Capítulo cincuenta y uno. Thea
Capítulo cincuenta y uno
Thea
Me molesté nada más ver a Mara saliendo de la casa de Shep. Aun así, me tragué esa sensación porque Shep no había hecho nada que sugiriese que no podía confiar en él.
Sin embargo, aquella sensación me había calado más hondo, hasta convertirse en enfado, gracias a todo lo que había dicho ella. Y, ahora, seguía oyendo el eco de sus palabras mentalmente y sin parar: «Por ti, lo que sea».
Inspiré profundamente mientras me centraba en Shep e intentaba controlar el cabreo como buenamente podía.
—Me voy dentro —musitó Anson, saliendo por patas de allí.
Observé a Shep largo y tendido. Al percatarme de la incerteza y la preocupación que se escondían en su rostro, se me disipó sutilmente el enfado.
—Tres. Habría dicho que cinco, pero te he visto la cara y se me ha pasado un poco.
Shep me abrazó.
—Lo siento. No le pedí que trajera ella las ventanas. Lo ha hecho porque sí.
—Lo sé. —Me hundí en su abrazo y respiré su aroma a cedro y a serrín. Ese tres bajó a uno—. No quiero ser como Brendan.
Shep se separó un poco con la frente arrugada.
—¿De qué estás hablando?
Lo agarré por la camiseta.
—Odiaba que yo hablase con otros chicos —le conté—. Los que fueran. Incluso con los que trabajaban conmigo. No quiero ser así.
—No lo eres —me tranquilizó, apartándome el pelo de la cara—. No podrías serlo ni queriendo.
—Estaba celosa —admití—. Te conoce desde hace muchísimo más tiempo que yo.
A base de ir viendo a Mara en la panadería, había descubierto que nació y se crio aquí. Fue a clase con Shep toda la vida, desde la guardería. Yo jamás compartiría esa historia con él.
—Astilla... —susurró Shep, acercándome más—. Como si hubiese pasado cada segundo del día con ella desde que nací. Da igual. Seguiría habiendo solo una persona en el mundo que me conoce mejor que nadie. Tú.
Sus palabras me calmaron un poco más los nervios. Shep me acarició el labio inferior con el pulgar.
—Has visto partes de mí que jamás pensé que acabaría enseñándole a nadie. Lo has visto todo de mí. Has curado partes de mí que ni siquiera sabía que estaban rotas. Y solo he amado a una mujer en toda mi vida. A ti.
Se me entrecortó la respiración.
—No me hagas llorar, Shepard Colson.
Él dibujó una sonrisa y respondió:
—Cielo, ya sabes que, si me llamas así, tengo que follarte.
Me levantó para echarme por encima de su hombro y grité.
—¡Shep! Que Anson está aquí... —siseé.
—Pues qué bien que haya un establo.
—Me parece increíble lo mucho que cambian el espacio.
Es una pasada. Parece que estemos sobrevolando los campos que hay ahí fuera —señalé en voz baja, maravillada, mientras retrocedía un poco y estudiaba los dos ventanales gigantescos que habíamos colocado con Shep y Anson (después de mi previa distracción con Shep en el establo).
Shep me pasó un brazo por el hombro.
—¿No te ves aquí sentada, hablando de todas tus increíbles ideas de paisajismo?
Al comprobar lo ilusionado que estaba él con lo que me había imaginado yo para el jardín trasero, cierta calidez me inundó el cuerpo entero.
—Acurrucada con un libro y una taza de té —añadí.
—Ya estoy empezando a sentir un poco de envidia, así que me voy a la victoriana —anunció Anson dirigiéndose hacia la puerta.
Lo miré por encima del hombro y le dije:
—Saluda a Rho de mi parte.
—Hecho. —Se despidió de Shep con un saludo militar—. Hasta mañana, jefe.
—Nos vemos —respondió Shep.
Volví a centrar la atención en la panorámica que tenía delante. A través de estos ventanales, se veía literalmente to-do. Desde Castle Rock hasta las Montañas Monarca.
—Creo que no me moveré nunca de aquí —opiné.
Shep sonrió con la vista puesta en el paisaje y me preguntó:
—¿Ni siquiera para meterte en la enorme bañera que he pedido para el cuarto principal?
—Vale, para eso igual sí.
