Capítulo cuarenta. Thea
Capítulo cuarenta
Thea
Pensé que Shep igual me apartaría de un empujón y se encerraría, y eso me mató.
Porque, cada día que llegaba a conocer un poco mejor al hermoso e imperfecto hombre que tenía delante, veía que él también cargaba con sus propias cicatrices.
Unas que lo llevaban a pensar que, si no era perfecto, no servía para nada.
Necesitaba que supiera que yo lo deseaba de todas las formas habidas y por haber. Que supiera que era importante para mí por cómo era.
Sin embargo, justo cuando pensé que Shep se apartaría, todo cambió. Primero, se contuvo. Y, acto seguido, lo tuve encima.
Me besó con una urgencia desesperada. Pero no solo era eso. Se estaba abriendo conmigo. No habló para decirme cómo se sentía, pero me lo estaba demostrando.
Me hundió las manos en el pelo y me echó la cabeza hacia atrás para besarme mejor. Pero yo necesitaba más. Ansiaba más. Notarlo contra mí. Su presión. Su peso.
Le envolví la cintura con las piernas sin darme cuenta siquiera y Shep echó a andar hacia la puerta. Casi chocamos antes de que él buscara el pomo a tientas y consiguiera entrar, cerrando con el pestillo tras de mí.
Entonces, volvimos a ponernos en marcha.
Pasillo abajo, chocando contra las paredes, completamente absortos en la neblina del otro.
Cuando llegamos a mi cuarto, Shep ni siquiera se molestó en encender la luz, pero sí ralentizó los movimientos.
Me bajó de su cuerpo y esa fricción casi me lleva al límite.
Cuando mis pies tocaron el suelo, mi respiración estaba acelerada. Shep tenía el pelo enmarañado y la mirada le centelleaba con un brillo prácticamente oscuro como la noche.
No esperé. Me acerqué las manos al nudo del albornoz, lo deshice y dejé que la prenda cayera al suelo. Empecé a levantarme la camiseta con intención de quitármela.
—Para.
Esa única palabra que pronunció Shep partió el aire cual trueno.
De repente, levanté la vista hacia él. Aguardé hasta que llegara su rechazo, pero no sucedió.
Dio un paso hacia mí, luego otro, y colocó las manos encima de las mías.
—¿Sabes cuántas veces he soñado con quitarte la ropa? No me prives de este placer.
Se me cortó la respiración.
—Ah...
—Ese puto mono Carhartt... No debería tener nada de sexi, pero yo solo podía pensar en lo que había debajo.
—Recorrió el dobladillo de la camiseta con los dedos—.
En lo que pasaría si desabrochaba uno de los cierres y dejaba que cayese todo.
—Shep me acarició la delicada piel del vientre con los dedos, muy sutilmente, mientras me subía la camiseta unos cuantos centímetros más—. En lo suave que sería tu piel.
Se me endurecieron los pezones, que se marcaron a través del algodón de la camiseta. Quería que me la quitase. Quería que Shep también se deshiciese de la suya. No era partidaria de que quedase nada entre nosotros.
—Shepard... —Suspiré.
Un brillo dorado le iluminó la mirada.
—No me metas prisa. Déjame que disfrute de cada segundo. —Subió un poco los dedos y me rozó la parte inferior de los pechos con los nudillos—. Eres perfecta. —Me acarició un pecho con la palma de la mano por debajo de la camiseta.
Contuve un gemido mientras me arqueaba contra él en busca de más.
Shep me levantó la camiseta con la otra mano, me la pasó por encima de la cabeza y la tiró al suelo. Se le nublaron los ojos mientras bajaba la vista hacia mis pechos.
—Esos pezones tan pequeños y bonitos están suplicando que los mime.
Agachó la cabeza y me cubrió uno con la boca antes de succionar con fuerza.
Se me avivaron absolutamente todas las terminaciones nerviosas. Querían más, buscaban más, iban a por más.
