Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cincuenta y ocho. Thea
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Capítulo cincuenta y ocho. Thea

Capítulo cincuenta y ocho

Thea

Tres días después

Mi casa estaba a rebosar. Colmada de gente hasta los topes.

Alce estaba sentado sobre su árbol, observando a todo el mundo con una curiosa fascinación porque esto era nuevo para él.

En los dos años que llevaba viviendo en Sparrow Falls, aquel refugio nunca había estado tan lleno de voces y risas o ruidos en la cocina.

Por no hablar de las flores. Una infinidad de ramos. Podría haber abierto una floristería.

Uno de los más bonitos era de quien menos lo habría esperado. Mara. Y lo había enviado con una nota que rezaba: «Siento muchísimo lo que te ha pasado. Espero que te recuperes pronto».

En el pueblo, la gente había ido hablando de mi calvario y Rhodes se había asegurado de que esto sirviera para que Mara abriese los ojos. Eso y el hecho de que Shep hubiera arriesgado la vida para salvarme.

Este volvió a acomodarse en el sofá mientras revisaba el móvil. Todavía faltaba un minuto para que sonara la alarma, pero a él no le hacía falta. Tenía un radar que superaba el maldito temporizador ese.

—Hora de la siguiente dosis de analgésicos.

Me erguí para sentarme recta sin quitarme la manta que tenía en el regazo.

—Creo que igual podríamos esperar un poquito más.

Shep me miró con el ceño fruncido.

—No quiero arriesgarme a que te duela nada.

Me notaba el cuerpo tenso y bastante dolorido pero, teniendo en cuenta todo lo sucedido, había tenido suerte. Llevaba puntos en la cabeza y en varias partes del torso, y tenía las costillas magulladas y un traumatismo leve. Pero no me había roto ningún hueso ni me había hecho ninguna herida grave.

—Shep tiene razón —terció Nora, que me trajo una bandeja con un bol de sopa, unos cuantos rollitos y un vaso de limonada—. Ahora mismo, has de prevenir el dolor. Ya veremos si alargamos las tomas en unos días.

Lolli levantó una varita con plumas en una punta para que Alce jugara.

—O puedes dejar que te prepare un poco de mi té de amapola, que lo mejora todo. Es natural y hará que te pase cualquier molestia.

—Lolli —gruñó Trace mientras caminaba decidido por el salón—. Es un opiáceo.

La mujer se limitó a sonreírle a su nieto.

—Que no lo vendo, Señor Poli. No puedes encarcelarme.

—Dios... —musitó Kye desde la silla de la esquina en la que estaba sentado—. Tú solo recuerda que no tengo tanta pasta como para pagarte la fianza.

Lolli resopló y añadió:

—Con ese sofisticado estudio de tatuajes, y tanto que te lo podrías permitir.

—Al ritmo que vas, lo dudo —argumentó Fallon, moviendo la cabeza.

—Sois todos una panda de mojigatos. Menudo pelmazo... —se quejó Lolli.

—Ahí te doy la razón —intervino Cope—. Les hace falta vivir un poco.

Trace desvió la vista hacia su hermano y preguntó:

—¿Te refieres a saltarse todos los límites de velocidad habidos y por haber en este pueblo con su todoterreno de doscientos mil pavos?

Cope se giró despacio en el taburete donde estaba sentado con una diabólica sonrisa en los labios y respondió:

—Eso nunca.

Trace lo miró con los ojos entornados.

—Según me han informado tres oficiales en las últimas veinticuatro horas, es justo a lo que te has dedicado tú —señaló—. Les he dicho que, a la próxima, te detengan. Puedes compartir celda con Lolli.

Ella levantó la mano para chocar los cinco con Cope y soltó un grito antes de añadir:

—¡A esto sí se le llama vivir!

Cope chocó la mano con la de su abuela y respondió:

—Ya te digo.

Unas cuantas arrugas le inundaron el rostro a Trace. Lo había dicho en plan guasa, pero también había notado bastante frustración en sus palabras.

Sonó un teléfono; Cope bajó del taburete y se levantó. Al sacarse el aparato del bolsillo, le cambió la expresión. Ni rastro había ya de aquella endiablada alegría, que había quedado reemplazada por unas nubes que anunciaban tormenta.

—Tengo que cogerlo —musitó yendo hacia la puerta trasera.

Trace lo siguió con la mirada, preocupado, hasta que su hermano cerró de un portazo.

Rhodes empujó la bandeja que me había dejado Nora junto a la mesita que tenía a mi derecha.

—Debes comer para poder tomarte el medicamento —insistió.

La calidez que noté en su preocupación, en la de todos los Colson, me sentó cual bálsamo. Me estaban diciendo todo eso porque se preocupaban por mí.

Anson carraspeó y, sin moverse del suelo, donde estaba sentado al lado de Rho, miró a Trace y se interesó:

—¿Alguna novedad?

Me puse tensa y agarré el bol con más fuerza. Casi no habíamos visto a Trace en los últimos días porque había estado trabajando de sol a sombra en los casos de Raina y Brendan.

Raina no había cooperado demasiado, pero Trace había hecho maravillas y le había conseguido una plaza en la unidad de un hospital psiquiátrico que se localizaba a unos cuantos pueblos de aquí en lugar de meterla en la cárcel.

Fallon también había aportado su granito de arena y se había asegurado de que encontrásemos un buen abogado que fuese a aceptar el caso pro bono .

Y yo los quería un montón a los dos por haber hecho todo esto.

Porque sabían que las actuaciones de Raina radicaban en el dolor.

Raina no necesitaba ningún castigo; necesitaba que la ayudaran.

