Capítulo treinta y cinco. Shep
Capítulo treinta y cinco
Shep
—Mierda.
Me pasé una mano por el pelo y tiré un poco de los mechones.
La había liado pero bien. Casi pierdo la cabeza al tener a Thea tan cerca, envuelta en su aroma floral y de coco. Y al notar sus pechos ejerciendo presión contra mí con cada respiración...
La deseaba más de lo que había deseado a nadie en la vida. Para ser sincero, esa atracción tan fuerte, esa necesidad desesperada, me acojonaban. Y ese temor era proporcional a la preocupación que sentía por si iba demasiado rápido y me lo cargaba todo.
Solo que había hecho lo contrario. Había intentado controlarlo todo. Y, al hacerlo, le había arrebatado la autonomía a Thea. Con razón se había cabreado.
Alce me soltó un maullido quejumbroso.
—Ya lo sé —gruñí—. No hace falta que me digas nada, joder.
Me levanté y me fui del salón. Puede que me lo hubiese cargado todo, pero podía disculparme y arreglar las cosas. Devolverle las riendas de la situación a Thea.
Caminé despacio por ese suelo de madera, doblé la esquina y me detuve justo delante de la puerta de Thea.
Unas imágenes de ella sentada en su cuarto, sola y con lágrimas por las mejillas me inundaron la mente.
No me di tiempo a esperar; me preocupaba que fuese a perder el valor. Puse la mano en el pomo y lo giré.
En cuanto la puerta se abrió, me quedé petrificado.
Thea. En la cama, bajo la sábana. Con la cabeza echada hacia atrás y las mejillas sonrosadas.
Tenía los pezones endurecidos, mendigando atención y rozando la sutil capa de algodón de su top.
Se atisbaba un poco el tono más oscuro de sus pechos bajo la tela rosa pastel de la camiseta.
Y vi que estaba jadeando, con la respiración acelerada.
Se me tensó el cuerpo entero; tenía los músculos tirantes a más no poder. La polla, que ya se me había empalmado un poco, acabó de levantarse por completo pidiendo que me tocase.
—Thea —grazné.
Abrió los ojos de repente y los desvió hacia mí. Esperaba que fuese a echarme la bronca, que me dijera que me largara de allí. Pero no lo hizo. Permaneció con la mirada fija en la mía. Aunque tampoco apartó la mano de debajo de la sábana.
—¿Qué quieres, Shep?
Me supo mal que no me llamara por mi nombre completo. No poder captar cómo su boca arropaba cada una de las sílabas.
Se me aceleró la respiración y las punzantes y afiladas garras del deseo se clavaron en mi interior.
—Dime que me vaya.
Agarré el pomo con más fuerza; tanta que bien podría romperme algún que otro nudillo.
Pero mi chica era demasiado valiente para eso, joder.
—Quédate —susurró en la oscuridad.
Estaba harto de comportarme como un idiota, por más que no lo fuera; la fuerza de atracción que desprendía Thea era demasiado. Entré y cerré antes de apoyarme en la puerta.
—Dime qué estás haciendo con tus bonitos y delicados dedos, Thea.
Sus claros ojos verdes centellearon bajo la luz de la luna.
—Lo que no has hecho tú con los tuyos.
Se me escapó un gruñido sin que pudiese hacer nada por impedirlo.
Thea simplemente arqueó una ceja, inquisitiva y desafiante a la vez.
—Enséñamelo —dije con la voz rasposa.
Ella se mordió el labio inferior, pensativa. A continuación y dolorosamente despacio, se bajó la sábana hasta los pies.
Inspiré con fuerza. Thea no llevaba nada aparte de ese top rosa pastel. Por fin pude verle sus largas y tonificadas piernas. Kilómetros de piel suave al descubierto. Tenía la mano sobre el ápice de los muslos; el punto que yo más ganas tenía de contemplar.
Se me hizo la boca agua. «Joder». Thea ya era lo más precioso que había visto en toda mi vida. Verla entera me destrozaría, pero me importaba un bledo.
