Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo veintinueve. Shep
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Capítulo veintinueve. Shep

Capítulo veintinueve

Shep

No podía moverme; a duras penas podía respirar. La tensión y la rabia que me corrían por las venas estrangulaban cada una de mis inspiraciones y espiraciones.

¿Qué clase de monstruo hacía algo así? Puede que no se tratase de maltrato físico, pero, en cierto modo, era muchísimo peor. Fotos y vídeos de Thea en su estado más vulnerable. A la vista de todo quisqui.

En ese instante, Thea se giró, como si la ferocidad de mi voz la hubiese sobresaltado. Y, cuando contemplé su cara, casi me caigo de rodillas. No solo por las lágrimas que le resbalaban por las mejillas, sino por lo genuinamente sorprendida que estaba ante mi cabreo.

Lo cual no hizo sino aumentar la ira que sentía yo, cuyas llamas me envolvían y me abrasaban la garganta. Thea no había pensado que me cabrearía con Brendan. Había... ¿Qué? ¿Había pensado que me enfadaría con ella? ¿Que la vería con otros ojos?

—Thea —grazné.

—No pasa nada —susurró—. Si sientes que debes alejarte, lo entenderé.

Entré en acción de inmediato, incapaz de contenerme. Acorté la distancia que nos separaba con dos grandes zancadas y la abracé. Noté cómo la humedad de sus mejillas me empapaba la camiseta. Noté cómo le temblaba el cuerpo entero.

—Lo último que quiero hacer es alejarme.

—Shep... —me llamó con la voz temblorosa.

—Jamás podría verte con otros ojos por algo así. Pero sí he descubierto que eres incluso más fuerte de lo que creía.

Se le escapó un sollozo entrecortado.

—Tú no tienes la culpa de nada. De absolutamente nada —le dije abrazándola con más energía, como si así pudiese arrebatarle todo el dolor. Todo el que Thea había experimentado en miles de formas distintas.

—Objetivamente, lo sé. Pero, de pronto, mi mente empieza a distorsionarlo todo. Es como si todavía oyese su voz, en bucle. Y, a veces, lo creo.

Le acaricié la barbilla con la mano y le eché la cabeza hacia atrás para que fijara sus ojos verdes en los míos.

—Cuando oigas esa voz, ven a buscarme. Y yo te revelaré la verdad. —Seguí acariciándole la piel, suave como la seda—. Eres amable. Valiente. Fuerte. Divertida. Y jodidamente lista.

—Shepard...

Pronunció mi nombre de forma casi inaudible.

—Has aceptado el puto cuadro de penes decorados con brillantes que ha hecho mi abuela para no herirle los sentimientos.

Conseguí sonsacarle una discreta sonrisa con esas palabras.

—Lo he colgado en el invernadero. Sobre la mesa de las plantas.

Moví la cabeza.

—¿Cómo no? A Lolli le encantará. —Cualquier atisbo de diversión en mi voz desapareció—. Por eso no querías que nadie entrase en tu casa. Porque ocultó esas cámaras sin que tú supieras nada.

Thea asintió despacio.

—Me resulta imposible no imaginarme a alguien más haciendo lo mismo. Por más que sepa que la probabilidad de que vuelva a ocurrir algo así sea una entre un millón.

Dios... Y, al final, a mí sí que me había dejado entrar. Había permitido que me quedase con ella. Ahora, todo eso acumulaba muchísimo más valor que un regalo.

Thea guardó silencio durante un largo minuto y, acto seguido, dijo:

—No se trata solo de vivir a sabiendas de que esas fotos y esos vídeos siguen por ahí. Tengo la cabeza... hecha un desastre.

Detuve el recorrido del pulgar.

—Tu cerebro está intentando asimilar las cosas por lo que son.

Y el puto Brendan Boseman la había traumatizado tantísimo que Thea ni siquiera podía verlo con claridad.

—¿Alguna vez te ha contado alguien una mentira sobre ti mismo, pero lo ha hecho de forma tan convincente que incluso empiezas a creértela?

Empezó a latirme el pulso en el cuello con tanta fuerza que incluso noté cada pulsación.

Conocía esas mentiras. Había una que seguía arraigada en mi mente.

Una que me decía que yo no valía para nada.

Pero estaba entretejida con algo que era cierto.

Porque habían renunciado a mí, me habían abandonado. No me habían querido.

—Sí —respondí casi sin vocalizar.

A Thea se le relajó la expresión a la vez que me apoyaba la mano en el pecho.

—No quiero meterte en todo esto. Eres tan... bueno. Todo aquello a lo que no debería aspirar. Pero por lo visto soy incapaz de contenerme. Es superegoísta. Debería...

No pude dejar que siguiera hablando; no pude tolerar que les diese voz a esas dudas. Así que se las robé directamente. Acorté la distancia que nos separaba y estampé los labios sobre los de Thea. Cogí todas esas mentiras y acabé con ellas.

En cuanto mi boca rozó la suya, Thea me agarró la camiseta. Me acercó aún más, por imposible que fuese, y me inundó de su sabor. Fresas y té de menta. He aquí todo cuanto quería saborear hasta el fin de mis días.

