Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y dos. Shep
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Capítulo cuarenta y dos. Shep

Capítulo cuarenta y dos

Shep

—Verte sonreír así me da grima.

Miré un segundo a Anson mientras conducíamos hacia el pueblo montados en mi camioneta e intenté relajar un poco la sonrisa que llevaba todo el fin de semana dibujada en mi cara. Pero no lo conseguí. Era irremediable.

—Que tú parezcas una especie de demonio poseído cuando sonríes no significa que los demás también tengamos las mismas pintas.

Anson gruñó a modo de respuesta y preguntó:

—¿No te duele la cara? Llevas con el mismo gesto toda la mañana.

Puse los ojos en blanco a la vez que me adentraba por la calle principal del pueblo.

Cascade Avenue seguía petadísima de gente; todavía quedaban algunos turistas que habían venido aquí a pasar el fin de semana festivo y que estaban exprimiendo el viaje al máximo.

No pude evitar desviar la vista hacia la panadería con la esperanza de ver un atisbo de pelo moreno al otro lado de la ventana.

—Tío —soltó Anson—, pon los ojos en la carretera.

Volví a centrar la atención en el tráfico y pisé el freno para no chocar con la furgoneta con matrícula de Idaho que tenía delante.

—Estás pilladísimo —musitó Anson.

—Mira quién fue a hablar —contraataqué.

Él estaba coladísimo por Rhodes. Era como si mi hermana fuese el centro del universo de Anson y todo girase a su alrededor.

Esbozó una media sonrisa.

—Me lo merezco. —Volvió a serenar el rostro—. ¿Ha seguido todo en calma?

Asentí y noté cierta incomodidad en el estómago.

—Trace está esperando a que le manden los resultados de las huellas de la carta. Tiene las de Russ registradas, pero no las de Brendan.

—Por supuesto que no... —se quejó Anson—. A lo mejor puedo dar con la manera de encontrarlas...

—¿De forma legal?

Anson hizo una mueca y me di por respondido.

—Si Trace no puede utilizarlas, no nos servirán de nada.

Anson se hundió en el asiento.

—Ya, bueno... Solo quiero que el tío ese se pudra.

Agarré el volante con fuerza.

—¿Y crees que yo no? La torturó. —Las palabras se me clavaron como dagas en la garganta—. Thea lucha cada día contra las malas pasadas que le juega su mente por culpa de todo lo que le hizo. Puede que no le pusiera las manos encima, pero sufrió un gran daño igualmente.

Anson guardó silencio mientras yo aparcaba en el hueco que encontré en la zona de estacionamiento de la ferretería.

—A veces, el daño mental es peor —afirmó.

Anson sabía de qué hablaba. Seguramente, mejor que nadie.

—Pero se está recuperando —contesté. Veía cómo Thea era cada vez más atrevida. Se ocultaba menos. Había bajado la guardia con mi familia. Miré a Anson y concluí—: Y tú también.

Él me devolvió la mirada.

—¿Y qué hay de ti?

La tensión recorrió mi cuerpo por un instante y luego dejé que esa sensación se desvaneciera. No me lo preguntaba por meter el dedo en la llaga o por husmear, sino porque se preocupaba.

—Siempre desearé haber visto a Silas por quién era de verdad. Y odio que consiguiera llegar a ti y a Rho a través de mí.

—¿Pero...? —insistió Anson.

—Pero estoy empezando a ver lo muy convincente que puede llegar a ser alguien con mala fe.

A veces, lo malo puede venir envuelto de algo bonito o encontrarse en el lugar más inesperado.

Además, no quiero ser el tipo de persona que espera lo peor de todo aquel con el que se cruce.

No quiero permitir que todo esto me cambie.

A pesar de que ya me había dado cuenta antes, no lo había verbalizado hasta entonces.

Aunque, a decir verdad, quien me había ayudado a verlo había sido Thea.

Porque yo había sido testigo de cómo la había embaucado Brendan para llevarla a su terreno.

Y, al empezar a sentir algo más por ella, también había comenzado a tener algo más de empatía por mí mismo.

—En otras palabras: sabes que lo que le pasó a Rhodes no es culpa tuya.

Tenía la garganta cerrada, pero tragué saliva y respondí:

—Lo sé. ¿Y tú?

Anson se me quedó mirando.

—Me ha dado la tabarra hasta que me lo he creído.

Al oírlo decir eso, no pude evitar reír.

—Mi hermana tiene agallas. Sobre todo, cuando algo tiene que ver con la gente a la que quiere.

Anson me dio una palmada en el hombro mientras alargaba el brazo hacia la manija de la puerta.

—Igual que tú, joder. Y por eso somos todos tan afortunados de teneros.

Interioricé sus palabras a la vez que apagaba el motor y bajaba de la camioneta.

Dejé que el sentimiento que acarreaban se me colara en el pecho y me fuera llenando por dentro.

Tenía una suerte del copón de poder contar con una familia como la mía.

Con mis amigos. Con Thea. Y no pensaba infravalorar el milagro que era todo eso.

Anson y yo echamos a andar hacia la ferretería y nos dirigimos al mostrador que había en el fondo para encargar las nuevas ventanas antes de ir a comer. Sin embargo, a medida que nos fuimos acercando, empecé a sentirme un poco culpable.

Me fijé en el vaivén de una melena rubia en el mismo instante en que la dependienta levantaba la vista desde detrás del mostrador. Cuando clavó sus ojos azules en los míos, se le llenó la mirada de dolor.

«Mierda».

—Hey, Mara —la saludé tratando de mantener una expresión amable.

