Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y siete. Thea #2
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Capítulo cuarenta y siete. Thea #2

Dejó el pulgar ahí, en medio de mi labio inferior.

—Te largaste cuando más débil te sentías.

Y eso no hace más que demostrar lo muy fuerte que eres.

Te tocó arrastrarte, pero encontraste la salida con uñas y dientes.

Da igual lo fuertes que seamos cuando estamos bien; lo que importa es lo fuerte que somos cuando estamos mal.

Y yo no conozco a nadie más fuerte que tú.

Sus palabras eran tan poderosas que se me entrecortó la respiración. Shep siempre conseguía alterar la forma en que yo veía una experiencia lo justo para que me cambiase el mundo entero.

—Me gusta que me veas así.

Él bajó la vista para mirarme, clavó los ojos en los míos y respondió:

—Es la verdad.

Noté que me escocía la garganta, pero me negaba a que se me llenasen los ojos de lágrimas por segunda vez en un mismo día.

—¿Vas a llevarme a casa para que te demuestre cómo me haces sentir cuando me dices esas cosas, Shepard?

Un destello inundó su mirada y soltó:

—Joder...

No pude evitarlo. Reí.

En ese instante, Shep se agachó, me lanzó sobre su hombro y echó a andar decidido hacia la camioneta.

—¡Shep! —grité mientras trataba de retorcerme para soltarme.

Él me agarró los muslos con fuerza con el brazo.

—Que estamos en mi trabajo —siseé a pesar de que no pude contener la risa que se me escapaba al hablar.

—Pues igual no deberías ponerme cachondo en medio del puñetero parking . Eres una maldita tentación, Astilla.

Al oír sus palabras, una calidez me recorrió entera; una sensación que hacía que me sintiera poderosa. Por más que un hombre me estuviese llevando cargada en su hombro.

Shep abrió la puerta del asiento del copiloto y me sentó. Me puso el cinturón de seguridad y lo abrochó, pero no se movió. Mi pecho rozaba el suyo con cada inspiración, y ese aroma a cedro y a serrín me envolvió.

—Me vas a matar —sentenció.

Me besó y me coló la lengua entre los labios. Con cada lánguida caricia de su lengua, se me revolvía más y más todo ante la promesa de lo que estaba por venir.

Cuando nos separamos, estábamos los dos sin aliento. Shep sacudió la cabeza.

—Eres como una droga. Un día de estos, acabaré follándote en algún sitio absolutamente imprudente y me van a detener por altercado público.

Se me escapó la risa y me llevé la mano a la boca.

—Y, encima, la tía es guapa de cojones —musitó—. Si es que estoy jodidísimo.

Shep me cerró la puerta y siguió murmurando para sus adentros mientras rodeaba el vehículo y se sentaba tras el volante. Ya en la carretera principal que llevaba a mi casa, me subió la mano por el muslo y me acarició distraídamente por encima de los vaqueros.

—¿Has avanzado mucho hoy? —me interesé mientras él seguía conduciendo.

Como se pasaba la mitad del tiempo haciéndome de taxista, su trabajo se había visto interrumpido.

Alternaba los días en que me llevaba a trabajar o venía a recogerme por si Brendan me vigilaba, para que así no pudiese pillarme a solas.

Entre él y la ayuda del departamento del sheriff , era imposible que mi ex fuese a intentar nada.

—Vamos a buen ritmo. En cuanto mis trabajadores terminen el proyecto en el que los tengo ahora, espero poder traerme a algunos más durante unas cuantas semanas. Me vendrían de maravilla.

Jugueteé con un hilo descosido de mis pantalones.

—Siento que vayas más lento por mi culpa...

Shep desvió la vista hacia mí.

—No es por tu culpa.

Lo miré y contesté:

—Si no vinieras a recogerme, seguirías trabajando.

—No, me marcharía antes para poder dedicarle unas cuantas horas a tu baño. A no ser que aceptes favores sexuales, bien que tengo que pagar el alquiler.

Curvé los labios.

—No sé yo si podría seguirle el ritmo a tu lengua.

Shep sonrió.

—Ahí quería llegar. —Movió la mano que tenía en mi muslo y entrelazó los dedos con los míos—. Acabaré la casa. No hay prisa. Además, tú siempre serás más importante que cualquier proyecto.