Thea gimió y separó los labios. Se los recorrí con la lengua. Dios, su boca sabía de maravilla... Era cálida y húmeda. Pero jodidamente suave. Delicada. Igual que mi Astilla. Su fuerza exterior protegía la verdad que ocultaba debajo: que Thea era todo sentimiento; uno dulce y tierno.

Ejerció todavía más presión contra mí; pidiendo, buscando más. Aquel contacto y aquella fuerza adicional, junto con la promesa de todo lo que era Thea, hicieron que la polla se me empalmara bajo los vaqueros.

Entonces, Thea se movió, impulsándose y subiendo por mi cuerpo como si estuviese trepando un maldito árbol. Me pasó las piernas por la cintura mientras yo me adueñaba de su boca. Nos envolvieron el calor y la necesidad, alimentándose mutuamente.

Se oyó el piar de un pájaro en lo alto, fuerte y cercano; fue un sonido tan intenso y abrupto que Thea levantó la vista de repente, apartando los labios de los míos. Me quedé observando cómo ella lo iba asimilando todo por fases. Primero, shock y, luego, horror.

Se bajó de mis piernas y volvió a ponerse de pie mientras se llevaba los dedos a los labios.

—Ay, Dios. Lo siento muchísimo. No sé qué...

—Estoy bastante convencido de que he sido yo quien te ha besado a ti —puntualicé con cautela.

Thea se apresuró a mover la cabeza.

—Pero yo te he... ¡Te he atacado!

Enarqué una ceja.

—Si a eso lo llamas «atacar», me apunto.

—A mí no me hace gracia. He trepado por ti como si fuese una especie de mono araña. Te he asaltado la boca.

No pude evitarlo. Reí.

—Y espero que vuelvas a hacerlo.

—Shep —espetó ella.

Entonces, entré en acción y me moví hacia Thea.

—Astilla. —Colé un dedo por la trabilla de sus shorts y la acerqué a mí en busca de aquellos hipnóticos ojos. Sus verdaderos ojos—. ¿Ese tío hizo que te avergonzaras por algo sexual?

Thea bajó la vista y luego la desvió hacia un lado.

Bingo. «Menudo cabrón».

Le acaricié el bolsillo delantero de los pantalones con el pulgar.

—¿Que me deseas? Pues eso solo me hará sentir de una forma: afortunado que flipas. Y agradecido. Vale, de dos formas.

Volvió a levantar sus claros ojos verdes hacia mí.

—¿No crees que es... raro?

—Hostia, no —espeté—. Y también me ha encantado el libro ese que estabas leyendo. A ver, no sé yo si estaría dispuesto a un juego de roles con falda escocesa, pero ¿el resto? Joder.

A Thea se le encorvaron sutilmente los labios.

—Seguro que una falda escocesa te quedaría bien.

Solté una risotada.

—Haría muchísimas cosas por ti, pero ponerme una falda escocesa no es una de ellas.

—Pues mira que permiten un acceso rápido...

Joder... Ya se me estaba poniendo dura otra vez. Abracé a Thea y le aparté el pelo de la cara.

—¿Quieres que lo intentemos? —le pregunté.

Se le entrecortó la respiración, pero asintió.

El alivio se adueñó de mí.

—Bien. Porque yo también lo quiero. Quiero estar contigo.

Pero también creo que lo mejor es que vayamos despacio.

—La decepción que le tiñó el rostro no me pasó desapercibida, y eso también me gustó—.

Has pasado por muchas cosas. Vamos a necesitar tiempo para borrarte esas mentiras de la cabeza, pero lo haremos; una a una.

—A veces solo pretendo ser normal. Sin el caos que siento en mi interior. Hui, pero sigo sin sentirme libre...

Nunca había tenido semejantes ganas de cometer un asesinato, pero ahora mismo las ansias me corrían ávidas por las venas; percibía una apremiante necesidad de acabar con la persona que le había hecho esto a Thea.

Pero ni siquiera eso bastaría. ¿Cómo dabas con el castigo adecuado para aquel ser humano que le había contaminado la mente a otro hasta conseguir que viviese aterrado?

No tenía claro que hubiese castigo suficientemente severo.

—Lo conseguiremos. —Incliné la cabeza y le rocé los labios con los míos—. No estarás sola.

Las lágrimas le centellearon en los ojos y le aportaron cierto brillo a ese tono verde bajo la luz del atardecer.

—Me he sentido sola durante muchísimo tiempo...

Me agaché y le hundí la cara en el cuello.

—Lo sé —le dije—. Pero ya no lo estás.

—Shep... —susurró.

En cuanto oí unos neumáticos avanzando por la gravilla, levanté la cabeza de golpe.

—¿Estás esperando a alguien?

Thea empalideció y negó con la cabeza.

—Espera aquí —gruñí.

Una parte de mí deseaba que fuese el puto Brendan Boseman. Acabaría con él antes de que le diese tiempo a pestañear siquiera.