Capítulo treinta y nueve. Shep
Capítulo treinta y nueve
Shep
Nos pasamos el trayecto hasta casa de Thea en silencio absoluto.
Demasiado silencio. Y no era ese tipo de silencio en el que solíamos perdernos cuando estábamos juntos; era uno hueco.
No pude evitar ir desviando la vista hacia ella cada pocos segundos, como si así pudiese mantenerla anclada en el aquí y el ahora.
Aunque no podía.
Thea estaba a millones de kilómetros de aquí. Y estaba convencido de que se había quedado atascada en unos lugares enrevesados y oscuros; unos de los que yo quería alejarla a toda costa.
Cuando aparqué la camioneta delante de su casa, Thea se sobresaltó, como si no se hubiese dado cuenta de dónde estábamos hasta ese momento. No esperé. Apagué el motor, salté del vehículo, rodeé la parte delantera y le abrí la puerta.
Thea trató de desabrocharse el cinturón de seguridad con los dedos temblorosos y cada intento por su parte lo noté igual que si me estuviesen clavando una daga en el pecho.
Al final, lo consiguió y yo la ayudé a bajar.
No pude resistirme a la necesidad de abrazarla, de asegurarme de que estaba a salvo.
Cerré la camioneta con el mando a distancia, que emitió el pitido correspondiente, y le pasé un brazo por los hombros a Thea.
En cuanto su cuerpo se fundió contra el mío, percibí que estaba temblando de los pies a la cabeza. Apreté los dientes y bajé la vista para mirarla.
—Estás temblando.
—Te-Tengo frío.
La voz le temblaba igual que el cuerpo y la rabia se adueñó de mí. La guie hacia la casa e hice todo lo que pude por no abrazarla demasiado fuerte.
—Venga, vamos a hacerte entrar en calor.
Estábamos a treinta grados; debería de haber bastado con el sol. Sin embargo, después de lo ocurrido esa tarde, no parecía que hiciese esa temperatura ni de broma.
Me apresuré a abrir la puerta con la llave y me aseguré de que Thea entrase enseguida.
Alce soltó uno de sus maullidos mutantes, pero no vino a nuestro encuentro.
Y las crías de gato permanecieron en silencio; seguían durmiendo, clarísimamente.
Todo era buena señal. Porque si Thea pensaba que los gatitos necesitaban algo, iría directa a por ellos en lugar de dejar que la cuidase yo a ella.
Le cogí la mano y la guie por el pasillo hasta llegar al baño principal.
Soltarla fue una tortura, por más que supiera que estaba aquí mismo y que estaba a salvo.
Abrí el grifo enseguida y puse el agua tan caliente como me lo permitió la falta de caldera.
Inspeccioné las repisas de la bañera y me detuve al ver una botella de gel.
Vertí un poco de líquido y empezó a formarse de inmediato una gruesa capa de burbujas sobre el agua.
Me levanté y me giré hacia Thea. Me dio un vuelco el estómago. Tenía la mirada completamente vacía. Era como si no estuviese aquí en absoluto.
Tragué saliva con fuerza y di un paso hacia ella.
—Astilla.
Thea pestañeó.
—Perdona, me... ¿Qué haces?
—Prepararte un baño. Tienes que entrar en calor.
—Estoy bien...
—Astilla —insistí—. Déjame que haga esto por ti.
Soltó el aire con una exhalación temblorosa.
—Vale —respondió.
Se quitó un zapato y luego el otro.
—¿Quieres que me marche? —le pregunté.
Me costó un mundo plantear esa pregunta. Lo último que quería era interponer cualquier tipo de distancia entre ella y yo. Pero si era lo que Thea necesitaba, se lo daría.
Negó con la cabeza y varios mechones castaños le danzaron alrededor de la cara.
—Quédate.
Sentí un alivio inmenso.
—Vale —accedí.
No me permití bajar la vista mientras ella se quitaba los vaqueros y la camiseta de la panadería. Daba igual lo muy tentador que fuera el cuerpo de Thea; ahora mismo, esto era lo último que necesitaba ella.
