Capítulo cincuenta y cinco. Thea
Capítulo cincuenta y cinco
Thea
Notaba la dura presión de la pistola en un costado y me dolían las costillas.
—He dicho que sigas conduciendo —repitió la mujer con desdén—. ¡Más deprisa!
Me clavó más el arma de metal, como si quisiera darle énfasis a aquella orden.
La voz me resultaba muy familiar, pero cambiada. Lo suficiente como para que no pudiese reconocer a la persona en cuestión. Además, como estaba escondida detrás del asiento del copiloto, agachada en el suelo, tampoco la veía a través del retrovisor.
—Si acelero más, el oficial Allen sabrá que ocurre algo —argumenté con una voz que no se asemejaba en nada a la mía. Sonaba tranquila, relajada, como si no fuese yo quien hablaba. Como si aquellas palabras no acabasen de salir de mi boca.
La mujer soltó una maldición:
—Serán cerdos. Siempre meten las narices donde no les toca. Siempre lo empeoran todo. ¿Por qué no nos dejan solos y ya está?
—Está intentando ayudarme. Para que esté a salvo.
No tenía ni idea de por qué intentaba explicarle eso a una mujer que estaba amenazándome a punta de pistola. Claramente, a ella no le importaba lo más mínimo mi seguridad. Pero, en parte, temía que guardar silencio fuese a cabrearla todavía más.
—¡No hace falta que estés a salvo! Lo que sí hace falta es que te largues. Todo irá bien si te largas y punto.
Apartó la pistola y luego volvió a clavármela en el costado.
Lo hizo con tanta fuerza que jadeé y me doblé contra el volante mientras el coche se desviaba hacia un lado y los neumáticos rozaban las bandas rugosas.
—¡No te desvíes! ¿No sabes hacer nada bien o qué? —soltó con desprecio, y se levantó para sentarse en el asiento del medio, justo delante del retrovisor.
Me dio todo vueltas y la cabeza empezó a irme a mil por hora hasta que al final pude atar cabos. Mi cerebro tardó unos valiosísimos segundos en asimilar aquella imagen al mismo tiempo que yo volvía a la carretera.
—No entiendo cómo puedes caerle bien a todo el mundo. Ni conducir sabes —espetó.
—¿Raina? —exclamé.
Pronuncié su nombre a modo de pregunta, alternando la vista entre el retrovisor y la carretera sin parar, en un continuo intento por asimilar lo que estaba ocurriendo. Parecía todo un sueño febril.
Raina ignoró mi seudopregunta y me estudió con la mirada.
—Eres fea. Tienes el cuerpo de un crío huesudo. Casi siempre te vistes fatal y, cuando no, vas como una zorra. Cuando desaparezcas de su vida, Shep le dará las gracias al universo. Le estoy haciendo un favor.
Las palabras de Raina me sentaron como si estuviese descargando la munición de una metralleta. Una tras otra. Aquella cadencia era extremadamente familiar. Extremadamente similar a la de Brendan. Un análisis sin sentido alguno. Primero que si iba desaliñada y luego que si me vestía como una puta.
Aquel toma y daca, junto con la perturbada sensación que acompañaban las palabras en sí, hicieron que el corazón empezara a latirme desbocado. Me comenzaron a sudar las manos mientras trataba de asirme con más fuerza al volante y mantenerme en el aquí y el ahora.
—¿Quieres ayudar a Shep? —pregunté.
—Estoy ayudándolos a todos. Estaremos todos mejor sin ti. Destrozas a los hombres buenos. Lo destrozas to-do.
Se me secó la boca mientras los recuerdos iban azotándome la mente: «Lo destrozas todo.
Le arruinas la vida a la gente y te da absolutamente igual».
Oí el eco de aquellas palabras en mi cabeza; la imagen de Brendan, con los ojos adormilados mientras procedía a insultarme, justo antes de que rompiese el cristal contra la pared.
El recuerdo de cómo me hice una bola en el suelo del baño y deseé que terminara todo aquello. El dolor. La ansiedad. Todo.
—¡Cuidado! —gritó Raina clavándome la pistola de nuevo y golpeándome otra vez en aquel punto dolorido donde ya me había dado.
Había dejado que el coche se fuese desviando hacia el carril contrario de la carretera que se dirigía a las Montañas Monarca.
