Capítulo treinta y dos. Thea #2
—Ya voy yo. Debe de ser Rho, que habrá venido a comprobar cómo te encuentras.
No obstante, que Shep no quisiera que abriese yo fue un claro indicio de que no estaba del todo convencido de que fuese su hermana.
Y de que se preocupaba por mí. Shep quería interponerse entre yo y todo aquello que pudiese hacerme daño.
Al darme cuenta de eso, distintas emociones empezaron a librar una batalla en mi interior.
Agradecimiento porque se preocupaba por mí. Alivio por no tener que lidiar con esto sola. Y miedo. Porque Shep no podía protegerme de todo. Y yo sabía que él cargaría con ese peso a todas horas.
—Trace —lo saludó Shep, sorprendido—. ¿Va todo bien?
—Sí y no —respondió alguien con una voz profunda.
Yo ya había visto al hermano mayor de Shep y Rhodes antes, por el pueblo, pero siempre había intentado mantenerme alejada de él.
En Los Ángeles, mi experiencia con las fuerzas del orden no había sido la adecuada, que digamos.
En el mejor de los casos, los agentes se habían mostrado desbordados y no habían tenido tiempo para mis problemas, unos que no acababan de encajar en su casilla de denuncias de delitos comunes.
En el peor de los casos, se habían mostrado escépticos y con prejuicios, como si todo lo que me había sucedido me lo hubiese buscado yo solita.
—¿Puedo entrar o me obligarás a quedarme aquí fuera hasta que me congele? —insistió Trace.
A pesar de que era verano, en la montaña, a primera hora de la mañana, siempre hacía frío.
Shep se giró, sin dejarlo pasar, y me preguntó en silencio con la mirada.
Entrelacé los dedos delante de mí y los apreté con fuerza en un intento por centrarme.
—Adelante.
Si no lo dejaba entrar, la cosa pintaría aún peor. Y solo conseguiría que a Trace le asaltaran más dudas todavía. A lo mejor se ponía a investigar y a indagar sobre mí.
Shep se quedó como estaba durante un minuto, como si quisiera darme tiempo para cambiar de opinión.
—No pasa nada —susurré.
Suspiró, irritado.
—Adelante —le dijo a su hermano—. Pero cuidado con el gato. Como tengas comida, intentará arrancarte la mano.
Alce, que estaba en algún punto del salón, empezó a maullar.
—Me lo apunto —respondió Trace al poner un pie dentro.
Paseó la vista por la entrada y luego por el pasillo hasta llegar a mí.
Me quedé inmóvil. No estaba mirándome con rudeza ni con frialdad, pero sí estaba analizándome.
La forma en que se le movían esos ojos verdes constató que veía más allá de lo que una persona de a pie podía ser capaz.
Lo cual me llevó a tragar saliva con fuerza.
—Buenos días, Thea. Siento molestarte tan temprano —dijo Trace intentando mantener una expresión amable.
—Y mi disculpa, ¿qué? —preguntó Shep, dándole un golpe en el brazo mientras se acercaba a mí.
—El hermano pequeño que pensaba que era divertido tirarme globos de agua mientras dormía se queda sin disculpa por venir de visita a primera hora de la mañana.
Esbocé una sutil sonrisa ante esas palabras, que aliviaron un poquito la tensión que notaba en mi interior.
—Conque globos de agua, ¿eh? —intervine yo.
Shep me sonrió un tanto avergonzado.
—Deberías haber oído los tacos que soltaba Trace. Le dio bastante rienda suelta a la imaginación —me contó.
Reí y contesté:
—Yo también lo haría.
Shep se colocó a mi lado para apoyarme en silencio mientras Trace echaba a andar hacia nosotros.
Este último me tendió la mano.
—Encantado de conocerte oficialmente, por fin. Rho habla maravillas de ti.
Acepté el apretón de manos y me fijé en lo atractivo que era el sheriff local. Ese pelo oscuro, con alguna que otra cana a la altura de la sien, hacía que sus ojos verdes resaltaran aún más. Al igual que la cicatriz que le partía la ceja en dos.
—Lo que pasa es que Rho está contenta porque ahora no tiene que levantar tanto peso sola —respondí mientras intentaba seguir sonriendo.
Trace dibujó una amplia sonrisa.
—Ahí llevas toda la razón —coincidió.
Nos quedamos los tres en silencio un segundo y yo no pude evitar sentirme como si estuviéramos todos esperando a que alguien soltase una bomba.
—Acabo de sacar una frittata del horno. ¿Quieres desayunar con nosotros? —La voz me sonó un poco tensa, pero por lo menos había sido amable.
Trace enarcó una ceja.
— Frittata , ¿eh? Con razón Shep quería quedarse contigo en lugar de con Cope.
Shep sonrió y respondió:
—No tengo ni un pelo de tonto.
—Alguno igual sí... —contraatacó Trace antes de girarse hacia mí—. Encantado de desayunar con vosotros.
Al menos, ahora tenía algo que hacer. Me apresuré a cortar unos trozos de frittata y a emplatarlos mientras Shep preparaba el zumo y el café.
—Telita con el invernadero que tienes —comentó Trace, ladeando la cabeza hacia la ventana.
—Es mi hobby favorito —le expliqué mientras le colocaba un plato delante.
Trace estudió mi creación.
—¿Estás segura de que no es la cocina? Porque esto tiene una pinta increíble.
—Viniendo de Trace, esto es un cumplido como una catedral. Este de aquí está hecho todo un chef —comentó Shep mientras retiraba mi silla para que pudiese sentarme.
