Capítulo treinta y uno. Shep
Capítulo treinta y uno
Shep
Una roja neblina me cubrió la vista mientras hacía ademán de abalanzarme sobre el cabrón que tenía delante. Pero alguien me agarró de la camiseta por detrás justo en el preciso momento en el que Kye se colocaba entre nosotros y empujaba a Russ con fuerza.
—Lárgate de una puta vez, Wheeler —gruñó Kye—. Shep se ha contenido. Pero sabes que yo no lo haré.
—Ha empezado su zorra —se quejó Russ.
Al oír sus palabras, Thea empalideció, y la vista volvió a teñírseme de rojo. Salté.
—Hostia —maldijo Anson—. ¿Una ayudita?
Kye se giró. Vi que le ardía un poco la mirada mientras me apartaba hacia atrás y me decía:
—Para. Este tío no vale la pena.
Pero yo no podía contenerme. Thea ya había sufrido demasiado. No pensaba dejar que volviera a pasar por lo mismo.
—Por Dios... —musitó Anson mientras intentaba contenerme—. ¿Has tomado esteroides o algo por el estilo?
Noté una mano suave en la mejilla.
—Shepard.
A pesar de que Thea no alzó para nada la voz, la oí por encima de todo el bullicio. Por su tono ahumado; por cómo me envolvía, cual abrazo.
Las lágrimas le brillaban en los ojos.
—Para, por favor —me pidió.
Las ganas de pelea me abandonaron por completo y Anson y Kye lo notaron, porque me soltaron pero no me quitaron la mirada de encima. Fui hacia Thea y la acaricié con las manos.
—¿Te encuentras bien? ¿Te ha hecho daño?
—Estoy bien. Solo me ha pillado desprevenida. Ya está.
No estaba bien. Notaba cómo le temblaban los músculos. La acerqué a mí.
—Venga, vámonos de aquí —dije.
—Ay, Dios. Thea —terció Rhodes, viniendo hacia nosotros—. Lo siento muchísimo. No lo he visto. Estaba hablando con el camarero y de repente alguien ha gritado y...
—Thea está bien —le dijo Anson, tirando de Rhodes—. Pero creo que deberíamos marcharnos.
Fallon me miró preocupada.
—¿Quieres que llame a Trace? Thea debería poner una denuncia. Eso ha sido abuso.
Thea levantó la cabeza inmediatamente.
—¡No! Nada de polis —manifestó—. Quiero... Solo quiero irme a casa.
«Mierda».
No era partidaria de que se metiera la poli porque de este modo evitaba que quedase constancia del incidente por escrito.
Me costó mantener la respiración controlada mientras envolvía a Thea con un brazo y la tranquilizaba:
—Nada de polis.
Miré a Fallon a modo de advertencia. A mi hermana le gustaba pensar que podía ayudar, que las leyes y las regulaciones servían de algo, pero no siempre era el caso.
—Vamos —terció Kye con aspereza, envolviendo a Fallon por los hombros—. Te llevo a casa. Hasta te compraré un batido de camino y todo.
Desde que se había venido a vivir con nosotros a los dieciséis años, la única persona a quien Kye mostraba afecto abiertamente era Fallon.
Tal vez porque la tierna empatía de la joven había conseguido atravesar los muros que había construido él.
Aun así, a veces, juraría que eran capaces de comunicarse sin palabras.
Como ahora, mientras Fallon lo miraba desafiante.
Acto seguido, algo cambió y ella se limitó a asentir.
Solté el aire de golpe. Si se empeñaba lo suficiente, Fallon era capaz de ponerse en modo activista y plantarse en el despacho del sheriff , decidida, para presentar la denuncia ella misma.
Estreché más a Thea y la guie hacia la salida. Justo antes de que llegásemos a la puerta, una Mara preocupada se cruzó en nuestro camino.
—Madre mía, Shep, ¿estás bien?
—Sí.
Pero contesté con la voz tensa, evidenciando la mentira. Me latían los nudillos y notaba los músculos desgarrados de la mano. Debía de haber impactado contra los dientes de Russ al rematar el golpe.
—¿Quieres ir al hospital a que te hagan una radiografía? —insistió ella.
—Estoy bien, Mara. Solo me apetece irme a casa.
Mara desvió la vista hacia Thea durante un breve segundo y, a continuación, tragó saliva.
—Claro. Por supuesto.
No estaba yo para sentirme culpable en ese momento. El cabreo, junto con la necesidad que sentía por sacar a Thea de allí y asegurarme de que estaba a salvo, seguían inundándome las venas.
Anson nos sujetó la puerta y salimos fuera, donde nos recibió el frío aire de la noche. En cuanto pisamos la calle, apareció el portero. John sacudió la cabeza. Era un tipo robusto y algo más joven que yo que había nacido y crecido en Sparrow Falls.