Por suerte, no venía ningún otro vehículo y pude enderezar el mío enseguida.
Pestañeé en un intento por ver con mayor claridad y deshacerme tanto del escozor que notaba en los ojos como de aquellos recuerdos.
Me sujeté bien al volante y levanté la vista hacia el retrovisor.
La cara de Raina lo llenaba por completo pero, justo detrás, atisbé el coche de policía del oficial Allen.
Estaba cerca. Solo tenía que encontrar la manera de darle una oportunidad para que me ayudase.
¿Y si estampaba el vehículo contra algo?
Al notar la dureza del metal en el costado supe que esa sería una muy mala idea. Raina tenía el dedo en el gatillo. Cualquier tipo de impacto y me dispararía seguro.
—¿Qué quieres? —pregunté con la voz rasposa.
Los ojos color avellana de Raina centellearon con un tono dorado. Pero no era el mismo tono que percibía en los ojos color ámbar de Shep; el de Raina era puro enfado. Rabia. Agarró la pistola con más fuerza.
—Ya te lo he dicho. Que te largues. —Suspiró temblorosa—. Intenté avisarte para que te fueras, para que pa-ra-ras, pero no me escuchaste. Te rajé los neumáticos, te envié esa foto, te destruí el puñetero invernadero. Pero ¡eres demasiado estúpida para escucharme!
—¿Por qué?
Era la pregunta más simple del mundo, pero me resultaba imposible entender los motivos de Raina. Siempre me había mostrado amable con ella.
Volvieron a iluminársele los ojos.
—¿Crees que no sé que estás intentando robarme el marido? ¿Que estás intentando cargarte nuestro matrimonio? ¿Que me pega por tu culpa?
Cada frase era como una bofetada que hacía que la cabeza me diese vueltas en todas las direcciones. Y todas carecían de sentido.
—Raina, yo no quiero que Russ te pegue. Lo que pretendo es que te alejes de él.
Se movió tan deprisa que no pude evitar el golpe. Separó la mano con la que estaba agarrando la pistola y me pegó en un lado de la cabeza. Unos puntitos me nublaron la vista y el coche se desvió hacia un lateral. Raina se sujetó al asiento para no caerse.
—¡Serás zorra! —gruñó—. Tú lo único que quieres es verme sufrir. Provocas a Russ. Lo tientas para que vaya por el mal camino. Me contó lo del bar. Que fuiste a por él, que le metiste mano. Y luego te hiciste la víctima. Llegó a casa hecho una fiera.
Me dio un vuelco el estómago. No quería ni oír lo que había sucedido a continuación porque ya sabía que acababa mal.
—Me tiró contra la pared con tanta fuerza que me desmayé. Al día siguiente, casi no podía ni moverme. Y todo por tu culpa.
Empecé a respirar más rápido, jadeando. Y, con cada inhalación, me ardía el pulmón justo debajo de donde Raina me había golpeado.
—Lo siento muchísimo —me disculpé en voz muy baja.
Ella me tiró del pelo por detrás con tanta fuerza que vi las estrellas.
—¿Qué lo vas a sentir? Si eres una zorra. Eres igual que el resto. Intentas engañar a todo el mundo para que los demás piensen que eres perfecta y superinocente. Pero no es así. Y se van a dar cuenta. Ahora por fin se darán cuenta.
El pánico se adueñó todavía más de mí.
—Gira a la derecha. Sigue por el camino de la montaña —me ordenó Raina.
—No —susurré.
No podía. Seguir sus órdenes solo nos llevaría a algo malo. Lo peor.
Raina me tiró del pelo con más fuerza y me sacudió.
—Vas a escucharme. Y vas a hacerme caso.
—No.
Era todo cuanto podía hacer. Oponerme en silencio.
Movió la otra mano y oí un sonido ensordecedor al lado de la oreja. La ventana del asiento del copiloto se rompió y los cristales acabaron esparcidos por todas partes. Pegué un volantazo y casi nos caemos por un terraplén.
—Como no obedezcas, a la próxima te disparo en la rótula.
Allen encendió las luces del coche patrulla e hizo sonar la sirena.
Raina se giró de inmediato hacia el vehículo y, acto seguido, volvió a fijar la vista en mí.