Me agarró por el hombro con un poco más de fuerza.
—Creo que no quiero renunciar a esta.
Levanté la vista hacia él a modo de pregunta.
—Voy a quedármela —aclaró.
Se me dibujó una sonrisa en los labios. Shep se había ido mudando de un sitio a otro y nunca había pasado más de un año en un mismo lugar, como máximo. En cuanto terminaba un proyecto, le podían las ganas de seguir con otro.
—¿Estás seguro?
Contemplando fijamente el paisaje, respondió:
—Este lugar tiene algo especial. Lo noté nada más llegar.
Y aquí es donde te abriste conmigo por primera vez.
No puedo vender este sitio, y menos a alguien que no lo valore como es debido.
No puedo vendérselo a nadie. Aquí sí me veo construyendo una vida.
—Agachó la cabeza, me miró a la cara y sentenció—: Una familia.
El corazón me latía desbocado detrás de la caja torácica.
—Me encanta este plan.
Y quería formar parte de él. Quería formar parte de esa visión. Anhelaba cuidar las plantas y disfrutar de niños con los ojos de color ámbar correteando por el jardín.
—Me alegro. —Acercó los labios a los míos para besarme con ternura, despacio. Cuando se separó, la calidez que atisbé en sus ojos hablaba de amor y, sobre todo, de esperanza—. Vámonos a casa.
—Buena idea. —Los músculos de la espalda me suplicaban que me diese un baño, pero tenía que ocuparme de algunas cosas antes—. He de regar las plantas del invernadero y del jardín.
—Yo te ayudo —se ofreció Shep, guiándome hacia fuera.
—No voy a rechazar tu oferta.
Enamorarse de Shep también tenía esto. Que era un compañero de verdad.
Nunca estaba sola, a no ser que fuese por elección propia.
A pesar de que no era el mejor cocinero del mundo, siempre me tendía una mano.
Siempre fregaba los platos. Cuando ponía la lavadora, lavaba mi ropa junto con la suya y siempre me echaba un cable en el jardín.
—Deja el coche aquí. Ya te llevaré yo al trabajo mañana y te vendré a buscar luego —sugirió Shep.
Lo miré y respondí:
—No hace falta que...
—Quiero hacerlo —contestó marcando bien la primera palabra.
¿Y quién era yo para oponerme a eso? Cuando Shep me colocó las manos en las caderas para ayudarme a subir a la camioneta, tampoco me opuse. Ni cuando se quedó ahí quieto después de pasarme el cinturón de seguridad.
En cuanto hubo puesto rumbo a casa, posé mi mirada en su mandíbula, cubierta por una barba de varios días, y en la forma de su nariz.
—Eres un partidazo, ¿lo sabías?
Él desvió la vista hacia mí con los ojos cargados de diversión.
—¿Sí, eh?
—Pues sí —confirmé—. Me gusta vivir mi día a día contigo.
Tanto que no podía ser sano, pero me daba igual. Por una vez, sería una imprudente y ya apechugaría luego con las consecuencias.
Shep entrelazó los dedos con los míos.
—Tú haces que ese día a día sea muchísimo más divertido —contestó.
Le sonreí y dije:
—A ti tampoco se te da mal. Aunque todavía tengo paja en el pelo.
Se le escapó una carcajada pero no me soltó la mano en todo el trayecto. Era como una promesa; un voto. Y seguí aferrándome a esa sensación incluso después de que Shep separase su mano de la mía y saltara del vehículo.
Me abrió la puerta y me ayudó a bajar.
—¿Entramos a cenar primero o nos ocupamos antes del invernadero?
—El invernadero. Como me siente, no habrá quien me levante.
Shep rio.
—Bien visto. Cuando hayamos cenado, te prepararé un baño.
Al oír aquella sencilla y tierna oferta, me envolvió una maravillosa sensación mientras íbamos hacia el invernadero. Sin embargo, la calidez que me había aportado murió enseguida, reemplazada por un gélido temor, y frené en seco. Tardé un segundo en asimilar lo que tenía delante.
Poco a poco, empecé a ver la imagen con nitidez. Los cristales del invernadero rotos. Las plantas destrozadas. Y, en el lateral de la estructura que seguía intacto, había algo escrito con espray. Una única palabra.
PUTA .