—¿Qué quieres, Shepard? —preguntó con un hilo de voz, envuelta en la oscuridad.
—Quiero verte entera.
Mi voz era puro coraje. Pura necesidad.
Thea entró en acción. No me hizo esperar; no dudó. Movió la mano y la apartó de su entrepierna.
Me separé de la puerta con un empujón y fui directo hacia la cama, repasándole el cuerpo entero con la mirada.
—Eres jodidamente preciosa.
Me escocían los dedos, ansiosos por tocarla, por notarla. La lengua me suplicaba que la saborease. Me dolían los huevos.
Thea clavó los ojos en los míos.
—Shepard.
—La he cagado. No te he dado lo que necesitabas.
Sus claros ojos verdes se iluminaron de nuevo.
—No, no me lo has dado. —No me apartó la mirada—. No soy débil.
—No, ni de puta coña lo eres. Tu cuerpo, tu placer, te pertenecen a ti. Eres tú quien está al mando —dije con absoluta necesidad en la voz.
La pizca de temperamento que le atisbé en los ojos se difuminó hasta convertirse en curiosidad. Pero seguía con esa fogosidad en la mirada. Y me encantaba la pasión que desprendía Thea; quería provocársela como fuera.
—Pero me encantaría verte disfrutar —gruñí.
Se le entrecortó la respiración, haciendo que sus bonitos pezones se marcaran más bajo el top. Me palpitó el pene. Quería notar esa protuberancia con la lengua. Quería succionar con fuerza. Recorrerla con los dientes.
Entonces, Thea volvió a deslizar su mano en la entrepierna.
—Dime qué crees que debería hacer. Cómo debería disfrutar.
«Dios...». Thea era puro fuego abrasador. Una visión incluso más potente que cualquier sueño.
—Levántate el top.
Mi voz no sonó humana en absoluto. Thea se meneó y tiró del algodón hacia arriba hasta dejar sus preciosos pechos al descubierto. Entre el frescor del aire y su excitación, se le endurecieron y se le oscurecieron los pezones.
—Joder —musité.
A Thea se le dibujó una sutil sonrisa en los labios.
Entorné los ojos al mirarla.
—Te encanta torturarme, ¿a que sí?
—Puede que un poco... —respondió, y se le ensanchó la sonrisa.
—Chúpate el dedo —le exigí entre dientes.
Se le iluminó la mirada, pero se llevó un dedo a la boca y se lo lamió con la lengua.
—Acaríciate el pezón. Dime qué sientes. Lo perfecto que es.
Thea bajó la mano y recorrió el lateral del pezón con el índice antes de acercarlo a la protuberancia en sí.
—Frío y calor. Sensible.
—Sigue dibujando círculos —le ordené, empezando a respirar más apresuradamente—. Baja la otra mano y palpa el calor de tu entrepierna.
Se movió, se acercó la mano a ese punto y empezó a tocarse.
—Pasa los dedos por esa calidez. Dime si estás húmeda.
En cuanto abrió las piernas, Thea arqueó la espalda. Separó los labios y a mí me entraron ganas de hundirle el pulgar justo ahí para notar lo hinchado que tenía el labio inferior mientras disfrutaba del calor de su entrepierna con los dedos.
—Sí —soltó ella—. Tú me pones húmeda.
Apreté los dientes. Qué mujer. Tan atrevida, tan preciosa, tan jodidamente perfecta.
—¿Cómo?
—Con tu voz. —Arqueó más la espalda—. Por cómo noto que me envuelve.
Dios, qué ganas tenía de tocarla. Quería que notase mucho más que mi voz. Pero no me lo había ganado. Todavía no.
—Coge los dedos y espárcete esos jugos por el clítoris.
Empezó a jadear con rapidez mientras dibujaba círculos en su protuberancia nerviosa.
La polla se me empalmó contra el pantalón de chándal. Se moría por estar con Thea.
—Métete los dedos. Dime cómo lo tienes.
