Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo treinta. Thea
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Capítulo treinta. Thea

Capítulo treinta

Thea

—Shep, espera —siseé.

Pero no esperó. Y, a juzgar por cómo echó a andar decidido por el lateral de mi casa, supe que quienquiera que estuviese al otro lado no se alegraría de verlo.

Tomé aire mientras seguía a Shep y no lo solté hasta que oí la voz de Rhodes. Me froté la cara enseguida para asegurarme de que no hubiese rastro de las lágrimas.

—¿Y esta cara de pocos amigos? Pareces el Señor Anticolor.

—¿Señor Anticolor? —repitió Shep con evidente irritación en la voz.

Rodeé la casa justo a tiempo para fijarme en que Rhodes señalaba a su novio y decía:

—Ya sabes: reacio a todo lo que no sea negro o de tonalidades grises y que se comunica, en la mayoría de los casos, a base de gruñidos y arrugando la frente.

—Insensata... —se quejó Anson, acercándosele, aunque ese apodo también iba cargado de diversión.

Rhodes lo miró exasperada.

—¿Acaso he dicho alguna mentira?

Él la envolvió con los brazos y le mordisqueó el labio inferior antes de manifestar:

—Compórtate o habrá consecuencias.

Rhodes cerró los ojos.

—¿Y qué pasa si quiero esas consecuencias? —lo interrogó marcando especialmente el verbo querer .

Shep fingió arcadas e intervino:

—Por el amor de Dios... Basta ya, por favor. Además, ¿qué hacéis vosotros dos aquí? ¿No sabéis que existen los teléfonos?

Rhodes le sacó la lengua.

—Hemos venido a secuestrarte. Cena y música en La Artemisa. Sin rechistar. Tenemos que divertirnos un poco. —Rhodes desvió la mirada hacia mí y capté la súplica que escondían sus ojos—. Apúntate. Kye y Fallon también vienen.

Sentí una pizca de incomodidad. Al percatarse, Shep se acercó y me pasó un brazo por los hombros.

—Ya teníamos planes.

Le apoyé una mano en el estómago y noté sus fuertes músculos.

—No pasa nada. Podemos ir —le dije.

Shep bajó la mirada hacia mí.

—No hace falta.

—Pero me apetece —insistí.

Me observó durante un largo minuto, tratando de discernir si hablaba en serio. Y sí. Ya era hora. Había llegado el momento de empezar a vivir. Porque no me había esmerado tanto en huir en busca de mi libertad solo para malgastarla y seguir siendo prisionera de Brendan.

Me giré hacia Rhodes y comprobé que tenía la vista puesta en mi mano, sobre los abdominales de Shep.

—Dadme solo quince minutos. ¿Queréis pasar? Podéis darles de comer a los gatitos mientras me cambio.

De pronto, Rhodes levantó la vista hacia mi cara y sonrió como si acabase de comunicarle que le había tocado la lotería.

—Me encanta. Todo.

—¿De ahí la sonrisa malvada esta que tienes a lo «reina del desfile»? —quiso saber Anson, que parecía aterrado de verdad.

—Calla —espetó Rhodes, pegándole un manotazo en la barriga—. Mi hermano está contento. Mi amiga está contenta. Yo estoy contenta.

Anson miró a Shep con preocupación y señaló:

—¿Os parece si os relajáis un poco? Creo que me va a estallar el cerebro, con tanta alegría.

Rhodes se giró hacia él rápidamente y le pellizcó el costado. Mientras ellos se chinchaban en plan juguetón, Shep se dirigió a mí de nuevo:

—¿Estás segura? Pueden esperar en la terraza trasera o podemos quedar con ellos en el bar directamente.

Negué con la cabeza.

—Ya estoy harta de esconderme. No digo que no continúe yendo con cuidado, pero tampoco pienso dejar de vivir por eso.

Los ojos color ámbar de Shep ardieron mientras agachaba la cabeza y dejaba los labios a un escaso milímetro de los míos antes de sentenciar:

—Pues a vivir se ha dicho.

La música sonaba alta a través de los altavoces que había en el escenario donde el grupo estaba tocando una versión de Free Fallin’ .

La pista de baile estaba llena de gente y el bar, abarrotado.

Normalmente, pisar un lugar así me crisparía.

Sin embargo, cuando Shep me pasó un brazo por los hombros, me sentí perfectamente a salvo. Y noté que era yo misma.

Antes me encantaba ir a conciertos con Nikki en el The Echo, el Silverlake Lounge o en el The Greek.

A diferencia de mi amiga, yo no era ninguna experta musical, pero disfrutaba de todo tipo de música y de la energía que desprendía una buena multitud.

