Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo treinta y dos. Thea
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Capítulo treinta y dos. Thea

Capítulo treinta y dos

Thea

La sensación que notaba en los ojos era la misma que si un minúsculo elfo hubiese cogido papel de lija y se hubiese pasado la noche frotándomelos.

El sueño no había sido mi aliado. Había visto las horas pasar, moviéndome y girándome en la cama y sin poder dejar de pensar en los acontecimientos de esa noche.

Creía que lo ocurrido con Russ no me dejaría dormir. Pero no había sido el caso.

Lo que no me había dejado dormir había sido el tacto de los ásperos dedos de Shep en mi pierna. El calor que emanaba de su cuerpo. No pude evitar preguntarme cómo sería notar sus dedos un poco más arriba.

«Hostia...».

Aparté las sábanas de un tirón. Me daba igual que solo fuesen las cinco y media de la madrugada. Como no me moviera, empezaría a perder mi queridísima cabeza.

Alce soltó un disconforme maullido. No le gustaba madrugar. Se giró hacia un lado y se tapó los ojos con una pata.

—Tiene que ser una pasada... —musité.

Alce nunca tenía problemas para dormir.

Fui hacia mi minúsculo armario, me quité el top del pijama por la cabeza y lo tiré en el cesto de la ropa sucia antes de hacer lo propio con los pantalones. Pillé la toalla que tenía en un gancho y me envolví con ella. En cuanto alargué el brazo para abrir la puerta, me detuve.

Escuché atentamente, pero no oí nada. Ninguna señal de que hubiese otra alma despierta, ni siquiera los gatitos. Era demasiado temprano, incluso para ellos.

Abrí la puerta que daba a mi oscuro pasillo. Me detuve justo al lado de la de Shep. Estaba cerrada. Agarré la parte superior de la toalla con más fuerza porque los dedos me suplicaban que los acercase al pomo. Que lo girase y me atreviese a entrar.

En lugar de eso, fui hacia el baño. Abrí con un suspiro. Y me encontré cara a cara con el muro que era Shep.

Solté un grito ahogado mientras lo observaba.

Ya había atisbado algo antes. Algún vistazo de ese muro de puro músculo.

Pero nunca lo había visto así. Al tenerlo tan cerca, pude apreciar cada relieve y cada hendidura.

Esa ligera capa de pelo en el pecho. La forma en que sus definidos pectorales bajaban para dar paso a unos marcados abdominales. Juro que había muchos más de seis.

Y luego estaba esa «V». Cuando aprecié el músculo que le desaparecía bajo la toalla que se había atado bien abajo, casi me atraganto con mi propia saliva.

«Madre mía».

—Buenos días, Astilla —saludó él con la voz áspera.

Levanté la vista hacia su cara en el acto.

—L-L-Lo siento. No sabía que estabas despierto. O sea... No sabía que estabas aquí. Voy a...

—No pasa nada.

Sus ojos color ámbar centelleaban divertidos.

—No me hace gracia —siseé—. Podría haber entrado y que estuvieses en la ducha.

—Pues habrías presenciado un concierto épico.

La irritación acabó de adueñarse de mí. Por la naturalidad con la que estaba tratando el tema Shep y porque no parecía igual de afectado que yo ni de lejos.

—¿Lo de cerrar la puerta con pestillo lo desconoces?

Shep se me acercó. Después de la ducha, su piel seguía emanando calidez por doquier.

Era una calidez pesada y cautivadora. Embriagante.

Ni rastro había ya del aroma a serrín que se le pegaba habitualmente, aunque el olor a cedro seguía ahí; más potente, incluso.

Seguro que era por el gel o el champú que usaba.

Sentí una repentina y apremiante necesidad de inhalar todos los botes que tenía en la ducha. De utilizarlos todos para poder llevar a Shep conmigo todo el día. Se me estaba yendo la olla, definitivamente.

Shep se me acercó aún más, alargó el brazo detrás de mí y giró el pomo.

—Tienes el cerrojo roto. Puedo arreglártelo, pero me daría mucha pena quedarme sin más visitas sorpresa en el futuro.

Inspiré. Lo tenía a unos metros. Tan cerca que me dio la impresión de que la más suave de las brisas podría hacernos colisionar.

Shep bajó la vista hacia mis labios y luego siguió descendiéndola, observándome. Noté que la fascinación empezaba a arderle en esos ojos color ámbar. Pero entonces detuvo el recorrido de su mirada. No en el valle de mis pechos o en mis piernas al aire, sino en mi brazo.

La fogosidad que había atisbado en los ojos de Shep desapareció en un santiamén. Y de repente se le helaron.

—Te hizo daño —señaló marcando bien cada una de las palabras.

Me sobresalté, sorprendida, y bajé la vista para seguir el recorrido de su mirada. Ahí, en el brazo, tenía un llamativo moratón con la forma de una mano. Las marcas de los dedos se veían a la perfección.

«Hostia...».

Siempre había sido propensa a que me salieran moratones, pero esto era distinto. Sabía que Russ me había agarrado con fuerza. Simplemente no había pensado que sería para tanto.

Volví a centrar la atención en Shep. El pecho se le movía al compás de su entrecortada respiración e iba cerrando y flexionando los puños mientras trataba de no perder el control.

Me aproximé a él, sin importarme que llevásemos solo una toalla cada uno o sin pensar que debería haber salido por patas al verlo tan cabreado.