Cuando hubo terminado de desnudarse, le cogí la mano y la ayudé a meterse en la bañera. A la que se hubo hundido bajo la espumosa agua, cerré el grifo.
—¿Demasiado fría? ¿Caliente?
—Ideal —respondió en un susurro, deslizándose aún más.
Me senté sobre el suelo de baldosas y me apoyé contra la porcelana.
—¿Necesitas cualquier cosa? ¿Té? ¿Algo para comer?
Thea me miró a los ojos y anunció:
—Solo a ti.
En algún punto muy hondo de mí, abrasándome todos los huesos a su paso, se encendió algo ardiente.
—Ya me tienes —le dije con la voz rasposa.
Sus claros ojos verdes centellearon con más fuerza.
—Gracias por asegurarte de que no esté sola.
—Yo siempre estaré contigo.
Recorrí el pasillo de la casa de Thea y fui apagando las luces a medida que avanzaba. Ella iba andando delante de mí a un paso casi ebrio. De no ser porque seguía intentando atemperar la rabia que rugía en mi interior, habría sonreído.
Me había costado un mundo ver cómo se derrumbaba al descubrir que esas fotos habían desaparecido. Sabía que todo eso la había marcado, pero lo de hoy me había demostrado cuánto. Aun así, me tragué el cabreo. Porque era lo último que necesitaba Thea.
Después del baño, hice todo lo que pude por prepararle una cena comestible.
No se asemejaba en nada a sus invenciones gourmet , pero con un sándwich de queso fundido había muy poco margen de error.
Luego, nos acurrucamos en el sofá y por fin vimos Rocky .
Pensaba que abrazar a Thea durante dos horas seguidas conseguiría apaciguar mi rabia.
Me equivocaba.
Lo único que consiguió fue recordarme lo importante que era Thea para mí y la ternura que le ocultaba al resto del mundo. Recalcarme lo mucho que me preocupaba por ella. Aunque la cosa iba más allá. De eso me di cuenta mientras la abrazaba.
La quería. Daba igual que «Thea» fuese su segundo nombre o que en realidad fuese rubia. Quería a la mujer que había bajo todo eso. Una parte de mí sabía que la querría en cualquier encarnación que Thea imaginara. Porque era ELLA.
Sin embargo, ser consciente de eso me acojonaba.
Thea casi trastabilló y yo me abalancé hacia delante para sujetarla.
—Cuidado, Astilla.
Me sonrió adormilada.
—Perdona —murmulló—. Estoy destrozada.
La sostuve mientras la guiaba hasta su cuarto.
—El bajón de la adrenalina. Ha sido un día intenso.
Se le apagó un poco la sonrisa y me entraron ganas de pegarme una bofetada a mí mismo.
—No me puedo creer que Anson haya hecho esto por mí —reflexionó mientras se quitaba las zapatillas y se subía a la cama.
Me coloqué a su lado y la acerqué a mi pecho porque necesitaba seguir notando su contacto.
—La gente se preocupa por ti.
Thea levantó la mirada y observó mi cara con sus claros ojos verdes.
—Hacía mucho tiempo que no dejaba que lo hiciera nadie...
Esa confesión me sentó como una patada en el estómago y avivó la rabia que ardía en mi interior. Le di un beso en la frente y apagué la lámpara.
—Duerme un poco. Te hace falta.
—Vale —musitó Thea, a pesar de que ya se estaba quedando frita.
No tardó demasiado en relajarse contra mi cuerpo.
Cuando respiraba, su aliento me rozaba la camiseta blanca a cada espiración.
Me quedé mirando ese movimiento bajo la luz de la luna que se colaba a través de las cortinas e intenté encontrar confort en esa sensación.
En notar a Thea. Pero no fue suficiente.
Lo único que deseaba era seguir la sugerencia de Sutton e ir a por Brendan. Y ni siquiera bastaría con hacerlo desaparecer de la faz de la Tierra. Pretendía que el tío sufriera. Que notase cada pizca de dolor que le había infligido a Thea y más.
