Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y siete. Thea
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Capítulo cuarenta y siete. Thea

Capítulo cuarenta y siete

Thea

Cogí una bolsa de tierra para macetas de la parte trasera del todoterreno Gator y la puse en el montón de muestra que estábamos apilando con Rhodes al lado de las flores.

—Estaba pensando que lo habríamos petado en el antiguo Egipto. Eso de construir pirámides se nos da que flipas —dijo ella a la vez que depositaba otra bolsa en la pila.

Reí y amontoné una más.

—¿Cómo va el brazo? —me interesé.

Rhodes se subió la manga de la camiseta e hizo fuerza con el bíceps. Ya le habían quitado el cabestrillo.

—Como nuevo. —Dejó caer el brazo a un costado—. ¿Qué tal tú con todo?

Desvió la vista hacia el aparcamiento, donde había un vehículo del departamento del sheriff del condado de Mercer estacionado.

Llevaban siendo mis fieles compañeros desde la semana pasada.

No estaban las veinticuatro horas del día a mi lado, pero sí bastante a menudo.

Trace debía de estar en contacto con Shep porque, cuando él venía a recogerme al trabajo, los oficiales se marchaban enseguida.

Sin embargo, cuando iba sola, me seguían hasta casa o me los encontraba esperándome ya en el trabajo una vez que llegaba allí.

Aunque, de momento, había seguido todo en calma. Demasiada. Ni una palabra de Brendan, siquiera. Y eso casi me inquietaba más.

—Voy bien.

No era ninguna mentira, pero tampoco era toda la verdad. Los nervios se me comían viva. Pero también había una parte positiva: cada día que me despertaba demasiado agitada para quedarme quieta, Shep encontraba oootras cosas con las que mantenerme ocupada.

Y lo que era más importante aún: ya no había muros que nos separasen.

Nos lo habíamos contado todo. Habíamos dedicado horas al invernadero o al proyecto de restauración de Shep, eligiendo planes de jardinería para el espacio que rodeaba la casa.

A pesar de todo lo que sucedía a nuestro alrededor, estábamos construyendo una vida.

Rhodes apretó los labios y entornó los ojos.

—Suena a mentirijilla.

No pude evitar reír. Con esa cara, parecía que quisiera atravesarme el cerebro con la mente.

—¿Practicando tu capacidad de visión de rayos X?

—Pues me habría encantado ser clarividente. Me habría ido de perlas.

Le sonreí y contesté:

—Tómate uno de los brownies de Lolli, igual entonces lo consigues.

—Uf, ni de coña. Ya lo hice una vez. Todavía no lo he superado.

Volví a reír mientras cogía la última bolsa de tierra y la apilaba en nuestra perfecta pirámide.

—Seguramente te modificó la química cerebral, eso sí.

Rhodes movió la cabeza.

—Esa mujer necesita que la controlen a todas horas —comentó—. Es un milagro que no haya acabado nunca en la cárcel.

—Juega con la ventaja de que su nieto es el sheriff .

Rhodes alzó los brazos por encima de la cabeza para estirar la espalda.

—Trace sería el primero que la metería entre rejas con tal de llevarla por el buen camino.

—Ya me imagino su foto policial.

Rhodes sonrió con malicia.

—Quedarían unas postales de Navidad chulísimas.

Me froté las manos para quitarme la suciedad y respondí:

—Ahora tengo hasta ganas de denunciarla por algo.

Mi amiga guardó silencio un minuto.

La miré y pregunté:

—¿Estás bien?

Pestañeó repetidamente, como si acabase de sacarla de un trance.

—Me encanta que formes parte de nuestra familia —afirmó.

Sus palabras fueron como un ataque sorpresa, como si acabasen de pegarme un fuerte puñetazo en el diafragma.

—Rho...

—Me encanta porque eres increíble, divertida, amable y hablas conmigo sobre plantas hasta la saciedad.

Quería sonreír, pero seguía intentando no derrumbarme ante sus palabras.

A Rhodes se le humedecieron los ojos.

—Pero si estoy tan entusiasmada es, sobre todo, por Shep. Desde que empezasteis a pasar tiempo juntos, ha cambiado. No puedo explicarlo del todo, pero lo veo más relajado. En paz. Y sé que es feliz.

Empezaron a escocerme los ojos.

—Él también me ofrece lo mismo a mí. Más.

Rhodes alargó el brazo, me cogió la mano y me dio un apretón.

—Te mereces ese «más». —Me soltó para secarse los ojos—. Ahora que he conseguido que acabemos las dos lloriqueando, voy a llevar el Gator atrás. ¿Estarás bien aquí? —me preguntó mientras paseaba rápidamente la vista a nuestro alrededor, como si estuviese buscando al hombre del saco.

—Estaré bien —le aseguré. Había mucha gente por allí. Duncan estaba ayudando a una pareja a elegir unos árboles y el resto del personal pululaba cerca, ocupándose de distintas tareas—. Shep me viene a buscar. No tardará en llegar.

—Vale. —Rhodes me sonrió—. Me muero de ganas de nuestra noche de chicas.

—No me vengas tú también con estas...

Rio y se subió al todoterreno.

—No pienso perderme a Lolli tirándoles los tejos a los cowboys .

Solté una carcajada mientras me despedía de ella con la mano y fui a esperar a Shep en el aparcamiento.

De camino, vi a una mujer que llenaba un carrito con varias plantas para macetas que había en la sección de descuentos.

