Capítulo cincuenta. Shep
Capítulo cincuenta
Shep
—Ya estás silbando otra vez.
Detuve el dedo en la remachadora, soltándola un poco. Joder... Pues sí: había estado silbando la melodía de Wild Horses .
Anson rio.
—Te juro que pensaba que, después de todo lo que ocurrió ayer, te pasarías el día gruñendo y echándolo todo abajo. Me alegra ver que me equivocaba.
Puse un clavo en el tablón que estábamos utilizando para encuadrar el paso de la entrada al salón y espeté:
—Vete a tomar por culo.
Solo conseguí que Anson riera con más ganas.
—Voy a tener que descubrir qué clase de droga te inyecta Thea. Deberíamos envasar la mierda esa. Nos forraríamos.
Me limité a sacudir la cabeza y a seguir clavando.
Ni que nos fuera mal económicamente a ninguno de los dos...
Anson había escrito algunos libros que trataban sobre cómo funcionaba la mente de un criminal, que se vendían la mar de bien, y Construcciones Colson iba viento en popa, tanto que incluso tenía una lista de espera de casi un año.
Mi amigo soltó el tablón en cuanto rematé el último clavo que necesitábamos.
—Ahora en serio: ¿cómo estás? —se interesó.
—Intentando mantener la calma. —Aunque no era fácil. El simple hecho de saber que Brendan iba paseándose libremente por ahí me consumía—. Trace ha enviado un escrito oficial a los abogados de Brendan por la mañana.
Anson se irguió y lo consideró.
—Sabremos mucho más por cómo reaccione. Es probable que pase del tema y vaya a por alguien más.
Pese a que quería alejar a Brendan de Thea, detestaba imaginármelo haciéndole lo mismo a otra mujer.
—¿Algún avance por parte de Dex?
Era una pregunta estúpida. Si el hacker de Anson hubiese hecho algún descubrimiento colosal, ya nos habría informado.
—Cree que está encontrando la forma de colarse. Tiene el e-mail de Brendan y, si consigue hacerlo entrar en algún enlace, obtendrá el acceso. Estoy intentando pensar con qué puede morder el anzuelo.
Me quedé mirando a Anson un segundo.
—Le estás haciendo un perfil para poder hackearlo .
Sonrió de medio lado y confirmó:
—Así es.
—Gracias.
La voz me sonó áspera, cargada de una emoción que yo no sabía expresar. Porque un «Gracias» no era suficiente ni de broma.
Mi amigo me dio una palmada en el hombro.
—Estoy aquí para lo que haga falta. Siempre.
Se oyó un bocinazo que procedía de delante de la casa y los dos nos giramos en esa dirección.
Anson volvió a mirarme.
—¿Esperas a alguien? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
Ambos hicimos de tripas corazón. Habíamos estado rodeados de tanta mierda a lo largo de los últimos meses... Un asesino no daría un bocinazo antes de pegarnos un tiro, pero estábamos preparados para lo que fuera.
Mientras salíamos fuera, atisbé la camioneta que venía hacia aquí. Por lo visto, no era ningún asesino. Mis ventanas.
—Cómo molan, macho —musitó Anson.
—Los marcos negros fueron un acierto.
Mi amigo asintió.
—Temía que fuese a darle un toque demasiado moderno, pero quedará genial.
—Sobre todo con ese gris gastado que hemos escogido para el exterior —convine.
Una sensación ya familiar me inundó entero, pero era una positiva. Una que sentía porque me moría de ganas de ponerme a currar.
La camioneta se detuvo y quien estuviese al volante apagó el motor. La puerta del conductor se abrió y Mara salió del vehículo con una sonrisa en los labios.
—Os traigo una entrega, chicos.
La amargura que sentí al verla no me gustó nada. Mara no había hecho nada malo, joder. Lo que sucedía era que, esa tarde, yo no tenía la energía suficiente para andarme con pies de plomo y no herirle los sentimientos.
—Gracias —contesté, y sonreí por pura amabilidad.
Ella vino hacia mí con sus sueltas y rubias ondas recogidas en una coleta. Me pasó un portapapeles.
—Han llegado esta mañana. Hal no iba a hacer más repartos hasta dentro de tres días, así que me he ofrecido para traéroslo. No pido dinero a cambio, pero sí un tour . Este sitio es increíble.
Noté los ojos de Anson puestos en mí. Estaba estudiándome y medio advirtiéndome. Pillé el portapapeles y garabateé mi nombre en un periquete.
—Hoy vamos de trabajo hasta las cejas. Igual cuando hayamos avanzado un poco más.
Mara siguió sonriendo mientras me azotaba con el portapapeles, juguetona.
—Anda, venga ya. Cinco minutos. Solo quiero ver la estructura y cómo ha quedado el espacio abierto.
«Hostia...».
