Capítulo cincuenta y tres. Thea
Capítulo cincuenta y tres
Thea
—Oye, ¿sabes una cosa? Tu guardaespaldas es bastante mono —comentó Sutton mientras pasaba un trapo por la zona donde teníamos la cafetera.
Miré al otro lado de las ventanas delanteras de la panadería en busca del hombre en cuestión.
El oficial Allen tenía treinta y pocos años, el pelo castaño y estaba musculado.
Pasó por delante del local, al igual que llevaba haciendo cada cuarenta y cinco minutos o cada hora desde hacía tres días, inspeccionando la zona mientras patrullaba por el bloque.
El primer día después del incidente del invernadero, Shep vino conmigo a la panadería.
Se plantó en una mesa de la esquina, desde donde tenía una buena panorámica de todo el local, y no se movió.
Intenté convencerlo para que se marchase a trabajar, pero se negó.
Como aquella mañana Trace había ido a visitar a Brendan, Shep no quiso arriesgarse lo más mínimo.
Por más que me hubiesen asignado un oficial.
No podía mentirme a mí misma y decir que no estaba preocupada.
Saltaba al más mínimo sonido o movimiento, a la espera de que Brendan petase.
Pero no había sucedido. A pesar de que Trace dijo que había atisbado la rabia que Brendan ocultaba en su interior mientras él lo interrogaba, siguió con la misma máscara de siempre y negó estar involucrado en nada de eso.
Además, Brendan no había movido ningún hilo desde entonces.
Y Dex tampoco había encontrado nada en sus pesquisas informáticas.
Así que seguíamos esperando.
El segundo día, Shep intentó quedarse en la panadería de nuevo, pero le dije que, como lo hiciera, obligaría a Sutton a prohibirle la entrada. Se puso cascarrabias y con cara de pocos amigos pero, al final, abandonó el local para continuar trabajando en la finca.
Ni que estuviese desprotegida. El oficial Allen había sido mi sombra desde la mañana hasta última hora de la tarde. Y, por la noche, otro oficial hacía guardia fuera de mi casa, por si acaso. Su presencia me aliviaba y me inquietaba a partes iguales.
—¿Thea? —me llamó Sutton, acariciándome el hombro delicadamente con los dedos.
Me sobresalté y salí de mis cavilaciones.
—Disculpa. —Sacudí la cabeza y me obligué a sonreír—. Igual deberías decirle al oficial que entre y se tome un café y uno de tus famosos cupcakes —comenté marcando bien ese «famosos» .
Sutton soltó una carcajada.
—¿Cómo lo has hecho para que un cupcake parezca algo pervertido?
Le devolví la sonrisa y, encogiéndome de hombros, respondí:
—Tengo un don.
—No dispongo de tiempo para « cupcakes »; tú ya me entiendes. Casi no tengo tiempo ni para dormir.
Miré a mi amiga mientras rodeaba el expositor, con un trapo y el bote de limpiacristales en la mano. Ya casi habíamos terminado por hoy y, a pesar de que todavía quedaban un par de clientes en la panadería, nosotras ya estábamos empezando a limpiar.
—¿Quieres que Shep y yo te hagamos de canguro esta semana?
A Sutton se le llenaron los ojos de calidez y preguntó:
—¿Queréis practicar?
Noté cierto aleteo en el estómago. ¿Esperanza, quizá?
—No. Pero no nos vendría mal un poco de distracción. Además, adoro a tu hijo.
Guardó silencio un segundo antes de volver a hablar:
—Shep y tú tendríais unos hijos monísimos. Y él sería un padrazo.
Al pronunciar esa última palabra, la voz de Sutton adoptó un tono un tanto nostálgico. Algo que no me pasó desapercibido. Sin embargo, mi mente se quedó atascada en ese «hijos monísimos». Dios, sí que quería eso.
Esa brizna de esperanza se convirtió en una ardiente llama, en la necesidad de ver qué podíamos crear Shep y yo juntos.
¿De qué color tendría los ojos? ¿Verdes?
¿Ámbar? ¿O de uno completamente distinto?
¿Y, el pelo, sería rubio o castaño? Fuese como fuese, algo en mí sabía que esa criatura heredaría su amabilidad.
—Ay, la leche... ¡Estás pilladísima! —bromeó Sutton.
Le tiré el trapo.
—Quien me ha dado la idea has sido tú.
Ella me lo lanzó de nuevo y respondió:
—Y me alegra comprobar que no me equivocaba. Como siempre.
Reí mientras echaba un poco de limpiacristales en el expositor y pasaba el trapo por la superficie. No obstante, atisbé cierto movimiento en el exterior que me llamó la atención.
Había alguien corpulento fuera, de pie, fulminándome con la mirada. Los ojos de Russ Wheeler estaban llenos de odio. Y de una buena dosis de repugnancia, también.
Meses atrás, habría entrado en bucle por algo así, presa del miedo. Pero ahora ya no era la misma persona. Shep me había ayudado a aferrarme a la fuerza que siempre había habitado en mi interior y a saber manejarla.
Así que no le aparté la mirada a Russ. Clavé los ojos en los suyos, llenos de odio, y actué de una forma muy poco característica en mí: se llevó una buena peineta.
