Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y cinco. Shep
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Capítulo cuarenta y cinco. Shep

Capítulo cuarenta y cinco

Shep

Al escuchar mi pregunta, Thea se volvió de inmediato y el pelo le flotó en todas las direcciones. La expresión que le vi en la cara me partió el corazón en dos. Ojos rojos. Lágrimas resbalándole por las mejillas. Tez pálida. Y, por si fuera poco: pánico. Terror.

Negó con la cabeza, más y más deprisa, agarrando una camiseta con fuerza.

—Tengo que irme.

Un dolor brutal e incandescente, férvido y abrasador se me clavó en el pecho.

—No.

Thea recorrió el cuarto con la mirada para encontrar una salida. Era como si fuese un receptor abierto en busca de un hueco por el que colarse.

—No tengo otra alternativa, Shep. Se lo va a cargar todo. —Las lágrimas empezaron a brotarle más rápido—. Se cargará el negocio de Sutton. Tu empresa. Destrozará a cualquiera que se quede a mi lado porque puede y punto. Volverá a publicar esas fotos. Se asegurará de que el pueblo entero las vea.

«Mierda».

Si antes ya pensaba que quería matar a Brendan, aquella emoción fue incomparable con lo que sentía ahora.

Cuando Sutton me había llamado, el pánico a que Thea fuese a hacer alguna imprudencia se había adueñado de mí.

Lo había dejado todo y había ido directo a casa.

Pensaba que descubrir a Thea haciendo las maletas me había dolido, pero verla así de rota era muchísimo peor.

Crucé la habitación en tres grandes zancadas.

—Para. —La voz de Thea me azotó cual látigo—. Como me toques, será muchísimo más difícil. No podré hacerlo. Y debo hacerlo; es lo correcto. Tengo que hacer lo correcto, Shepard.

—Thea... —Se me rompió la voz.

—Como me abraces y hagas que me sienta a salvo, me costará muchísimo más marcharme, y bastante me va a partir ya el corazón.

—Si tú te vas, yo me voy contigo.

Las palabras me salieron sin que pudiera remediarlo. Pero, en cuanto las hube pronunciado, supe que eran ciertas.

—No puedes —susurró ella—. Este es tu hogar.

—Mi hogar eres TÚ.

Era una verdad como un templo. Thea se había convertido en el lugar donde más me sentía yo mismo; donde me sentía visto, comprendido; donde simplemente podía ser sin necesidad de tener que justificar mi valía.

Empezó a brotarle otro montón de lágrimas de los ojos.

—Soy un desastre. No quieres que yo sea tu hogar.

—Thea. —Más que como una palabra, su nombre me salió como un chirrido—. Pues lo arreglaremos. Juntos. Porque lo que construyamos será siempre mejor si lo hacemos los dos unidos.

Thea se frotó la cara para secarse las lágrimas.

—Te quiero, Astilla. Y no hay nada que pueda hacer nunca nadie para cambiarlo. No hay mentiras que puedan manchar esta realidad. Me da igual lo que nos eche encima ese cabrón. Te quiero.

A Thea le subió y le bajó el pecho mientras respiraba entrecortadamente, como si le costase mantener la compostura.

—Para mí, siempre serás perfecta. No porque no cometas errores, sino por esto.

—Me acerqué a ella y le apoyé la palma en la parte izquierda del pecho—.

Tu corazón es lo más bonito que he visto en la vida.

Es precioso porque lo han roto. Y esas grietas te han convertido en una persona totalmente nueva.

Más fuerte. Más sabia. Una fiera defensora para cualquiera que lo necesite.

Y la confidente más amable para quien precise ser comprendido.

Lo captas todo. Y no te acobardas. Acompañas a los demás sin juzgarlos; les brindas tu amor y ya.

No puedes pedirme que me aleje de ti después de que haya experimentado todo esto.

Sería como vivir bajo el sol solo para existir entre la más negra oscuridad.

—Shepard... —Se le quebró la voz.

—Así que, si tienes que irte, yo también me voy. Estaré allí donde necesites estar.

No hizo ni dijo nada durante un minuto muy largo. Nos quedamos allí, sin más, con mi mano en su corazón, notando lo rápido que le latía. Thea se me quedó mirando a los ojos con los suyos, de color verde claro, inquisitivos. Y entonces se movió.

Tan deprisa que ni siquiera pude prepararme.

Se abalanzó sobre mí, me envolvió la cintura con las piernas y el cuello con los brazos, y hundió la cara en ese mismo punto.

Y dio rienda suelta a las lágrimas. El cuerpo le temblaba con cada sollozo y yo aguanté.

Aguanté todo el dolor y todo el miedo que Thea tenía por soltar.

Sabía que ese era el último muro. La última barrera que había construido para mantener al resto del mundo alejado. Estaba permitiendo que lo viera todo. Y no había mayor honor en la vida que ese. Así que, simplemente, aguanté.

Poco a poco, las lágrimas fueron cediendo y Thea dejó de temblar. Cuando se separó, tenía los ojos hinchados, pero ya no había terror en ellos.

—Yo también te quiero —susurró con la voz áspera.

Le aparté el pelo de la cara con cuidado.

—Lo sé.

Ella se quedó boquiabierta, estupefacta. Tenía unas pintas adorables.

—¿Lo sabes?

—Lo sé —repetí.

Me miró con la frente arrugada sin bajarme las piernas de la cintura.

—Qué engreído... —exclamó.

Le acaricié la mejilla con el pulgar para acabar de secarle el recorrido de las lágrimas.

—Engreído no. Es solo que me lo demuestras a diario.

Al oír mis palabras, se le relajó la expresión.

—Tú también me lo demuestras. Nunca supe lo que era sentirse totalmente a salvo. Hasta que te conocí. Y no hablo solo de sentirme a salvo físicamente. Sino de sentirme a salvo siendo quien soy en realidad. Sin pretensiones. Sin miedo a que me juzgues.

Apoyé la frente en la suya e inspiré ese aroma floral con notas de coco.

—Tú haces que me sienta exactamente igual —admití.

—Me alegro.

Nos quedamos así un buen rato y, al final, le planteé la pregunta del millón:

—¿Nos quedamos o nos vamos?

Porque, de ahora en adelante, hablaríamos en plural. Thea y yo éramos un equipo. Juntos éramos muchísimo más fuertes en muchos sentidos.

Se separó y me observó detenidamente.

—No quiero irme. No quiero perder lo que tanto me he esmerado en conseguir.

El alivio se adueñó de mí. Tanto porque no tendría que dejar atrás todo lo que quería como porque Thea estaba preparada para luchar. Le acaricié el labio inferior con el pulgar.

—Esta es mi chica.