Capítulo cuarenta y nueve. Thea
Capítulo cuarenta y nueve
Thea
Miré a Shep mientras él revisaba los cerrojos de todas las ventanas del salón y yo les daba la última ración de comida a los gatitos antes de irnos a la cama.
Ya aparecían anunciados oficialmente en la página web de Colas y Bigotes, listos para la adopción.
Hecho que se llevaría a cabo en cuestión de días, estaba segura. Eran demasiado monos.
Esto debería haberme alegrado, pero, por lo visto, no era capaz de sentirme así. No cuando la inquietud y la preocupación lo manchaban todo.
Shep se había pasado la noche en silencio.
Al regresar de casa de Trace, casi no me había contado nada de la conversación que habían mantenido más allá de un «Lo estamos gestionando».
Dicho esto, había permanecido perdido en sus propios pensamientos, dejándome a mí con la sensación de estar extrañamente sola por más que él estuviese físicamente ahí.
Cuando los gatitos hubieron terminado de comer, recogí los boles y fui al fregadero para lavarlos.
Notaba a Shep, que no paraba de moverse por la casa, revisando cualquier posible entrada.
Aunque yo sabía que Brendan no arremetería de esa forma.
Cuando lo hiciera, lo haría de modo que nadie pudiese seguirle la pista.
Tras lavarme las manos, fui hacia el baño para cambiarme antes de irme a dormir.
Seguí mi rutina de skincare paso a paso, literalmente.
Aun así, cuando terminé, Shep seguía sin haber acabado de revisar la casa.
De modo que entré en mi cuarto, me puse el camisón, me metí debajo de las sábanas y cogí el libro que tenía en la mesita de noche.
Ahora estaba leyendo una nueva novela romántica cuyo protagonista era un héroe atormentado a quien le gustaba tener el control.
No mentiré y diré que no me preguntaba si la necesidad que también sentía Shep de tener el control de todo podría expresarse a través de cuerdas ásperas o suaves tiras de seda.
Pero, esta noche, no me concentraba. Leí la misma frase una y otra vez hasta que Shep entró en la habitación.
Desvié la vista hacia él de inmediato. Llevaba esos pantalones de chándal azul marino por debajo de la cintura y una camiseta de color gris jaspeado desgastada en algunos puntos.
—¿Todo bien? —le pregunté.
Asintió y se interesó:
—¿Cansada?
Negué con la cabeza.
—No creas...
La verdad era que quería estar con Shep. Quería notar cómo centelleaba, con fuerza, la conexión que había entre nosotros. Quería notarlo a él.
Se quitó la camiseta por la cabeza, dejando todos sus músculos a la vista.
—Lee tranquila. La luz no me molesta.
Se quitó los pantalones y luego se tumbó en la cama, dispuesto a dormir.
Yo me quedé mirando su ancha espalda. Al verlo así, empecé a notar cierto cosquilleo en la nariz porque sentía que estábamos desconectados.
Me obligué a volver a centrar la vista en el libro y respiré para deshacerme de dicha sensación.
Sabía que era muy probable que, ahora, Shep se sintiera impotente, algo que él detestaba con todo su ser.
Lo último que le faltaba era verme decepcionada. Necesitaba percibir que lo entendía.
Me aferré a eso y me hundí de nuevo entre las páginas del libro, que supo darme la vía de escape que me hacía falta en ese preciso instante. Me perdí en el tira y afloja que había entre los dos personajes, a quienes les costaba darle al otro lo que necesitaba.
En cuanto llegué a la escena en la que la heroína cedía a los oscuros deseos del héroe, me removí entre las sábanas, inquieta. Se me aceleró la respiración mientras él le ataba los pies a la chica a los pies de la cama y le levantaba los brazos por encima de la cabeza.
Cuando noté una mano que me bajaba por el vientre, me sobresalté y desvié la vista de golpe hacia Shep.
Él me devolvió el gesto con los ojos entornados.
—¿Bueno, el libro?
Separé los labios, pero no conseguí pronunciar palabra alguna. De modo que asentí.
—Se nota.
Fruncí el ceño.
—¿Por?
Shep sonrió de medio lado. Me acarició la cara muy suavemente con un dedo y dijo:
—Mejillas sonrosadas. —Me pasó el dedo por el cuello y por la clavícula—.
Respiración acelerada. —Ralentizó el ritmo, bajándome el dedo por el esternón y la barriga hasta llegar a mi muslo—.
Y estás apretando tus bonitos muslos. —A Shep se le iluminó la mirada—.
Así que, dime: ¿qué pasa en esas páginas?
Sentí una pizca de miedo y preocupación ante la posibilidad de que la juguetona curiosidad de Shep terminara convirtiéndose en la oscuridad que acabó consumiendo a Brendan, pero esa sensación desapareció en cuanto miré a Shep a la cara.
Su rostro estaba desprovisto de juicio alguno. En él solo había ardor.
Que el libro me estuviese poniendo cachonda provocó lo mismo en Shep. Y eso tenía algo que hizo que me enamorase un poco más del hombre que me estaba dejando petrificada en esa cama con su dorada mirada. Y ese enamoramiento me hacía valiente.
—A él le, eh..., le gusta atarla.
