Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y nueve. Thea #2
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Capítulo cuarenta y nueve. Thea #2

Me agarró los tobillos con las manos y tiró de mí para bajarme más. Eso también me llevó a respirar con fuerza. Shep no me estaba agarrando con brusquedad en absoluto, pero sus movimientos sí iban cargados de poder. Un poder que yo ansiaba sentir.

Cogió uno de los pañuelos y ató una punta al poste de la cama y la otra a mi tobillo. En cuanto me apretó la suave tela alrededor de la piel, el calor se apoderó de mí.

—¿Demasiado fuerte? —se interesó Shep con la voz un poco áspera mientras acariciaba el pañuelo con los dedos.

Negué con la cabeza.

—Habla, Astilla. Necesito que me lo digas con palabras.

El dominio que se escondía en su voz hizo que se me endurecieran tanto los pezones que era casi doloroso.

—No está demasiado fuerte. —Exhalé.

Tiró del pañuelo para probar.

—Bien —dijo.

Entonces, repitió los mismos pasos con el otro pie.

Rodeó la cama sin dejar de mirarme en ningún momento y sin apartarme la mano, manteniendo ese punto de contacto.

Me acarició suavemente la pierna con los dedos antes de subírmelos por el vientre y por el esternón hasta llegar a la barbilla.

Me pasó el dedo por el labio inferior, como si estuviese memorizando el relieve.

—Levanta los brazos. Agárrate al cabezal.

Mis brazos obedecieron antes de que yo pudiese tomar una decisión consciente. Me agarré a las láminas de madera del mueble y Shep, hábil y rápido, me pasó un pañuelo rosa pastel alrededor de las muñecas y me las ató.

—¿Bien? —preguntó con la voz áspera.

—Bien —confirmé.

Pero me sentía más que bien. Se me empezó a acelerar la respiración y noté cómo la piel me rozaba el satén del camisón. Me removí en un intento por aliviar un poco la presión que iba sintiendo cada vez más, pero no pude; no con los pies atados de esa forma.

Shep sonrió de medio lado.

—No puedes apretar tus bonitos muslos, ¿eh?

—Shepard...

Ni siquiera yo sabía qué pretendía con esa única palabra. Deseaba pedirle más y amonestarlo a la vez.

Pero solo conseguí que Shep sonriera.

—A mi merced —susurró recorriéndome delicadamente los pechos con los dedos. Luego, bajó la mano un poco más y dibujó un círculo alrededor del pezón—. ¿Sabes el pedazo de regalo que es esto? ¿Que confíes así en mí?

—Shepard...

Era como si solo pudiese pronunciar su nombre. Aunque, esta vez, era una súplica.

—No te preocupes, Astilla. Te mimaré.

Se movió deprisa y me agarró el pezón con los dedos. Noté una pizca de dolor que duró un milisegundo antes de que la sensación se convirtiera en una candente ola de calor. Se me acumuló la humedad en el centro.

Shep apartó la mano y fue a coger un último pañuelo de seda. Me cubrió los ojos con delicadeza y me pasó el fular por detrás de la cabeza, con cuidado, para atarlo.

La oscuridad lo inundó todo y me absorbió por completo. Al no ver nada, sentí pánico un segundo, pero enseguida volví a notar las manos de Shep, que me recorrieron el costado del cuerpo, justo donde descansaba el dobladillo del camisón.

—Necesito verte entera —manifestó con los dientes apretados—. Dime que puedo.

—Sí. —Exhalé.

Quería que me mirase. Era una sensación completamente desconocida para mí, pero hizo que me sintiera dulcemente aliviada.

Los ásperos dedos de Shep se sintieron como besos de lija por la piel mientras me iba subiendo cada vez más el camisón. El frescor del aire me acarició la piel, desnuda, y la prenda acabó arrugada sobre mis pechos. Al notarla, arqueé la espalda en busca de más.

—Eres jodidamente preciosa. No he visto nada tan hermoso en toda mi vida.

Las palabras de Shep fueron como otra caricia. Noté cómo me rozaban, me calaban y hacían que una ola de calor distinta a las demás recorriera todo mi cuerpo.

Shep volvió a moverse y oí sus suaves pasos al andar por la vacía oscuridad que me rodeaba, pero no supe distinguir dónde se había detenido. Solo podía esperar.

Esa espera lo intensificó todo. La tensión que notaba en mi interior aumentó y mi sexo lo ansiaba con ganas. Separé los labios e inhalé.

Lo que noté ahora no fueron las manos de Shep. Sino su boca. Me envolvió el pezón con los labios y succionó con fuerza. Me paseó la lengua por aquella protuberancia, moviéndola y retorciéndola hasta que me dolió. Acercó la mano al otro pecho e imitó el movimiento de su lengua con el pulgar.

La tensión volvió a apoderarse de mí, tensándome todavía más los músculos, por imposible que pareciera. Arqueé la espalda, perdiéndome en todo eso; el cuerpo me pedía más. Se me escapó un grito; una audible súplica.

