Capítulo cuarenta y uno. Thea
Capítulo cuarenta y uno
Thea
Agarré la cesta de mimbre llena de frutas y verduras del jardín y del invernadero a la vez que Shep giraba por la carretera principal y se adentraba por el caminito de tierra.
Distinguí una casa y algunos edificios anexos a lo lejos, pero estaban rodeados por lo que parecían kilómetros y kilómetros de campos con algo de ganado.
Más lejos, había unos frondosos bosques que se extendían más allá de donde alcanzaba la vista.
Y, aún más lejos, las Montañas Monarca y Castle Rock.
Sabía que la panorámica desde la casa de los Colson tenía que ser alucinante; una por la que mataría con tal de disfrutar de ella a diario. Sin embargo, imaginar que ahora la vería por primera vez no me relajaba lo más mínimo. Tenía los nervios a flor de piel.
Shep levantó una mano del volante, me la apoyó en el muslo y me dio un tierno apretón por encima del vestido. Ahora mismo estaba replanteándome si no debería haberme puesto otra cosa.
—¿Quieres que dé la vuelta?
—¿Qué?
Aparté la vista de aquel impresionante panorama y la desvié hacia el hombre que tenía al lado.
Le centelleó la mirada antes de que volviera a clavar los ojos al frente.
—No has dicho ni una palabra desde que nos hemos subido a la camioneta. Pero percibo cómo te vas poniendo más tensa con el paso del tiempo. —Me dibujó unos círculos en el muslo con el pulgar—. Mi familia no se moverá de aquí. Si no estás preparada, no hay prisa.
Solté el aire despacio y noté cómo se me movía la garganta al hacerlo.
—¿Y si no les caigo bien? —pregunté.
Shep ralentizó y detuvo el vehículo a un lado del camino.
—En primer lugar: ya conoces a todo el mundo menos a mi madre, Arden y Cope. A mamá y a Arden les caerás de maravilla. Si Cope estuviera aquí, seguramente intentaría tirarte los tejos y a mí me tocaría pegarle una hostia. Así que mejor que no esté.
Al oír sus palabras, se me curvaron los labios una milésima de segundo.
Shep me apartó un mechón de pelo meticulosamente rizado de la cara y me lo acomodó detrás de la oreja.
—¿Quieres contarme por qué estás así?
Rasqué un poco una de las varas de la cesta de mimbre con la uña del pulgar.
—Esto es nuevo para mí. Mi familia... no era así. No tenemos una relación tan estrecha como la vuestra. ¿Y si digo algo que no es adecuado? ¿O hago algo mal y ofendo a alguien?
Shep me estudió largo y tendido.
—Nunca hablas de ellos. De tu familia, digo.
Cómo no: Shep fue directo al grano. Me quedé mirando las hortalizas que tenía en el regazo. Era el único regalo que se me había ocurrido, junto con un ramo de flores de mi jardín. Ni siquiera sabía si con eso acertaría.
—Llevo sin hablar con ellos desde la uni.
Mi madre y mi padre tenían una relación disfuncional, que ya es mucho decir.
Mi padre iba y venía; a veces por trabajo y, otras, para evadirse y punto.
Cuando sí estaba en casa, se peleaban a todas horas.
A grito pelado. Y, la mitad del tiempo, hasta se olvidaban de que yo estaba allí.
—Thea... —susurró Shep.
—No tuve una mala vida. Siempre me dieron todo lo que me hizo falta, pero yo diría que, en el fondo, ninguno de los dos quería tener hijos. Creo que mi madre pensó que con un bebé se arreglarían los problemas entre ellos, pero no fue el caso.
Dicho eso, Shep me acercó a él y me envolvió la cara con las manos antes de apoyar la frente en la mía.
—Lo siento muchísimo, joder.
—Me conformaría con lo mismo que tenéis vosotros —confesé—. Solía soñar con tener una familia enorme con un montón de hermanos. Quería tener una hermana para compartir habitación con ella y quedarnos despiertas casi toda la noche hablando de nada y de todo un poco.
Shep me acarició la mandíbula con el pulgar.
—Mi familia no es perfecta, ni mucho menos. Cuando sabía que me estaba duchando, Cope solía entrar y tiraba de la cadena del váter. Y Fallon siempre pillaba el último trozo de brownie antes de que pudiese cogerlo yo.
Reí.
—Suena genial.
—Ahora estás construyendo eso tú sola. ¿No lo ves?
Rhodes, Sutton, Luca. Dios, si, llegados a este punto, hasta Anson te mira como si fueses su hermana pequeña.
—Shep se separó un poco para poder mirarme a los ojos—.
Sé mejor que nadie que el hecho de no compartir sangre con alguien no significa que el vínculo que os une sea menos fuerte.
A veces, lo es incluso más. Porque es una elección propia.
El escozor que noté en la garganta me subió hasta los ojos.
—Shepard...
—Astilla, ya sabes que, como me llames por mi nombre entero, me entrarán ganas de follarte. Y, entonces, llegaremos tarde a la cena y estarás más nerviosa aún.
Solté una carcajada y lo agarré por la camiseta para acercarlo a mí y besarlo con todas mis fuerzas. Esas dos palabras me calcinaban la garganta, pero no las dije; seguí aferrándome a esa pizca de miedo.
—Y ahora voy a tener que ir a cenar con mi familia disimulando el empalme.
Le sonreí.
—Te prometo que me ocuparé de eso cuando lleguemos a casa.
—Joder —musitó Shep, y arrancó de nuevo.
