Epílogo. Thea
Epílogo
Thea
Un año después
—Por fin —dijo Nikki mientras me cogía el teléfono—. Hoy solo te he llamado unas seis veces.
No pude evitar reír mientras la escuchaba hablar a través de los altavoces de mi todoterreno. Un todoterreno que Shep me rogó y suplicó que me comprara tras aquella odisea con Raina, hasta que accedí.
Había dejado que se saliese con la suya.
Con eso y con el móvil e Internet de alta velocidad al que le había dado el visto bueno para que lo instalara en casa.
Aunque había confiado en Shep para que se ocupara de pasar el cable de Internet en cuestión.
A fin de cuentas, era mi compañero de habitación.
Un compañero de habitación que quería tener siempre conmigo. Habíamos atravesado lo peor y habíamos salido de ello más fuertes y más unidos que nunca. Además, presenciar el fin de Brendan también había ayudado.
A la prensa le flipaban los superhéroes idolatrados, pero aún disfrutaba más con el acoso y derribo de estos mismos superhéroes.
Había aparecido gente de la nada compartiendo historias acerca de la verdadera naturaleza de Brendan.
Y esas historias me habían convertido en una mujer libre.
Eso y el hecho de que Brendan se pasaría muchos años entre rejas.
Por desgracia, a Raina tampoco la soltarían en mucho tiempo. La suerte era que, en lugar de condenarla a prisión, el juez la había mandado a un centro psiquiátrico donde estaba recibiendo ayuda y, a medida que iba curándose, por fin había hablado del maltrato del que fue víctima.
Entre su testimonio personal, las radiografías y los testigos que corroboraban los hechos, a Russ le cayeron cinco años en una penitenciaria estatal y tenía que pagar una multa que lo dejaría sin blanca.
En cierto modo, él estaba cumpliendo la condena de Raina, que era lo justo.
Porque quien le había comido el tarro, para empezar, había sido él.
Y el padre de Russ, Bob, había sentido tanta vergüenza que no había tenido más remedio que cerrar Construcciones Castle Rock y mudarse a otro estado.
—Tierra llamando a Thea —canturreó Nikki.
A lo largo del último año, ya se había acostumbrado a llamarme por mi segundo nombre. Me gustaba que me llamasen Thea. Porque indicaba mi nuevo comienzo en muchísimos aspectos.
—Perdona, tenía la cabeza en otra parte. ¿Qué decías?
Nikki suspiró.
—Te he preguntado que qué tal el último día.
Sonreí con la vista puesta al otro lado de la ventana, donde brillaba la luz del atardecer. Me encantaba este momento del día, la forma en que bañaba ese hermoso paisaje de un mágico tono violeta.
—Bien. Agridulce. Aunque Duncan ha traído pastel y Rho, champán.
—Pues a mí me suena fenomenal. Y ahora tendrás a ese pedazo de hombre cerca y todo para ti a diario.
Volví a reír. Nikki había venido a visitarme tres veces, de modo que ya había comprobado lo espléndido que era Shep. Comencé a echarle un cable con los diseños de paisajismo hacía nueve meses y, ahora, Shep tenía tantos encargos que me había contratado a tiempo completo.
Este trabajo era una pasada. No solo me ganaba la vida jugando con la tierra, sino que, además, me brindaba la oportunidad de crear algo mágico junto a la persona que más quería en el mundo.
Además, poder contemplar a Shep sin camiseta durante los meses de verano tampoco estaba nada mal.
Y la guinda del pastel era que también había empezado a hacer de voluntaria en el programa de alfabetización de la biblioteca local.
—Todo ventajas, por supuesto —coincidí sonriendo mientras avanzaba por el largo camino que daba a la vieja finca.
—¿Estás yendo a la casa nueva? —se interesó Nikki.
—Ya casi he llegado. Shep me ha dicho que terminarían hoy.
Shep y su equipo se habían pasado las últimas semanas echando horas extra para acabar con los últimos retoques y yo me había centrado en los parterres.
El espacio que rodeaba la finca se había convertido en un estallido de colores y texturas.
Y la piscina absurdamente exorbitante que había añadido Shep y a la que también le había sumado un río artificial ya había sido el broche de oro.
Sin embargo, esta última semana Shep me había pedido que no fuera para que él pudiese limpiarlo todo antes de enseñármelo terminado. Quería ver cómo ahogaba uno de mis gritos. «Sabes que me encantan esos ruiditos que haces, Astilla. No me prives de eso» .
Nikki pegó un grito.
—¡Mañana quiero que me lo cuentes todo! Y mándame fotos. Te lo ordeno.
Sonreí mientras tecleaba el código del portón de entrada a la finca.
—Hecho.
—Te quiero, Thea.
Noté que se me cerraba la garganta.
—Y yo a ti. Más de lo que puedo expresar.
Mi amiga colgó, lo cual fue positivo porque, últimamente, me había vuelto de lágrima fácil.
Eso de derribar los muros que había construido me había llevado a estar más en contacto con mis emociones.
Seguí adentrándome por ese camino de gravilla con el todoterreno y, al descubrir todas las luces de aquella gigantesca finca apagadas, fruncí el ceño.
Aunque la camioneta de Shep estaba fuera.
Fui ralentizando la marcha a la vez que me fijaba en los farolillos alineados a lo largo del camino de piedrecitas que envolvían el lateral de la vivienda. Se me aceleró el corazón, apagué el motor, salté del vehículo y cerré la puerta.
Los farolillos me guiaron por el lateral del precioso hogar que habíamos construido con Shep; juntos, con sangre, sudor, lágrimas y amor.