—Hummm —susurró Shep sin apartarme la boca del pezón antes de separarla de ahí.

La ola de frío que noté en contraste con el calor resultó casi insoportable.

—Esos sonidos... —gruñó—. Son lo mejor que he oído nunca. Son como una droga. Siempre quiero más.

Inspiré con fuerza y el cuerpo se me movió en la dirección de donde procedía la voz de Shep, buscándolo aunque no pudiese verlo.

Y, entonces, volví a notar sus manos subiéndome por los muslos.

—Joder, Astilla, estás empapada. Chorreante por mí.

Me pasó el pulgar por la humedad, esparciéndomela más arriba, hasta el clítoris. No pude contenerme y gemí.

—Eso —dijo él—. Dime lo que sientes. Qué quieres. Qué necesitas.

—Siento como si tuviese un montón de minifuegos artificiales explotándome en la piel.

Me hundió los dedos y mi cuerpo reaccionó de inmediato, meciéndose y notando alivio al sentir una parte de Shep dentro.

Fue metiéndomelos y sacándomelos con movimientos fluidos.

—¿Así? —preguntó casi ronroneando—. ¿O así? —cuestionó encorvando los dedos mientras me los sacaba, generando una deliciosa fricción—. ¿Uno? —Un movimiento fluido—. ¿O dos? —La fricción.

—Dos. —Jadeé.

—Esta es mi chica, joder. Toda una campeona que me dice qué quiere. Qué necesita.

Volvió a pasarme el pulgar alrededor del clítoris, acercándose cada vez más a mi protuberancia nerviosa. Levanté las caderas buscándolo, anhelando más, anhelándolo todo.

Se me tensaron los músculos al tirar de los pañuelos con las piernas y al hundir los dedos en la tela en busca de algo a lo que agarrarme.

—Me encanta verte con tantas ganas. Me encanta ver cómo te retuerces con mis dedos. Dime qué necesitas, Astilla.

—Más. Necesito más.

—Especifica —insistió.

Shep era así: siempre me desafiaba; me ayudaba a que fuera a por todo lo que quisiera. A que me sintiera cómoda con mi faceta sexual.

—Quiero tu polla. —Solté el aire—. Quiero notarte entero.

—Esta es mi chica.

Me quitó los dedos y casi grité ante esa ausencia. Oí un ruido, algo que se movía encima de mí, y luego Shep me levantó las caderas y me colocó una almohada debajo.

—Esta imagen... —dijo con los dientes apretados—. Se me quedará grabada en la mente para toda la eternidad.

—Shepard... —le rogué.

Me acarició la hendidura con el pulgar.

—Qué guapa. Qué lista...

Luego, noté que se colocaba encima de mí y me acercó la punta en el centro.

—Perfecta —dijo.

Y se hundió en mí.

La tenía tan gruesa que respiré con fuerza mientras trataba de ajustarme a su tamaño, pero aquella pizca de placer no hizo sino amplificar dicha sensación.

Shep me penetró más hondo y, gracias a la almohada, el ángulo de mis caderas hizo que me diera en el punto justo con cada empellón. Se me llenaron los ojos de lágrimas bajo el pañuelo mientras me sujetaba a los listones de madera con más fuerza.

Con cada movimiento, yo iba levantando las caderas tanto como me lo permitieran esas ataduras para acompasarme a las embestidas de Shep.

Que mis movimientos fueran limitados y que yo no tuviese el control de absolutamente nada cuando era algo a lo que tanto me aferraba siempre lo intensificaron todo aún más.

Me perdí en aquel zumbido y ardor. En los sonidos de nuestros cuerpos. En la sensación que sentía al notar todo su poder inundándome entera. Me embistió más hondo, acelerando el ritmo. Empezaron a temblarme las paredes vaginales a su alrededor y él soltó un taco.

Me acarició el clítoris con el pulgar, envolviéndomelo y encontrando el punto justo en el que yo tanto lo necesitaba.

Ejerció presión y estallé con una energía que no había sentido jamás.

Noté un peso cayendo sobre mí, a mi alrededor, mientras Shep me embestía con fuerza y descargaba con un grito.

Fui notando una ola tras otra mientras él navegaba ese orgasmo.

Cuando Shep hubo terminado, yo seguía temblando. Mi cuerpo seguía agitado en cuanto la boca de Shep reposó en la mía con un roce tan suave como el de una pluma. Aquel beso fue una reconfortante promesa mientras él alargaba las manos para soltarme.

Salió de mí y el vacío que dejó hizo que se me escapara un sutil quejido. Me desató los pañuelos de las piernas en un santiamén y, acto seguido, me envolvió con su cuerpo y me quitó la venda de los ojos.

Después de tanta oscuridad, la tenue luz de la lámpara de la mesita de noche me deslumbró, y Shep me acercó a él para abrazarme. Inspiró con la cara pegada a mi cuello, respirando mi aroma.

—¿Qué tal ese «más»? —quiso saber.

Me fundí en su cuerpo y respondí:

—Lo ha sido todo.