Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo cuarenta y uno. Thea #2
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Capítulo cuarenta y uno. Thea #2

—A papá siempre le da miedo que me echen del cole, pero nunca me echan. Siempre les caigo bien a mis profes.

Me costó un mundo no reír.

—No me cabe la menor duda —respondí.

—Thea —me saludó alguien de voz cálida, metiéndose en la conversación—. Discúlpanos por esta bienvenida tan caótica y por mi... madre.

—No te disculpes por mí, jovencita —la reprimió Lolli.

—De no hacerlo, ya nos habrían desterrado del pueblo hace mucho tiempo —le contestó Nora antes de volver a dirigirse a mí—. Bienvenida al caos.

Ahí sí que reí. La naturalidad de Nora y su total aceptación del espectáculo que la rodeaba consiguieron relajarme.

—Gracias por invitarme. He, hummm... He traído unas cuantas cosas de mi huerto.

Noté que me invadía una ola de incertidumbre mientras le pasaba la cesta de mimbre. ¿Era algo raro? ¿Debería haber traído algo cocinado? ¿Se sentiría insultada?

No obstante, a Nora le centelleó la mirada y se le arrugó la piel alrededor de los ojos, lo cual me indicó que solía ocurrir a menudo.

—No te mentiré: he tenido que aguantarme para no pedirle a Shep que trajera más cosas de tu invernadero. ¿Los tirabeques esos y la rúcula de tu última cosecha? Una maravilla. ¿Y los tomates? No pienso compartirlos.

—Oye, que a mí me gustan los tomates —se quejó Kye, sentado en una butaca en la esquina, con las piernas estiradas y las botas de motero apoyadas en un reposapiés.

—Pues te espabilas —dijo Nora.

Kye rio.

—Si no quiere compartirlos con nosotros, será que son buenos. Si tienes tomates reliquia, te los cambio por una sesión de tatuajes.

—¿Acaso los hay de otro tipo? —respondí yo.

A Kye se le dibujó una sonrisa en la cara.

—Si Shep no te hubiese visto primero...

—No me obligues a pegarte un puñetazo y mancharle la butaca de sangre a mamá —espetó Shep.

A Kye se le ensanchó la sonrisa.

—¿Se te ha olvidado quién es el que sabe artes marciales?

—Entonces seré yo quien os rompa la nariz de un manotazo —terció la mujer que estaba sentada en el sofá, con la voz un poco áspera, y miró a Kye con segundas para zanjar la conversación—. Puedo y lo sabes.

Kye se limitó a mirarla con el ceño fruncido y respondió:

—Sí, el día que la suerte está de tu lado.

—Dirás el día que tú bajas la guardia. Cosa que, últimamente, suele ocurrir a menudo.

La miré y me di cuenta de que debía de tratarse de Arden. Era increíblemente guapa, con una melena oscura que le llegaba casi a la cintura y unos hipnóticos ojos grises bajo los cuales se escondía un tono que rozaba el violeta.

Se giró hacia mí y dijo:

—Discúlpalo. Kye es un neandertal.

—Una verdad como un templo —musitó Fallon, desde el taburete en el que estaba sentada en la cocina, y con la copa de vino pegada a los labios.

Kye no pareció ni inmutarse ante el reproche de Arden, pero sí arrugó la frente en cuanto Fallon anunció que compartía su opinión y la miró de un modo inquisitivo.

Arden se levantó y vino hacia mí.

—Encantada de conocerte por fin. Soy Arden.

—Lo mismo digo —respondí.

Nora le pasó un brazo a Arden por los hombros y le dijo:

—¿Quién diría que bastaría con que Shep trajera a su nueva novia para que tú vinieras a cenar con todos nosotros?

Arden sonrió con cierta timidez a Nora y contestó:

—He tenido una temporada de locos.

Nora le apartó un pelo de la cara a Arden con un gesto tan natural que supuse que lo había hecho en innumerables ocasiones.

—¿Y cuándo no, pequeña Van Gogh?

Arden me sonrió y comentó:

—Esperemos que yo no me corte la oreja.

Nora hizo una mueca.

—Nada de conversaciones macabras antes de la cena —pidió.

Me trataron como a una más y los nervios de antes desaparecieron en cuestión de minutos; así, sin más. La mesa de los Colson estaba tan llena de gente que no sentí que se centraran demasiado en mí en ningún momento. Además, la presencia de Keely era una divertida distracción.

Disfrutamos de aquel festín: filete con un surtido de verduras de todos los colores habidos y por haber.

Unas patatas gratinadas cuya receta me moría de ganas por pedir y unos bollitos con la misma consistencia que las nubes.

De postre, Rhodes había traído poke cake de chocolate con crema de cacahuete, y no quedó ni una miga.