Cuando llegué al jardín trasero, me quedé sin aliento.
A lo lejos había una estructura de cristal completamente iluminada con farolillos y guirnaldas. Era un invernadero. Y brillaba.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos mientras caminaba más deprisa y mi vestido se mecía con la cálida brisa del atardecer. Tuve que contenerme por no echar a correr a toda prisa y dejé que mis botas cowboy rosas repiquetearan por ese camino empedrado.
Cuanto más me acercaba, más se me llenaban los ojos de lágrimas.
Había luces en todas las superficies imaginables, enroscadas alrededor de la estructura y con unos colibríes minúsculos e iluminados entre ellas.
Y había tantísimas plantas que perdí la cuenta: frutas y hortalizas que me decían que Rho le había echado un cable a Shep porque no solo eran mis favoritas sino que, además, estaban en perfectas condiciones.
Y, en medio de todo eso, mis ojos se posaron en una única cosa, en mi «más».
Shepard. Estaba en medio del invernadero, con sus ojos color ámbar clavados en mí mientras yo cruzaba la puerta.
Las luces también le aportaban brillo a él, aunque no era solo por eso.
Ese brillo también procedía de su interior.
De su amor por mí, que irradiaba hacia fuera.
Agarré aquel antiguo pomo de cristal con la mano, lo giré y noté cierto escozor en los ojos mientras entraba en el invernadero. A Shep se le dibujó una sonrisa en los labios que no hizo sino intensificar todo su esplendor.
—Necesitabas un invernadero para que nuestra casa fuese perfecta.
—¿Un invernadero? —conseguí decir, dándoles rienda suelta a las lágrimas que me resbalaban por las mejillas—. Esto es una mansión para las plantas.
Shep rio y aquel cálido y áspero sonido me envolvió entera.
—¿Te gusta?
—¿Que si me gusta? —dije como pude entre hipidos—. Es increíble. TÚ eres increíble.
No pude contenerme. Fui hacia él y le pasé los brazos por la cintura.
—Me alegro —susurró moviéndose un poco para coger algo del bolsillo trasero—. ¿Seguirás construyendo «más» conmigo? Una vida. Una familia. ¿Este hogar?
Me separó la mano izquierda de su cintura y me colocó un precioso diamante ovalado en el dedo anular.
Aquella piedra preciosa era como él y sus camisetas blancas, su impecable camioneta plateada y su bondad innata.
Era prístino; una LUZ centelleante. Era un recordatorio más de que amar a Shep me había devuelto a la vida y había conseguido que volviera a creer en la bondad que seguía existiendo en el mundo.
Las lágrimas empezaron a brotarme más deprisa, resbalándome por las mejillas.
—No has esperado a que contestara.
Shep rio de nuevo, envolviéndome con su cálida aspereza de nuevo.
—Dirás que sí.
—Flipado.
—Seguro —me corrigió—. Seguro de lo que aportarás a mi vida a diario. Seguro de lo que compartimos, de lo que estamos construyendo. Seguro de que te quiero con absolutamente todo mi corazón.
—Sí —susurré.
A Shep no le hacía falta que se lo dijera, pero yo lo hice igualmente.
Me acercó y me besó de tal forma que todas sus palabras cobraron vida e iluminaron hasta el último recoveco de mi ser. Cuando se separó, los ojos le centelleaban con un tono dorado.
—Vamos a construir una vida maravillosa.
—Lo sé —respondí.
Shep sonrió, me envolvió con un brazo y me guio hacia la puerta.
—Espera —me quejé—. Tengo que ver todas estas plantas.
—Eso puede esperar —contestó, sonriendo con más ahínco.
Nada más salir, se encendieron más luces: farolillos y guirnaldas luminosas que envolvían aquella inmensa terraza trasera.
En cuanto distinguí a la gente que llenaba ese espacio, se me escapó un sonido ahogado.
Nikki, la mentirosilla de mi mejor amiga, sonrió y me saludó con la mano.
Anson y Rhodes, envueltos en un abrazo, tenían la vista puesta en nosotros.
Duncan y Walter estaban de pie, mirándonos, y cerca de ellos se encontraban Mara y su prometido: el oficial Allen.
Sutton tenía a Luca cogido de las manos y el niño estaba saltando.
A su lado, Cope descorchó una botella de champán mientras Lolli gritaba.
Trace hizo girar a Keely y Arden levantó una copa para brindar.
Fallon se secó las lágrimas mientras Kye le pasaba un pañuelo.
Pero Nora ya había echado a correr por el jardín.
Nos abrazó a Shep y a mí con más fuerza de la que parecía tener pese a ser tan menuda y no nos soltó.
—Os quiero. —Me dio un beso en la mejilla y, sin separarse, me dijo—: Ya eras de la familia, pero me alegro muchísimo de que ahora sea oficial.
Me separé, dejando que las lágrimas resbalaran más rápido por mis mejillas.
—Gracias. No podría ser más afortunada que con esta familia.
Shep me rozó la sien con los labios.
—Una que elegiremos cada día de nuestras vidas —señaló.
Levanté la vista hacia él y respondí:
—La elección más fácil de mi vida ha sido elegirte a ti, Shepard Colson.
—Cariño, ya sabes lo que pasa cuando me llamas por mi nombre completo. ¿Hace falta que vuelva a llevarte al invernadero?
Solté una carcajada mientras notaba que los últimos pedazos de la pesadilla que había vivido se desmoronaban y, por fin, la luz me envolvía por completo.