Capítulo veintiocho. Thea
Capítulo veintiocho
Thea
Me removí sentada en la chaise longue bajo el sol de última hora de la tarde.
Estaba intentando concentrarme en el libro.
La lectura debería haber conseguido que me pusiera a pasar páginas a la velocidad de la luz porque el héroe, Highlander, acababa de darse cuenta de que se había enamorado de la mujer con quien se había casado mediante un matrimonio concertado a pesar de que ella fuese de un clan enemigo. La cosa estaba a punto de estallar.
En lugar de eso, yo iba recordando las palabras de Shep mentalmente, sin parar. «No creas que no quiero tenerte allí, Astilla. Deseo verte a todas horas. ¿Por qué crees que llevo meses viniendo a la panadería a diario? Si a mí ni siquiera me gusta lo dulce...».
¿No le gustaba lo dulce? Shep se había pasado por La Mezcla casi cada día desde que abrimos el local. Aunque, ahora que lo pensaba, casi nunca pedía nada con azúcar.
Me volví a acomodar en el asiento. No conseguía dar con la postura adecuada. Estaba superincómoda. Volví a centrar mi atención en la página, pero las palabras no paraban de mezclarse y volverse borrosas.
Estaba tan distraída que ni siquiera oí los pasos de alguien que caminaba por la terraza hasta que me arrancó el libro de las manos. Levanté la vista de golpe para encontrar a Shep escudriñando las páginas y sonriendo cada vez más.
—No me apasiona la lectura, pero hay que ver lo que me he perdido...
Los recuerdos me azotaron con fuerza y se me heló la sangre. Volví a oír la enrevesada y cruel voz de Brendan. « ¿Esto haces cuando no estoy por aquí? ¿Leer esta mierda? Aunque, claro, ¿qué más iba a leer una zorra como tú?».
De pronto, Shep me envolvió las mejillas con las manos.
—Thea, mírame.
Pestañeé deprisa. Volví a ver la cara de Shep con nitidez y, en ese preciso instante, me di cuenta de que había empezado a temblar.
—Eso es. Estás bien. —Me estudió con sus ojos color ámbar—. Lo siento muchísimo. No quería asustarte.
—N-No me has asustado.
Shep continuó mirándome con ternura, pero su silencio estaba echándoles un pulso a mis palabras.
Notaba la lengua pesada a más no poder; era como si no pudiese articular palabra alguna.
—Brendan odiaba que leyese estos libros...
—Joder... —musitó Shep.
—Ya sé que tú no eres como él. No te pareces en nada a él. Es solo que... mi cuerpo se acuerda de todo y se prepara para lo peor.
Shep me acarició las mejillas con el pulgar.
—Síndrome de estrés postraumático.
Me mordí el labio inferior. Eso ya lo había supuesto mientras intentaba descubrir por qué yo seguía teniendo siempre tanto miedo incluso estando a salvo.
—Es como si mi cuerpo estuviese traicionándome otra vez.
—No —dijo Shep, negando con la cabeza—. Tu cuerpo te está protegiendo. Intenta cuidar de ti. Solo necesita tiempo para darse cuenta de que estás bien. De que nadie te hará daño.
Me escocían los ojos, llenos de lágrimas.
—Pues yo me siento un bicho raro.
El enfado inundó la mirada de Shep.
—No eres un bicho raro en absoluto. —Con ternura, me bajó el pulgar hasta el pulso—. Eres fuerte. Valiente de cojones. Y no vas a permitir que ese tío te venza.
Las lágrimas amenazaban con brotarme de los ojos.
—A veces me da la impresión de que ya ha ganado.
—No —insistió él—. No lo ha conseguido. Mira la vida tan maravillosa que has construido aquí. Y cada día lo es más.
Inhalé profundamente y solté el aire despacio.
—No lo sabes todo.
No podía mirarlo. No cuando estaba a punto de contarle lo que tenía que contarle.
Shep continuó recorriéndome el cuello con su áspero pulgar.
—Sé que hay más. Pero también sé que es imposible que eso cambie lo que siento por ti.