Le apreté más los dedos.

—Te quiero.

—Y yo a ti —contestó.

Shep se adentró por el largo camino que daba a mi casa y la camioneta rebotó por la gravilla. A medida que nos íbamos acercando, atisbé un todoterreno aparcado delante de mi minúscula cabaña.

—¿Sabes de quién es? —me preguntó Shep.

Negué con la cabeza.

—No lo ubico.

Era un todoterreno negro (azul marino, tal vez) con los cristales tintados. Tenía matrícula de Oregón, pero no la había visto nunca, y eso que yo me fijaba en esas cosas.

Shep aparcó delante de mi casa, pero dejó cierto espacio entre nosotros y el otro vehículo.

—Quédate aquí.

—Shep, espera.

Pero él ya se había bajado. Cuando pasó por delante de la camioneta, alguien salió del todoterreno. Nada más ver aquel pelo rubio y esos ojos azules, sentí una opresión en el estómago.

Abrí la puerta de golpe, aterrada, a la vez que Shep cruzaba decidido ese camino de grava e iba hacia Brendan.

—Largo —gruñó Shep.

El rostro de mi ex era todo él una falsa amabilidad, pero capté su cabreo en la mirada, porque sus ojos azules se volvieron tan fríos que era evidente que iba a estallar.

—¿Y tú eres...?

—No es asunto tuyo. Pero estás en una propiedad privada. Voy a contar hasta cinco para que te largues de aquí o llamo al departamento del sheriff para que se personen enseguida.

—Pero la propiedad no es tuya, ¿no? —Brendan desvió la vista hacia mí—. Venga, Selly. Tenemos que hablar.

—No tengo nada que decirte.

La voz me sonó más calmada de lo que me sentía yo por dentro. El simple hecho de que Brendan estuviese cerca de mi casa me resultaba casi insoportable.

Este me dedicó una de esas sonrisas con las que solía atraparme antes. De esas que eran todo encanto, de esas con las que te prometía el mundo solo para luego clavarte el puñal.

—No seas así. Te he echado de menos...

—No le hables —le advirtió Shep—. Ni se te ocurra mirarla, joder —espetó entre dientes.

La rabia le inundó el rostro a Brendan durante una milésima de segundo antes de que fuese reemplazada por su petulante arrogancia.

—He hecho mucho más que hablar con ella, Shepard. Conozco cada centímetro de su piel. Sé los sonidos que hace cuando...

Shep estalló. Fue rápido, pero a mí me invadió un pánico atroz. Así que lo agarré por la camiseta en un intento por evitar que se abalanzara sobre Brendan.

—No —le supliqué—. Es justo lo que busca. Hará que te metan entre rejas en un abrir y cerrar de ojos.

Shep tuvo que esforzarse por no perder el control. Sabía que yo tenía razón, pero no quería escuchar a la lógica.

Brendan se echó a reír.

—Sí que te tiene atado... —comentó.

Le latió un músculo en la mandíbula a Shep, con fuerza, mientras se sacaba el móvil del bolsillo.

—Voy a llamar al departamento del sheriff .

El enfado volvió a inundarle el rostro a Brendan durante un instante. Sabía que lo último que le convenía era tener un informe policial, pero desvió la vista hacia mí.

—Me alegro de que tengas claro quién está al mando de todo, Selena. Quién lo estará siempre.

Shep volvió a hacer ademán de ir a por Brendan, pero mi ex se metió en el coche, arrancó el motor y salió de mi casa a toda pastilla.

Shep saltó hacia atrás para esquivar la gravilla que había levantado el vehículo al circular; lo consiguió por los pelos.

No se giró hacia mí hasta que se hubo asegurado de que el todoterreno había desaparecido por completo.

Cuando se dio la vuelta, su expresión era de pura rabia.

—¿Estás bien? —me preguntó entre dientes.

No. No lo estaba. Y no porque Brendan supiera dónde vivía o porque no me dejase en paz de una maldita vez, sino por una razón completamente distinta. Una que hizo que todos mis miedos volviesen a mí con fuerza.

—Shep, sabe quién eres.