Capítulo 4
Jasper Wilkinson salió del calor de la cabaña de dos plantas al gélido porche.
A su alrededor se extendía un manto blanco que se perdía en el horizonte.
Aquí y allá, algo había quedado atrapado bajo su abrazo; ya fuera un árbol, un tronco caído o incluso afloramientos rocosos, pero el manto resistiría.
Jasper lo sabía porque en los últimos veintiocho inviernos, una vez que el manto caía en noviembre, se mantenía hasta febrero.
Con el manto blanco llegaban nubes esponjosas que lo rejuvenecían casi cada dos días y el aliento gélido del viento que las montañas exhalaban hacia sus valles.
Era de ese tipo de frío que se cala en los huesos, filtrándose en cada terminación nerviosa para recordarte que este paisaje no era para los débiles.
Al igual que los inviernos fríos y despiadados que despertaban el asombro de los hombres que se hacían llamar rancheros, los veranos traían prados exuberantes y frescos con pasto para sus rebaños.
Como la mayoría de los rancheros, Jasper bajaba su ganado de la montaña en invierno; aprendió pronto que una vaca congelada afectaría a sus beneficios.
Las mantenía cerca de la hacienda, donde podía vigilarlas, donde podía alimentarlas si se cansaban de escarbar en la nieve buscando lo que el otoño hubiera dejado atrás.
Era una vida dura, pero Jasper no querría ninguna otra.
Su padre, William H. Wilkinson, había comprado el rancho poco después de la guerra.
Se había traído a su mujer y a su hijo, y juntos habían forjado una vida en la llanura.
Jasper aún recordaba las diez cabezas de ganado con las que su padre había empezado y a menudo se preguntaba qué diría su progenitor sobre la cabaña ganadera de quinientas reses que poseía ahora.
Estaría orgulloso, razonó Jasper, y le decepcionaría no haber podido ser testigo de ello.
Su padre había llevado una vida dura, luchando en la guerra antes de buscar un pedazo de tierra agreste al que llamar hogar.
La naturaleza se lo había llevado del mismo modo que le había otorgado su libertad.
Su padre había fallecido hacía diez años, plácidamente mientras dormía y con una sonrisa en el rostro.
El médico dijo que le había fallado el corazón, pero Jasper pensaba que lo que le había fallado a su padre era el cuerpo, porque aún no había conocido a un alma más fuerte.
Miró por encima del hombro a través de la ventana y vio a su madre sentada junto a la lumbre.
La gran chimenea de piedra había sido una obra de amor que Jasper y su padre construyeron cuando Jasper solo tenía catorce años.
Muchas historias se habían contado alrededor de esa chimenea y muchos recuerdos se habían forjado allí.
Algunos ahora resultaban más difíciles y dolorosos de recordar que otros.
Jasper respiró hondo el aire escarchado antes de sacar la carta de su bolsillo.
Algunos podrían haberle tachado de desesperado por poner un anuncio para buscar una novia por correspondencia, pero ellos no estaban en su lugar.
Vivir en un rancho a veinte millas del pueblo más cercano ya era bastante difícil de por sí, pero resultaba de algún modo más solitario si solo tenías la compañía de tu madre.
Hubo un tiempo en el que alguien hizo que el rancho fuera más llevadero.
Darlene se había cruzado con él un día en el pueblo y, desde el primer momento en que Jasper y ella se miraron, él supo que Darlene era la mujer con la que quería compartir su vida.
Durante dos años, pasaron cada momento de cada día juntos.
Habían creado una vida para ellos y la habían compartido con su madre.
Durante un breve periodo, Jasper ni siquiera notó el desafío que suponía el rancho porque tenía a Darlene a quien regresar cada noche.
Cuando ella falleció en julio, Jasper pensó que su mundo se acababa.
Durante un mes guardó luto, maldiciendo a los cielos por habérsela llevado.
Al mes siguiente estuvo en la fase de negación, deseando que todo hubiera sido un mal sueño.
Fue durante el tercer mes, en agosto, cuando Jasper se dio cuenta de que no podía seguir adelante solo. Necesitaba a alguien a su lado.
Se había puesto en contacto con las oficinas del Matrimonial Times con una breve descripción de sí mismo, preguntando si estarían interesados en publicar su anuncio. Pero antes de recibir una respuesta de sus oficinas, recibió una carta de Katie.
Su sincera honestidad en aquella primera carta le había llegado a Jasper a un nivel que aún no terminaba de comprender.
Amaba a Darlene, pero echaba de menos la compañía.
Echaba de menos tener a alguien con quien compartir su día y, sobre todo, echaba de menos tener una amiga.
Había tardado tres días en reunir el valor necesario para responderle.
Su carta había sido corta, indicando una vez más que buscaba compañía y sin hacer referencia al amor, porque, en el fondo, Jasper sabía que el amor no volvería a estar en sus planes.
Necesitaba una mujer que le ayudara. Necesitaba a alguien en quien apoyarse.
Necesitaba a alguien lo bastante amable pero lo bastante fuerte como para atreverse a vivir en su rancho.
Su madre era maravillosa, verdaderamente un ángel, pero a los sesenta y ocho años, Lettie empezaba a notar el peso de la edad.
Su cabello, antes negro como el azabache, se había tornado de un plata brillante.
Sus ojos castaños oscuros parecían ahora vacíos, como si simplemente estuviera esperando el día en que ella también fuera llamada al cielo.
Jasper sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que su madre sucumbiera a la vejez, especialmente con esa tos que tenía desde el inicio del invierno. No estaba seguro de si quería volver a amar, pero sabía que necesitaba una esposa.
Abrió la carta de Katie y una sonrisa curvó sus labios.
Llevaban carteándose dos meses y, cada vez que recibía una carta de ella, no podía evitar sentirse un poco más ansioso por conocerla.
Parecía decidida y leal y, si leía con atención entre líneas, desesperada por dejar atrás su vida en Nueva York.