Se me inundaron los ojos de lágrimas. Se equivocaba. Era imposible que no cambiase. Y perder la promesa de sus palabras me mataría. Pero más valía hacerlo ahora que esperar. Tenía que arrancar la tirita.
—No protejo solo mi identidad por miedo a que Brendan me encuentre —expresé en voz baja.
Shep continuó acariciándome con el pulgar.
—Vale —contestó.
Notar sus manos en mi piel era demasiado para mí. Demasiado bueno. Todo lo que iba a perder.
Me separé, rompiendo el contacto físico con él.
Eché a andar hacia la punta de la terraza y clavé la vista en los campos que daban a aquellos bosques que desaparecían al perderse entre las montañas.
Quería ser como ese paisaje: en constante movimiento y evolución.
Cambiante, para que nunca nadie pudiese atraparme.
Más que oírlo, noté a Shep detrás de mí. Pero no me tocó. Parecía que se hubiese dado cuenta de que necesitaba espacio.
—Ya te dije que a Brendan se le daba bien la tecnología. Pero yo nunca fui consciente de cuánto hasta que fue demasiado tarde.
Shep permaneció en silencio. Simplemente esperó.
—Al cabo de unos meses de haber roto, me echaron del trabajo.
Me acusaron de haber vulnerado la cláusula moral de la ONG.
Pero, ese mismo día, alguien me envió un artículo que hablaba de que Brendan había donado un millón de dólares al proyecto de alfabetización. Me lo mandaron desde un número oculto.
—Te despidieron por su culpa —gruñó Shep.
Asentí sin girarme, con la vista aún puesta en el campo.
—En parte, me sentí aliviada porque pensé que la cosa terminaba ahí.
Que ya se había acabado. Que ya había hecho todo lo que podía hacer.
Ya me había aislado de todos mis amigos, a excepción de Nikki.
Aparte del trabajo y de ella, no me quedaba nada más.
Pensé que esa era mi oportunidad para largarme y empezar de cero. Para ser libre, por fin.
—¿Y no terminó ahí?
—No —susurré—. Esa noche, al llegar a casa, fue como si todo mi apartamento se hubiese vuelto loco.
La tele y el equipo de música empezaron a sonar a todo volumen, saltó la alarma...
Y luego llegaron las alertas del móvil. Fui recibiendo tantas notificaciones que el aparato casi cortocircuita.
—Me agarré las manos delante de mí y me apreté los dedos con fuerza—.
Notificaciones de fraude del banco. Compras astronómicas de juguetes sexuales y escorts.
Lencería. Llamadas y mensajes de texto de desconocidos que querían una «cita» porque alguien había puesto una foto mía y mi número de teléfono en una página de chicas de compañía...
—¿Qué coño...? —soltó Shep entre dientes.
No quería tener que contarle lo último. Las lágrimas que había estado conteniendo y que me nublaban la vista empezaron a brotarme de los ojos y a resbalar por mis mejillas.
—Después vinieron los e-mails . Un montón de páginas porno en las que me daban las gracias por haberme creado una cuenta de contenido.
En todas había fotos mías. Vídeos. Porque Brendan había escondido cámaras en mi apartamento.
Y yo nunca fui consciente de ello —continué con la voz temblorosa—.
Al principio, intenté borrarlo todo. Hice todo lo que pude para que no quedase nada.
Algunas páginas accedieron. Otras, no: alegaron que yo había firmado un contrato.
Pero hubo muchísimas más con las que ni siquiera pude contactar porque lo llevan todo muy de estranjis.
Y te juro que no quieres meterte ahí. —Intenté tragarme los sollozos que hacían que se me fuera entrecortando la respiración—.
Así que, al final, desistí. Nunca sé si el próximo turista que entre por la puerta de la panadería habrá visto cada centímetro de mi cuerpo.
No sé si alguien va a reconocerme y a hablarle a todo el mundo de la puta que creen que soy.
Así que ha ganado. Yo solo estoy intentando recomponerme.
Shep guardó silencio largo y tendido. Lo único que oí yo fue su agitada respiración a mis espaldas. Cuando por fin habló, sus palabras emanaron pura ira:
—Lo mataré, joder.