Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo treinta y ocho. Thea
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Capítulo treinta y ocho. Thea

Capítulo treinta y ocho

Thea

Sabía que debía moverme, bajarme del regazo de Shep y sentarme en una silla. Estaba bien. Estaba a salvo. Alguien me había enviado una carta cruel. ¿Y qué?

Sin embargo, cada vez que veía ese papel, el terror me clavaba sus gélidas y frígidas garras y me rasgaba. Era ese frío glacial que te calaba hasta los huesos. Ese que debería haber sido imposible sentir estando a casi treinta grados.

Shep fue acariciándome la espalda con la mano para tranquilizarme. Intenté centrarme en eso: en aquella cálida seguridad. En su firme presencia.

—¿Quieres beber algo? —me preguntó con ternura.

—Toma —dijo Sutton—. He preparado té.

La miré y pestañeé varias veces porque me había olvidado de ella y de que estábamos en el trabajo. Salté del regazo de Shep de inmediato y me apresuré a sentarme en la silla que le quedaba al lado.

—Gracias. Lo siento. Lo... Luca —añadí, pálida, al pensar en cómo debía de haberse asustado el niño ante mi histeria.

Sutton simplemente me dio un apretón en el hombro.

—Luca está bien. Está arriba, jugando con la tablet ; no se ha enterado de nada. —La tristeza le inundó la expresión—. Lamento muchísimo haberte dado la maldita cosa esa. Si lo hubiera sabido...

Negué con la cabeza.

—No es tu culpa —la corté.

La campanita de la puerta de entrada tintineó y una tensión extrema me recorrió de los pies a la cabeza.

No, mejor dicho, me preparé por lo que fuera a suceder a continuación, por si tenía que defenderme o echar a correr, como si fuese a aparecer Brendan con un hacha en la mano.

Era ridículo. Nunca me había hecho daño físicamente, pero, de todos modos, el miedo que sentía era el mismo.

En lugar de un asesino desquiciado con un hacha, entró Trace. Iba más despeinado de lo habitual, pero advertí en él la misma expresión de siempre; una que no dejaba entrever demasiado.

No pude evitar fijarme en la pistola que llevaba en la cintura y la insignia del cinturón. El miedo comenzó a adueñarse de mí otra vez y tragué saliva con fuerza.

Alguien me cogió la mano y me dio un apretón.

—No pasa nada —me tranquilizó Shep.

Las palabras que él mismo me había dicho hacía nada volvieron a retumbarme por la mente: «Te abriste conmigo».

Era verdad. Una minúscula grieta en la fortaleza que había construido y todo se había venido abajo.

Pero era incapaz de arrepentirme de ello.

Nunca me arrepentiría del regalo que era Shep y de todo lo que había traído con él.

Su familia. Sus amigos. Habían conseguido que me diese cuenta de que no todo en la vida era salir por patas.

De modo que respiré profundamente e hice de tripas corazón, dispuesta a derrumbar esa fortaleza.

—Thea —me saludó Trace con un tono de voz tan amable que casi dolía—. Primero de todo: ¿necesitas asistencia médica?

Al oír eso, Shep se puso a la defensiva.

—¿No te parece que si fuera el caso yo ya habría llamado al doctor Avery?

—Solo tengo que confirmarlo con Thea —contestó Trace con la voz distintivamente calmada ante el enfado de su hermano.

No lo culpaba por preguntar. Estaba segura de que debía de estar tan pálida que parecía más muerta que viva.

—No necesito que me vea ningún médico. Es solo... Ha sido el shock .

Dicho eso, Anson le entregó esa bolsa de plástico sellada con el papel dentro a Trace.

A este le cambió la cara. Fue algo superbreve que duró una milésima de segundo, pero no me pasó desapercibido.

Su expresión relajada cambió y, en su lugar, atisbé pura rabia.

Sin embargo, la rabia desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.

Trace apretó la mandíbula.

—¿Russ?

Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que Russ Wheeler fuese a enviarme una cosa así. Estaba claro que era lo bastante cruel como para hacer algo por el estilo. Al pensar en eso, sentí un ligero alivio. Sería muchísimo mejor que el remitente fuese él que Brendan.

Shep me agarró la mano con más fuerza y opinó:

—Podría ser...

Anson miró la foto con los ojos entornados.

—No las tienes todas —señaló Trace.

A pesar de que no era ninguna pregunta, Anson respondió:

—No encaja con el perfil que he estado creando.

A Russ le gusta ver las consecuencias del dolor que inflige a los demás.

Quiere que sea algo cercano y personal. Además, es impulsivo a rabiar.

Para hacer algo así, hay que tomarse tiempo.

Sacar la foto, revelarla, introducirla en el buzón de La Mezcla...