—Claro —respondí entre dientes—. Anson, ¿por qué no vienes con nosotros? —No pretendía ser maleducado, pero tampoco quería darle a entender a Mara lo que no era.
Anson tosió en un intento por disimular la risa que le provocaba mi incomodidad.
—Por supuesto, jefe —contestó.
Le hice la peineta a espaldas de Mara mientras ella entraba en el edificio.
—Qué pasada —exclamó la chica desde dentro.
Le enseñé la casa tan deprisa como pude, sin aventurarme a subir al segundo piso siquiera. Anson fue siguiéndonos, pero a cierta distancia. Cuando estuvimos de nuevo en la entrada, Mara me sonrió y me dijo:
—Te vas a hacer de oro cuando vendas esto. Además, la familia que viva aquí será inmensamente feliz.
A pesar de la amabilidad, sus palabras me sentaron como una patada.
Me importaba un bledo la pasta. Lo que yo quería era hacer un buen trabajo.
Y, por lo general, me encantaba imaginarme que mis obras fuesen el hogar de alguna familia; sin embargo, con esta casa, la cosa era distinta.
Este sitio lo sentía más mío que cualquier otro.
Tal vez, porque Thea también había formado parte de él.
Desde las paredes que me había ayudado a derribar hasta el montón de incontables horas que me había escuchado mientras yo le hablaba de mis planes e ideas. Thea estaba entretejida en el alma de esta finca. Y yo era incapaz de imaginarme renunciando a eso.
—Gracias —musité con un tono un poco más áspero.
Mara arrugó la frente, confundida. No la culpaba.
Al oír unos neumáticos avanzando por la grava, salimos todos al exterior. Nada más ver la vieja berlina de Thea, se me dibujó una sonrisa en el rostro. No obstante, en cuanto me acordé de quién estaba aquí, dicha sonrisa desapareció en el acto. «Mierda».
Anson me dio una palmada en la espalda.
—Buena suerte —dijo.
Le habría hecho la peineta de nuevo, pero ahora teníamos público.
Thea aparcó delante de la casa, bajó del coche y miró a su alrededor.
Fruncí el ceño.
—¿Has venido sola? —le pregunté.
Me sonrió divertida.
—El oficial que me han asignado me ha seguido hasta el caminito para asegurarse de que llegaba a salvo.
Parte de mi ansiedad se desvaneció, pero esto seguía siendo arriesgado. ¿Y si yo no hubiese estado aquí? ¿Y si Brendan hubiese estado observando, esperando? Me costaba deshacerme de esos miedos. Thea había visto mi camioneta y la de Anson desde la carretera. Había ido con cuidado.
Fui hacia ella y agaché la cara para darle un pico.
—¿En el trabajo, bien? —me interesé.
Thea ya sabía a lo que me refería.
—Todo bien. Sin contar que Luca se ha pasado el día con nosotras y se ha comido todo su peso en glaseado. Cuando me he ido, tenía un subidón de energía descomunal.
Al imaginarme a ese niño de siete años correteando por la panadería, reí.
—Sutton se merece una medalla y una corona.
—Y un día en el spa —convino Thea, que desvió su atención hacia las demás personas presentes—. Hey, Mara. ¿Qué tal?
La sonrisa que le dedicó la otra a modo de respuesta fue más bien tensa.
—Bien. Acaban de enseñarme la nueva creación de Shep. —Vino hacia mí mucho más dócil, por lo que me entraron ganas de hacer una mueca—. Está haciendo un trabajo maravilloso, ¿no crees?
Thea se tensó un poco, pero no dejó de sonreír y respondió:
—Es increíble, sí.
Mara volvió a mirarme.
—Siempre ha soñado con reformar una finca de estas viejas e históricas. Me alegro muchísimo de que por fin lo haya conseguido —comentó.
Me molesté. Mara hablaba como si supiera cuáles eran mis sueños más íntimos, pero jamás habíamos tenido una conexión similar.
Thea permaneció callada, no mordió el anzuelo, y le funcionó. Aquel silencio llevó a Mara a cambiar el peso de un pie al otro.
—Bueno, supongo que será mejor que vayamos descargando las ventanas de la camioneta —sugirió.
Dicho esto, Anson y yo entramos en acción, desatamos las correas con las que lo habían sujetado todo y apoyamos las ventanas contra la pared de la vivienda.
Mara aguardó ahí unos segundos, sin acabar de subirse al vehículo.
—Si precisas cualquier otra cosa, llámame, Shep. Tengo unos días libres, por si necesitáis ayuda con algo.
Pasé de su ofrecimiento y respondí:
—Gracias por traer las ventanas.
—Por ti, lo que sea.
A continuación, se subió a la camioneta, dio la vuelta en abierto y puso rumbo a la carretera.
Me giré hacia Thea con la mandíbula apretada y le pregunté:
—En una escala del uno al diez, ¿cómo de cabreada estás ahora mismo?