Dibujó un círculo con la lengua, acariciándome el pezón y apretándomelo con más fuerza. No pude contenerme; alargué los brazos y lo agarré por la camiseta como si me fuera la vida en ello. Shep me rozó el pezón con los dientes y yo fui incapaz de reprimir el gemido que se me escapó.
Me apartó la boca en un santiamén, pero me acercó la mano a la cara y me acarició los labios, como si intentara buscar el lugar de donde había procedido dicho sonido.
—Me encantan esos ruiditos que haces. No quiero que acaben nunca.
Fue bajándome los dedos de la boca a la barbilla. Recorrió una línea invisible que llegaba a mi pulso y luego siguió pasándomelos por el cuello. Me acarició la clavícula antes de continuar su recorrido por el esternón y el estómago, y después siguió hasta la cintura de los pantalones del pijama.
—A saber qué llevarás... —dijo con la voz rasposa—. Eso todavía no lo he visto. ¿Algodón blanco? ¿Encaje delicado? ¿Satén sedoso?
Me humedecí el labio inferior. Casi se lo dije, pero no quería cargarme la sorpresa.
Shep bajó las manos y volvieron a centellearle esos ojos color ámbar.
—¿Nada? —preguntó.
Sonreí.
—Para dormir, no.
—¿Y tampoco durante todo el puto rato que hemos estado viendo esa película y yo solo podía pensar en meter la mano debajo de esos malditos pantalones de pijama?
Comprobar cuánto me deseaba Shep hizo que el poder me corriera por las venas. Y constatar lo cómodo que se sentía él deseándome me ayudó a ser más atrevida. Más valiente.
—Me habría encantado que lo hubieses hecho —confesé.
A Shep se le dibujó una sonrisa en el rostro.
—Nos pasaremos lo que queda de semana viendo una peli cada noche.
Se me escapó la risa, pero ese sonido se convirtió en un gemido en cuanto Shep bajó todavía más la mano y me agarró la entrepierna.
—Joder —musitó con la cara pegada a mi cuello.
Meneé las caderas para ejercer presión contra él. Shep me separó con los dedos y los paseó por mi humedad. Jugueteó con mi sexo, provocándome. Lo agarré con fuerza por la camiseta para acercarlo más en un simple intento por seguir de pie.
Me coló dos dedos y movió la mano para dejar que me cayeran los pantalones al suelo.
—Cómo lo tienes... Qué suave y húmedo y puto perfecto.
Se me escapó otro gemido.
—Dame más —me pidió Shep hundiéndome un tercer dedo.
Los fue moviendo. Metiéndomelos y sacándomelos a un ritmo para nada acelerado.
—Shepard —lo llamé con la voz llena de aire.
—No sé qué me gusta más, si esos gemidos que se te escapan u oír cómo sale mi nombre de tu boca cuando ruegas mi atención.
Al escuchar sus palabras, noté un escalofrío y me tensé de los pies a la cabeza.
Shep soltó un taco.
Le agarré la camiseta con más fuerza.
—Por favor —le supliqué mirándolo a los ojos—. Todo. Quiero tenerte todo.
A Shep le latió un músculo en la mandíbula.
—Dime que estás segura.
—Lo quiero todo, Shepard. Lo bueno y lo malo. Lo bonito y lo no tan bonito.
Me quitó los dedos enseguida y, de repente, ya no estaba ahí de pie. Shep me había levantado para luego tumbarme en la cama. Me ardían los muslos de las ganas y el cuerpo entero me pedía a gritos estar con él.
Y, entonces, el calor que desprendía Shep desapareció.
Dio un paso hacia atrás, se agarró la camiseta por la nuca y se la quitó con un hábil tirón.
Cogió la cintura de los pantalones de chándal con los dedos y se los bajó de golpe.
Al verlo por primera vez, casi me atraganto con mi propia saliva.
Tenía la polla empalmada, gruesa y larga, y pidiendo atención.