A medida que avanzaba hacia aquella gigantesca finca de color blanco que parecía sacada de un cuento, los nervios volvieron a hacer acto de presencia. Pero no dejé que esos sentimientos se adueñaran de mí. Respiré para controlarlos.
La familia de Shep formaba parte de su vida. Lo cual significaba que me encantarían. Solo esperaba que viesen lo mucho que me importaba él.
Aparcó al lado de una camioneta negra con unos intrincados detalles en los laterales.
Ahora ya sabía que era la de Kye; la vi la noche en que salimos.
Sin embargo, también había un montón de vehículos más aparcados delante de la casa.
Y eran vehículos de todo tipo: desde berlinas hasta todoterrenos enormes.
Seguí centrándome en mi respiración mientras bajaba de la camioneta. Shep apareció a mi lado en un santiamén, me cogió la mano y me guio hacia la vivienda. Ni siquiera habíamos llegado al porche cuando alguien abrió la puerta de entrada.
Y, entonces, esa persona me envolvió en un fuerte abrazo. Reconocí a Rhodes gracias a aquel aroma a alverjilla, pero me abrazaba con tantas ganas que no podía verla.
—Siento muchísimo que tuvieras que pasar por todo eso. Que sepas que me tienes aquí para todo lo que necesites. Siempre. Eres la persona más increíblemente fuerte que conozco.
Noté que me escocía la nariz. Le había pedido a Anson que se lo contara todo a Rhodes a sabiendas de que yo sería incapaz de soportar tener que narrar la historia una tercera vez. Y sabía que había tomado la decisión acertada. Le devolví el abrazo a Rhodes.
—Gracias. Siento no habértelo dicho. Me...
—Ni se te ocurra disculparte —espetó mi amiga separándose de mí—. Lo hiciste para seguir a salvo.
Le dediqué una temblorosa sonrisa.
—Gracias por entenderlo.
—Por supuesto. —Me dio un apretón en el hombro—. Además, ayer encendí una hoguera y quemé todos los DVD que tenía de Brendan Boseman.
Se me escapó la risa.
—Me lo estoy imaginando y me encanta.
Shep simplemente sacudió la cabeza.
—La obsesión de Thea con los DVD tiene sentido. Tú, en cambio, has de actualizarte, que estamos en el siglo XXI —comentó.
Rhodes puso los ojos en blanco.
—Cuando te quedes sin Internet, yo estaré la mar de tranquila viendo Guardianes de la Galaxia —se defendió ella.
—He intentado decirle que es muchísimo mejor así, pero no me escucha —respondí yo mientras seguía a Rhodes dentro.
Shep me apoyó la mano en las lumbares para tranquilizarme y recordarme que estaba ahí conmigo.
—Shep es un obseso de la tecnología. Se ha convertido en una adicción, en serio —opinó Rhodes.
Levanté la vista hacia él.
—¿Cómo has sobrevivido tanto tiempo en mi casa?
Él me sonrió y contestó:
—He estado ocupado con otras cosas.
—¡Qué asco! —se lamentó ella—. No necesito saber a qué os dedicáis. Esa información sobra.
Me sonrojé, pero no pude evitar que se me escapara una risita. ¿¡Una risita!? Pero ¿en quién me había convertido?
Oí unas voces a lo lejos y me dio un vuelco el estómago; no obstante, en cuanto entramos en aquel espacio abierto que hacía las veces de salón-cocina-comedor, una minicriatura se me acercó volando.
Era un torbellino absoluto de brillante pelo oscuro y, mientras derrapaba para frenar en seco delante de mí, me fijé en sus profundos ojos verdes, idénticos a los de Trace.
—Tú eres Thea. La nueva novia de mi tío Shep. Y papá dice que trabajas en la panadería. ¿Me puedes traer algún cupcake ? Papá solo me los compra si es un día especial, pero a mí me apetecen sieeeeempreeee. Los de unicornio son mis favoritos. Me...
Trace cogió a su hija en brazos, le hizo cosquillas en un costado y le dijo:
—Keely, como no vigiles creo que a Thea se le caerán las orejas de tanto oírte hablar.
—Qué va. A la gente no se le caen las orejas. ¿O sí?
No pude evitar sonreír ante la preocupación de la niña.
—Me alegro de conocerte, Keely. Los cupcakes de unicornio también son mis favoritos. Y, si vienes a verme al trabajo, seguro que puedo regalarte uno.
A Keely se le iluminó la expresión.
—¡Eres SUPERGUAY!
Trace rio.
—Bueno, te has ganado a una fan para toda la vida —me dijo.
—Un poquito de soborno tampoco hace daño —reconocí con cierta timidez.
—Yo soy muy sobornable —admitió solemnemente la niña. Luego, alternó la vista entre Shep y yo—: La superabu dice que tú y el tío Shep estáis mojando el churro. ¿Tenéis un churro para mí? Me gusta mucho mojarlos en el chocola...
—¡Lolli! —la riñeron, por lo menos, la mitad de las personas que había allí dentro mientras giraban la cabeza hacia ella.
La mujer levantó la vista del cóctel, completamente impávida.
—¿Acaso he dicho alguna mentira?
—Dios... —musitó Trace—. Me van a expulsar a la niña de primero.
—Estamos en verano, papi. No pueden expulsarme.
—Lo considerarían una expulsión anticipada —respondió él con un suspiro.
Sin embargo, Keely simplemente sonrió a su padre como si él mismo hubiese colgado la Luna en el cielo. Acto seguido, se giró para mirarme.