Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo treinta y seis. Thea
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Capítulo treinta y seis. Thea

Capítulo treinta y seis

Thea

El sol de primera hora de la mañana nos acariciaba tanto a mí como a Shep mientras caminábamos hacia La Mezcla con los dedos entrelazados como si llevásemos una década haciendo este mismo recorrido a diario. Era agradable. Anoche cambió algo.

Shep ya no se contenía para mantenerse alejado de mí. Y a pesar de que yo no estaba convencida de que fuese a dejar de tratarme como si fuera de porcelana, ahora veía que lo hacía porque me apreciaba muchísimo y no porque no creyera en mi fuerza.

A medida que nos acercábamos a la puerta de la panadería, ralentizamos el paso y me giré hacia él.

—No hacía falta que me trajeras en coche, ya lo sabes.

Shep me apartó el pelo de la cara con la mano que le quedaba libre, sin soltarme la otra.

—Quería hacerlo. Necesito compartir contigo tanto tiempo como sea posible. Así de egoísta soy.

Dibujé una sonrisa que sabía que me llegaba de oreja a oreja, pero me dio igual.

—Me gusta que seas así de egoísta.

Shep bajó la voz y dijo:

—Y a mí me gusta que seas avariciosa.

Me puse roja al acordarme de la noche anterior.

—Cuando te sonrojas de esta manera..., me matas, Astilla. Me entran ganas de recorrer ese color con la lengua.

Agachó la cabeza y me dio un largo y parsimonioso beso. Como si Shep dispusiera de todo el tiempo del mundo.

Alguien gritó a mis espaldas. Nos sobresaltamos y nos separamos, y yo me di la vuelta para encontrarme con Lolli moviéndose un poco, con la vista puesta en nosotros y los brazos alzados, dejando que le repiqueteasen los brazaletes.

—¡Lo sabía! —chilló—. Por fin has encontrado a alguien que te ha devuelto un poco a la vida, Shep.

—Lolli —la advirtió él.

—No me seas aguafiestas. ¿Acaso no puede una abuela alegrarse de que su nieto disfrute de unos buenos revolcones? —Se giró hacia mí y me guiñó un ojo—. Los más caballerosos son siempre los que más sorprenden bajo las sábanas.

—¡Lolli! —gritamos los dos a la vez.

Me di la vuelta y hundí la cara en el pecho de Shep mientras me echaba a reír.

—Ponte límites —le riñó Shep a su abuela.

—Chisssst... Espero que no seas tan serio en la cama —respondió la mujer.

—NO quiero tener esta conversación —espetó él.

—No seas tan mojigato. El sexo es algo normal. No hay nada de qué avergonzarse.

—No me avergüenzo. Simplemente no quiero hablar de este tema con mi abuela delante de mi novia.

Al oír eso, me separé y curvé los labios.

—Conque novia, ¿eh?

A Shep se le sonrojaron sutilmente las mejillas y confesó.

—Joder, eso espero.

—Chisssst —repitió Lolli—. ¿No ha habido DLR? Y yo que pensaba que te había criado bien, Shepard Colson. A las buenas nunca hay que dejarlas escapar.

Shep parecía confundido y preguntó:

—¿Que no ha habido qué?

Lolli suspiró exasperada.

—Que si no habéis «Definido La Relación». Ponte las pilas, muchacho.

Shep se limitó a sacudir la cabeza y, acto seguido, bajó la vista hacia mí con una divertida expresión en el rostro.

—Me disculparía, pero esto seguirá repitiéndose, así que dudo que valga la pena.

Esbocé una media sonrisa.

—No sé yo... A mí me gustan bastante tus disculpas.

Shep soltó un gruñido y, en voz baja, contestó:

—Como hagas que se me empalme delante de mi abuela, te haré pagar por ello.

Apreté los labios para contener la risa y solté:

—Mucho ruido y pocas nueces...

Lolli soltó un grito y dio una palmada mientras exclamaba:

—¡Es que me en-can-ta!

Shep suspiró.

—Bueno, ¿qué haces aquí tan temprano? Nunca te levantas antes de las ocho.

La mujer nos sonrió.

—Hoy me toca ir a la convención de La Lechuga del Diablo en Roxbury. Voy a vender mis recetarios especiales.

Arrugué la frente.

—¿La Lechuga del Diablo?

—Se refiere a la maría —musitó Shep—. Va a una convención de marihuana. Dios...