Se la sujetó con la mano y le dio una larga sacudida.
Se me tensó el sexo, como si ya estuviese imaginándose cómo sería que me llenara Shep. Aunque sabía que también había abierto los ojos como platos. Porque Shep la tenía MUY grande. Más grande que la de cualquier otro tío con quien hubiese estado hasta entonces.
Se fue acercando a mí y se le relajó la expresión.
—Cuéntame en qué está pensando ese cerebrito tuyo.
—La tienes enorme —solté.
Shep sonrió de medio lado.
—Gracias por fijarte.
Lo miré con la frente arrugada y respondí:
—Es que... Yo no... He...
Shep me acarició el labio inferior con el pulgar.
—Somos tú y yo. Si estás nerviosa por algo, dímelo. Si tenemos que parar, ir más lentos... Tú decides. No hay nada de lo que no podamos hablar.
Me ardieron los ojos y se me encharcó la entrepierna a la vez. Porque Shep, todo él, desde su enorme polla hasta su tierno corazón, me ponía a mil.
—Vale —contesté.
Me fue dibujando ciertos patrones en el interior del muslo con la otra mano.
—¿Tomas anticonceptivos?
—Llevo un DIU.
—Así me gusta, Astilla. Porque eso significa que, si a ti te parece bien, puedo hacértelo a pelo. Así podremos sentirlo todo. Me he hecho pruebas y estoy limpio.
—Yo también. —Inspiré con fuerza—. Quiero que lo hagamos así. Quiero sentirlo... todo.
Shep agachó la cabeza y me dejó un beso en la clavícula mientras movía los dedos por mi hendidura y volvía a provocarme de nuevo. Curvó uno, dilatándome. No pude contener el gemido que se me escapó por la boca.
—Esos ruiditos... —soltó él entre dientes.
Y, acto seguido, me apartó los dedos y me colocó las manos en las caderas.
En un abrir y cerrar de ojos, Shep se subió a la cama y me levantó para sentarme a horcajadas encima de él.
—Quiero que tengas tú el control.
Una ola de calor me inundó entera.
—Shep...
—Shepard —gruñó.
—He... Hace bastante desde mi última vez.
Me miró con ternura. Sabía a qué me refería. Me levantó la cara con una mano.
—Lo haremos juntos —dijo—. Somos tú y yo.
Dios, qué ganas tenía de hacerlo. Qué ganas le tenía a él.
Shep me bajó las manos hasta la cadera para poder sujetarme pero dejando que fuese yo quien tomara las riendas de la situación.
Era un hombre a quien le gustaba tenerlo todo controlado, así que yo sabía que eso era un regalo.
Le apoyé las manos en el pectoral, disfrutando de la fuerza que notaba bajo las palmas, y fui bajando poco a poco.
Abrí la boca en un silencioso grito ahogado mientras me dilataba a su alrededor. Cerré los ojos y absorbí esa pizca de dolor que no tardó en convertirse en calidez. En una calidez ardiente.
Shep me subió la mano entre los pechos, pasándola del esternón al punto en que tenía la barbilla pegada al cuello.
—No me escondas tanta belleza. Quiero verlo todo. Absolutamente todo.
Abrí los ojos. Porque no quería esconderme de Shep. Deseaba que lo compartiéramos todo. Nada de esconderse o de sentir vergüenza. Quería que quedase todo al descubierto.
Entonces, me moví y empecé a menear las caderas con cuidado para ir adaptándome a su tamaño. Luego, me hundí más, metiéndomela más hondo. Vi a Shep apretando la mandíbula y cómo se le tensaban los brazos. Vi cuánto se estaba conteniendo. Pero no quería que lo hiciese.
—Lo quiero todo —susurré.
—Thea...
—Por favor.
Shep por fin se desató y fue precioso. Me tumbó sin soltarme en ningún momento.
—Rodéame con las piernas —me ordenó.
