Capítulo cincuenta y seis. Shep
Capítulo cincuenta y seis
Shep
—Sube —me mandó Anson, abriendo la puerta de su camioneta.
No esperé a que me lo repitiese. Simplemente subí al vehículo y cerré la puerta mientras él hacía lo propio al otro lado.
Anson arrancó y puso marcha atrás.
—Abre la guantera. Tengo un transmisor. Así sabremos dónde están.
Trace no me lo había dicho; me había ordenado que esperase a que me llamara. Y una mierda iba yo a quedarme sentado en casa perdiendo el tiempo mientras Thea estaba ahí fuera jugándose la vida.
«Jugándose la vida».
Esas palabras hicieron que una mano invisible me pegase un puñetazo en el estómago y me dejara sin aliento. Me ardía todo; era como si tuviese el cuerpo envuelto en llamas.
Que era justamente lo que pasaría como le ocurriese algo a Thea. Ahora que había probado su amor, no podría vivir sin ella. Thea hacía que todo fuese... mejor. Era como si el mero hecho de tenerla en mi vida convirtiese mi mundo en un lugar más fresco y bonito.
—Dale al botón naranja —me ordenó Anson mientras pisaba el pedal del gas y la gravilla salía volando.
Moví el aparato ese que parecía un walkie-talkie . En cuanto apreté el botón naranja, se oyeron unas interferencias.
—Unidad cuatro en busca de Thea Stewart y un sujeto desconocido en Terrace Road, pasado el kilómetro treinta. El vehículo de Allen está inactivo. Ha habido disparos. El sujeto desconocido va armado.
Agarré la radio con tanta fuerza que el plástico crujió. La solté en el acto y obligué a mi cuerpo a relajarse para no perder la única conexión que tenía con Thea.
«Ha habido disparos» .
Me ardían los ojos como si acabasen de echarme ácido clorhídrico. ¿Y si Thea estaba herida? ¿Sangrando? ¿O mucho peor?
—Aguanta, tío. Ya vamos para allá —me aseguró Anson, acelerando a fondo por esa carretera de doble sentido.
No estábamos lejos del desvío que había descrito el agente. Pero tampoco nos encontrábamos lo suficientemente cerca. No cuando bastaría con una milésima de segundo para que todo cambiase.
Anson cogió una curva muy cerrada para adentrarse por Terrace Road.
Terrace , «terraza» en inglés. Le habían puesto ese nombre por los muchos miradores que había en la montaña, que tenían forma de terraza y daban al valle que quedaba a sus pies.
Era un tramo de carretera precioso con muy buenas vistas; sin embargo, por la noche o cuando nevaba, podía ser peligroso.
Pasamos por delante del oficial Allen, que estaba examinando el coche patrulla cuyo parabrisas había quedado hecho añicos y tenía una rueda pinchada, y me dio un vuelco el estómago.
Aun así, Anson no se detuvo. Continuó avanzando a toda prisa hasta que vimos varios vehículos de las fuerzas del orden parados delante.
Levantó el pie del gas y fue ralentizando hasta frenar.
Pero yo ya había abierto la puerta. Salté de la camioneta en un abrir y cerrar de ojos y eché a correr a toda velocidad hasta que lo vi.
El coche de Thea. La berlina azul marino, convertida en un montón de chatarra de metal. Se había estampado contra un pino ponderosa gigantesco. La parte delantera estaba completamente encastada contra el árbol. Todas las ventanas habían quedado destrozadas. Habían saltado los airbags.
Me quedé sin aliento. ¿Lo que había en el airbag del asiento del conductor era sangre? ¿Dónde narices estaba Thea?
Alguien me puso una mano en el hombro.
—Te he dicho que esperases a que te llamara.
Desvié la vista hacia Trace de inmediato.
—Es Thea.
Esa era toda la respuesta que necesitaba mi hermano. La única explicación. Porque Thea lo era todo.
Se le ensombreció un poco la expresión. Atisbé una pizca de dolor en su rostro porque lo sabía. Trace sabía que Thea me había ayudado a encontrar mi paz interior, esa que tan desesperadamente necesitaba. Trace había captado lo especial que era Thea. El mundo era un lugar mejor con ella aquí.
Mi hermano tragó saliva con fuerza.
—Han huido a pie. Vamos a barrer el bosque.
Al oír que Thea seguía viva, sentí una pizca de alivio, pero la rabia y el terror le pisaron los talones a dicha sensación de inmediato.