Empezó a revolvérseme el estómago de nuevo y le apreté la mano con fuerza a Shep.

Trace alternó la vista entre su hermano y yo.

—¿Debería investigar a alguien más?

Shep me miró y esperó. Sabía que dejaría que me tomara todo el tiempo del mundo. Era su forma de cederme el control. Y era conocedora de que era algo que le costaba. Porque la forma que tenía Shep de gestionar la incertidumbre era controlando todo lo que pudiera.

La saliva se fue amontonando en mi boca mientras intentaba empezar a hablar.

Pero ¿por dónde empezabas cuando tenías que contar algo así?

Mientras iba inundándome la ansiedad, noté que me escocían los ojos y que se me encogía el estómago.

Porque ahí estaba el omnipresente miedo de que quienquiera que me escuchara no fuera a creerme. De que Trace no fuese a creerme.

Cerré los ojos durante un segundo en un intento por calmarme y focalizarme.

Solo podía hacer una cosa: contar la verdad.

No podía controlar la reacción de terceros una vez que la supieran.

Pero, a lo mejor, el simple hecho de pronunciar esas palabras en voz alta me haría más fuerte. Así que di el primer paso. Y empecé.

—En su día salí con Brendan Boseman.

Fui contando la historia a trompicones. Tuve que rebobinar algunas veces y reexplicar ciertas partes.

En otras, tuve que aclarar o añadir algo que se me había olvidado.

No fue agradable y, en algunos puntos, tampoco fue completamente lúcida, pero Trace me dejó hablar y solo me cortó para hacerme alguna que otra pregunta en el caso de que fuera absolutamente necesario.

Sutton se había ido secando las lágrimas en silencio en más de una ocasión y de la fuerza con la que estaba agarrando su taza se le habían quedado los nudillos blancos. Detestaba verla sufrir por mí. Pero también me parecía precioso comprobar que se preocupaba tanto.

Anson permaneció en silencio. Atento. De esa forma que ahora sabía que significaba que estaba atando cabos. Que estaba analizando cosas que yo no podía ver. Sinceramente, tampoco quería verlas. Porque ese don venía con un precio que había que pagar.

—Así que me he limitado a esto —concluí finalmente—. A vivir pasando tan desapercibida como he podido. Haciéndome llamar por mi segundo nombre y asegurándome de que en mi vida no hubiese nada que pudiese acabar en Internet. Para no dejar rastro ni huellas de mi existencia.

Shep se inclinó hacia delante y me rozó la sien con los labios.

—Eres una valiente de cojones —me dijo.

Trace guardó silencio durante un largo minuto. En algún momento de la narración había empezado a tomar notas en un cuaderno de papel que le había pasado Anson. Ahora, había rellenado un sinfín de páginas. Clavó sus oscuros ojos negros en los míos.

—Siento muchísimo que te sucediese esto, Thea. Mis palabras no le hacen justicia a nada, pero es todo cuanto puedo ofrecerte.

Un frío alivio se adueñó de mí al oírlo decir eso. Fue igual que notar el aire acondicionado después de haberte pasado el día bajo el sol abrasador. O notar el agua del río acariciándote la piel después de llevar horas tumbada en la orilla.

Tragué saliva para intentar deshacerme del nudo que tenía en la garganta y empecé a ver a Trace borroso.

—¿Me crees? —le pregunté.

Shep me apretó la mano.

—Te creo, Thea —confirmó él con las palabras llenas de dolor—. Y haré todo lo que pueda para ayudarte.

Inspiré por la nariz y traté de mantener las lágrimas a raya.

—Creo que no se puede hacer nada. Cualquier cosa que hagas podría guiar a Brendan hasta mí.

—Bueno, ya me meteré yo en Google para descubrir cómo contratar a un sicario —terció Sutton—. Así seguro que no puede volver a dar contigo.

A Trace se le dibujó una muy discreta sonrisa en los labios.

—Haré como que no he oído nada —dijo.

—Me da igual —espetó Sutton—. Si acabo ante los tribunales, verán que le estaba haciendo un favor al mundo al deshacerme de ese pedazo de mierda repugnante.

—Amén —musitó Anson.

Trace suspiró y se pellizcó el puente de la nariz.

—Primero veamos qué podemos hacer por vía judicial.

Shep me fue pasando el pulgar por el dorso de la mano. Su callosa piel me tranquilizaba con cada caricia, recordándome que seguía conmigo.

—Había pensado en una orden de alejamiento, pero con eso solo conseguiremos revelar dónde se encuentra Thea. Y, con los contactos de Boseman, puede que no nos den ninguna permanente.