Lo único que me importaba ahora mismo era mitigar la ira que se había adueñado de su persona; el dolor. Levanté la mano y se la acerqué a la cara.

—No es nada. Estoy perfectamente bien.

—No estás «bien» —soltó—. Te ha dejado esas putas marcas en el cuerpo —añadió enfatizando la palabra «marcas».

—Marcas que desaparecerán en cuestión de días. Siempre he sido propensa a los moratones.

Shep por fin me miró a los ojos. La frialdad de su mirada había desaparecido, pero la había reemplazado un enfado abrasador.

—Debería haberle roto algo más, aparte de la nariz.

Le bajé la mano por la nuca y le di un delicado apretón.

—No, no deberías. Y estoy bastante convencida de que no se me volverá a acercar hasta dentro de mucho.

Shep levantó la mano y desvió la vista hacia mi brazo. Me recorrió los moratones con los dedos, con un tacto suave como una pluma.

—La noche no debería haber ido así.

—No, no debería. Pero a veces pasan cosas feas. Así es la vida. Soy muy afortunada por tener a cinco personas que me apoyaron en esa situación. Cinco personas que se ocuparon del problema y se aseguraron de que yo estuviera bien. Pero, sobre todo, soy muy afortunada de tenerte a ti.

Shep empezó a respirar de forma rápida y superficial.

—Astilla...

Volvió a clavar la vista en mis labios.

Dios, cuántas ganas tenía de saborearlo. De perderme en toda la bondad que era Shep.

Se inclinó un poco. Qué cerca estaba...

Se oyó un fuerte maullido tras de mí. Me sobresalté y casi tropiezo mientras Alce empezó a pasearse entre nosotros, gritándonos. Juraría que sonaba como un padre decepcionado.

—Perdona... —musité—. Es despertarse y exigir que le dé de comer.

Shep dibujó una media sonrisa.

—Yo me ocupo. Tú dúchate.

—¿Estás seguro?

Asintió e hizo ademán de pasar por mi lado. Pero entonces se detuvo. Agachó la cabeza y me rozó los moratones con los labios.

—Haría lo que fuera con tal de que desaparecieran —confesó.

Se me entrecortó la respiración y empecé a jadear deprisa. Shep se irguió, pasó por mi lado y se adentró por el pasillo con Alce pisándole los talones mientras continuaba maullando. Yo, sin embargo, me quedé petrificada donde estaba y noté que aún me ardía el punto donde me había besado Shep.

Saqué la frittata del horno y la dejé encima de los fogones. Tenía una pinta espectacular. Como había de ser. Porque no había escatimado en nada. Porque necesitaba distraerme. Tras darme una ducha muy pero que muy fría, había atendido a las crías de gato y luego me había ocupado del invernadero.

Pero no había bastado para calmarme los nervios y seguía queriendo arrancarme la piel.

Así que había decidido preparar una buena frittata para desayunar.

Además, tenía tomates reliquia de temporada.

Los había marinado con mozzarella , parmesano, albahaca fresca y rúcula, y luego les había añadido una pequeña cantidad de cebolla caramelizada.

Retrocedí un poco. Estaba impresionada conmigo misma. Lo único que me hacía falta eran algunas tostadas del pan de masa madre que había preparado el otro día y sería el desayuno perfecto.

Escuché unos pasos tras de mí, pero no me giré. No pude. Me bastaba con imaginarme viendo a Shep para que me ardiera la cara. Aún notaba el roce de sus labios en mi piel. Era como la propagación de una llama que me marcaría para siempre.

—Por favor, dime que vas a compartir conmigo lo que sea que acabes de sacar del horno.

Sus palabras lograron disipar un poco de la tensión y la ansiedad que sentía. Inspiré profundamente y me di la vuelta.

—¿Te apetece un poco de frittata ?

Shep me sonrió.

—Qué sofisticado suena.

—Es que por aquí somos muuuy sofisticados. Tomates reliquia, dos tipos de queso distinto, albahaca y cebolla caramelizada.

Movió la cabeza y respondió:

—Como no vigiles, tendrás trabajo para intentar echarme dentro de dos meses.

Al oír eso, me quedé helada. Hacía solo unos días que había venido a vivir conmigo y yo ya quería que se quedase. Me gustaba tener compañía. Y, sobre todo, me encantaba que esa compañía fuese Shep. Era como si su luz aportase ese cálido brillo que faltaba por aquí.

Me tragué esas emociones y fui hacia él.

—¿Qué tal la mano?

—Bien.

Shep apretó los dedos para enseñarme que podía moverlos, pero la mueca que hizo no me pasó desapercibida.

Le agarré la mano con cuidado y se la levanté para estudiarla. Tenía la piel de alrededor rasgada y los nudillos, que ya se le estaban tiñendo de negro y azul, hinchados.

—Shep...

—Está bien —insistió. Me alzó la barbilla y me acarició el labio inferior con el pulgar—. Pagaría este mismo precio un millón de veces más.

Abrí la boca para decir algo, lo que fuera, pero alguien llamó a la puerta y me cortó.

Shep se puso tenso.

—¿Esperas a más gente?

Negué con la cabeza. Los nervios empezaron a inundarme el cuerpo, pero los asfixié. Si alguien quisiera hacerme daño, no llamaría a la puerta. Tomé una profunda bocanada de aire e intenté dirigirme hacia la puerta para abrir, pero Shep me detuvo.