Era una de las muchas cosas que había perdido. Y pensaba recuperarla.

Al igual que mi color de ojos. Cuando caí en que no me había puesto las lentillas de colores, me entró el pánico durante un segundo, pero entonces decidí que eso también se había acabado. Detestaba ponérmelas. Me picaban los ojos y tener que estar siempre pendiente de ese tema era un engorro.

Cuando había salido con mi mejor vestido, conjuntado con unas botas cowboy gastadas de color rosa pastel y el pelo suelto y ondulado, Rhodes me había sonreído y me había dicho:

—Me flipa ver tus ojos.

Shep simplemente se había quedado con la vista puesta en mí y yo había notado que me recorría entera con el calor de su mirada.

Habría jurado que era la misma sensación que si me estuviese acariciando todo el cuerpo con los dedos.

Yo lo había visto igual de guapo a él: con el pelo empapado por la ducha y recién cambiado con una camiseta blanca, unos vaqueros oscuros y las botas.

Y ahora notaba la suavidad del algodón de dicha camiseta mientras él se agachaba para quedar a la altura de mi oído y preguntarme:

—¿Te apetece una copa?

Tomarme un cóctel tal vez sería forzarme un poquito demasiado en una sola noche, así que respondí:

—¿Un agua con gas y limón?

Shep asintió.

—Enseguida vuelvo —contestó.

—¡He pillado mesa! —gritó Fallon, haciéndonos señas.

Era la primera vez que conocía a la hermana de acogida y mejor amiga de Rhodes, pero me había hablado tanto de ella mientras trabajábamos que era como si ya fuésemos íntimas.

Al principio, se mostró más bien reservada; sin embargo, a medida que fue avanzando la cena, descubrí la empática amabilidad a la que se refería Rhodes.

—¡Vamos! —dijo esta, agarrándome de la mano y tirando de mí hacia una mesa grande rodeada de taburetes.

Me senté en un lateral junto a Fallon.

—¿Has pedido? —le pregunté.

Ella me sonrió y contestó:

—Kye ha ido por mí. Es como si tuviese miedo de que me secuestrara algún motero en el trayecto de aquí a la barra.

Esbocé una sonrisa. Me había dado cuenta de que ese corpulento hombre, con tantos tatuajes que era imposible contarlos todos, se mostraba especialmente protector con Fallon.

En cierto modo, la relación que compartían ellos dos era diferente.

Como si él estuviese sintonizado con absolutamente todos los movimientos que ella llevara a cabo.

—¿Y tú? —se interesó Fallon—. Puedo mandarle un mensaje a Kye para que te pida algo.

—Ya lo está haciendo Shep.

La sonrisa de Fallon adoptó un aire más tierno.

—Lo haces feliz —confesó.

La afirmación en sí fue simple, pero yo noté que cierta calidez recorría mis venas. Por desgracia, los nervios le pisaron los talones enseguida a dicha sensación.

—Es la novedad —musité.

Alargó el brazo y me dio un rápido apretón en la mano.

—No hace falta una vida entera para apreciar un cambio en alguien. A veces, basta con un momento de sinceridad.

Se me coló cierto escozor en la garganta.

—Shep me está cambiando. Está haciendo que sea más valiente. Me está ayudando a hacer cosas que antes temía hacer.

A Fallon le centelleó la mirada bajo la luz del bar.

—Me alegro muchísimo.

Una mano tatuada dejó una bebida muy rosa delante de la chica.

—Me parece increíble que me hayas hecho pedir un peach crush .

A Fallon le entró la risa.

—Si insistes en pedirme tú la bebida, ya de paso me aseguro de que sea lo más femenina posible.

—Eres de lo peor... —se quejó Kye.

—De lo mejor, dirás —espetó ella.

Noté a Shep antes de verlo. Una parte de mí reconocía su calor. Tenía su propia firma. Me envolvió con su fuerte y bronceado brazo, y depositó mi bebida sobre la mesa antes de agacharse y susurrarme al oído:

—¿Estás bien?

Asentí.

—El grupo es bastante bueno.

Shep rio y me cuestionó:

—¿Dudabas de que tuviésemos buena música en el quinto pino?

Levanté la cabeza para sonreírle y respondí:

—«Dudar, dudar» igual es pasarse...

Empezaron a sonar los primeros acordes de You Shook Me All Night Long a través de los altavoces y Rhodes saltó del taburete rauda y veloz.

—¡Venga, tenemos que bailar!

No pude evitar reír.

—¿Tan fan eres de AC/DC?

—Es un clásico —argumentó ella.

—Miente. Le encanta bailar y punto —gruñó Anson.

