Capítulo cincuenta y cuatro. Shep
Capítulo cincuenta y cuatro
Shep
El sol de la tarde calentaba la tierra de la parte de atrás de la vieja finca. Era el tipo de sol que lo teñía todo de un tono dorado. Y ese brillo hacía que se me antojaran un sinfín de posibilidades.
Fui contando los pasos que daba al alejarme de la casa para intentar hacerme una idea general de la distancia que había.
Al haber estado viviendo estas últimas semanas con Thea, me había dado cuenta de lo mucho que significaba el espacio exterior para ella.
Se pasaba más tiempo fuera que dentro. Y ahora yo había empezado a ver mi propio espacio con otros ojos.
Cuando llegué a un punto donde la tierra descendía un poco, me detuve.
Sí, ese sería el sitio ideal para instalar una piscina.
Pero no una piscina cualquiera: una que pareciera que formaba parte de la naturaleza que la rodeaba.
Dios, si hasta puede que pusiese un río artificial.
La idea en sí era absurda, pero me importaba un bledo.
Porque ya podía imaginarme a Thea aquí fuera, en bikini, tumbada sobre un flotador.
Levanté la vista mientras me lo iba imaginando. Thea riendo y yo persiguiéndola por el agua, plantas frondosas a nuestro alrededor que se perderían por el paisaje natural que ella ya tenía pensado. Plantas que Thea haría suyas.
Y un invernadero. Thea necesitaba un invernadero. El más fascinante que pudiese construirle.
Mientras estudiaba la zona este de la propiedad, empecé a diseñar planos mentalmente. Probé varios estilos y colores, pero ninguno acababa de convencerme. Me giré hacia la casa de nuevo y fijé la vista en el revestimiento desgastado que tanto le había gustado a Thea. Y entonces lo vi.
El invernadero debía contar una historia. Tenía que estar acorde con la casa. Necesitaba tener un toque desgastado y curtido como el que yo quería mantener en la estructura principal. Aunque el resto sería todo acristalado.
Debería encontrar algún tipo de cristal especial que resistiera la nieve y el granizo. Me costaría un ojo de la cara, pero valdría la pena. Porque sería igual de fuerte que Thea.
—¿Qué narices haces mirando tan fijamente a la nada? —me preguntó Anson, acercándose por detrás.
—Le construiré un invernadero a Thea justo ahí —respondí señalando el punto exacto.
Anson guardó silencio un instante y preguntó:
—¿Tu casa?
—Mi casa.
—Ya era hora —musitó.
Me giré hacia él con una sonrisa de medio lado en los labios.
—Lo dice el tío que no tenía más que una cama vieja y una silla atiborrada de cosas hasta que se fue a vivir con mi hermana.
Anson sonrió.
—Estoy empezando a verle la parte positiva a esto de asentarse.
—Yo también —contesté dándome la vuelta hacia ese punto ideal.
—¿La quieres? —se interesó, refiriéndose a Thea.
—Es la definitiva.
Saberlo a ciencia cierta hizo que algo me calara bien hondo. Aquella relajante sensación que tanto había perseguido desde que tenía uso de razón.
—Me alegro muchísimo de que hayas encontrado todo esto —comentó Anson con la voz áspera.
—Yo también me alegro muchísimo por ti.
Porque, de una forma parecida, Rhodes también le había aportado cierto sosiego a Anson. La única diferencia era que las heridas por sanar de mi amigo y las mías eran distintas.
—Acaba de llamarme Dex.
Me giré tan deprisa hacia Anson que lo vi todo borroso.
—¿Y? —pregunté.
Se le dibujó otro tipo de sonrisa en los labios. Una con un toque salvaje.
—Ha entrado.
Me lo quedé mirando boquiabierto.
—¿En el ordenador de Brendan?
Asintió.
—Dex ha encontrado material suficiente para sepultarlo durante un buen tiempo. Y no solo de Thea. El cabrón les ha hecho lo mismo a seis mujeres más, como mínimo.
Una mezcla de rabia y alivio me inundó las venas.
—¿Cómo lo pillamos? Si todo esto lo habéis encontrado de forma ilegal...
Anson me cortó con un movimiento de mano.
—He tenido que hacer cosas parecidas antes —me explicó—. Lo único que debe hacer Dex es enviar las pruebas de forma anónima a Trace y a la unidad de delitos cibernéticos del FBI. No hay forma de demostrar que las ha conseguido de manera ilegal.
—¿Estás seguro?
No podíamos arriesgarnos a que Brendan se fuese de rositas. Si no, la próxima vez se andaría con más cuidado y ya.
—Al cien por cien —me aseguró él—. Le diré a Trace que colabore con el FBI.
Pueden preparar un plan para confiscarle todos los dispositivos electrónicos a la vez, tanto los de la casa que tiene alquilada aquí como los de la residencia en Los Ángeles.
Dex le congelará los ordenadores desde dentro, así no podrá borrar nada. Tenemos a ese cabrón.
El alivio se adueñó de mí y casi me caigo de rodillas. No era la tortura que se merecía Brendan, pero algo es algo. Además, cuando todo esto saliera a la luz, Brendan perdería la admiración de su público, lo cual seguramente fuese el peor golpe mortal que podía sufrir alguien como él.
Anson me dio una palmada en el hombro y un apretón antes de sentenciar:
—Ya está. Lo tenemos.
Me ardía la garganta.
—Gracias. Sé que... Sé que no es fácil para ti volver a adentrarte en ese mundo.
Anson movió la cabeza.
—Ha merecido la pena. Y, si te soy sincero, cada vez me resulta más fácil. Porque, si algo me afecta, puedo hablar con Rho. En parte es... sanador.
Dios, cuánto me alegraba que ahora mi amigo pudiese contar con esto.
Me dio un empujón y añadió:
—Venga, largo de aquí. Ve a darle las buenas noticias a tu chica.
Sería maravilloso poder compartir con Thea toda esta información.
Eché a andar hacia la parte delantera de la casa, pero me sonó el móvil. Lo saqué del bolsillo y vi el nombre de Trace en pantalla. Sonreí mientras descolgaba.
—¿Te han contado ya las buenas...?
—Shep —me cortó con un tono tenso en la voz.
Me quedé helado y todo el consuelo que había sentido se volatilizó de inmediato.
—¿Qué sucede?
—Thea no ha girado en la entrada de su casa. Allen se ha preocupado y ha acelerado. Thea no detiene el coche.
Un terror glacial me inundó las venas mientras me daba la vuelta. Sabía que Anson estaba ahí, pero no conseguía verlo. Solo distinguía el punto donde quería construirle el invernadero a Thea.
Oí la voz de Trace al otro lado de la línea:
—Allen ha intentado mirar dentro del coche de Thea. Había alguien en los asientos traseros, pero no ha conseguido ver quién era.
Debería haberlo sabido. Que, en cuanto empezara a ser feliz y comenzaran a ocurrirme cosas buenas, la vida me lo arrebataría todo de golpe.