Al ver la sorpresa que atravesó sus oscuros ojos marrones, casi me entraron ganas de reír. Sin embargo, una creciente ira le inundó la mirada de inmediato.
—¿Qué diablos...? —Sutton me miró y siguió el recorrido de mis ojos hasta Russ—. Será pedazo de...
Cuando vio que el oficial Allen echaba a andar por la acera en dirección a Russ, Sutton dejó la frase a medias. No oímos qué le decía, pero pude leerle los labios y me hice una idea: «Sigue andando».
Russ respondió con algo ininteligible, pero retomó el paso, airado.
—¿Estás bien? —se preocupó Sutton.
Me erguí y seguí limpiando el expositor.
—Genial. Me ha sentado de maravilla.
—Mandar a los cabrones a la mierda siempre sienta bien.
Nos echamos a reír mientras seguíamos limpiando el local.
A medida que fue avanzando la hora, barrimos y metimos en cajas las pastas que habían sobrado del día.
Sutton siempre las llevaba a un refugio que había en el pueblo colindante.
Cuando los dos últimos clientes se hubieron marchado, giró el letrero para dejarlo por la parte donde se leía: C ERRADO .
—Vete, tranquila. Solo me queda fregar.
Negué con la cabeza y respondí:
—Si lo hacemos juntas, iremos más rápido.
Empecé a colocar las sillas encima de las mesas mientras Sutton cogía un cubo de agua con jabón. Fuimos trabajando a la par, al son de la música country que sonaba a través de los altavoces. Terminamos en tan solo una hora más.
—¿Hora de recoger a Luca? —me interesé.
Sutton miró el reloj.
—No, todavía falta una hora. Ha ido a la pista de patinaje con un amigo al salir del campamento.
Cogí el bolso que tenía debajo del mostrador y pregunté:
—¿Sigue empeñado en ser la próxima estrella del hockey ?
Sutton suspiró mientras escurría el trapo.
—Me ha traído a casa los formularios para la liga infantil. ¿Sabes que dejan jugar a los niños con solo cinco años? ¡Cinco!
Hice una mueca.
—Un poco peligroso sí es... Pero van muy bien protegidos.
—Supongo... Están intentando formar un equipo antes de que empiece la temporada. Y, cómo no: Luca está emperrado en el tema.
Le sonreí con ternura.
—Y, como su madre que eres, cederás sí o sí porque lo quieres un montón.
—Si es que soy tonta... —musitó.
La abracé y respondí:
—No eres tonta. Eres una madre in-cre-í-ble.
—Gracias, Titi. Te quiero.
—Y yo a ti. —La solté—. Hasta mañana.
—Ve con cuidado —me aconsejó.
—Tu futuro novio se asegurará de eso.
Sutton me sonrió y se despidió de mí con un gesto con la mano.
En cuanto salí, el calor me recibió y tomé una profunda bocanada de ese aire con olor a pino, cuyo aroma llegaba hasta el pueblo.
El oficial Allen me saludó con la mano al acercarse.
—¿Qué tal el día? —preguntó.
—Bien —respondí—. ¿El tuyo? Aparte de aburrido a rabiar.
El hombre rio.
—No me importa. Valoro muchísimo que el jefe haya confiado en mí para esto.
Era una bonita forma de admitir su cometido.
—Bueno, pues te lo agradezco —contesté.
—Para eso estamos. Te seguiré a casa. Tú no te saltes ningún semáforo en rojo conmigo detrás.
Sonreí.
—Intentaré contenerme —bromeé.
Avanzamos por la manzana y, doblando una esquina, llegamos hasta donde habíamos aparcado, a unos coches de distancia el uno del otro. El oficial Allen esperó a que yo me hubiese subido al mío y hubiese arrancado, no sin bloquear las puertas al entrar. Luego, aguardé hasta que él estuvo en el suyo.
Cuando vi que ya estaba dentro, puse marcha atrás y salí de la zona de estacionamiento. Había mucha gente pululando por el centro del pueblo y no pude evitar buscar cualquier destello del rubio pelo de Brendan.
Me mordí el interior de la mejilla mientras me obligaba a mantener los ojos en la carretera. No iba a dejar que siguiese atormentándome. Ya no.
En tan solo unos minutos, dejé atrás el tráfico de turistas del pueblo y me adentré por la carretera que llevaba a casa.
A casa, con Shep y Alce. A pesar de que hubiesen destrozado parte de la estructura, lo que importaba eran las personas y los animales que habitaban ahí. Tenía que aferrarme a esto.
Alguien me clavó un metal frío en el costado del cuerpo desde el asiento de atrás y me giré en el acto.
—Mira al frente. Sigue conduciendo. Odiaría tener que pegarte un tiro.
Esa voz era todo gruñidos. Pero no era la de un hombre.
Intenté girarme para descubrir a quién pertenecía, porque me resultaba un tanto familiar. Pero la persona en cuestión me ejerció presión en el costado con ese objeto de metal.
—He dicho que sigas con los ojos en la carretera, zorra. O te meto una bala en la cabeza ahora mismo.