Capítulo treinta y siete. Shep
Capítulo treinta y siete
Shep
—Joder. Va a quedar perfecto —afirmó Anson mientras seguíamos de pie, mirando a través del espacio ahora abierto.
Ni rastro quedaba ya de la pared que había antes entre la entrada y el salón ni de la que separaba este de la cocina. Parecía una casa completamente distinta. Una diáfana y acogedora en lugar de una seria y formal.
—Pues espérate a que pongamos unos ventanales inmensos en esa pared.
Lo veía todo clarísimo. Cómo se fusionaría el exterior con el interior y combinaría la estructura con la naturaleza que nos rodeaba. Además, Thea me había dado varias ideas para que el jardín quedase aún mejor. Esa mujer era una artista con las plantas; lo suyo era un don.
—No te mentiré: esta casa me está dando un poco de envidia —musitó Anson.
Reí.
—La victoriana quedará muy bien cuando la hayamos terminado. Lo sabes.
Anson curvó muy sutilmente los labios.
—Cierto.
Haber participado en la restauración de la casa de Rho significaba algo para su prometido. Que ahora mi amigo estuviese haciendo hueco para poder trabajar en ambos proyectos también significaba algo para mí. Además, sabía que estaba echando horas extras tanto en una casa como en la otra.
Le di una palmada en el hombro.
—Gracias por estar aquí.
Él me miró y respondió:
—Es mi trabajo.
Puse los ojos en blanco. Por más que Anson hubiese cambiado al enamorarse de Rhodes, a veces seguía siendo un poco tosco. Como con las muestras de agradecimiento, porque no acababan de gustarle. Pero tendría que apechugar.
—Tu trabajo es de lunes a viernes, de ocho a cuatro. Pero empiezas a currar antes y siempre te quedas hasta más tarde. Además, sé que también dedicas fines de semana a la casa victoriana.
Anson se movió un poco, incómodo.
No pude evitarlo y solté una carcajada.
—Vete a la mierda —espetó él.
—No sabes ni cómo lidiar con un «gracias». —Me vibró el móvil en el bolsillo y, como las absurdidades de mi amigo me habían dejado tan anonadado, contesté sin mirar siquiera quién me estaba llamando—. ¿Diga?
—¿Shep? Soy Sutton.
La evidente preocupación que le aprecié en la voz hizo que mi humor se desvaneciera de inmediato.
—¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo a Thea?
—Thea está bien —se apresuró a decir Sutton—. Pero ha... Eh... Ha recibido una carta. Una no muy agradable. La han dejado en la panadería, pero iba a su nombre. Está muy asustada, Shep.
—Voy hacia allá. No os mováis.
—De acuerdo. He cerrado antes. No la molestará nadie.
—Gracias, Sutton —respondí, a pesar de que ya había entrado en acción.
Anson me pisaba los talones.
—Habla.
Crucé la casa a toda prisa, cerré la puerta tras de mí y pasé la llave en un santiamén. Me dio igual que hubiésemos dejado las herramientas o el material dentro. Solo podía pensar en Thea.
Mierda. ¿Y si Brendan la había encontrado?
—Shep —insistió Anson.
—Sutton me ha dicho que alguien le ha enviado una carta a la panadería a Thea. Comenta que no era «agradable» y que Thea se ha alterado.
—Hostia —musitó Anson—. Vamos.
Lo miré inquisitivo.
—Si puedo, os ayudaré —comentó él con un tono de voz grave.
Sabía que el hecho de que Anson me ofreciera esa clase de ayuda era algo importantísimo.
Porque a mi amigo le costaba todo esto. Se había alejado de su vida como perfilador porque había perdido mucho y le habían quitado otro tanto en el proceso.
Ahora, volver a adentrarse en ese mundo tenía un precio.
—Gracias —contesté con la voz tensa, un nudo en la garganta y la respiración entrecortada.
—Venga. Vamos a buscar a tu chica.
Llegamos al pueblo en un tiempo récord y yo me pasé el trayecto rezando por que los oficiales de Trace hicieran la vista gorda en el caso de pillarme saltándome el límite de velocidad. Cuando me detuve delante de La Mezcla, los neumáticos chirriaron.
