Capítulo cuarenta y cuatro. Thea
Capítulo cuarenta y cuatro
Thea
Me quedé mirando tan fijamente a Brendan que me escocían los ojos.
Y aquella sensación me llevó a darme cuenta de que no estaba pestañeando.
Porque me aterraba pensar que, como cerrase los ojos un milisegundo, él fuese a atacarme y a destrozarme la vida de nuevo. Y, ahora, yo tenía mucho que perder.
La saliva se me fue acumulando en la boca a medida que el pánico se iba adueñando de mí.
Porque Brendan podía esparcir su veneno por Sparrow Falls y poner a todo el mundo en mi contra.
Podía pillar un montón de fotos y vídeos que me había sacado sin que yo le hubiese dado nunca permiso y publicarlos donde le diera la maldita gana.
Daría igual que Shep, Sutton y los Colson estuvieran de mi parte.
Incluso en el caso de que Dex consiguiera deshacerse de todo otra vez, las miradas y los cuchicheos ajenos seguirían atormentándome.
Todo eso convertiría mi lugar seguro, el lugar donde había huido, en una prisión.
—¡Ma-dre mí-aaaaa! —gritó la mujer que estaba a punto de marcharse de la panadería—. ¡Eres Brendan Boseman!
Vi una diminuta pizca de irritación en los ojos de él antes de girarse hacia ella, sonriente y encantador.
—El mismo. ¿Cómo se llama?
—Soy Nelly Parker. Soy tu mayor fan. Habré visto Navidad entre besos un millón de veces. Me sé el guion de memoria. ¿Y tus pelis de Defensores enmascarados ? Me tienen obsesionada.
Brendan adoptó una expresión más seria y le centelleó la mirada.
—Nelly, no tiene ni idea de cuánto significa esto para mí. Los fans como usted le dan color a mi mundo.
Nelly se abanicó la cara con la mano y manifestó:
—Me vas a hacer llorar...
Brendan pilló una servilleta de un dispensador que había en una mesa.
—Venga, tampoco hace falta... —le dijo.
La mujer se secó los ojos con unos golpecitos.
—¿Podemos sacarnos un selfi? —le preguntó—. En mi grupo de costura te adoran. Eres tan generoso con tu fama y tu riqueza... Voy a necesitar pruebas.
Se me revolvieron las tripas. Siempre lo mismo. Todo el mundo veía justamente lo que él quería que viese.
—Por supuesto —respondió Brendan, rodeando a la mujer con un brazo mientras ella sacaba varias fotos.
—Muchísimas gracias. Si es que ya sabía yo que serías igual de majo en persona. ¡Me acabas de alegrar el año!
Él le guiñó un ojo y respondió:
—Lo que sea para una verdadera fan.
Nelly soltó un gritito y salió pitando por la puerta. Seguro que iba a llamar a todas sus amigas.
En ese momento, Brendan se giró y clavó el peso de su mirada directamente en mí.
Empecé a respirar más y más deprisa mientras él caminaba hacia la encimera con aquella relajada sonrisa en el rostro.
Incluso a día de hoy me costaba ver la falsedad que escondía ese gesto.
Me costaba atisbar la maldad que había debajo de ese disfraz.
—A la técnica de iluminación de mi nueva peli le flipa este tipo de comercio.
Nunca tiene suficiente. Siempre quiere probar algo de las mejores panaderías de donde estemos rodando.
Vino aquí porque había leído una reseña del lugar en un blog y me juró que la mujer que había al otro lado del mostrador era igualita que tú, solo que tenía el pelo más oscuro.
Una perla de sudor me resbaló por la columna vertebral, como hielo derritiéndose sobre mi ardiente piel.
La sonrisa de Brendan no hizo sino ensancharse.
—¿No piensas ni saludarme? Ha pasado muchísimo tiempo... —En ese instante, se movió y desvió su encantadora sonrisa hacia Sutton—. Hola, soy Brendan. Un viejo amigo de Selena.
Me inundó una nueva ola de pánico. ¿Cuántas veces se había metido en el bolsillo a mis amigos? ¿A mis compañeros? Siempre se mostraba tan encantador que, cuando rompimos, todos empezaron a mirarme con otros ojos. A creerse sus mentiras.