Volvió a mover los dedos y soltó un pequeño gemido mientras los hundía en su interior.
—Estrecho, cálido, húmedo.
Me estaba matando. Pero yo, encantado de morir así.
—Mete y saca, Astilla. Despacio, con cuidado.
Movió la mano. El sonido de su creciente humedad y sus discretos gemidos llenaron el cuarto. Casi me arrodillo ante eso.
—Más deprisa —le pedí.
Fue masturbándose y moviendo el cuerpo con cada empellón.
—No es suficiente —se quejó Thea.
—¿Qué necesitas? —le pregunté. Me miró a los ojos y detuvo el movimiento—. Recuerda que tú pones las normas.
Thea se humedeció el labio inferior con la lengua antes de responder:
—Tus manos. En mí.
Tragué saliva con fuerza y cerré los puños en los costados.
—Tú mandas, Astilla. —Me acerqué a la cama con una sonrisa—. Y así puedo disculparme. Como es debido.
Sus preciosos labios esbozaron una malévola sonrisa.
—Me gusta cómo suena —dijo.
Fui hacia el lateral de la cama.
—Eres jodidamente preciosa.
Le acaricié la pierna en dirección ascendente, disfrutando de la suavidad de su piel bajo mis callosos dedos.
Luego, le cogí las manos para levantarla, girarla y que Thea quedase sentada en el borde de la cama. Me incliné, me llevé los dedos con los que acababa de tocarse la boca y succioné con fuerza.
Casi exploto al notar el estallido de su sabor en la lengua.
—Hummm —gemí sin parar de lamerle los dedos, dejando que me inundara todo lo que era Thea.
Poco a poco, abrí los ojos y le solté la mano.
—Shepard —dijo en lo que sonó como un mero respiro.
—Pura perfección —comenté con la voz rasposa.
Me arrodillé para que Thea quedase más alta que yo y así poder otorgarle control absoluto de la situación. Le subí las manos por los muslos.
—Siento haberte hecho dudar, ni que sea por un segundo, de lo mucho que te deseo o de lo fuerte que creo que eres.
Thea me miró con un sinfín de emociones bailando en esos fascinantes ojos verde claro.
Fui subiéndole los dedos hasta llegar al dobladillo del top, que descansaba justo encima de sus perfectas tetas.
—¿Puedo?
—Sí —susurró ella.
Se lo quité en un santiamén y dejé a Thea completamente desnuda ante mí. Dios, era preciosa. Jamás me cansaría de observar su belleza porque siempre tendría algo nuevo por descubrir.
Los dedos me pedían a gritos que la explorara, que la provocara.
Se le endurecieron los pezones con la promesa de lo que estaba por venir.
Sus pechos, hinchados, eran dos perfectas y delicadas lágrimas.
Levanté una mano porque necesitaba notarlos.
La agarré justo por ese punto y Thea se arqueó contra mí.
Le acaricié el pezón dibujando círculos con el pulgar, haciendo que la piel se le ensombreciera más aún. La polla me apretaba contra el pantalón de chándal, suplicándome estar con Thea.
—Eres preciosa, de los pies a la cabeza. —Le acerqué la otra mano al cuello, recorriéndoselo hacia abajo hasta llegar al otro pecho—. Cómo te brilla la piel. Cómo se te arquea el cuerpo.
Thea me buscó los ojos con la mirada y me encontró bajo la luz de la luna.
Yo mantuve la vista puesta en ella mientras me inclinaba y le cubría un pezón con la boca. Thea gimió y se arqueó de nuevo contra mí. Ese sonido y ese movimiento hicieron que me azotara una descarga eléctrica.
Le aparté una mano del pecho y se la fui bajando más y más hasta hundírsela entre los muslos. Al notarla húmeda, gruñí con la boca aún pegada a su pezón. Le deslicé hábilmente los dedos entre la hendidura.
Thea sería mi perdición; estaba cantado.
Jugueteé con su humedad, arrastrándosela hasta el clítoris.