—Lo siento —musitó John con la vista puesta en Thea—. Si quiere denunciarlo, puedo llamar al departamento del sheriff , señora. Pero que sepa que le hemos vetado el acceso. Ya no podrá volver a entrar.
Thea le dedicó una temblorosa sonrisa y contestó:
—Gracias. Estoy bien. De verdad.
—De acuerdo. Pero, la próxima vez que nos visite, invita la casa. No toleramos comportamientos de ese tipo, por aquí.
Thea se relajó en mis brazos.
—Se lo agradezco —contestó—. Gracias por ocuparse del tema.
John asintió y me dio una palmada en el hombro antes de regresar dentro.
—Yo sí que me ocuparé del tema. A base de puñetazos —musitó Rhodes mientras caminábamos calle abajo hasta donde habíamos aparcado.
Anson negó con la cabeza mientras la seguía.
—¿Voy a tener que pagar una fianza mañana para sacarla del calabozo?
—Tienes bastantes números —canturreó Fallon.
—Merecería la pena —gruñó Rhodes.
Al llegar a nuestros coches, ralentizamos todos el paso.
Rhodes estudió a Thea largo y tendido.
—¿Quieres que te acompañemos? Puedo prepararte un té y...
Anson le pasó un brazo por los hombros, le dio un apretón e intervino:
—Shep se ocupa, insensata.
Aun así, Rhodes esperó a que Thea respondiera.
—Me encuentro bien, en serio. Ya se me ha pasado el susto. Ahora, lo que estoy es mosqueada.
Fallon le dedicó una tierna sonrisa a Thea y concluyó:
—Mejor estar mosqueada.
Thea encorvó los labios.
—Cierto —coincidió.
Kye me miró inquisitivamente.
—Y tú, ¿qué tal? ¿Necesitas refuerzos?
Sabía a lo que se refería. Si se lo pedía, Kye dejaría a Fallon y vendría conmigo para que le diésemos una clarísima advertencia a Russ. Ahí estaba: pura fraternidad. Por más arriesgado que pudiese ser (teniendo en cuenta su pasado), Kye haría eso por mí. Porque siempre me cubría las espaldas.
—No, hoy no —contesté.
De repente, el agotamiento hizo mella en mí y también me dolía la mano.
Sin dejar de observarme, Kye levantó la barbilla e insistió:
—Solo tienes que decirlo.
Asentí por toda respuesta sin apartar la vista de él y de Fallon.
—Escríbeme por la mañana y ya me dices si te ves con ánimo de pencar o no. Si tienes que darle un respiro a esa mano, puedo seguir por mi cuenta —comentó Anson.
—Gracias, tío.
Tanto él como Rhodes se montaron en su camioneta mientras yo guiaba a Thea hacia la mía. La solté para abrirle la puerta. Ella se subió en silencio y no se movió ni un ápice mientras yo rodeaba el vehículo y me sentaba detrás del volante.
—¿Seguro que puedes conducir? —me preguntó en voz baja.
—Solo me he tomado dos birras entre la cena y el bar.
En ese momento, Thea se giró y, con sumo cuidado, me pasó los dedos por los nudillos, que ya se estaban hinchando.
—Lo decía por tu mano.
La apreté en un acto reflejo e hice una mueca en cuanto noté el dolor y vi la sangre que me manchaba los nudillos.
—Lo siento muchísimo.
Rápidamente, desvié la vista hacia ella.
—No es culpa tuya.
—Ya lo sé. —Lo dijo con tanta certeza que el enfado que me corría por las venas se disipó un poco. Me acarició el dorso de la mano con los dedos—. Pero lo siento igual.
—Me tomaré un ibuprofeno y mañana como nuevo.
A pesar de que asintió, mientras yo arrancaba y ponía rumbo a su casa, Thea no parecía estar del todo convencida. Nos pasamos el trayecto en silencio, perdidos en nuestros incesantes pensamientos. Cuando detuve el coche delante de la cabaña, ella bajó y me esperó.
—Deprisa, tengo que ponerte hielo en la mano.
—No hace falta —contraargumenté.
Thea echó la cabeza hacia atrás y le cayeron unos cuantos mechones de pelo del moño.
—Tú siempre cuidas de quienes te rodean. ¿Qué tal si dejas que ahora te cuide yo a ti?
Bajé la vista hacia ella. Thea siempre veía más allá que cualquier otra persona.
—Vale.
—Bien.
Me cogió la mano buena y tiró de mí para ir hacia la casa.
A medida que nos fuimos acercando, cogió las llaves del bolso y abrió el cerrojo industrial.
Cada sonido que se oía de metal contra metal me recordaba cuánto me había ofrecido Thea al dejarme entrar en su hogar.
Su refugio. El lugar adonde había huido.
Nada más entrar, Alce nos saludó con unos estrangulados maullidos y echó a andar por el pasillo con un paso sorprendentemente ligero, dadas las colosales dimensiones del animal. Quejándose, se paseó entre las piernas de Thea mientras ella caminaba.
