustaría presentarle a la sobrina del señor Purnam. Yo soy su hermana, Fiona Purnam. ¿Verdad que está de acuerdo en que al señor Purnam no le sentaría nada bien que nos molestaran tan poco después de nuestra llegada?

Uno de los hombres enarcó las cejas. —Yo no busco líos, señorita. —Se dio la vuelta y se apresuró a regresar al salón junto con otros dos, pero los otros tres permanecieron allí.

—Oiga, no recuerdo que el señor Purnam tuviera una sobrina... —cuestionó uno, dudando del embuste de Katie.

Katie se rió. —Yo no recuerdo que el señor Purnam mencionara que tuviera amigos tan.

.. interesantes. Vamos, cojamos nuestras bolsas antes de que el tren se vaya con nuestro equipaje —dijo, dirigiendo su atención a la madre.

Antes de que el hombre pudiera seguir discutiendo, Katie cogió la mano de la niña y echó a correr hacia el tren con la madre pisándole los talones.

En cuanto estuvieron a bordo, el silbato sonó y el tren comenzó a moverse.

Katie exhaló un suspiro de alivio, mientras la mujer y sus dos hijas la miraban con los ojos muy abiertos.

—Tú... les has mentido —dijo la mujer, casi sin creer que el engaño hubiera funcionado.

Katie soltó una risita. —Al menos ha funcionado. Mejor quedaos en el tren en la próxima parada, ¿de acuerdo? —Katie dirigió la pregunta a las dos niñas, que asintieron de inmediato con la cabeza.

—Te estaremos eternamente agradecidas. No quiero ni imaginar en qué lío podríamos habernos metido. Soy Louise Acreage, y estas son mis hijas, Mary y Rachel.

—Es un placer conocerlas, Louise. Soy Katie Mayfield.

—Señorita Mayfield, de veras te debemos una por tu rapidez mental.

Katie sonrió mientras se sentaba. Nunca se había sentido agradecida por haberse criado en las calles de Five Points, pero en aquel momento no podía estarlo más por haber aprendido pronto que el poder y el dinero asustan a la mayoría de los matones.

Quizá no fuera lo que Jasper Wilkinson esperaba de ella, pero al menos cumplía una parte de su criterio.

Sabía ser dura cuando la situación lo requería.