Se le escapó un gemido.
Le solté el pecho y me separé un poco.
—Dime qué quieres. Los dedos o la lengua.
A Thea le centelleó la mirada.
—Las dos cosas.
Reí con la boca pegada a su piel.
—Qué avariciosa es mi chica...
Me recosté, sentándome sobre mis talones. Tiré de las piernas de Thea con destreza, me la acerqué a la cara, me coloqué sus muslos en los hombros y la tumbé de nuevo sobre el colchón.
Y me hundí. Ante el primer estallido de su sabor en mi lengua, gemí. Quería ahogarme en ese sabor. Era todo Thea y, aun así, seguía siendo completamente indescriptible. Enrosqué la lengua en su interior y ella se estremeció.
Noté que se movía un poco la sábana y supe que Thea estaba agarrándose con fuerza.
—Shepard... —dijo suplicante.
Separé la cara y le recorrí la hendidura con la lengua mientras le hundía los dedos.
Fui metiéndoselos y sacándoselos, girándolos y encorvándolos.
No seguí patrón alguno para que Thea no supiera en ningún momento qué vendría a continuación; para que no pudiera prepararse y así poder pillar a su cuerpo desprevenido.
Le pegué un lametazo con la punta de la lengua en su diminuta protuberancia nerviosa. Thea soltó un grito y empezaron a temblarle los músculos a la vez.
Le hundí un tercer dedo y los encorvé en su interior en un atrayente gesto que también la hizo temblar por dentro.
—Oh, Dios. Me... Shep...
—Shepard —la corregí con aspereza y con la boca pegada a su clítoris—. Cuando estemos en esta cama, me llamarás Shepard.
A Thea se le entrecortó la respiración.
—Shepard —repitió.
Al oírla, casi exploto. La embestí más hondo con los dedos, acelerando el ritmo. Le dibujé círculos en ese punto nervioso con la lengua, dejando su parte más sensible al descubierto. Esa parte que sabía que me haría estallar.
Empecé a mover la mano más deprisa y a chuparle el clítoris con más fuerza. Thea me empapó los dedos. Fueron azotándola ola tras ola, arrancándome la vida a mí y consiguiendo que casi me corriese con los pantalones de chándal puestos como un puñetero adolescente.
Los sonidos que se le escapaban a Thea eran mejores que cualquier sinfonía. Reales, auténticos y totalmente ella. Gemía y gritaba con sutileza mientras se contorsionaba en busca de más.
Y, entonces, por fin ralentizó el movimiento y sus sonidos fueron cada vez más silenciosos hasta que Thea se dejó caer por completo contra el colchón. Le saqué los dedos y me los chupé para limpiármelos. Al notarlo y oír el sonido, ella levantó y sacudió la cabeza con expresión divertida.
Le sonreí.
—Sabes a droga. Y la quiero toda.
A Thea le subía y le bajaba el pecho mientras intentaba recuperar la respiración.
—Ha sido... Nunca he... Nunca me había sentido así. Nunca.
Se me encendió la mirada.
—Debería ser siempre así. Escuchar tu cuerpo es un regalazo.
En ese instante, Thea se movió y alargó el brazo para coger la sábana y taparse.
—No —le pedí en un susurro. Thea me miró—. No me arrebates estas preciosas vistas. No te avergüences de lo que acabamos de compartir. Porque lo ha sido todo.
Se me quedó mirando durante un largo minuto.
—Vale. —Bajó un poco más la vista y preguntó—: Y, eh... ¿Tú qué?
Levanté la cara para sonreírle.
—No sería una disculpa como es debido si pidiese algo a cambio.
A Thea se le escapó la risa.
—Podría acostumbrarme a esta clase de disculpas —anunció.
Reí, me levanté y eché la sábana hacia un lado. Me coloqué detrás de Thea, la acerqué a mí y ejercí presión con la polla contra su perfecto culo.
—Bueno, pues ya me aseguraré de cabrearte a menudo —sentencié.