Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cincuenta y siete. Shep
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Capítulo cincuenta y siete. Shep

Capítulo cincuenta y siete

Shep

Lo vi a cámara lenta. Como si fuese asimilándolo poco a poco, con cada fuerte latido de mi corazón contra la caja torácica.

El horror de todos los que me rodeaban.

Los gritos.

Los movimientos borrosos.

Mis piernas se movieron, impulsándome hacia el borde del precipicio, incluso antes de que yo les hubiese dado la orden. Mi cuerpo sabía que tenía que ir a por Thea. Que eso era lo único que importaba.

Frente a mí, Trace inmovilizó a Raina en el suelo mientras ella gritaba y forcejeaba. Pero yo no tuve tiempo de mirar siquiera. Solo podía pensar en Thea.

Derrapé hasta frenar en seco en el borde del despeñadero, levantando tierra y piedras a la vez; casi salí volando yo también.

Hice de tripas corazón y me vinieron a la mente un millón de posibilidades distintas y crueles de lo que podría encontrarme.

Primero, miré hacia las ásperas y escarpadas rocas que había abajo.

Pero ahí no se veía ningún cuerpo sin vida.

Fui levantando la vista por el lateral de la montaña hasta que di con ella.

Thea. Me quedé petrificado de los pies a la cabeza en cuanto esos ojos de color verde claro se posaron en los míos.

Estaba unos cuantos metros más abajo, agarrándose a una roca puntiaguda y afilada, y movía los pies para poder apoyarse en algo.

Alivio y terror empezaron a correrme por las venas, enfrentándose entre ellos para convertirse en la emoción dominante. Un afilado saliente le había frenado la caída a Thea, que seguramente se habría hecho daño en el proceso, pero seguía peleando para salvarse. Como la guerrera que era.

—Aguanta, Astilla —le dije—. Vamos a subirte. Tú aguanta.

Anson me miró.

—Como la cojas, tú también caerás.

—Como no la coja, caerá ella.

Me arriesgaría la vida por salvar a Thea, porque sabía que, total, sin ella, yo no viviría de verdad.

Cuando se soltó otra piedra, Thea emitió un grito.

—Sujétame las piernas —le ordené a Anson.

No titubeó. Se tumbó en el suelo y colocó todo su peso en la mitad inferior de mi cuerpo. Llamó a Trace para que nos echaran un cable, pero yo oía a mi hermano intentando esposar a Raina con la ayuda de Fletcher. Cabía la posibilidad de que tuviéramos que apañárnoslas solos.

—Shep.

La aterrada voz de Thea se aferró a mí con sus feas y despiadadas garras, pero no dejé que se me notara.

—Estoy aquí. Siempre estaré aquí.

Thea asintió despacio. Las lágrimas le resbalaban mejilla abajo, mezclándose con la sangre que le brotaba de un lado de la cabeza.

—Estás aquí —repitió ella en un susurro.

Estiré los dedos hasta alcanzar los suyos. Al notar su piel, la fuerza se adueñó de mí. Pero seguía demasiado lejos. No podía agarrarle las muñecas.

—Anson, tienes que bajarme unos quince centímetros más.

—Shep...

—Hazlo.

—No —susurró Thea—. Puedo aguantar. Esperaré a que lleguen refuerzos.

Aun así, yo veía cómo le temblaban los dedos mientras ella se sujetaba con fuerza a la roca. No aguantaría.

—Anson —gruñí.

En ese instante, noté más peso en las piernas.

—Lo bajaremos juntos. A la de tres —ordenó Trace—. Uno, dos, tres.

Me bajaron muy poco. Pero bastó. Agarré las delicadas muñecas de Thea. Ahora parecían tan frágiles... Era como si fuesen a explotar al subirla.

Clavé los ojos en los de ella.

—A la de tres, quiero que te sueltes de la roca y te agarres a mis brazos —le dije.

—N-No puedo. Me caeré. Y te arrastraré conmigo.

—Thea. —Procuré que mi voz y mi mirada mostraran todo lo que sentía por ella—. Te necesito. Necesito ese «más» nuestro. Confía en mí, por favor.

He aquí unas palabras mágicas, porque Thea asintió.

—Vale, chicos. A la de tres me volvéis a subir. ¿Listos?

—Listos —respondieron Anson y Trace al unísono.

Bajé la vista hacia Thea, recordando cómo brillaban esos ojos de color verde claro. Recordando todos los momentos que me había regalado ella. La calma de su paz, su humor, la fuerza de su ser. Recordé absolutamente todo por lo que teníamos que luchar.

—Uno.

A Thea le centelleó la mirada.

—Dos.

Thea cerró los ojos, arrebatándome ese verde.

—Tres.

Se soltó de la roca justo en el mismo instante en el que Anson y Trace tiraban de mí hacia arriba. Sujeté a Thea con todas mis fuerzas. Noté cómo me rozaba el pecho y los abdominales con el suelo rocoso mientras nos arrastrábamos y tiraba de Thea.

En cuanto llegó al borde, la abracé y la acuné mientras ella se echaba a llorar.

—Ya está. Estoy aquí. Siempre estaré aquí.