Cuando hubimos terminado de cenar, ayudamos a quitar la mesa entre todos. Sin embargo, Nora hizo salir a la familia entera de la cocina, menos a mí. Al quedarme a solas con ella, me dio un vuelco el estómago, pero la mujer me sonrió tímidamente.

—Qué egoístas... Todos quieren conocerte mejor, pero Shep es mi niño y creo que yo debería tener preferencia.

Froté un plato para tirar los restos a la basura del compostaje mientras intentaba evitar que los nervios se adueñasen otra vez de mí.

—La quiere muchísimo —dije.

Se veía a la legua. Cuando Shep estaba con su madre, el cariño que le tenía era evidente. Y la amabilidad. Aunque lo que más se apreciaba era su agradecimiento.

Nora desvió la vista hacia la ventana y posó los ojos en todos sus hijos, reunidos en la terraza trasera y riendo mientras Keely los entretenía con una especie de espectáculo.

—Es un buen hombre.

—El mejor —coincidí, y le pasé el plato para que lo enjuagara.

A juzgar por cómo se movía Nora por la cocina, estaba claro que había memorizado la distribución hacía muchísimo tiempo y que podía caminar por el espacio con los ojos cerrados.

—Pero carga con mucho peso —señaló.

Guardé silencio un segundo mientras quitaba la comida restante de otros platos.

—Pienso que, en parte, cree que tendrá que pasarse la vida demostrando su valía —comenté agarrando el plato con fuerza y preguntándome si realmente debería o no decir lo que quería decir.

Pero me aferré a todo lo que Shep me había recordado y, sobre todo, a una cosa en concreto: que si había huido, había sido para vivir—.

Todos cargamos con el peso de lo que nos ha tocado vivir.

Las malas experiencias nos cambian. A veces, nos marcan de por vida.

Pero no todo es siempre malo. También nos ayudan a ser más empáticos, comprensivos, y a preocuparnos más por los demás.

Shep se preocupa mucho por quienes lo rodean; más que nadie a quien haya conocido jamás.

Solo necesita que, de vez en cuando, le recuerden que no tiene que ser perfecto para que lo queramos.

Al darme cuenta de la última palabra que se me había escapado de la boca, me quedé petrificada. No tenía intención de manifestarlo, pero tampoco podía negar que fuera cierto.

Nora se detuvo, se giró hacia mí con las manos llenas de espuma y me preguntó:

—¿Lo quieres?

Tragué saliva con fuerza.

—Sí. —Suspiré temblorosa—. Su hijo me recordó que existen hombres buenos en el mundo cuando yo más desesperadamente lo necesitaba. Me ha ayudado a ser valiente. A ir a por cosas que jamás pensé que volvería a tener.

A Nora le centellearon los ojos, llenos de lágrimas.

—Thea...

—Ha criado a un hijo increíble.

La mujer dejó el plato en el fregadero y se me acercó de inmediato. Me abrazó con fuerza y no me soltó.

—Este último mes lo he visto cambiado. Nunca había estado tan relajado. Y eso es por ti. Tú también lo has ayudado a ser valiente. A que confíe en que es suficiente tal y como es.

Noté un escozor en la garganta y se me humedecieron los ojos.

—Es más que suficiente. Lo es todo —confesé.

Nora se separó de mí, dejando que las lágrimas le resbalaran por las mejillas.

—Y tú también, preciosa mía. Está más claro que el agua. Por cómo te preocupas, por lo amable y fuerte que eres... No sé de qué se trata, pero detesto que hayas tenido que sufrir lo que sea que te haya tocado vivir.

—Pero ahora valoro muchísimo más lo que tengo —contesté.

Nora sorbió por la nariz.

—Quiero que disfrutes de todo. Y si alguna vez necesitas hablar de algo o un abrazo o que alguien te achuche un rato, que sepas que puedes contar siempre conmigo.

Al oír eso, a quien empezaron a brotarle las lágrimas fue a mí. Por su amabilidad. Por ofrecerse a darme algo que nunca nadie me había dado hasta entonces.

—Gracias —susurré—. No sabe cuánto significa eso para mí.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó la profunda voz de Shep desde el otro lado de la cocina.

Nos sobresaltamos las dos. Y, acto seguido, ambas nos echamos a reír.

Nora se frotó la cara y le hizo un gesto con la mano a su hijo para restarle importancia al asunto.

—Todo bien. Solo nos hemos emocionado un poco al hablar de cosas de chicas.

Shep vino directo hacia mí y me envolvió con su cuerpo mientras me acariciaba las mejillas con los pulgares y me secaba las lágrimas.

—Estás llorando.

Sacudí la cabeza.

—De felicidad —contesté.

Él me miró con la frente arrugada, como si no acabase de creerme.

Le coloqué las manos en la cintura y le di un apretón.

—De felicidad —repetí—. Y es gracias a ti.

Shep me agarró la cara con sus ásperas manos.

—Es gracias a ti misma. Yo me contento con ser una pieza más en el puzle.