—¿Dónde narices la lleva el tío ese? —espeté con desdén.
Brendan no conocía este lugar. Ni siquiera debía de haber sabido que había un puerto de montaña.
—¿Qué tío? —preguntó Trace con el ceño fruncido.
—Brendan —gruñí.
—No la tiene Brendan. Se trata de Raina Wheeler.
Ese nombre me sentó como una bofetada. Aquella mujer menuda que siempre había tenido una nerviosa sonrisa para mí era la última persona que me habría imaginado amenazando a Thea a punto de pistola.
—¿Qué...? ¿Por?
Me aturullé al pronunciar aquellas preguntas monosilábicas. Nada tenía sentido.
Trace sacudió la cabeza con evidente preocupación en el rostro.
—No tengo ni idea. Pensaba que eran amigas.
Anson se nos acercó, inspeccionó el coche y luego desvió la vista hacia la ladera de la montaña.
—Sufrir maltratos continuos puede derivar en episodios psicóticos.
Un mal presentimiento se adueñó de mí, pero enseguida lo reemplazó un miedo que me robó el aire de los pulmones. Entré en acción. No pude contenerme. Tenía que encontrar a Thea. Ya.
—Shep, espera —me ordenó Trace. Pero yo seguí moviéndome. Mi hermano soltó un taco—. Fletcher, ven conmigo. Hansen, ocúpate de la búsqueda.
Anson echó a correr hacia mí.
—Frena —me dijo.
Pasé de él.
Me cogió del brazo, pero yo me zafé de su agarre.
—¿Igual que paraste tú cuando Silas tenía a Rho? Joder, Anson, ya deberías saber que no me quedaré de brazos cruzados. Tengo que encontrarla. No puedo permitir que... —Unos cristales invisibles me quebraron la voz—. No puedo permitir que le pase nada.
Anson no se ofendió cuando me solté de él. Solo se me acercó y respondió:
—Ya lo sé. No te prohíbo que vayas a buscarla. Te aconsejo que frenes y pienses —remarcó muy bien esta última palabra—. ¿Por qué la llevaría Raina ahí arriba?
Me quedé inmóvil. Lo único que oía era el fuerte latido de mi corazón y la distante conversación de las fuerzas del orden a lo lejos. Observé los bosques que había a ambos lados.
—Hay una cabaña del Servicio Forestal en la cima, pero queda a dos horas a pie, como mínimo. —Tragué saliva para deshacerme del nudo que notaba en la garganta—. Como estén heridas, no llegarán tan lejos.
—Vale. ¿Hay algo más cerca? Si Raina solo quisiera matarla, ya lo habría hecho.
Las palabras de Anson eran crudas pero reconfortantes a partes iguales. La cabeza empezó a darme vueltas a toda velocidad, más deprisa que de costumbre. Estaba cantado que Raina quería hacerle daño a Thea, pero no había optado por una violencia sanguinaria. ¿Por qué?
Porque una parte de Raina era incapaz de hacer algo de ese calibre. Seguramente lo detestara porque ella también había sufrido lo mismo en sus propias carnes. Así que ¿cómo podía hacerle daño a Thea?
Me erguí de inmediato.
—Los riscos.
Anson frunció el ceño pero yo ya había echado a andar.
Trace empezó a correr delante de mí, con el oficial Fletcher a su lado, y dijo:
—Deja que tomemos la delantera. Podrás estar con ella en cuanto hayamos controlado la situación.
«Joder».
Sabía que era lo mejor. Yo no llevaba ni pistola ni chaleco antibalas. Trace y Fletcher iban equipados con ambas cosas. De modo que acepté que se adelantasen, por más que la idea me matara.
Anson se colocó a mi lado y preguntó:
—¿Qué riscos?
—Hay una especie de terrazas en la ladera de las montañas. De ahí el nombre de la carretera. Son miradores naturales. —Tragué saliva con fuerza—. Raina no quería disparar a Thea.
No pude pronunciar el resto, pero Anson ya lo sabía. Mi amigo era un genio.
—Obligará a Thea a tirarse.
Asentí con la cabeza y el dolor se adueñó de mí. No podía pensarlo siquiera. No podía dejar que esa imagen se incrustara en mi mente o me rompería allí mismo. Opté por centrarme en la espalda de Trace, en el tejido kevlar donde ponía: «Cdo. de Mercer».
