Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y tres. Thea
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Capítulo cuarenta y tres. Thea

Capítulo cuarenta y tres

Thea

Alguien abrió la puerta de la panadería e hizo tintinear la campanita de la entrada.

Hice de tripas corazón. Llevábamos tres días a tope de trabajo, desde que abríamos hasta que cerrábamos; hoy, sin embargo, por fin habíamos podido bajar un poco el ritmo a la hora de comer.

Como el sonido de la campanita significara que había llegado otra ola de clientes, no sabía yo si podría aguantarlo.

No obstante, en cuanto vi a la persona que acababa de cruzar la puerta, me relajé de los pies a la cabeza y se me escapó la risa.

Lolli estaba ahí, de pie, con su plateada melena recogida en un par de moños a cada lado, y vestida con lo que parecía ropa de deporte.

Se había puesto unas mallas de un teñido anudado, unas playeras de un color rojo chillón y una camiseta con un dibujo de una hoja de marihuana gigantesca y que rezaba: «Gestora de Plantas».

—Lolli, la veo genial —dije sonriéndole.

Ella giró sobre sí misma y los brazaletes que llevaba en la muñeca tintinearon.

—Le entregué una camiseta de estas a Rho. Le comenté que se la enseñara a Duncan. Quedarían ideales como uniforme del vivero.

Apreté los labios con fuerza para evitar reír otra vez.

—¿Y él qué dijo?

Lolli arrugó la frente.

—No lo vemos igual... —respondió.

De eso, no me cabía ninguna duda. Duncan era un jefe bastante relajado, pero no lo veía transformando el vivero que había abierto su familia hacía generaciones en una plantación de maría.

—Él se lo pierde —contesté.

—¿Está el amor de mi vida por ahí? —preguntó Walter mientras salía de la cocina.

—No empieces otra vez, vejestorio —espetó Lolli.

Walter le sonrió con los ojos centelleantes.

—Seré viejo, pero haces que me sienta como un adolescente salido.

A Lolli se le subieron los colores.

—No me vengas con tanta labia.

Walter se llevó el puño al pecho, como si acabasen de herirlo.

—Contigo, yo solo digo las cosas como son.

—Sí, bueno... —Lolli desdeñó el tema con un gesto con la mano mientras iba hacia el expositor de pastas—. Hoy estoy demasiado cansada para hablar de pedidas de mano. He estado levantando pesas con mi nuevo entrenador y ahora necesito una recompensa.

Walter no se dio por vencido.

—Si aceptaras, no necesitarías ningún entrenador. Yo ya te obligaría a hacer el ejercicio suficiente en casa.

—¡Walter! —chilló Sutton al llegar al último peldaño de las escaleras que había en la parte trasera.

El cocinero simplemente rio.

—A mi chica tiene que quedarle claro que puedo seguirle el ritmo —se defendió.

—Podrías intentarlo... —respondió Lolli, señalándolo con un dedo tembloroso.

—Todos debemos tener un objetivo en esta vida —respondió él.

Sutton se los quedó mirando a ambos boquiabierta.

—¿Voy a tener que separaros?

—Podrías intentarlo... —repitió Walter, guiñándole un ojo.

—A la cocina —le ordenó Sutton.

Walter se limitó a reír mientras regresaba dentro.

—Algún día, aceptarás, Lolli.

La mujer resopló y dijo:

—¿Quién se cree que es? A mí no hay quien me domestique.

Sonreí y contesté:

—Pero a lo mejor no estaría mal dejar que lo intentara...

Sutton levantó las manos en el aire y me fulminó con la mirada.

—¿Tú también? ¿Por qué de repente estáis todos tan obsesionados con el sexo?

Lolli y yo cruzamos nuestras miradas.

—¿Estás en sequía, cariño? —le preguntó Lolli.

Sutton se dejó caer contra la encimera que tenía detrás.

—Parezco el Sáhara, ya...

A Lolli se le dibujó una sonrisa en el rostro, dio una palmada y soltó un gritito que le pegaba más a una niña pequeña que a una abuela.

—Tenemos que organizar una noche de chicas. Nos arreglaremos e iremos a ese bar de country que hay un poco más allá. No hay nada como un buen cowboy . Puedo prepararos unas cuantas chuches especiales para...