Me abrumé al pensar que tal vez conseguiría lo mismo con Sutton. ¿Perderla a ella, a una de las primeras amigas que había hecho en años? Sería incapaz de soportarlo.
—Ya sé quién eres. —Sutton habló con un tono de voz tan frío que giré la cabeza de inmediato hacia ella. Su expresión era pura ira glacial. Y, si las miradas mataran, Brendan ya no estaría en este mundo—. Y no eres bienvenido a mi panadería.
Una pizca de dolor le atravesó la mirada a Brendan. Pareció tan genuina que, de no haber sido porque ya me había tragado sus engaños antes, habría creído que era real.
—Selena siempre lo lleva todo al extremo. Veo que no ha cambiado.
—Nunca la he visto hacerlo —respondió Sutton entre dientes.
Brendan volvió a dibujar una de sus sonrisas.
—A lo mejor es que no la conoces tanto. Pero es lo que sucede cuando te rompen el corazón. Cuando se marchó, me quedé destrozado. —Me miró a mí y el contacto de sus ojos me sentó igual que si unas garras me estuviesen rasgando la piel—. Me gustaría hablar contigo. Arreglar las cosas.
—No.
Me sorprendió que mi voz sonara con tanta fuerza. Porque, por dentro, estaba hecha un flan, y no me había movido ni un ápice.
—Selly...
—He dicho que NO. Vuelve al set, con tus aduladores y con lo que sea que te haga feliz ahora. Déjame en paz.
Atisbé un sutilísimo destello en sus ojos azules. Ese mismo que en su día me llevó a pensar que iba a perder la cabeza porque no sabía si era real o si me lo había imaginado.
—Qué poco amable estás siendo, Selena...
—Yo diría que estoy siendo increíblemente amable —lo corté—. Te estoy dejando vivir el resto de tu miserable vida en paz a pesar de que tú me arruinaste la mía.
Él rio, pero la risa sonó cargada de tensión.
—Y yo diría que estás pasándote un poco, ¿no te parece? Rompimos. Fue feo. Le ocurre a todo el mundo a diario. Dudo que eso me convierta en un monstruo.
Me clavé las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que noté cómo cedía la piel.
—Sabes perfectamente lo que hiciste. Si la vida fuese justa, sentirías hasta la más mínima pizca de dolor que me hiciste sentir a mí.
—Cuidado —espetó Brendan—. No vayas a decir algo que luego no puedas retirar. Tendrías que responsabilizarte de tus palabras.
—Lárgate o llamo a la poli —le gruñó Sutton.
Justo entonces, Walter salió de la cocina y añadió:
—Tengo un teléfono aquí mismo.
—Menuda gracia —soltó Brendan—. En todos los demás establecimientos de la zona a los que he ido, se han desvivido por ser hospitalarios conmigo. —Su expresión se transformó en un segundo y pasó a ser peligrosamente fría—. Sería una pena que corriera la voz del mal servicio de este lugar.
La bilis empezó a subirme por la garganta y sentí una necesidad apremiante de vomitarlo todo.
Brendan se giró hacia mí y sentenció:
—Ya nos veremos, Selly.
Era una amenaza, simple y llanamente. Hacia mí y hacia cualquiera que se pusiera de mi parte. Me escocían los ojos con unas lágrimas que querían brotar, que querían ser libres, algo que yo no sería jamás. Porque Brendan siempre me encontraría. Y se cargaría hasta el más mínimo atisbo de felicidad.
La vista se me tornó borrosa mientras él se marchaba de la panadería y se perdía por la calle. Daba igual que ahora ya se estuviese alejando; nunca acabaría de desaparecer del todo.
—Thea. —Sutton me agarró del brazo—. ¿Quieres que llame a Trace?
Me sobresalté al notar el roce de su mano y oír sus palabras. Sacudí la cabeza con vehemencia.
—Tengo que irme.
Ya había entrado en acción. Cogí el bolso y fui hacia la puerta.
—¡Espera! ¡Thea! —gritó Sutton mientras yo salía en busca de mi bici.