Tenía problemas con una que pesaba bastante, así que corrí hacia ella para echarle una mano.

—Espere, permita que la ayude —dije, y me agaché para que pudiese levantarse con mayor facilidad.

Cuando se irguió, su castaña cabellera dejó de cubrirle la cara.

El pánico se adueñó de los ojos color avellana de Raina Wheeler.

Y entonces lo vi. El moratón de un verde amarillento que pretendía ocultar debajo del maquillaje.

Se había esmerado en camuflarlo con corrector, pero al ayudarla con la planta me había colocado lo bastante cerca de ella para vérselo.

—Gr-Gracias —tartamudeó.

—No hay de qué. —Me dio un vuelco el estómago y me costó encontrar las palabras. Ojalá Fallon estuviese conmigo. Ella sabría qué decir. Qué hacer—. ¿Qué tienes en mente?

Raina siguió andando y se afanó aún más mientras iba cogiendo flores.

—Estoy acabando de decorar el jardín en una de nuestras casas.

Cambié el peso de un pie al otro.

—Con todo esto, quedará precioso. ¿Necesitas que te eche un cable? Dentro de poco tengo un día libre y...

—No —soltó de golpe, aunque le subieron los colores de inmediato y agachó la cabeza—. Lo siento. Es que... a Russ no le haría ni pizca de gracia que estuvieras allí.

Se me encogió todavía más el estómago y noté un fuerte y persistente calambre.

—No deberías tenerle miedo a tu pareja, Raina. Hay formas de salir de esta. Te lo prometo. Yo pasé por lo mis...

—Estoy bien —me cortó—. No necesito que me ayudes, ni tú ni nadie. Por favor. Solo... para.

La desesperación que le noté en la voz me llevó a tomar cierta distancia.

Me trajo de vuelta al pasado, a una época en la que yo había hecho exactamente lo mismo.

Le había mentido a Nikki en la cara y le había confesado que todo iba bien.

Que era feliz. Porque me resultaba insoportable admitir lo mal que se habían puesto las cosas.

—Vale. Pero, si cambias de opinión, aquí estoy. Cuando sea. A cualquier hora.

Raina no me hizo caso y continuó llenando el carrito.

Me quedé ahí un segundo más con la esperanza de que fuese a cambiar de parecer y a decirme que quería abandonar a ese capullo. Pero no fue así.

Dejé caer los hombros y me giré hacia la zona de estacionamiento. En cuanto levanté la vista, mis ojos se encontraron con unos de color ámbar que centelleaban con toques dorados bajo el sol de la tarde. Shep estaba apoyado en la parte trasera de su camioneta. Se me secó la boca al verlo así.

Con esa maldita camiseta blanca con los vaqueros oscuros y la gorra de Construcciones Colson que le cubría los ojos.

Sin embargo, el sol se encontraba en tal ángulo que seguía pudiéndoselos ver bajo la visera.

Mientras yo caminaba hacia él, Shep se separó del vehículo con un empujón.

Se le tensaron los músculos al andar: sus anchos hombros, su definido pecho, sus poderosos muslos...

En cuanto estuve lo suficientemente cerca, me abrazó.

—¿Estás bien? —me preguntó.

No me contuve; simplemente me hundí en sus brazos. Porque, ahora, Shep era sinónimo de comodidad, de seguridad, de tranquilidad en un mundo donde todo se había vuelto caótico a mi alrededor.

—Raina tiene un moratón en la mejilla. No es reciente, pero se lo he visto.

Shep se tensó y lo vi desviando la vista hacia Raina antes de volver a centrarla en mí.

—¿Te ha contado algo?

Me separé lo justo para poder mirarlo y negué con la cabeza.

—Nada aparte de que no necesita mi ayuda.

Se le relajó la expresión, pero la rabia que ocultaba debajo no me pasó desapercibida. Levantó la mano para apartarme el pelo de la cara y me acarició los mechones con los dedos.

—Lo has intentado. Pero no puedes obligarla a que acepte tu ayuda. Tiene que ser ella quien te la pida.

—Ya lo sé... —Suspiré—. Pero es que... Odio que Russ le haga esto. La ha destrozado.

—Astilla.

—Y yo sé cómo funcionan esas cosas. Sé lo que es estar tan asustada que ni te atreves a pedir ayuda.

Shep me abrazó con más fuerza.

—Pero lo hiciste. Saliste de esa. Y no nos queda otra que esperar a que Raina también lo consiga. Nosotros hemos hecho todo lo posible para ayudarla.

Le agarré la camiseta con fuerza y encontré alivio en la suavidad del algodón.

A veces tenía la sensación de que si había dejado mi relación con Brendan había sido por puro milagro.

Por aquel entonces, me sentía tan sumamente agotada que estaba dispuesta a rendirme y punto.

Lo había conseguido gracias a un minúsculo fulgor de fuerza en medio de un mar de absoluta oscuridad.

El estallido de ira que había recibido a cambio me había sentado cual extraño bálsamo.

Porque Brendan estaba rodando una peli a miles de kilómetros de aquí.

De modo que a mí me había dado la sensación de que estaba a salvo; me había sentido aliviada.

Pero no me había dado cuenta de que, incluso en ese caso, él seguía pudiendo encontrarme.

Shep me acarició el labio inferior con el pulgar.

—Me tienes maravillado.

Pestañeé y levanté la vista hacia él.

—Eres jodidamente fuerte —me dijo.

—No siempre me siento así. En esa época, no era el caso. Me sentía muy débil.