—¡No! —gritamos Sutton y yo al unísono.

Lolli nos miró con el ceño fruncido y opinó:

—Vosotras dos tenéis que soltaros.

—Diría que, últimamente, yo con una copa de vino va que chuta —musitó Sutton.

—Ay, bueno... Pero vamos a ir a por algunos cowboys igualmente —insistió Lolli—. Venga, dame uno de esos cupcakes de unicornio para llevar. Tengo que irme a casa para la ceremonia del Sol de las tres.

No pregunté. Porque lo más seguro era que la ceremonia en cuestión tuviera que ver con Lolli bailando desnuda en su jardín para venerar el Sol. Pillé uno de los cupcakes de unicornio que quedaban y se lo metí en una cajita.

—Invita la casa —dije.

Lolli aceptó el paquete con una sonrisa:

—Cómo me mimas, cielo... La semana que viene te lo compensaré con unos brownies .

Se despidió con la mano y se fue hacia la puerta.

—Sabes que no puedes comerte esos brownies , ¿no? —quiso asegurarse Sutton.

—Uy, claro que no. Rhodes me contó que cuando iba a la uni se comió uno por error y estuvo horas alucinando.

Sutton movió la cabeza y concluyó:

—Debe de mantenerse joven gracias a todas estas artimañas...

—Pues no te extrañe —convine, girándome hacia mi amiga.

Acababa de llegar de recoger a Luca del campamento y lo había dejado arriba, merendando y entretenido con alguna actividad mientras nosotras terminábamos la jornada laboral.

Sutton siempre estaba guapísima, incluso cuando quedaba rebozada de harina; sin embargo, le atisbé unas manchas oscuras bajo el corrector de ojos.

—¿Todo bien? —me interesé.

—¿Eh? —Desvió la vista hacia mí de repente—. Ah, sí. Todo bien.

Noté la mentira que se escondía en su voz e insistí:

—Sutton.

—No es nada. Mi ex ha descubierto mi nuevo número de teléfono. Anoche me llamó un montón de veces.

La tensión agarrotó todo mi cuerpo. No tenía ni idea de qué le había ocurrido, pero estaba claro que ella no quería saber nada del tío ese.

Sutton empalideció.

—Mierda. Lo siento, Thea. No es nada de eso. Solo quería dinero, nada más. Es un incordio de tío, pero no es ninguna amenaza.

Aun así, mientras la observaba, me pregunté si estaría contándomelo todo.

—Si alguna vez quieres hablar, estoy aquí. Ya lo sabes —le recordé.

Me sonrió, aunque lo hizo con cierta tirantez.

—Gracias. Pero creo que lo que de verdad necesito es esa noche de chicas. Bailar un poco, tomarme una copa o dos, y hasta puede que me acuerde de cómo iba eso de tontear.

Tal vez Sutton sí que necesitaba esa noche de chicas. Se esmeraba tantísimo en darlo todo por la panadería y en cuidar a Luca que a duras penas tenía tiempo para ella.

—Vale, pues lo organizaremos. Pero como Lolli te ofrezca alguna chuche...

Sutton rio.

—La rechazaré y listos.

—Eso mismo —contesté con una sonrisa.

La sutil melodía de country cambió repentinamente, dando paso a una canción de hard rock que empezó a sonar altísimo.

Sutton hizo una mueca y fue hacia el equipo de música. Bajó el volumen enseguida y volvió a poner country .

—Disculpe —le dijo a la única clienta que quedaba en el local.

La mujer, de mediana edad, le restó importancia con un gesto con la mano a la vez que se levantaba y cogía el bolso.

—No pasa nada —contestó—. Lo tecnológico es siempre un engorro.

Sutton rio y comentó:

—Bueno, si existe una forma de liarla al montarlo, yo seguro que la encuentro.

La campanita de la puerta tintineó y yo hice una mueca mientras me miraba el reloj de muñeca.

¿Quién entraba a un negocio a dos minutos de la hora de cierre?

A la que me giré dibujando una sonrisa, me quedé petrificada.

Se me heló el cuerpo entero mientras miraba aquel rostro moreno de ojos azules.

Unos ojos que escondían una frialdad más cruel que cualquier cosa que pudiese imaginarse nadie.

—Hola, Selly. ¿Me echabas de menos?