A Shep le había costado más hacer las paces con esto. Porque había presenciado cómo me caía por un acantilado. Había tenido que sacarme de allí, ensangrentada y magullada, preocupado por si me había perdido de por vida.

Volví a dejar el bol y me acurruqué a Shep. Él me envolvió cuidadosamente con el brazo, pero noté cómo se le tensaban los músculos bajo la camiseta.

Trace me miró y esperó un minuto mientras todo el mundo guardaba silencio.

—El FBI ha detenido hoy a Brendan Boseman en pleno set y los paparazzi que había merodeando por la zona han sacado varias fotos de la situación.

Lo han acusado de siete delitos de pornografía no consentida, veintidós de fraude y diez de acoso.

Mientras lo detenían, los equipos han repartido las órdenes de registro para varias propiedades y vehículos.

Y le han confiscado todos los dispositivos electrónicos.

Me quedé helada y las lágrimas empezaron a agolparse en mis ojos. Tragué saliva con fuerza mientras intentaba mantener el control y manifesté:

—Lo habéis pillado.

A Trace se le relajó la expresión.

—Lo hemos pillado. Y pasará muchísimo tiempo entre rejas.

—Soy libre —susurré.

Shep me dio un delicado beso en la sien y sentenció:

—Eres libre.

Sonó un teléfono y, con el rabillo del ojo, vi que Anson se movía y cogía el aparato. Se quedó mirando la pantalla con una sonrisa pletórica en la cara.

—Sigue dándome una grima que flipas verlo sonreír —musitó Kye.

Fallon le pegó un manotazo en el pecho.

—No digas eso —lo reprendió.

Kye la cogió por la muñeca y tiró sutilmente de ella mientras sonreía y contestaba:

—¿Qué? Es la verdad.

Rhodes se giró hacia Anson.

—¿Y bien? —preguntó.

Anson levantó la cabeza pero, en lugar de mirar a Rhodes, me miró a mí.

—Acaba de escribirme Dex. Por lo visto, todo el dinero de Brendan ha desaparecido de sus cuentas de la noche a la mañana. Va a tenerlo bastante crudo para pagar a ese bufete de abogados tan caro.

Me quedé literalmente boquiabierta.

—¿Qué?

Anson se limitó a sonreír con más ahínco.

—Y resulta que esa misma cantidad de dinero ha sido donada a varias casas de acogida de mujeres y a distintas ONG contra la violencia doméstica de todo el país.

Las lágrimas regresaron a mí y no hice nada para detenerlas.

Shep echó la sábana a un lado y me ayudó a acomodarme en la cama. No apartó la vista de mi cara en ningún momento mientras se colocaba detrás de mí.

—¿Cómo va ese dolor?

Me acurruqué con cuidado contra él y respondí:

—Soportable.

Él me miró con segundas.

—Te lo juro —lo tranquilicé—. Pero, con la de comida que me han dado hoy tu madre y Lolli, será un milagro que consiga pegar ojo.

Rio.

—Es su forma de mostrar cariño. Bueno, eso y, por lo visto, en el caso de Lolli, también el té de amapola.

Levanté la cara para sonreírle.

—Me encanta que sea tan lianta —le confesé.

Shep me acarició la espalda delicadamente con los dedos en un gesto tranquilizador. Ya había memorizado dónde tenía cada una de las heridas para evitarlas todas con cierta habilidad.

—¿Y cómo te sientes con todo lo demás?

—En parte, me cuesta creer que sea real. —Noté cierta presión detrás de los ojos—. Nunca me había atrevido a desear más que Brendan me dejara en paz. ¿Que tenga que responder ante la justicia? Parece casi un milagro.

Y no sería solo un milagro para mí. Al final, Dex había encontrado a otras nueve mujeres a quienes Brendan había hecho algo parecido.

Todas ellas tendrían la suerte de poder pasar página, igual que yo.

Saber cuantísima paz les aportaría eso era muchísimo mejor que cualquier cosa que pudiera imaginarme.

—El milagro eres tú —susurró Shep—. Nunca dejaste de luchar. Jamás te rendiste.

Las lágrimas empezaron a nublarme la vista.

—No le planté cara. Porque en mi cabeza todavía había una parte diminuta y oscura que seguía creyéndose sus mentiras. Pero tú me enseñaste la verdad.

—Astilla... —me interrumpió Shep con la voz rasposa.

—Me devolviste mi vida. Ahora no soy la misma que antes. Pero este cambio ha sido para mejor. Sé lo que valgo. Y ya no doy nada por sentado.

Shep me plantó un beso en la frente e inhaló mi aroma.

Yo simplemente continué:

—Como hoy. Ha sido un regalazo. Shep, tú me has dado la familia que nunca tuve. Y tienes razón: el hecho de que sea algo que elegimos hace que sea muchísimo más especial. Más sólido.

Se separó y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Te quiero, Thea. Estas palabras no le hacen justicia a lo que siento, pero son todo lo que tengo.

Esbocé una sonrisa y respondí:

—Me vale.

Shep me acarició el labio inferior con el pulgar.

—No quiero irme a la casa de alquiler.

Me quedé helada. Sabía que ya había empezado a pagar la mensualidad, pero no había querido pensar en la posibilidad de que Shep se marchase de mi pequeña cabaña en el bosque.

—Ah, ¿no?

—No puedo imaginarme durmiendo sin ti. O sin que Alce me pegue un susto de muerte con sus locuras nocturnas. No quiero despertarme y que lo primero que vea no sea tu cara.

—Shepard... —susurré.

—Espero que me hayas llamado por mi nombre entero para darme un puto sí —exclamó.

—Sí. —Respiré profundamente—. Quédate.