No tardé ni un minuto en saltar del vehículo y echar a andar decidido hacia la puerta de entrada donde ahora colgaba el cartel de CERRADO .
Sutton me vio desde el otro lado del cristal y vino a abrir.
Aunque yo solo tenía ojos para Thea. Estaba sentada en una mesa y con la vista puesta sobre la superficie, pero parecía que tuviese la mirada perdida.
Pasé por el lado de Sutton sin mediar palabra y fui directo hacia Thea. Me senté a su lado, pero ella no reaccionó ni al sonido ni al movimiento. Al comprobar que no respondía ante mi presencia, me dio un vuelco el estómago.
Todo esto pintaba mal. Thea estaba llena de fuego y de vida. Era punzante y combativa, pero solo se mostraba así para esconder la ternura que guardaba en su interior. No era la persona exánime que tenía ahora delante.
—Thea, cielo —susurré.
No respondió.
Le coloqué una mano en la mandíbula y le giré la cara con dulzura para poder agarrársela con ambas manos.
—Astilla.
Pestañeó repetidamente, como si por fin me estuviera viendo.
—¿Shepard?
Al oír mi nombre completo, fue como si acabasen de pegarme una patada en el estómago. Seguida por un uppercut en las costillas al saber que la confundía tanto tenerme allí.
—Estás bien. Estás a salvo.
Las lágrimas centellearon en sus ojos.
—¿Estás seguro? —preguntó.
Dios... En sus ojos verdes no solo atisbé miedo. También derrota.
Bajé la vista hacia la mesa y se me heló la sangre.
Ahí encima había un papel. Era una hoja de tamaño normal con una instantánea de Thea impresa.
Se la veía caminando hacia La Mezcla, pero no parecía que fuese para nada consciente de que estaban sacándole dicha foto.
Y, alrededor de la imagen en cuestión, habían escrito un montón de adjetivos de mal gusto.
Adjetivos que por poco me llevan a echar la mesa abajo.
En ese instante apareció Anson con lo que parecían un par de guantes para la manipulación de alimentos y una bolsa hermética.
—Algo es algo —dijo poniéndose los guantes, y alargó el brazo para coger el papel.
—No —lo interrumpió Thea—. No lo mires. No quiero que... —Se le quebró la voz—. No quiero que lo vea nadie.
Joder. Sus palabras me partieron en dos el maldito corazón. Alargué los brazos y senté a Thea en mi regazo para acurrucarla contra mi pecho.
—Nadie verá otra cosa en ese papel que no sean las mentiras que hay escritas.
Thea tembló contra mi cuerpo.
—No puede saberlo nadie. Si se enteran, podría encontrarme.
Anson y yo nos miramos mientras él guardaba la foto en la bolsa y lo estudiaba todo. Lo que ninguno de nosotros quería decir era que tal vez Brendan ya la hubiese encontrado.
Anson bajó la voz y manifestó:
—Tenemos que llamar a Trace.
Thea se separó y negó fervientemente con la cabeza.
—No. No lo llames. No pueden meterse las fuerzas del orden. Quedaría todo por escrito. Por favor.
Sus súplicas acabaron de romperme el corazón. Iban cargadas de miedo y dolor. Levanté una mano y le acaricié la mejilla.
—Trace sabrá cómo gestionarlo. No revelará nada.
—No puedo —susurró Thea—. Si estoy a salvo es porque lo he llevado todo yo sola.
Apoyé la frente en la suya.
—Te abriste conmigo. Y seguiste a salvo, ¿a que sí?
Thea soltó el aire, temblorosa.
—Sí.
Me separé muy sutilmente de ella para poder mirarla a los ojos.
—Trace puede ayudar. Lo necesitamos.
Thea se mordió el labio inferior.
—¿Por favor? —le pedí—. Confía en mí. Solo te pido que tengas un poquito más de fe.
Thea separó los labios para respirar y clavó sus ojos verdes en los míos.
—Confío en ti.
Eso me destrozó. Solo rezaba por no fallarle a ella como le había fallado a Rho.