Me centré en esas letras mientras nos adentrábamos por el bosque en silencio. Hasta que oímos unas voces a lo lejos.
—Sigue andando, zorra —espetó Raina con desprecio.
Su voz no se asemejaba en nada a aquella que me resultaba familiar. Esa otra era más tierna, más dulce. Esta estaba llena de ira.
—No puedo... Me duele... —le suplicó Thea.
Escuché su respiración sibilante incluso en la distancia. Thea estaba sufriendo; estaba herida.
Trace hizo señas con la mano para que tanto Anson como yo nos quedásemos atrás y luego le indicó con un gesto a Fletcher que rodeara la zona. Mi hermano tocó algo en la radio para que no se oyera nada; luego, se acercó el aparato a la boca y susurró.
La sangre me rugía en los oídos mientras Anson y yo seguíamos a Trace. Cada vez había menos árboles y la zona quedaba más y más despejada. Y entonces las vi.
Thea estaba de lado. Llevaba la camiseta de la panadería hecha jirones y la sangre le manchaba un lado de la cara. Intentó dar un paso al frente, pero trastabilló.
—Deja de fingir —escupió Raina—. Ya te he dicho que eso de hacerte la inocente no te funcionará conmigo. Voy a librarlos a todos de tus manipulaciones, de tu ruina.
—Yo no quería que Russ te pegara —alegó Thea.
—Y una mierda que no. Cada vez iba a peor.
Le contestaste mal en el despacho, intentaste seducirlo en el bar.
¿¡A quién crees que le hacía pagar los platos rotos!
? Y luego vas e intentas convencerme para que lo abandone.
¿Sabes lo que haría si intentara dejarlo?
Me mataría. —La respiración de Raina se convirtió en unos jadeos entrecortados—.
Así que solo me queda una alternativa. La que morirá aquí serás TÚ.
—Empujó a Thea y esta volvió a tropezar.
Intenté saltar hacia ella, pero Anson me agarró por la camiseta y tiró de mí hacia atrás.
En ese instante, Trace entró en acción y levantó la pistola.
—Departamento del sheriff del condado de Mercer. Baja el arma y ponte de rodillas.
Raina se giró de repente con los ojos abiertos como platos y llenos de pánico, pero continuó apuntando a Thea con la pistola.
—No podéis estar aquí. La cosa no tenía que acabar así. Si me la cargo, irá todo bien. Solo tiene que morir.
—Raina —la calmó Trace—. Déjame ayudarte. Si bajas el arma, puedo asegurarme de que todo salga bien. Es mi trabajo.
A Raina le centelleó un segundo la mirada.
—¡Tú solo empeoras aún más las cosas! ¡Cada vez que vienes, me da más fuerte!
Trace empalideció en el acto.
—Lo siento muchísimo. Lo que hace no está bien. Pero podemos detenerlo. Juntos. Solo necesito que me ayudes.
—Ya lo estoy haciendo —gruñó Raina apretando la mandíbula—. Si la borro a ella del mapa, Russ se encontrará bien y tú ya no tendrás que venir a mi casa. Y Shep también estará bien porque se habrá quitado a esta zorra mentirosa de en medio.
Ahí sí que salí pitando hacia ellos.
—Para. —Más que una palabra, sonó como una súplica—. Sin Thea, no estaré bien. La necesito.
Raina me miró de golpe.
—No. No. No. No la necesitas. Es una mentirosa. Engaña a la gente. Lo arruina todo. Estarás mejor sin ella. Tú y todos.
—Por favor —le supliqué.
Me escocían los ojos. Los mismos que se toparon con las profundidades verde claro de Thea, que tenía llenas de lágrimas y le brillaban bajo la tenue luz del sol. Sin llegar a pronunciarlo en voz alta, me dijo: «Te quiero».
—Raina. —Trace dio un paso al frente—. Baja el arma. Nos aseguraremos de que estés a salvo. De que nadie pueda volver a hacerte daño.
—¡Ella me hace daño! ¡Si sufro tanto es por su culpa!
Dicho esto, cargó contra Thea y la empujó con todas sus fuerzas.
Thea trastabilló hacia atrás y su delicado cuerpo salió volando. Me abalancé hacia ella gritando su nombre con todo mi ser.
Pero fue demasiado tarde.
Thea tropezó. Por un aterrador segundo, se quedó suspendida en el aire, en el borde del acantilado.
Y, luego, simplemente... desapareció.