Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y seis. Thea
80%

Capítulo cuarenta y seis. Thea

Capítulo cuarenta y seis

Thea

Estaba agotada; era como si me hubiese pasado un camión por encima. Así que Shep me llevó en brazos hasta la cocina.

—Puedo andar.

—Chissssst —musitó él.

—Shep...

—Deja que lo haga, Astilla. Necesito saber que estás bien.

Se me escapó un suspiro, pero le hundí la cara en el cuello. No era solo porque necesitara saber que me encontraba bien. Shep quería asegurarse de que no iba a dejarlo plantado. Noté una pizca de culpabilidad en la zona del plexo solar.

—No me voy a ir a ninguna parte —susurré con la boca pegada a su cuello—. Te lo prometo.

Shep me sentó lentamente en una silla al lado de la mesa de la cocina.

Mientras me soltaba, me acercó las manos a la cara y me acarició las bolsas de los ojos con los pulgares, como si estuviese buscando restos de mis lágrimas.

Acto seguido, continuó bajando con sus dedos, pasándolos por la sinuosidad de mis pómulos hasta descansar un pulgar en mi labio inferior y seguir deslizando el otro por el cuello.

Era como si estuviese memorizando el tacto de mi piel.

—Ya lo sé.

Bajó la vista hacia mi regazo y arrugó la frente. Me cogió una mano y la levantó para inspeccionarla. Tenía manchitas de sangre y marcas con forma de medialuna en las palmas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó recorriéndome las heridas con el dedo con un tacto sutil como una pluma.

Hice una mueca.

—Creo que me lo he hecho cuando ha entrado Brendan en la panadería. No me he dado cuenta de que me había rasgado la piel.

A Shep le latió con violencia un músculo en la mandíbula.

—Espera aquí.

Lo dijo con una voz gruñona; ya estaba en modo Sr. Control. Pero no rechisté. Total, estaba demasiado cansada como para moverme.

Al cabo de unos segundos, reapareció cargando un montón de cosas en los brazos. Lo dejó todo en la mesa y se acercó al fregadero para lavarse las manos.

Me quedé estudiando ese montón de cosas. Agua oxigenada, crema, tiritas, gasas y esparadrapo.

—Tampoco es para tanto. Puedo lavarme las manos y...

Shep se giró hacia mí mientras se secaba y me interrumpió con una sola mirada.

—No queremos que se te infecten —dijo—. Además, si mal no recuerdo, tú hiciste lo mismo por mí.

Cerré la boca de golpe mientras él atravesaba mi pequeña cocina y cogía una segunda silla. Su aroma a cedro y a serrín me envolvió y me calmó más de lo que cualquier crema hubiese logrado jamás. Porque era Shep.

Se sentó, pilló una gasa y la empapó con agua oxigenada. Luego, me cogió la mano con la palma mirando hacia arriba y examinó las heridas.

—Siento muchísimo que te haya ocurrido esto.

—Shep...

Me pasó la gasa por la palma.

—Siento muchísimo no haber estado allí.

—No puedes estar las veinticuatro horas del día conmigo —respondí con delicadeza.

—Pues lo pretendo.

—Shepard...

Al oírme llamarlo por su nombre entero, levantó la vista.

—Esa no es la solución. Estar todo el día juntos no es saludable para ninguno de los dos —señalé.

Él arrugó los labios en una mueca.

—Me niego a que el tío ese vuelva a pillarte por sorpresa. No quiero que te acose estando tú sola.

—No estaba sola. Y nunca lo estaré. Porque te llevo aquí —puntualicé, apoyándome la otra mano en el corazón; me daba igual que se me manchara la camiseta de sangre—. Me has ayudado a darme cuenta de lo fuerte y valiente que soy. Me has convertido en una guerrera.

—Astilla... —susurró.

—Es verdad. Además, conozco a Brendan. No se arriesgará a hacer nada en público. Lo hará entre bastidores.

—Ni de broma —espetó Shep entre dientes.

—No puedes controlar lo que hace o deja de hacer. Pase lo que pase, tendremos que lidiar con eso y ya.

Shep levantó sus ojos color ámbar hacia mí.

—Y lo haremos juntos —sentenció.

Al escuchar esas palabras, cierta calidez me inundó el cuerpo.

—Te quiero —le dije.

A él se le dibujó una sonrisa y respondió:

—Me encanta oírte decir eso.

—Pues ve acostumbrándote.

Shep volvió a centrarse en mis manos, limpiándome todas las heridas y cubriéndomelas con una gruesa capa de crema antes de taparme ambas palmas con unas tiritas gigantescas.

—¿No crees que es un pelín demasiado? —le pregunté.

Me fulminó con la mirada.

—No vamos a tentar a la suerte.

No solo se refería a la posibilidad de que se me infectaran las heridas. Abrí la boca para asegurarle que estaba bien cuando alguien llamó a la puerta y me lo impidió.

Mi cuerpo reaccionó por puro instinto y me levanté de golpe de la silla, tensa de los pies a la cabeza.

Shep me abrazó enseguida.

—Es Trace —me informó—. Lo he llamado de camino hacia aquí.

La tensión que me había inundado se disipó en una única exhalación. Trace. No Brendan. Todo iba bien.

Shep me dio un sutil beso en la frente.