—Te está riñendo, te lo juro —musité mientras íbamos hacia la cocina.
—Uy, ni que lo jures. No está acostumbrado a que lo deje solo por la noche. —Señaló la pequeña mesa de la cocina con la cabeza y me dijo—: Siéntate.
El autoritarismo que le noté en la voz me sonsacó una discreta sonrisa.
—Sí, señora.
Thea se limitó a sacudir la cabeza y fue hacia la nevera. Vi cómo sacaba algunas cosas, pero no me centré en lo que cogía, sino que clavé la vista en cómo se le mecía el vestido a cada paso que daba.
—¿Estás bien?
Esta noche, ya se lo había preguntado un montón de gente, pero necesitaba preguntárselo yo mismo porque esperaba que me respondiera con sinceridad.
Thea se detuvo un momento y, acto seguido, se giró hacia mí. Se apoyó contra la encimera y respiró despacio.
—Al principio me he asustado. Luego, me he sentido culpable.
Me erguí un poco más en la punta de la silla y abrí la boca para decirle que no tenía que sentirse culpable por nada.
Pero ella levantó una mano para impedírmelo y prosiguió:
—Y luego me he dado cuenta de que esa culpabilidad era solo otra mentira más.
Otro poquito de veneno que seguía contaminándome.
Que yo me haya puesto un vestido y haya estado bailando con mis amigas no justifica lo que ha hecho Russ.
Es un cabrón y tiene el sentido de la realidad atrofiado.
—Cogió la cerveza de jengibre y las pastillas de la encimera con una mano y el hielo y un trapo con la otra—.
No me sabe mal que le hayas pegado. A veces, las personas como él solo aprenden a base de hostias.
—Thea me levantó la mano herida y me dejó tres ibuprofenos en la palma—.
Lo que sí me sabe mal es que te hayas hecho daño tú.
Empapó un bastoncillo de algodón con agua oxigenada y procedió a limpiarme con cuidado la piel desgarrada.
Después de desinfectar los rasguños, me puso un poco de crema que, en realidad, no me hacía falta, y retrocedió para envolver lentamente el hielo con el trapo antes de colocármelo sobre mis doloridos nudillos.
Levanté la vista hacia ella y clavé los ojos en los suyos, de un color verde claro.
—¿No estás enfadada conmigo?
Thea se aproximó, se colocó entre mis piernas y me pasó los dedos por el pelo.
—Has hecho que me soltara. ¿Por qué iba a enfadarme por eso?
—Porque he montado un numerito.
Y de eso sí que me arrepentía. Lo último que necesitaba Thea era atraer más miradas, llamar la atención, y más cuando estaba intentando pasar desapercibida.
—El que ha empezado a montar un numerito ha sido él.
—He perdido diez años de vida cuando he visto que te ponía la mano encima. Y me he acojonado al ser consciente de lo que sería capaz de hacer yo en ese momento.
Thea frunció el ceño y unas minúsculas arrugas hicieron acto de presencia a la vez que me recorría el cuello con los dedos.
—Estoy bien —insistió.
Le agarré la parte de atrás del muslo con la mano que me quedaba libre; necesitaba sentirla para asegurarme de que lo que me acababa de decir era verdad.
La acaricié con los dedos y noté la suave calidez de su piel.
Le recorrí el dobladillo del vestido y levanté un poco la tela mientras le dibujaba círculos en el muslo con el pulgar.
—Shep... —susurró ella con un tono más grave.
—Esto me ayuda. Notar que estás aquí. Es como una forma de decirle a mi cerebro que te encuentras bien de verdad.
Thea se me acercó más y ejerció presión con las piernas contra el interior de mis muslos al mismo tiempo que aproximaba el pecho hacia mi cuerpo. Qué tentador... Me colocó una mano en la cara y acarició con los dedos mi incipiente barba.
—Puede que yo también lo necesite.
«Joder».
—Thea... —grazné—. Hoy no es buena idea.
Atisbé una pizca de dolor en sus ojos verdes.
Le apreté un poco el muslo por detrás.
—No es que no quiera —le expliqué—. Créeme, me muero de ganas, ¡mierda! Pero tengo la cabeza un poco aturdida.
La calidez de su mirada volvió a inundar sus ojos verdes, que centellaron con un poco más de intensidad. Thea bajó la vista hacia mí y vislumbré distintas emociones en su mirada. A continuación, se inclinó y dejó los labios a unos pocos milímetros de los míos.
—Buenas noches, Shep.
«Tócate los cojones».
Thea me soltó y dio un paso atrás sin apartarme la mirada.
—Dime que te cuesta no pensar en eso.
Joder si me costaba... Si hasta me estaban doliendo los huevos.
—Más de lo que te imaginas.
Se le encorvaron los labios.
—Bien.