He aquí lo que ocurría cuando alguien tenía poder. Que no se le juzgaba con los mismos estándares que al resto. Que conseguía que cualquier sistema jugara a su favor. Y cualquier equipo legal que pudiese contratar Brendan me haría puré.

A Trace le latió un músculo en la mandíbula.

—Puede que, en Hollywood, el chaval sea el no va más, pero ya te aseguro yo que esto no es Los Ángeles.

—Da igual —contesté en voz baja—. No lo conoces. Ni te imaginas lo convincente que es. Si está incluido en todos los premios habidos y por haber en todo el mundo es por algo. Te lo prometo.

Porque Brendan se bastaba de sus dotes interpretativas. Y, gracias a esto, había conseguido lo más de lo más. Incluido arruinarme la vida.

Trace apoyó los antebrazos en la mesa y se inclinó hacia delante.

—No lo voy a creer. Te lo prometo. Y sé que, en caso de que llegásemos a necesitarlo, conseguiríamos que algún juez se pusiera de nuestra parte. Pero, por ahora, quiero investigar un poco de forma sutil. —Trace volvió a sentarse bien y miró a Anson para preguntarle—: ¿Cuento contigo?

—Ya he indagado un poco —respondió.

Shep hizo una mueca y me miró.

—Puede que haya pagado a Anson para poder hablar con él bajo el amparo de confidencialidad de un psicólogo —me explicó.

Anson se mostró sorprendido.

—Me pagaste un puto dólar.

—Oye, que fueron dos —lo corrigió Shep, antes de volver a mirarme—. Necesitaba hablar de ti con alguien.

Que Shep compartiese semejantes detalles con otra persona sin mi permiso debería haberme enfadado.

Sin embargo, no veía nada más que no fuera lo que había hecho con tal de asegurarse de que mis secretos no salieran a la luz.

Y la absurdidad que suponía que le hubiese pagado un dólar a su mejor amigo por cada sesión de terapia.

Miré a Anson y comenté:

—Conque un dólar, ¿eh? Menuda ganga.

—No vayas comentándolo por ahí. NO ofrezco mis servicios —se quejó.

Trace sonrió de medio lado.

—Tampoco es que te vea demasiado como un tipo amable y que va animando al personal, o sea, que tal vez sea mejor así —respondió este.

Anson hizo un gesto con la mano para desdeñar sus palabras.

Sutton levantó la vista de la taza de té, pero no se unió a nuestras bromas.

—¿Encontraste algo, con esas indagaciones? —quiso saber.

Anson la miró y luego desvió la vista hacia mí.

—De momento, no hay nada que indique que Brendan se haya marchado de la zona de Crescent Lake donde están rodando. No ha utilizado las tarjetas de crédito fuera del área...

—Haré oídos sordos —comentó Trace.

Abrí los ojos como platos.

—¿¡Te has metido en sus cuentas bancarias!?

Anson me sonrió, pero su gesto tenía algo sutilmente perturbador.

—Vamos que si me he metido. A ver, yo no. He contratado ayuda.

—¿Ayuda? —repetí.

Shep me apretó la mano.

—Cuando Anson estaba en el FBI, trabajó con uno de los mejores hackers del mundo.

—Tengo a un sombrero blanco ocupándose de eso; un hacker ético.

A Dex no le van estas cosas. Cuando le conté un poco por encima lo que te había ocurrido, la parte tecnológica, se subió al carro.

Me dijo que esas fotos y esos vídeos ya han desaparecido de todas partes, menos de un par de sitios de la dark web .

Sigue peleándose con eso, pero debería poder borrarlos en una semana o dos.

Ahí aparecieron las lágrimas. No pude reprimirlas. Empezaron a caerme, cálidas, y me abrasaron la piel al resbalar a toda prisa.

—¿Han desaparecido? ¿La gente ya no puede verlos?

Shep se movió y volvió a sentarme en su regazo para acurrucarme contra él.

—Han desaparecido, Astilla.

Se me escapó un sollozo.

—Jamás pensé que... Pensaba que era imposible...

—Joder... —musitó Anson.

—Estoy replanteándome eso de dejar que Sutton busque a un sicario online —gruñó Trace.

—Y una mierda —espetó ella—. Me lo cargaré yo misma.

Intenté mirarlos a todos. Ver de verdad a la gente que había alrededor de esa mesa y que estaban todos dispuestos a luchar. Por mí.

—Gracias —conseguí pronunciar entre lágrimas—. Gracias por ayudarme a recuperar mi vida.

Y lo decía de verdad, en todos los sentidos. Más que el hecho de deshacerse de mis fotos más íntimas, me habían ayudado a recordar que la vida estaba para vivirla, no solo para pasártela escondiéndote.

Shep me acarició el cuello y afirmó:

—No estás sola. Ya no.