—Estás a salvo —me tranquilizó.

—Lo sé.

No me soltó de inmediato, pero, cuando por fin lo hizo, yo fui consciente de que le había costado un mundo. Porque notaba la tensión que desprendía su cuerpo. Sin embargo, en cuanto volvieron a llamar por segunda vez, echó a andar hacia la puerta.

—Gracias por venir —dijo Shep mientras hacía pasar a su hermano.

Trace cruzó el pasillo en dirección a la cocina y me estudió rápidamente, tanto a mí como a todo lo que me rodeaba.

—Siento muchísimo lo que te ha ocurrido, Thea.

—Yo también —respondí—. ¿Quieres beber algo o...?

—Ya me encargo yo. Tú siéntate —me ordenó Shep.

Le saqué la lengua y comenté:

—Estamos marimandones, ¿eh?

Trace rio.

—Él, siempre. Cuando éramos adolescentes, intentaba darme órdenes a mansalva. Aunque el mayor fuese yo.

—La única vez que hice pellas te chivaste —contraatacó Shep.

Trace sonrió mientras cogía una silla de las de la mesa de la cocina.

—La venganza es un plato que se sirve frío —respondió.

Alterné la vista entre los dos hermanos.

De pequeña, siempre había anhelado tener el tipo de relación cercana de la que disfrutaban ellos dos.

Y, ahora, con el tiempo, sabía que yo también formaría parte de esa vida.

Compartiría historias divertidas con los Colson, bromas nuestras. Merecía la pena luchar por todo eso.

Shep trajo la jarra de limonada que yo misma había preparado el día anterior y la depositó en la mesa junto con tres vasos y una tabla con queso y galletas saladas. Se sentó en la silla que estaba justo al lado y me acercó la tabla en cuestión.

—Tienes que comer algo.

Cogí una galleta salada para complacerlo, pero, cuando levanté la vista, comprobé que Trace no le quitaba los ojos de encima a Shep.

Su expresión era una mezcla de alegría y anhelo.

Yo sabía más bien poco acerca de su antiguo matrimonio y desconocía el motivo por el cual se había divorciado, pero estaba clarísimo que Trace echaba de menos la complicidad que compartíamos Shep y yo.

Ese anhelo hizo que se me encogiera el corazón por ese hombre, amable como el que más. Pasarte la vida centrado en cuidar a tu hija y mantener el orden en el pueblo sin que nadie te cuidase también a ti no podía ser nada fácil.

Trace carraspeó.

—Tengo que preguntártelo... —dijo—. Cuando Brendan se pasó por la panadería, ¿te amenazó de algún modo?

El trocito de galleta que me había comido se me volvió agrio en el estómago.

—Solo dijo que sería una pena que la gente se enterase del mal servicio de La Mezcla y que ya nos veríamos. Ha sido una amenaza a su manera.

Shep agarró el vaso con más fuerza y se le pusieron los nudillos blancos.

—Algo tienes que poder hacer. La está acosando.

Trace se frotó la mandíbula.

—Para pedir una orden de alejamiento, necesitaríamos tener pruebas que demuestren que la ha amenazado.

—La está torturando —gruñó Shep.

—Lo sé —le aseguró Trace, antes de dirigirse a mí—. Anson me ha conseguido los informes del caso que hay en el Departamento de Policía de Los Ángeles. No sabrán quién los ha sacado ni por qué, pero al menos así podré conocer qué pruebas tenían ellos.

Me dio un vuelco el estómago al acordarme de las improductivas conversaciones que había mantenido con los agentes de policía de Los Ángeles, de la de veces que me habían hecho sentir culpable por todo lo que me había sucedido.

—Hicieron un trabajo de mierda estudiando el caso —prosiguió.

—¿Me lo dices o me lo cuentas? —musité.

—Anson tiene a Dex ocupándose del tema. A ver si puede encontrar algo que demuestre que Brendan estaba detrás de esos ciberataques contra ti.

Me puse recta en la silla.

—¿Crees que hay posibilidades? —quise saber.

El corazón me latía desbocado contra la caja torácica.

Ya había renunciado a la idea de que Brendan tuviese que responder ante la justicia.

Solo quería que desapareciera. Pero ¿que le tocase apechugar con las consecuencias de sus actos?

¿Que el mundo supiera la verdad? Era más de lo que nunca me había atrevido a soñar siquiera.

—Si alguien puede hacerlo, es Dex —comentó Trace—. Anson me ha contado su cometido en el FBI. El tío es competente de narices. Y ya te digo yo que a mí no me haría ni pizca de gracia enemistarme con él. Tiene un sentido de la justicia afiladísimo.

Shep miró a su hermano con los ojos entornados.

—O sea, que es un justiciero —comentó.

—Para ser exactos, sí. Pero uno que está de nuestra parte.

Shep asintió con la cabeza.

—Dile que le daremos lo que él quiera.

—Shep...

Se giró hacia mí y me acarició la mejilla.

—Brendan ya no podrá seguir atormentándote. Y tendrá su merecido. Me aseguraré de ello.

Sentí un nudo en el estómago. Por más que quisiera que a Brendan le sirvieran una buena dosis de justicia, también sabía lo que les hacía él a quienes se interponían en su camino. Les arruinaba la vida.