Capítulo treinta y tres. Shep
Capítulo treinta y tres
Shep
Cerré la camioneta de un portazo y eché a andar hacia la vieja finca. Era el último sitio en el que quería estar. Por costumbre, cuando algo se torcía, lo que deseaba era justamente currar en un nuevo proyecto. Era lo que más ansiaba. Pero hoy no era el caso.
Solo quería estar con Thea, asegurarme de que se encontraba bien y de que los fantasmas del pasado no la estaban atormentando. Sabía que Trace tenía que hablar tanto con ella como conmigo, pero me habían entrado ganas de pegarle una buena paliza por hacer que Thea cargase con todo eso.
Había intentado convencerla para que se tomara el día libre. Después de lo ocurrido anoche y lo de esta mañana, Thea necesitaba una pausa. Algo de tiempo para recuperarse.
Ella se había negado, por supuesto, y se había dirigido al Brotes y Bayas para cubrir el turno de mañana con Rhodes. Así que aquí estaba yo. Tal vez pudiera echar unas cuantas paredes abajo para soltar un poco de cabreo y frustración.
Pasé decidido por el lado de la camioneta de Anson y fui hacia la puerta delantera de la propiedad. Sin embargo, en cuanto llegué allí, me vibró el móvil en el bolsillo. Lo saqué e hice una mueca al ver la pantalla.
Mara: Cómo tienes la mano? Necesitas algo? Puedo acercarme a la propiedad para traeros la comida a ti y a Anson
Entre lo pequeño que era Sparrow Falls y que Mara trabajaba en la ferretería, no debería de haberme sorprendido que se hubiese enterado de cuál era mi nuevo proyecto.
Aun así, ese mensaje me pareció un tanto intrusivo.
No solía ignorarla (ni a ella ni a nadie), pero hoy no tenía la energía suficiente para lidiar con eso.
Así que bloqueé la pantalla y volví a guardarme el aparato en el bolsillo.
Abrí la puerta y seguí el ruido de la demolición. En cuanto llegué al salón, que ahora era un espacio casi abierto, Anson detuvo el martillo a medio camino. Lo bajó y se colocó las gafas sobre sus mechones de pelo rubio ceniza.
—No sabía si ibas a venir. ¿Qué tal va esa mano?
La levanté y flexioné el puño. El dolor irradió con fuerza, pero menos que si me hubiese roto algo. A pesar de que tenía los nudillos magullados, gracias a las habilidades de primeros auxilios de Thea, los rasguños de la piel ya se me estaban curando.
—No tan mal.
Anson se limitó a arquear una ceja ante mis palabras.
—En serio. No me rompí nada.
—Bien —gruñó él—. ¿Y Thea?
Responder a esa pregunta ya era muchísimo más complicado. Mientras pensaba en cómo contestar, me saqué la cartera del bolsillo trasero. La abrí, pillé otro billete de un dólar y se lo pasé.
Anson me fulminó con la mirada.
—¿En serio?
Me encogí de hombros.
—¿Estamos en plena sesión, doctor?
Mi amigo dejó el martillo en el suelo, lo apoyó contra una especie de estructura y me hizo un gesto para que continuara.
—¿Sigues en contacto con alguno de los hackers que asesoraban a tu equipo en la Unidad de Análisis del Comportamiento?
Una pizca de ingenio le atravesó la mirada a Anson. Solía dársele de perlas esconder todas y cada una de sus reacciones, pero estaba claro que esto era lo último que esperaba oír.
—Ya sabes que corté la comunicación con todo el mundo.
Era cierto. Porque Anson había sido incapaz de vivir con las repercusiones de un caso particularmente horrible. Uno que lo había perseguido incluso después de marcharse de allí. Silas. Y aquí estaba yo: el cabrón que estaba volviendo a recordárselo todo.
—¿Crees que podrías ponerte en contacto con alguno? —le pregunté marcando bien ese «ponerte»—. ¿Con alguno que sepa cómo moverse por la dark web ?
Si por mí fuera, no se lo habría preguntado. Pero lo hacía por Thea. Porque seguía pensando en lo que me había dicho el día anterior, no podía quitármelo de la cabeza, y ahora se le habían sumado las gilipolleces de Russ.
Anson me estudió largo y tendido.
—Conozco a alguien. Un sombrero negro. Ahora va más de activista.
—¿Un sombrero negro? ¿Qué? En plan... ¿mago o algo así?
Anson sacudió la cabeza y encorvó los labios.
—Un sombrero negro es alguien que hackea por malicia o con intención delictiva. Un sombrero blanco te ayuda a encontrar los puntos débiles de un sistema.
—¿Y el tío ese? ¿Ahora hace de sombrero blanco?
—Hummm. Más bien de sombrero gris, si es que podemos llamarlo así —aclaró Anson—. Sigue hackeando por malicia, pero solo contra quienes hacen el mal.
—Justo lo que necesito.
Sentí una pizca de esperanza. Tal vez no consiguiera que Russ acabase entre rejas o que Brendan Boseman desapareciera de la faz de la Tierra, pero a lo mejor podía arreglar un poco todo lo malo que le habían hecho a Thea.
—¿Qué narices está pasando, Shep?
Volví a guardarme la cartera en el bolsillo.
—Confidencialidad.
—Que sí... —se quejó Anson, ofendido ante mis constantes recordatorios.
—Boseman escondió cámaras en casa de Thea sin que ella se enterase. Cuando rompieron, subió fotos y vídeos comprometedores de ella en todas las páginas porno que se le ocurrieron. Thea nunca ha podido borrarlos.
La voz con la que hablé no parecía la mía. Se me antojaba completamente ajena. No tenía nada que ver con la ira que sentía por dentro.
—Será puta coña... —soltó Anson con desdén.
—Ojalá. —Me pasé la mano por el pelo y me tiré de las puntas—.
Le ha tocado las narices de todas las formas habidas y por haber.
Hizo que la echaran de un curro que le encantaba.
Le dejó las cuentas bancarias a cero. Le arruinó la vida.
Y nadie pudo pillarlo. Thea tiene miedo de que, como Boseman la encuentre, la historia vaya a repetirse.
Anson se dislocó la mandíbula.
—Ahora mismo llamo a Dex. Si le cuento lo que ha ocurrido, se pondrá enseguida. Puede que incluso sepulte a Boseman por diversión y todo.
No sería yo quien se opusiera a nada de eso. Aunque sí me decepcionaría no haberlo hecho yo personalmente.
Anson me miró largo y tendido antes de volver a hablar:
—Lo que me habías contado ya era malo. Pero... ¿esto? Esto es otro nivel de fijación, Shep. Es obsesión.
—Lo sé.
Aquellas palabras me rasgaron la garganta, rajándomela por completo. Porque tanto él como yo sabíamos de qué modo podía acabar una obsesión. Con sangre.