De pronto, todo lo que había ocurrido a lo largo de las últimas seis semanas empezó a cobrar sentido. Los neumáticos rajados. La persona que me había estado observando al otro lado del bar. La nota. No había tenido nada que ver con Russ. Había sido Brendan desde el principio.
Al acordarme de cómo había empezado a sonar la música a todo volumen en la panadería justo antes de que entrara mi ex, me dio un vuelco el estómago. Había sido su forma de decirme que podía llegar a mí fuera donde fuera. Y que también podía llegar a las personas que me importaban.
Quité el candado de la bici y me monté. Metí el bolso en la cesta y arranqué. No había pedaleado tan rápido en toda mi vida. Me dolían los músculos y me ardían los pulmones. Sin embargo, no me di cuenta de que estaba llorando hasta que noté el escozor del viento en las mejillas.
Brendan había ganado. Otra vez.
No podía quedarme en Sparrow Falls. No con Brendan al acecho y con el largo alcance de sus crueles dedos tan cerca de mí.
Sin saber que Brendan podía hacer lo peor de lo peor en cualquier momento.
No pensaba arrastrar a Sutton conmigo y meterla en este berenjenal.
No cuando ella se había esmerado tantísimo en empezar de cero.
Y tampoco pensaba arrastrar a Shep. Porque si Brendan descubría que había un hombre en mi vida, convertiría la suya en un infierno.
Tenía que marcharme. No me quedaba otra opción.
Cuando llegué a mi casa, salté de la bici y eché a correr hacia la puerta. Probé a abrirla con la mano temblorosa. Tuve que intentarlo seis veces hasta que conseguí meter la llave en la cerradura.
Nada más entrar, volví a pasar el cerrojo tras de mí y Alce soltó un melodioso maullido; los gatitos respondieron desde el salón.
Tenía que pillar el móvil de prepago que guardaba en la mesita de noche y mandarle un mensaje a Rhodes, pedirle que viniese a buscarlos. Pero, primero, debía darme prisa.
Fui directa a mi cuarto, abrí el armario y toqué a tientas en busca de aquel inestable tablón. Lo levanté, saqué la caja fuerte y puse la combinación. En cuanto se abrió, empecé a meter todo lo que había allí dentro del bolso. Pasaporte, efectivo, documentación...
Me levanté y estiré la mano hacia arriba para coger la bolsa de tela que tenía en una estantería alta, justo encima de la ropa. Al notar la tira de la bolsa con los dedos, las lágrimas acudieron a mí con más rapidez aún. No quería utilizar esa bolsa. Nunca más.
A excepción de Alce, esa bolsa había sido mi única compañera en mi viaje de Los Ángeles al noroeste del Pacífico. Hasta que encontré Sparrow Falls. El atrayente encanto de sus montañas. La calma del aire que soplaba aquí. Me había esforzado una barbaridad para convertir este lugar en mi casa.
Y Brendan también me lo había robado.
Tiré con fuerza para bajar la bolsa y la dejé en la cama. Fui hacia la cómoda a toda prisa y saqué solo lo que necesitaría para ir a mi próximo destino. Esta vez, tenía que irme más lejos. ¿La costa este, tal vez? ¿Canadá?
El corazón me dio un vuelco descomunal, como si quisiera rebelarse ante esa idea. Porque todo eso significaba estar lejos de la última persona de quien yo quería distanciarme. Las lágrimas empezaron a brotarme de los ojos y a resbalar por la barbilla hasta caer contra el edredón.
Cerré los puños sin soltar la ropa que tenía en las manos y lo metí todo en la bolsa.
Shep no se merecía las pesadillas que estaban a punto de echárseme encima.
No se merecía que la gente cuchicheara sobre él porque había fotos de su novia desnuda en páginas porno.
No se merecía que le hackearan las cuentas bancarias ni que su empresa se fuese al traste por culpa de rumores sobre trabajos chapuceros o lo que fuese que se le ocurriera a Brendan.
Shep se merecía algo muchísimo mejor. Se lo merecía TODO.
Estaba tan centrada en guardar la ropa en la bolsa que ni siquiera oí los pasos. No oí absolutamente nada. No hasta que una voz profunda retumbó por todo el espacio.
—¿Qué narices estás haciendo?