El ardor que le había visto a Shep en la mirada se intensificó.
—Y a ti te gusta.
No era una pregunta, pero asentí igualmente.
—¿Quieres que lo probemos?
A pesar de que me mordí el labio inferior, volví a asentir.
—Joder... —musitó—. ¿Qué más?
—Le, eh... Le venda los ojos.
Shep me observó largo y tendido.
—¿Y te gusta cómo suena?
Tragué saliva porque, de repente, se me había secado la boca.
—Sí —contesté.
Shep me acarició el muslo con los dedos.
—Anular un sentido hace que se intensifiquen los otros. Que lo sientas todo más.
Noté que me latía el pulso en el cuello.
Era como si, en cierto modo, Shep ya me hubiese anulado un sentido.
¿La audición, tal vez? La sangre me rugía en los oídos y el más sutil roce de sus dedos en mi muslo resultaba mucho más intenso de lo que lo había sido en cualquiera de los miles de ocasiones anteriores en las que me había tocado a mí misma en un intento por llegar al orgasmo.
Dibujó el símbolo del infinito con los dedos y casi estallo. Shep me miró la cara, fascinado; devoto, casi.
—Hoy no te he dado lo que necesitabas, ¿verdad?
Apreté los labios y negué con la cabeza.
—Entonces voy a tener que disculparme.
Volví a separar los labios e inspiré con fuerza.
—Me gustan tus disculpas —confesé.
Shep rio, apartó la sábana de un tirón y saltó de la cama. Fue directo hacia mi armario, dejando a la vista su musculado culo, oculto bajo aquellos bóxeres negros. Abrió la puerta y rebuscó un poco antes de girarse cargado con lo que parecían pañuelos.
Muchos, muchísimos pañuelos.
Se me aceleró la respiración mientras él, decidido, cruzaba la habitación de nuevo. Y regresaba a la cama. A mí.
Dejó caer todo ese montón de tela y colores sobre el colchón; parecían colibríes aleteando. Se me quedó mirando con los ojos llenos de fogosidad, deseo y ternura.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? Ha sido un día complicadito.
—Estoy segura —susurré.
—Me avisas y paramos, ¿vale? Da igual lo que estemos haciendo.
Asentí.
—Vale.
Esperé a que Shep me llevase la contraria, a que tal vez me dijera que él no opinaba igual, pero no lo hizo. Y, en parte, eso me llevó a enamorarme todavía más de él. Porque podíamos aprender, crecer y cambiar... juntos.
Shep permaneció con la vista puesta en mí mientras cogía un pañuelo.
Sus ojos color ámbar eran puro fuego. Acto seguido, desvió la vista hacia ese montón de tela.
Eché en falta de inmediato su atención. Porque hacía que la energía chisporroteara entre nosotros de tal modo que yo casi podía notar el contacto, incluso.
Sacó un pañuelo de color verde pastel y acarició la tela, recorriéndola con sus largos y gruesos dedos. A continuación, la agarró con ambas manos y la tensó un par de veces con fuerza.
Noté el azote por toda la piel. Una ola de calor me inundó entera y apreté los muslos para intentar aliviar el dolor que sentía justo ahí. No sirvió de nada.
Shep sacó más pañuelos, uno tras otro, hasta que al final encontró uno de seda.
Para empezar, yo no sabía ni por qué había comprado la maldita cosa esa.
Tampoco es que necesitara un pañuelo de seda en Sparrow Falls, pero lo había visto en una tienda de segunda mano del pueblo y me había parecido precioso.
Era como llevar puesta una delicada obra de arte.
Shep inspeccionó el fular y recorrió los detalles de acuarela con sus largos dedos. Ahora, estaba agradecidísima de haber cedido al impulso de comprarlo. Cogió los demás pañuelos y los dejó encima de la cómoda. Regresó a la cama y se me aceleró el corazón.
Shep se detuvo a mis pies, entre los dos postes que había al final. Y volvió a reposar sus ojos color ámbar en mí.
Se agachó, agarró la sábana y fue bajándola despacio. Notar cómo se deslizaba por mi acaloradísimo cuerpo me sentó igual que una fresca caricia. Siguió tirando más y más hasta que desapareció por completo.
Fue paseando la mirada por mi cuerpo, centrándola en distintos puntos. Me recorrió la clavícula y luego la bajó por mis pechos, mi vientre y mis muslos, justo en la zona en la que se me había subido el camisón.
—¿Te he dicho ya lo mucho que me encantan esos malditos camisones? —preguntó con un gruñido.
Me humedecí el labio inferior con la lengua.
—Los pantalones de pijama no me gustan. Se suben y se giran mientras duermes.
Shep volvió a subir su mirada por mis piernas hasta llegar al ápice entre mis muslos, como si pudiese distinguir lo que había debajo a través de la tela.
—Precioso, joder. Con tanto satén y encaje... ¿Y qué llevas debajo, Astilla?
Separé los labios al inhalar y respondí:
—Nada. Ya lo sabes.
El sonido que se le escapó a Shep parecía más bien un gruñido. Tampoco eso, exactamente, pero sí tenía un toque salvaje. E hizo que la humedad se me acumulara en la entrepierna y se me endurecieran los pezones.