Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo treinta y cuatro. Thea
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Capítulo treinta y cuatro. Thea

Capítulo treinta y cuatro

Thea

Aparté la vista de la sartén que tenía en los fogones, donde iban abriéndose y saltando las palomitas, y miré por la ventana que quedaba justo encima del fregadero.

La luna llena le aportaba un precioso brillo a mi jardín.

Solía ser una de mis vistas favoritas. Era algo mágico.

Esta noche, en cambio, no sentí la habitual tranquilidad de siempre.

Sacudí un poco la sartén mientras acababan de saltar algunas palomitas y la retiré del fuego. El aroma a sal y mantequilla me inundó la nariz, pero no consiguió borrar aquella sutil molestia que notaba corriéndome por las venas. Sin embargo, cuanto más me irritaba, más culpable me sentía.

Desde lo ocurrido esa noche en el bar, Shep me estaba tratando como si fuera frágil, como si estuviese hecha del cristal más delicado del mundo.

Al principio, me sentí bien. Pero ¿tres días después?

La frustración iba in crescendo . No había habido más besos que me pusieran a mil ni promesas susurradas contra mi piel.

Shep era cariñoso, sí, pero todas sus acciones eran distintivamente castas. Un beso en la sien o en el pelo. Sus dedos entrelazados con los míos. Una caricia en la espalda con la mano. Pero nada más.

Suspiré mientras vertía las palomitas en un bol y dejaba la sartén en remojo en el fregadero. A lo mejor, esa noche había cambiado nuestra relación. He aquí una cosa más que me había robado mi pasado.

—Tienes reproductor de DVD —comentó Shep con la vista puesta en el aparato mientras yo salía de la cocina y me dirigía al salón.

Fue una afirmación, que no pregunta; aun así, levanté la vista hacia él a la vez que dejaba el bol de palomitas en la mesita de café. Las crías de gato jugaban alegres en su pequeña cerca y Alce estaba en su torre, observando la noche.

—Ver un DVD sin reproductor sería complicado.

Shep bajó la vista hacia la copia de Rocky entre asombrado y confundido como el que más.

—¿Quién sigue teniendo DVD? —preguntó.

Se me escapó la risa.

—La gente que no tiene Internet en casa.

Sacudió la cabeza y puso el disco en la pequeña bandeja antes de cerrarla.

—Cuando instale Internet en la casa nueva, te pondré al día de todas las series que hay en streaming , empezando por Yellowstone . Son fantásticas.

Fue hacia el sofá y se sentó sobre los cojines como si lo hubiese hecho ya cien veces antes.

Yo me senté en la otra punta y me cubrí con mi agradable manta.

Que Shep estuviese aquí significaba que me sentía lo bastante cómoda para abrir algunas ventanas y dejar que se colara el fresco aire de la noche.

Aunque no era solo eso. Shep era el culpable de que me sintiera...

a salvo. Hacía años que no me sentía así. Y era maravilloso.

—Tengo todos los clásicos —argumenté, señalando mi pequeño estante de DVD.

Los había sacado de tiendas de liquidación y de Goodwill, sumando más títulos a mi colección constantemente.

Shep me agarró el pie por encima del calcetín y me clavó los dedos en el puente.

—Admiro tu devoción por las pelis de Rocky , en serio.

En cuanto me dio en un punto sensible, tuve que reprimir un gemido.

—¿A quién no le gusta Rocky ? —pregunté.

Shep rio.

—De pequeño, solía verlas con mis hermanos, pero a ninguna de mis hermanas le gustaba demasiado. Aunque, ahora, a Arden seguramente sí le gustaría.

Fruncí el ceño a modo de pregunta.

—Empezó a hacer jiu-jitsu de adolescente —me contó Shep—. Ahora entrena con Kye. Un tipo como Rocky le pegaría.

—Impresionante.

Yo siempre había querido apuntarme a alguna clase de defensa propia, pero nunca había acabado de dar el paso.

Shep detuvo el recorrido de sus dedos por mis pies.

—El gimnasio donde entrena Kye imparte clases para principiantes y organiza un seminario de defensa propia destinado a mujeres una vez al mes.

—Tu capacidad para leerles la mente a los demás está empezando a resultarme un poco aterradora, Shepard.

Vi que le cambiaba un poco la expresión, que adoptó cierta ternura y... fogosidad.

—Nunca me había gustado mi nombre entero. Hasta que oí cómo lo pronunciabas tú.

Se me secó la boca y me removí un poco.

—Ah... —exclamé.

Él dibujó una media sonrisa.

—Sí...

—Tienes un nombre precioso —opiné con sinceridad.

—¿«Precioso», eh? —respondió él con una pizca de diversión en el tono.

Le saqué la lengua.

—Dudo que vaya a pasarte nada si utilizas el adjetivo «precioso» para describir algo sobre ti. Tu masculinidad está a salvo.

Sus ojos color ámbar centellearon con picardía.

—Mírala, qué listilla...

Y, acto seguido, se abalanzó sobre mí. Me agarró por los costados y empezó a hacerme cosquillas con los dedos. Me encogí riendo y me contorsioné en un intento por escabullirme de su ataque. Pero él no mostró piedad alguna.

—¡Shep! —grité.

—Vuelve a decirme lo precioso que es mi nombre.

Pillé un cojín que me quedaba detrás y le di con él.