Ella tragó saliva y se obligó a sonreír.

—Shep, buenas. —Desvió la vista hacia el hombre que había a mi lado—. Anson.

Él simplemente le devolvió el saludo con un gesto de la barbilla.

Me saqué del bolsillo un trozo de papel y se lo pasé a Mara por encima del mostrador.

—¿Podrías encargarnos todo esto?

Ella bajó la vista y estudió las dimensiones, la marca y los números del producto. Se le dibujó una sonrisa más genuina en los labios.

—¿Vas a abrir la vieja casa? —se interesó.

Noté que se me aliviaba un poco la tensión. Podía hablar con Mara sin incomodidad alguna siempre y cuando las conversaciones girasen alrededor de estos temas. Construcción, remodelación, restauración...

—Sí. Demasiada poca luz.

—Me lo imagino. —Tecleó algo en el ordenador—. Esas casas antiguas son preciosas, pero están muy recargadas.

—Tiene los días contados.

Mara levantó la vista hacia mí y se le relajó la expresión.

—Eso seguro. —Detuvo el movimiento de sus dedos en el teclado—. ¿La mano, bien?

Cerré el puño en un acto reflejo.

—Sí, ya está.

Ella asintió y se mordió la comisura de los labios.

—He oído que Russ os la lio parda...

«Ay, Dios...».

No quería hablar de eso.

—Lo intentó. Pero está todo arreglado.

Mara siguió tecleando, pero ahora lo hizo más pausadamente, como si estuviese alargándolo.

—Cuidadín, con ese. Es una víbora. Lo ha sido toda la vida.

—Lo tendré en cuenta.

Al cabo de unos minutos, ya lo hubo encargado todo.

—¿Lo añado a tu cuenta?

—Por favor —respondí.

—Hecho. Debería llegar en unas semanas, pero veré si puedo meterles un poco de prisa. Sin coste adicional.

—No hace falta que lo hagas...

—Quiero hacerlo —me cortó ella.

Aunque lo dijo para tranquilizarme, yo sentí que se me revolvían las tripas.

—De acuerdo. Te lo agradezco. Que vaya bien la semana.

Mara se detuvo en mi cara un segundo más de lo necesario y respondió:

—Igualmente.

Anson y yo nos dirigimos hacia la puerta de entrada de la tienda.

—No se rinde —señaló mi amigo en voz baja.

Desvié la vista hacia él.

—Quiere algo que nunca existió.

Porque Mara y yo nunca tuvimos algo profundo. Hicimos cosas de pareja, pero nunca hablamos de nada real. Con Mara no me sentía como con Thea. Mara no me ponía a mil.

—Puede, pero no infravalores el poder de la imaginación —musitó Anson—. Yo que tú me mantendría alejado un tiempo.

—Eso intento —contesté de mala gana mientras salíamos afuera, donde nos recibió la luz del sol.

—A mí no me eches la culpa —espetó él.

—Vaya, vaya... Mirad quién hay por aquí. Pero ¡si son el bebé de caja y el niño asesinatos!

Levanté la vista y vi que Russ venía hacia nosotros con su padre, Bob, al lado.

Ese apodo siempre me había tocado las narices: era un recordatorio cruel de una verdad dolorosa.

No obstante, al oírlo ahora, no me sentó igual que de costumbre.

No me molestó ni me dolió. Surgió un efecto totalmente diferente. Me sentí agradecido.

Y ahí fue cuando me di cuenta de que algo había cambiado.

No es que de pronto viese el mundo de color rosa, pero sí se trataba de una discreta alteración, como cuando un músico afina un instrumento. Por más sutil que fuese ese ajuste, conseguía que el sonido fuese completamente distinto.

Porque lo único que conseguía Russ con sus pullitas era recordarme lo que había ganado después de que me abandonaran.

Había acabado con la familia más increíble que podría haber pedido jamás.

Había descubierto mi propósito en aquello que hacía.

Había encontrado un hogar de verdad. Y ahora veía, más claro que nunca, que esos lazos no tenías que ganártelos.

No hacía falta ser «lo bastante bueno» o «perfecto».

Esos lazos existían simple y llanamente porque me habían elegido como familia.

Así que, en lugar de irritarme, sonreí. Tampoco me molestó que Russ siguiese con la nariz vendada y un ojo un tanto amoratado.

—Russ, veo que sigues igual de encantador que siempre —comenté.

Bob, al oír eso, se puso a la defensiva:

—A mi chico, ni le hables. Crees que dejaste de ser un pedazo de mierda porque te adoptaron los Colson, pero no eres nada. Un cabrón de manual; eso eres.

Ahora sí que lo vi claro. Supe por qué Russ había acabado siendo el capullo cruel que era. No había nacido así. Lo había aprendido.

Levanté la vista hacia la mirada cabreada de Bob.

—Si no quieres que tu «chico» se meta en problemas, igual deberías haberle enseñado a no tocar a una mujer sin su permiso. Pero supongo que las gilipolleces esas las aprendió en casa.

Bob se puso como un tomate y se abalanzó sobre mí.

—No me hables así, imbécil. Te...

—Venga, basta ya —intervino Anson, dándole a Bob un empujón para que pusiese distancia entre él y yo—. El edificio ese de ahí tiene cámaras. Y como hagas cualquier cosa, me aseguraré de que le llegue un informe a Trace.

Bob se separó, cabreado, pero Russ no se movió ni un ápice. Permaneció con la mirada puesta en mí, furioso.

—Las cámaras esas no estarán toda la vida, bebé de caja —dijo—. Tú vigila.