Me picó la curiosidad y miré a Trace.
Él me sonrió, amable.
—No es un talento natural. Tuve que aprender desde cero. Pero, con los años, le he cogido cariño. Eso de crear algo nuevo tiene un componente que me encanta.
El hecho de que a ese arisco sheriff le gustara pasar tiempo en la cocina hizo que me relajara todavía más.
—Promueve la meditación —añadí en voz baja.
Trace asintió.
—Es una buena manera de describirlo. Y, si así consigo ganarme a mi hija de seis años, ya es como si me hubiese tocado la lotería.
Reí.
—¿Es quisquillosa?
—Ni te lo imaginas —se quejó Trace con un gruñido.
Permanecimos callados un instante y los tres aprovechamos para comer un poco. Al final, quien rompió el silencio fue Shep:
—¿Piensas decirnos a qué se debe el honor de tu visita?
Trace se recostó en la silla y se limpió la boca con la servilleta.
—Russ Wheeler ha venido a eso de las seis de la madrugada. Quería poner una denuncia por agresión.
Lo poco que había comido se me revolvió en el estómago.
Shep se enderezó de golpe.
—Tienes que estar de puta coña. Agarró a Thea. Fue él quien...
Trace levantó una mano.
—Ya lo sé —lo interrumpió—. Ya he hablado con John y con el camarero que estuvo trabajando anoche en La Artemisa. Me han contado lo ocurrido. Pediré a otros clientes que presten declaración para corroborarlo. Esto no irá a ninguna parte.
Shep apretó la mandíbula.
—El tío podría poner una demanda civil.
—Podría —le dio la razón Trace—. Pero tampoco le serviría de mucho.
Sin embargo, un juicio sería caro y público. Aparecería mi nombre, cualquiera podría buscarme, encontrarme. Se me revolvieron las tripas. Pero no era solo eso. De rebote, también podía afectar a Shep. Mi presencia podía perjudicarlo, tanto personal como profesionalmente.
—Lo siento muchísimo —susurré tan bajo que mis palabras resultaron casi inaudibles.
Shep se giró hacia mí de inmediato, casi envolviéndome con el cuerpo.
—No es tu culpa. Ni se te ocurra cargar con esto.
—Si yo no hubiese...
—No —espetó—. La culpa es de Russ. Y seguramente tenga más que ver conmigo que contigo, la verdad. Lleva odiándome toda la vida. Nunca he entendido por qué.
—Por celos —terció Trace—. Ya sabes que no creció en una casa con un ambiente agradable. Su padre era igual de cabrón. Era duro con él. Y Russ sabía que tú vivías cómodamente con los Colson. Además, seamos sinceros, Shep: tú siempre has destacado en todo lo que a él le costaba.
Shep suspiró despacio.
—Hay algo malo en él —comentó.
Y yo estaba de acuerdo. No le veía ni una sola cualidad redentora a Russ Wheeler. Pero Trace no se decantó por eso tan rápidamente.
—Ya sabes que la malicia no suele venir de fábrica. Se acumula. Con traumas, con maltratos, con dificultades... Pero, una vez enraizada, cuesta deshacerse de ella. Sigo con la esperanza de poder culpar a Russ de algo y darle una lección.
Trace desvió la vista hacia mí y yo me puse muy tensa.
—N-No puedo. Lo siento. Es que no... no puedo denunciarlo.
Sabía que Trace quería que lo hiciese. Pero yo no podía. Por varias razones.
Trace suspiró y se llevó la taza de café a la boca.
—No la culpes a ella —gruñó Shep.
Trace levantó una mano para desestimar lo que acababa de decir su hermano.
—No la culpo. Es solo que... pretendo meterlo un tiempo entre rejas. Quiero darle a Raina la oportunidad de sentir lo que es vivir sin estar bajo el control de Russ.
Al acordarme de los centelleantes ojos de Raina, me dio un vuelco el estómago.
—Quiero ayudarla —susurré.
Shep me agarró la mano y me dio un apretón.
—Lo sé —me dijo—. Pero ya encontraremos la manera. Fallon hablará con ella.
—¿En serio?
Después de haber visto lo amable y empática que era Fallon, tuve clarísimo que si alguien podía llegar a Raina era ella.
Trace asintió.
—Ha estado intentando encontrar la forma de acercarse a Raina para pasar algo de tiempo con ella sin que se preocupe por si aparece Russ.
Lo pensé un poco y reflexioné:
—A lo mejor tú podrías llamarlo para hacer un seguimiento de su denuncia. Y que Fallon esté preparada para ir a verla justo entonces. Cuando Russ se marche de comisaría, puedes mandarle un mensaje a Fallon para avisarla.
Trace enarcó sutilmente las cejas.
—Buena idea —contestó—. ¿Ya habías trabajado en misiones secretas antes?
A pesar de que mis labios quisieron esbozar una sonrisa, no lo consiguieron. Entre que Russ había ido a tocarle las narices a Shep y lo que fuera que estuviese ocurriéndole a Raina a puerta cerrada, era todo demasiado.
—Tenemos que ayudarla —sentencié con un hilo de voz.
A Trace se le ensombreció la mirada.
—Lo sé —dijo—. Haremos todo lo que esté en nuestras manos.
Shep se inclinó y me rozó la sien con los labios para susurrar:
—Le ofreceremos ayuda. Ella solo tiene que aceptarla.
Sin embargo, cuando habías tocado fondo de verdad, tratar de encontrar una escapatoria, la que fuera, era lo más aterrador del mundo. Por más que fuese tu única esperanza para ser libre.