Obedecí, pasando las piernas alrededor de su cuerpo y clavándole los talones en el culo. Shep me embistió e hizo que lo sintiera todo: su poder, su fuerza, la ferocidad con la que me deseaba y lo muchísimo que todas las partes de mi cuerpo lo anhelaban a él.
Su cuerpo se arqueó con vehemencia y me fue colocando bien mientras él liberaba todo lo que había ido reprimiendo.
Lo agarré con fuerza por los hombros, clavándole las uñas en la espalda.
Shep me penetró más hondo con otro empellón y unos pequeños puntitos me nublaron la vista al mismo tiempo que empezaron a temblarme las paredes vaginales.
Intenté agarrarme a él con las piernas, también temblorosas, convencida de que estaba sangrando.
—Todavía. No —dijo Shep entre dientes.
—Shepard...
Su nombre nos envolvió a ambos en una promesa de lo que significaba Shep para mí.
Sus embestidas se volvieron más rápidas e imposiblemente más profundas. Se me nubló la vista, pero reconocería su rostro en cualquier parte, incluso estando completamente a oscuras. No podría aguantar mucho más.
Me tensé por completo alrededor de su sexo y grité con la fiereza de la primera ola. Pero no fue suficiente para él. Coló la mano entre los dos en busca de mi clítoris y volvió a llevarme al límite una y otra vez.
El placer que sentí fue tan intenso que por poco habría podido tacharse de dolor.
Shep me ejerció presión en el clítoris con el pulgar y unos oscuros destellos me centellearon en los ojos.
El sonido que se le escapó mientras se corría rozó lo salvaje, y esa ferocidad no hizo sino sumarle más intensidad a mi subidón.
Notar cómo se corría en mi interior hizo aumentar el poder que sentía yo.
Pero no era solo eso. También estaba la certeza de que podíamos ser lo que necesitara el otro; tanto a las duras como a las maduras.
Shep se tumbó, sin soltarme y sin salir de mí, y yo caí encima de él mientras seguía disfrutando de cómo era tenerlo dentro. No quería que terminara. Tenía el pecho igual de agitado que si acabase de hacer el entrenamiento más duro de mi vida, y estábamos los dos empapados en sudor.
Eché la cabeza hacia atrás.
—Creo que igual tenemos un problema...
Shep me miró con el ceño fruncido.
—¿Un problema?
—Me gusta verte enfadado y también me gustan tus disculpas. Si seguimos así, puede que empiece a discutir contigo a diestro y siniestro.
Soltó una carcajada, pero, al hacerlo, el sexo se me contrajo a su alrededor. Shep dejó de reír y se le escapó un taco antes de decir:
—¿Qué? ¿Intentas matarme?
Lo miré con una sonrisa en los labios y respondí:
—Has empezado tú...
Se irguió y me dio un largo y lánguido beso. Cuando se separó, atisbé algo que no pude acabar de descifrar en sus ojos color ámbar.
—Gracias.
—¿Por qué? —pregunté en un susurro.
Me acarició el labio inferior con el pulgar.
—Por hacerme sentir que valgo, incluso cuando estoy fatal.
Se me partió el corazón, pero las piezas que se separaron encontraron la forma de llegar hasta Shep. Que es justo donde pertenecían.
—Shep, tu «fatal» es algo positivo. Porque demuestra lo mucho que te preocupas.
Me moría de ganas de pronunciar esas dos palabras porque ahora sabía que las sentía con cada parte de mi ser.
Shep me recorrió la mandíbula y el cuello con el pulgar antes de descansarlo en el hueco entre mis clavículas.
—Gracias por entenderme.
—Gracias por abrirte conmigo —respondí.
Porque el hecho de que me dejase ver aquello que lo rompía, junto con toda su perfección, lo hacía todavía más hermoso a mis ojos. Y me permitía ofrecerle ni que fuera una pizca de lo que él me había dado a mí a cambio.