—Esto ya es pasarse —gruñó. Me agarró las manos y me las sujetó con fuerza por encima de la cabeza, abalanzándose sobre mí—. ¿Te rindes?

La risa murió en mis labios. Lo tenía cerca. Tan cerca que juraría que podía saborearlo en el aire que flotaba entre nosotros. El calor que emanaba de su cuerpo se fue colando en el mío mientras él, fuerte, seguía encima de mí.

Pero yo quería más que tenerlo solo encima de mí. Quería descubrir qué se sentía al tener a Shep contra mí. Descubrir la fuerza de sus músculos ejerciendo presión en mí. Quería descubrir cómo sería ahogarme en Shep.

Levanté la cabeza, como si el deseo y la necesidad me estuviesen moviendo cual marioneta. A Shep se le encendió la mirada. Le ardió. Acorté la distancia y empotré los labios contra los suyos. Shep me coló la lengua. Con exigente y pura necesidad.

Me puso el muslo entre las piernas y yo levanté las caderas por instinto. Aquella gloriosa fricción hizo que se me escapase un gemido de la boca. Al oírme, Shep se separó de inmediato.

Cualquier atisbo de diversión y deseo desaparecieron de su rostro.

—Joder. Thea, lo lamento. No estaba pensando.

Pestañeé a toda prisa. La cabeza me daba vueltas tras ese cambio radical.

—¿Por qué tienes que lamentarte de nada?

Shep se pasó la mano por la cara.

—Después de todo lo que te ha ocurrido, lo último que necesitas es que venga yo y te manosee.

Me quedé petrificada de los pies a la cabeza mientras un frío glacial me calaba hasta los huesos.

«Todo lo que te ha ocurrido». Me inundó una mezcla de frustración y tristeza mientras me quedaba mirando al hombre del que me estaba enamorando.

Uno que me veía como a una víctima y tal vez siempre fuera a verme así.

—No soy débil —susurré.

Shep retrocedió como si acabase de pegarle una bofetada.

—Eso ya lo sé. Pero no significa que no deba ser más considerado con todo lo que has pasado.

Noté la presión de unas ardientes lágrimas tras los ojos. Pero me negaba a llorar.

—No quiero que me trates de forma diferente por eso.

Shep alargó el brazo para cogerme la mano.

—Solo creo que tenemos que tomárnoslo con calma.

Sus palabras, aunque desalentadoras, iban cargadas de amabilidad. Y eso lo empeoraba todo.

—Vale.

—Me estás matando, Astilla.

Desvié la vista hacia Shep. Esa camiseta blanca se le ajustaba a la altura del pecho. Llevaba su castaño pelo sutilmente despeinado... Era precioso. Y eso no hacía sino ponérmelo más difícil.

—No pasa nada. De verdad. Sé que ahora los límites están un poco borrosos. No quiero confundir las cosas y que...

Shep me cortó reposando sus labios en los míos. Me hundió los dedos en el pelo y me echó la cabeza hacia atrás para poder besarme mejor. Me acarició con la lengua, con unos movimientos fuertes y rítmicos y muy... Shepard. Dios, era todo lo que quería y más.

Pero separó su boca de la mía demasiado pronto y yo me encontré pestañeando en el espacio que nos separaba.

Shep me devolvió la mirada con los ojos llenos de fogosidad.

—Si piensas ni que sea por un segundo que no deseo cada parte de ti, te equivocas. ¿Crees que no quiero descubrir cómo es estar dentro de ti, hundirme tanto en ti que se me olvide hasta mi propio nombre? Te equivocas.

Mi cuerpo entero se puso rígido y se me endurecieron los pezones. Fue como si cada célula de mí estuviese intentando ir hacia Shep y hacia lo que prometían sus palabras.

—¿Y si yo también deseo eso?

Shep se puso tenso y sus ojos color ámbar adoptaron un tono más dorado.

—Thea —me interpeló.

El corazón me latía con fuerza tras la caja torácica y el pecho se me agitaba con cada respiración entrecortada. Cada una de mis inspiraciones era una súplica para notar el tacto de Shep.

Él se sentó y movió la cabeza.

—Es demasiado pronto. No estás preparada para...

—¿Que YO no estoy preparada? —Me erguí de inmediato.

—Thea...

—¿No debería ser YO quien decidiera esto?

Shep abrió la boca, ya fuese para rechistar o para calmarme, no lo tenía del todo claro, pero no me servía ninguna de las dos opciones y yo ya había entrado en acción. Me levanté del sofá con un impulso y crucé el salón, decidida, mientras se oía la canción de apertura de Rocky .

Di un esquinazo y atravesé el pasillo hasta meterme en mi cuarto y cerrar la puerta con un empujón. Quería pegar un maldito portazo. Pero, con la suerte que tenía, me cargaría la cosa esa.

Me corría tantísima energía por el cuerpo, vibrándome justo debajo de la piel... Cabreo, frustración, miedo a no volver a tener algo «normal» nunca más... Sin embargo, había otra cosa que sofocaba todas esas emociones. Y es que estaba cachonda de narices.

Esa chispa de atracción que llevaba sintiendo desde hacía todo un mes se había convertido en una hoguera y yo estaba a punto de arrancarme la piel. Tal vez no pudiera hacer nada por calmar el cabreo, la frustración o el miedo que sentía, pero vamos si podía hacer algo para mitigar esa atracción...