Rhodes miró a su novio y puso los ojos en blanco.

—Él no bailará conmigo; eso, seguro. —Se giró hacia mí y me cogió la mano con la suya, la que no se había lesionado—. ¿Por favooor?

—Rhodes —le advirtió Shep.

Pero yo ya me había puesto de pie y le había cogido la mano a Fallon.

—Venga, vamos —la animé.

Rhodes soltó un gritito mientras tiraba de nosotras hacia la pista de baile. Y, por primera vez en años , me solté. No pensé en Brendan, en las fotos o en las miles de dudas que me asaltaban la mente en un día cualquiera. Me sentí... libre.

Bailamos al son de canciones de rock y de country , e incluso tocaron alguna que otra canción de pop. No tardé demasiado en recogerme el pelo porque se me estaba pegando al cuello.

Un tipo se colocó detrás de Fallon y le pasó un brazo por la cintura. Ella se sobresaltó, se apresuró a alejarse del tío y lo apartó con la mano. Embriagado, el chico le dedicó una sonrisa a modo de disculpa y empezó a alejarse.

Pero no fue lo bastante rápido. Porque un Kye decidido se abrió paso entre la multitud, fulminó al tipo con la mirada y este empalideció hasta adoptar el mismo tono de piel que un vampiro.

Fallon tiró de Kye por la camiseta, una negra con una especie de diseño estampado en la espalda.

Ambos empezaron a discutir acaloradamente y el que iba borracho se escapó entre el gentío.

Rhodes puso los ojos en blanco.

—Se pasarán un rato gritándose... —me informó—. ¿Quieres que vayamos a por una copa?

—¿Fallon está bien?

—Uy, sí —respondió Rhodes enseguida—. Se enfada cuando Kye se pone sobreprotector, pero ya está.

No pude evitar girar la cabeza para mirarlos por encima del hombro. Kye era más alto que la menuda de Fallon. Pero, por más tímida que pudiese parecer ella en ciertas circunstancias, no se mostraba para nada aterrada ante ese portento de hombre y le clavó un dedo en el pectoral. «Interesante...».

—¿¡Qué quieres!? —me preguntó Rhodes.

—Agua.

Mientras ella se inclinaba por encima de la barra para pedir, alguien me agarró del brazo y tiró de mí. Casi me caigo de culo, pero me recompuse y quedé cara a cara con una de las últimas personas a las que quería ver.

Russ Wheeler.

Fue bajándome la vista por el cuerpo y detuvo el recorrido de sus vidriosos ojos en mi escote.

—Thea. Qué guapa estás.

Sentí la necesidad de cruzarme de brazos. Intenté zafarme de su mano, pero él no hizo sino agarrarme con más fuerza; tanta que incluso me quejé ante el dolor.

Al oírme, a Russ se le iluminó la mirada y se humedeció los labios.

—Tampoco hace falta que montemos un espectáculo aquí en medio. ¿Por qué no acabamos la fiesta en algún sitio con algo más de privacidad?

Se me revolvieron las tripas y de nuevo tiré del brazo con fuerza.

—Suéltame.

—A mí no me vengas con jueguecitos. Me lo estás suplicando. Adelante, nena. Verás cómo te gusta.

Las náuseas fueron a más.

—He dicho que me sueltes —espeté empujándolo por el pecho con la mano que me quedaba libre.

—Deja de ser tan calientapollas. Estabas meneando el culo como una zorra ahí mismo. Querías acaparar la mirada de todos los hombres del local ¿y ahora vas de inocente? —soltó.

Russ hizo ademán de agarrarme por la cintura, pero se detuvo en el mismo instante en el que yo noté un iracundo muro a mis espaldas.

—Quítale. Las. Manos. De. Encima. —gruñó Shep.

Russ lo miró con desdén.

—¿Estáis juntos? Con el puterío de espectáculo que ha montado en la pista de baile, te tocará tener un poco más de mano dura con ella.

Primero Shep estaba ahí, de pie. Y, acto seguido, le estampó el puño a Russ, cuya nariz emitió semejante crujido, uno tan espantoso, que incluso lo oí por encima de la música.

Russ cayó al suelo, quejándose.

—¿¡Qué cojones...!? —escupió con un tono de voz extraño, como si hubiese pillado un resfriado de repente.

—No vuelvas a hablarle en la vida —le advirtió Shep—. Como se te ocurra mirar en su dirección siquiera, que venga yo y te parta la nariz será el menor de tus problemas.

Russ se levantó de nuevo.

—¿Crees que puedes amenazarme, bebé de caja? No eres más que un cabrón...

Shep saltó en el acto.