—Mira lo que has hecho. También vas a pagar por esto. Por todas tus cagadas. —Me zarandeó la cabeza—. Gira por ahí o te mato aquí mismo.
Las lágrimas empezaron a brotarme de los ojos. Lágrimas de frustración y de dolor. Porque no sabía qué hacer. ¿Obedecía o me resistía?
Miré el desvío en cuestión. Habíamos ido ganando altura serpenteando por la carretera que se dirigía a las montañas.
Pero ese camino nos llevaría directas a la cima.
Además, estaba flanqueado por un montón de árboles altos.
Unos contra los que seguramente podía estampar el coche.
Era mi única esperanza. Solo tendría que rezar por que, en el caso de que Raina apretase el gatillo, el balazo no me diese a mí o, por lo menos, no fuera letal.
—¡Coge el desvío! —gritó Raina.
Di un volantazo hacia el camino que quería que cogiese y la gravilla salió volando bajo las ruedas. Raina me agarró el pelo con más fuerza, aprovechando para sujetarse, y una nueva ola de dolor me azotó el cuero cabelludo.
Conseguí mantener el coche en el camino, lo enderecé y seguí por el lateral de la montaña.
La cuesta me impediría alcanzar la velocidad suficiente como para estamparnos como yo quería.
Pisé el pedal del gas con fuerza, rezando para no estar cometiendo un error y acabar volcando por uno de los empinados desniveles de la izquierda.
En lugar de soltarme, Raina se agarró con más firmeza mientras se giraba.
—Putos cabrones —se quejó, apuntando con la pistola a través de la luneta.
El miedo se adueñó de mí y recé para que no se le diese bien disparar. Para que una de sus balas no impactara en el oficial Allen.
Oí otro crujido y el cristal se agrietó en mil pedazos. Luego, hubo otro disparo, y otro. «¿Cuántas balas cabían en una pistola?». No tenía ni la menor idea. Hasta donde yo sabía, podía haberse quedado ya sin ellas o tener todavía doce de repuesto.
Una risa inundó el aire, pero una con un sonido un tanto malévolo.
—A ver cómo sube la montaña ahora, con la rueda de delante pinchada.
Levanté la vista un segundo hacia el retrovisor, lo justo para ver, a través del cristal agrietado, que el coche de Allen se había detenido.
Me dio un vuelco el estómago. Si nos estampábamos ahora, no tendríamos refuerzos.
Solo me quedaba esperar que pudiese chocar con la fuerza suficiente como para que Raina se lesionara varias partes del cuerpo.
Al pensarlo, me entraron ganas de vomitar. Por más que ella estuviese haciendo todo esto, yo no quería hacerle daño. Bastante estaba sufriendo Raina ya. Vivía una agonía que, sin duda, le había distorsionado la mente a más no poder.
Yo sabía lo que era no confiar ni en tu propia mente ni en tus recuerdos.
Se amontonaban en un retorcido nudo del que no veías ni el principio ni el final.
Era como una cuerda que no lograbas identificar.
No sabías qué había sido en su día porque ahora se había convertido en algo totalmente distinto. Y tú no veías la salida.
Solo que, ahora, yo sí era consciente de ella.
Sabía que existía. Por fin había visto la verdad.
Y enamorarme de Shep me había ayudado; era como si él me hubiese quitado la venda que seguía impidiéndome verlo todo con claridad.
Ahora veía el mundo con otros ojos, con todos sus colores y todas sus tonalidades.
Era un regalo que jamás conseguiría agradecerle como es debido.
Pero sería lo bastante valiente como para luchar por lo nuestro.
Clavé la vista en el camino que tenía delante. Sabía que, más allá de los árboles que quedaban a mi izquierda, había un desnivel parecido a un precipicio. No pensaba arriesgarme a cruzar por en medio de esos árboles y lanzarme a una muerte contra aquellas rocas. Pero a la derecha solo había bosque.
Esos árboles habían sido una de las cosas que me habían aportado sosiego al mudarme a Sparrow Falls. Con su eterna belleza y aquel relajante aroma. Solo esperaba que pudiesen rescatarme una vez más.
Me dirigí hacia la derecha con un volantazo y pisé el acelerador al mismo tiempo que Raina gritaba.