Lolli fulminó a su nieto con la mirada.

—Ya estás tú como Trace, que piensa que me secuestrará algún cártel de drogas. Solo voy a vender libros de recetas.

—Libros de recetas de maría —la corrigió Shep.

Ella resopló y se quitó unas migas invisibles de su floreado vestido.

—A la gente hay que darle lo que quiere. Tengo la mejor receta de brownies de tres condados.

Shep me miró.

—Cuando vengas a cenar y Lolli te ofrezca cualquier tipo de postre que haya preparado ella, tú limítate a rechazarlo.

—Qué aburrido eres —se quejó Lolli—. ¿Sabéis qué? Tengo una variedad nueva que, según dicen, deja la libido por las nubes. Podría traeros un poco...

—¡Lolli!

Pasé el trapo por una de las muchas mesas vacías, pero la multitud del fin de semana previo a las vacaciones había llegado temprano. Si esto era indicio de lo que nos esperaba, iríamos ajetreadísimos.

La campanita tintineó al abrirse la puerta y levanté la vista para ver a Luca entrando apresuradamente.

—¡Titi! ¡Mira lo que he hecho! ¡Mola un montonazo!

El tono extremadamente ilusionado del crío hizo que se me dibujara una sonrisa en los labios.

—¿A ver?

—Es una maqueta de una pista de hielo. Como la de los Seattle Sparks. Ahora podré memorizarme las jugadas y demás —me contó Luca, levantando el modelo a escala para enseñármelo.

Sutton rio mientras atravesaba la sala, con su rubia melena meciéndose a su alrededor. Iba cargada con bolsas, una infinidad de correo y mucha ropa de niño. Estaba claro que Luca se había ido quitando capas a lo largo del día.

—A la monitora del campamento le ha dado pena y se ha puesto a hacer manualidades relacionadas con el hockey solo por Luca.

—Porque me entiende —argumentó él asintiendo con la cabeza—. Sabe que voy a ser el enforcer más matón del mundo, como La Parca. Así que tengo que ir empezando ya.

Sutton arrugó la nariz.

—Cuando empieces a jugar, espero que te pongan un apodo mejor que ese. De verdad te lo digo.

—Mamááááá... La Parca es el nombre más guay de toda la Liga.

Ella me miró melancólica.

—La guay solía ser yo, pero ya he perdido todo el brillo.

—Serías guay si tú también quisieras aprender a patinar. Así podríamos practicar siempre —sugirió Luca, esperanzado.

Yo curvé los labios.

—Ya te he encontrado un apodo —dije—: El Matón de la Panadería.

Sutton rio.

—Pues tiene gancho.

Luca dejó la maqueta y empezó a bailar por el local mientras meneaba las caderas y gritaba:

—¡El Matón de la Panadería! ¡El Matón de la Panadería!

—La que has liado... —susurró Sutton.

—Podemos hacer camisetas —sugerí risueña.

Ella dejó el montón de cosas que llevaba y empezó a revisar las cartas mientras Luca corría hacia la parte trasera del expositor de pastas para ir a por unos cupcakes , seguro.

—Ah, se me olvidaba: han dejado una carta para ti.

La tensión recorrió mi cuerpo. A excepción de Nikki, nadie me enviaba cartas. Y ella siempre me lo mandaba todo a la oficina de correos que había a unos cuantos pueblos de aquí.

Se me secó la boca mientras alargaba la mano para coger el sobre que me estaba tendiendo Sutton.

La fuente de las letras era más bien cuadrada, de esa que impide que sepas quién lo ha escrito.

Una parte de mi cerebro asimiló que Sutton me estaba hablando de sus planes de fin de semana con Luca, pero yo estaba demasiado centrada en la carta como para interiorizar lo que me iba contando.

Abrí la solapa del sobre con los dedos temblorosos.

Saqué un trozo de papel impreso. En él, aparecía una foto.

Una foto mía. Parecía que la hubiesen sacado de lejos, la calidad era un poco borrosa, pero reconocía el outfit que me había puesto aquel día para ir a La Mezcla.

Arriba del todo del papel ponía ZORRA en unas letras feas y rojas. Pero la cosa iba a peor.

Habían rodeado partes de mi cuerpo. Al lado de mis piernas, se leía: GORDA . En mi cara: FEA . En mis pechos: PUTA .

Y todo sonaba a Brendan.