Tanta rabia me asustaba. Nunca había experimentado algo parecido. Jamás. Ni siquiera cuando fallecieron mi padre y mi hermano, y tampoco después de que secuestraran a Rhodes.
Me ardía la piel. Notaba el cuerpo tenso como el que más. Tenía que moverme, correr y deshacerme de esa energía fantasma. Pero no lo hice. Me quedé justo donde estaba, escuchando la respiración de Thea, interrumpida de vez en cuando por unos discretos y sutiles ronquidos.
No me moví y fueron pasando las horas. Una, dos, tres. Aun así, cuando el reloj dio la una de la madrugada, no pude seguir allí. Separé a Thea lo más cuidadosamente posible. Aguardé, inmóvil. La respiración se le había vuelto más superficial, pero recuperó la profundidad en cuestión de segundos.
Me levanté y fui hacia la puerta. Mientras agarraba el pomo con los dedos, me giré. Por más inquieto que estuviera, no pude evitar mirar a Thea un momento, ver cómo se le movían los mechones de pelo castaño alrededor de la cara cada vez que respiraba, ver lo increíblemente en paz que parecía estar.
Y me alegraba por eso. Se merecía toda la paz del mundo. Pero quería que también disfrutara de esa misma paz durante el día. Me negaba a que Thea volviese a temer a Brendan y su enrevesada crueldad.
Giré el pomo con la mano y empujé la puerta con tanto sigilo como pude.
Salí al pasillo, cerré con cuidado tras de mí y casi suelto un taco en el momento en que Alce pasó corriendo por mi lado.
Thea me había advertido de que su gato «se volvía loco por la noche», pero no lo había visto en acción hasta ahora.
Alce hizo alguna especie de pirueta ninja contra la pared y salió pitando hacia mi habitación.
Con la suerte que tenía yo, seguro que la maldita criatura mutante esa se meaba en mis zapatos.
Me entraron ganas de reír o, por lo menos, de sonreír, pero a duras penas logré que mis labios cooperaran. No con todo lo que estaba cargando.
Me bastó con pensar en eso para que la incomodidad regresase a mí con brío.
Eché a andar por el pasillo, pasé por delante de la cocina y crucé el salón para dirigirme a la puerta trasera.
La abrí y salí al exterior. En cuanto noté el fresco aire de las montañas, fui consciente de que podía volver a respirar.
El aroma a pinos ponderosa siempre me hacía sentir en casa.
Aunque, a decir verdad, no tenía ni idea de si mis raíces estaban o no aquí.
No tenía ni idea de si mis padres biológicos estaban conduciendo de paso por el pueblo cuando decidieron abandonarme.
Sin embargo, en el caso de que así fuera, Sparrow Falls sí se había convertido en mi hogar. En mi refugio. Y también en el de Thea.
No iba a permitir que Thea perdiese eso.
No sé cuánto tiempo estuve ahí fuera, dejando que el aire de la noche me arropara mientras intentaba aliviar un poco el dolor que me inundaba el cuerpo. Aunque, llegados a ese punto, sentí que solo las temperaturas negativas del Ártico conseguirían que me deshiciese de mi ira.
Las bisagras de la puerta trasera chirriaron al abrirse y volver a cerrarse. No me di la vuelta. Sabía que era Thea. No porque fuera la única persona que hubiese en casa aparte de mí, sino porque tenía una especie de radar para ella. Era como si mi cuerpo reconociera la energía que desprendía.
Subió una mano por mi columna vertebral y el calor de su palma me atravesó la camiseta. Al principio, no dijo nada y se tomó algo de tiempo para captar mi humor, igual que haría un buen psicólogo.
—¿Quieres hablar del tema? —me preguntó.
La envolví con un abrazo y la acerqué a mí para respirar ese aroma floral mezclado con notas de coco. Me relajó más que cualquier brisa con olor a pinos hasta ahora.
—Siento haberte despertado.
Thea echó la cabeza hacia atrás y me miró.
—¿O sea que no?
Suspiré y le acaricié con el pulgar la columna vertebral a través del fino algodón de su camiseta y del albornoz.
—Es como si este cabreo fuese a abrasarme entero. Todo lo que te hizo sufrir ese cabrón... Y él, ahí, viviendo la vida tan tranquilo.
Thea me miró fijamente a los ojos y detuvo el recorrido de su mano.
—Tan tranquilo no.
Fruncí el ceño y desvié la vista hacia ella.
—Con todo lo que me hizo, es imposible que sea feliz. La gente que es feliz no intenta destrozar al resto. No intenta arruinarles la vida. Ahora ya me he dado cuenta. Brendan debe de ser miserable a rabiar; ese es mi único consuelo.
Sacudí la cabeza.
—Pero no es suficiente —respondí.
No era justo que la gente pensara que Brendan Boseman era un regalo caído del cielo. Que el mundo no supiera la verdad. El hecho de que la mente de ese tío fuese un lugar miserable no lo justificaba. Ni suavizaba la ira que corría por mis venas.
Entonces, Thea entró en acción, se puso delante de mí y me apoyó las manos en el pecho.
—Tienes que dejarlo ya. Si no lo haces, se te comerá vivo.
Yo no quería seguir aferrándome a eso. No quería que siguiese abrasándome de esa forma.
—¿Qué haces? —se interesó—. Cuando estás enfadado, ¿qué haces? Yo, normalmente, tengo que ensuciarme las manos. Plantar algo o cuidar las plantas. Centrar la energía en algo positivo tiende a ayudarme. Cuando estoy triste, lo mismo.
Dios, qué buena era. Levanté una mano y le acaricié la cara con los dedos.
—Construir algo. O mejor aún: echar algo abajo para crear algo nuevo.
A Thea se le curvaron los labios.
—Podríamos echar todo el baño de invitados al suelo.
Me entraron ganas de reír, pero no pude. No me habría importado remodelarle ese maldito baño por completo, pero no tenía las herramientas necesarias a mano.
—Hoy no —contesté.
La decepción le inundó el rostro y, acto seguido, algo centelleó en sus claros ojos verdes. Algo que fui incapaz de interpretar lo bastante deprisa.
Thea se puso de puntillas y se recostó contra mí. En cuanto sus labios rozaron los míos, me perdí. Su aroma, su roce, su sabor. Le colé la lengua y la besé. Solo existíamos Thea y yo.
Le bajé las manos hasta el culo y la acerqué aún más; necesitaba más de todo lo que era Thea. Oí el ulular de un búho y, respirando con pesadez, me separé de su boca.
—Lo siento, me...
Thea me agarró por la camiseta con fuerza y me cortó:
—Yo no. —Me buscó los ojos con la mirada—. Deja que te ayude a deshacerte de todo eso.
«Jodeeeeeeer».
Ahí, de pie bajo la luz de la luna y ofreciéndome el mundo entero, Thea era pura tentación.
—Ahora mismo no confío en mí.
Pronunciar eso en voz alta me mató. Pero la oscuridad se había adueñado de mi humor.
A ella se le relajó la expresión.
—Yo sí confío en ti. Y es más: quiero estar contigo.
—Thea me acarició la cara con los dedos, recorriéndome el rostro bajo la luz de la luna—.
No tienes que ser perfecto para mí, Shepard.
No has de tenerlo todo resuelto. Quiero estar contigo tal y como eres, incluso cuando tienes ganas de cargarte el mundo entero.
Empecé a respirar entrecortadamente, dejando que me fuera subiendo y bajando el pecho. Un fuego abrasador se abrió paso por mi garganta y susurré:
—Thea...
—Confía en mí para que me ocupe yo de ti. De todo. Puedo hacerlo. Porque eres tú. Y nunca he confiado tanto en nadie.
Thea no tenía ni idea. De todo lo que acababa de darme. Tenía dos palabras en la punta de la lengua, pero me las tragué. En lugar de decírselo, tendría que demostrárselo.