Capítulo veintisiete. Thea
Capítulo veintisiete
Thea
Fui pasando el trapo en círculos por la mesa de preparación de la panadería, como si estuviese buscando migas o alguna señal de que se hubiese derramado algo, pero tenía la cabeza a años luz.
En Shep. En su alta y musculada figura moviéndose por mi casa.
En cómo se le tensaban y marcaban los músculos mientras me reparaba el baño.
En cómo se le subía la camiseta cuando se estiraba mientras se tomaba el café por la mañana, dejando a la vista una de esas líneas en forma de «V».
Tres días.
Shep llevaba tres días viviendo conmigo y yo ya estaba a punto de estallar. Él, en cambio, parecía encontrarse estupendamente bien. Lo había pillado mirándome las piernas o los labios en una ocasión o dos, pero no había intentado nada de nada.
Con nuestra seudocita en El Fresco, pensé que la cosa se decantaría por ahí; no obstante, fue como si, de repente, Shep hubiese vuelto a tratarme como si estuviese hecha de vidrio soplado.
Tampoco es que fuera una desagradecida. Valoraba su prudencia.
De verdad. Significaba que Shep se preocupaba.
Pero es que ya estaba lista para... más.
—Yo diría que, a estas alturas, te estás llevando hasta el barniz de la mesa.
Al oír la voz de Sutton, me sobresalté.
Ella rio.
—¿Dónde tienes la cabeza?
No pude evitar sonrojarme.
—Perdona. Será que estoy distraída...
Por suerte, en aquel momento, solo había dos clientes en la panadería y yo estaba casi convencida de que ambos eran turistas. Nadie se acordaría de mi rubor.
Sutton sonrió.
—Conozco ese tipo de distracción. ¿Qué tal el nuevo inquilino?
Me sonrojé todavía más.
—Conque genial, ¿eh? Deléitame con tu vida.
—No van por ahí los tiros... —siseé por lo bajo.
Sutton enarcó las cejas.
—Pensaba que estabais redireccionando la situación.
—No está... No sé yo si está interesado en mí de esa forma. A veces creo que sí. Pero en otras ocasiones...
—Cielo, créeme: está interesado. Y en mayúsculas.
Me dio un vuelco el estómago.
—Yo no lo tengo tan claro. Ni siquiera me ha besado.
—¿Quieres que lo haga? —me preguntó Sutton, yendo directa al grano.
—Sí.
Así de simple. Aunque deseaba que Shep hiciese mucho más que besarme.
Sutton se enderezó y puso los brazos en jarras.
—Estamos en el siglo XXI . Hay mujeres liderando empresas multimillonarias y al frente de muchos gobiernos; diablos, si hasta las hay que viajan a la maldita Luna. También podemos ser nosotras quienes tomemos la iniciativa.
En un acto reflejo, di un paso hacia atrás y negué con la cabeza. ¿Y si Shep me rechazaba? ¿Y si iba yo, la pifiaba y hacía que los dos próximos meses de convivencia con él fuesen la mar de incómodos?
—Thea —prosiguió Sutton—, le gustas. Pero seguramente se haya dado cuenta de que has pasado por una situación complicada y no quiere presionarte.
—Lo sabe —susurré.
A Sutton se le relajó la expresión.
—¿Se lo has contado? —quiso saber.
Asentí.
—Me encanta que te hayas sentido cómoda compartiendo eso con él. Shep es un hombre milagrosamente bueno. Lo cual significa que se lo tomará con calma.
—Tanta que estoy a punto de arrancarme la piel —gruñí.
Sutton soltó una carcajada y, bajando la voz, me confesó:
—Cielo, para esto están los vibradores. Para soltar la tensión.
—Me da a mí que tendría que comprarme un paquete de pilas de tamaño familiar.
Sutton no hizo sino carcajearse con más ahínco. Se me contagió su risa y yo también me eché a reír.
—Tenéis pinta de estar tramando alguna gorda. Yo también quiero participar.
Al oír esa voz, la de alguien que parecía que se fumase cinco paquetes de cigarrillos al día, me giré. Lolli, la abuela de Shep, estaba justo en la entrada con algo envuelto en una mano y el bolso en la otra; bolso que parecía una hoja de marihuana adornada con joyas.
Le pegaba. Lolli Reynolds, con sus vestidos hippies y esos collares que pesaban la mitad que ella, era todo un personaje. Y también era la niña de los ojos de nuestro cocinero, Walter.
—Hola, Lolli —la saludé.
La mujer me sonrió.
—Reinas mías, ¿cómo estáis? —nos preguntó.
—Bien —contestó Sutton, acercándose a ella para darle un abrazo—. ¿Y tú?
—De fábula. Estoy organizando una escapada a Perú. Haré uno de esos viajes de ayahuasca. Así abro la mente.
Enarqué las cejas a más no poder.
—¿Eso no es una droga que causa alucinaciones? —pregunté.
—Chisssssst —chistó Lolli—. Los psicodélicos son el futuro. Deberías venir conmigo. Necesitas abrir un poco tus energías; lo noto.
—Creo que no me importa seguir teniéndolas cerradas —musité.
Ella se limitó a sacudir la cabeza y me pasó el paquete que llevaba en la mano.
—No voy ni a castigarte por ser una aguafiestas. Esto es para ti.
—¿Para mí?
Lolli asintió.
—Para darte las gracias por dejar que Shep se quede contigo estos dos meses. Sé que no quería estar con nosotras porque Nora es de las que husmea. O tal vez... —enarcó repetidamente las cejas— esperase que vuestro acuerdo incluyera otras ventajas.
Sutton le pasó un brazo por los hombros a Lolli y coincidió:
—Pienso exactamente igual.
Me ardió la cara.
—No tienes nada de qué avergonzarte, querida. El sexo es algo muy natural —señaló Lolli.
«Por el amor de Dios... Mátame, camión».
—¿Alguien ha dicho «sexo»? —preguntó Walter mientras salía de la cocina con los ojos centelleantes.
Yo ya estaba a punto de esconderme debajo de una mesa.
—Para ti no, vejestorio —le espetó Lolli.
—Tú di lo que quieras —la retó Walter—, pero no sabes cómo me desenvuelvo.
—¡Walter! —lo riñó Sutton, riendo.
—Dame una oportunidad —insistió Walter.
Lolli simplemente sacudió la cabeza y la infinidad de collares que llevaba tintineó con el movimiento.
—A las mujeres como yo no se nos puede atar.
—¿Quién sabe? A lo mejor te gusta cómo te ato yo...
—Por Dios... —musitó otra voz. Una que conocía a la perfección. Shep hizo una mueca mientras alternaba la vista entre Lolli y Walter—. Que alguien me haga un lavado de cerebro al estilo MIB.Hombres de negro y me borre los últimos sesenta segundos de la memoria.
—Shep, mira... —lo advirtió Lolli—. Como le he comentado a Thea, el sexo es algo perfectamente natural...
—Frénala, por favor —musité.
Sutton soltó una carcajada.
—No ayudas —le gruñí.
Walter le dio una palmada a Shep en el hombro y anunció:
—Tranquilo. Tengo buenas intenciones. Si tu abuela quisiera, me casaría con ella mañana mismo.
—En la vida —soltó Lolli.
—¿Por qué no abro esto? —sugerí, interfiriendo antes de que alguien pudiese ponerse a hablar sobre desenvolturas varias, ataduras o cualquier cosa por el estilo.
Lolli dio una palmada, como si fuese una niña pequeña, y respondió:
—Sí, por favor.
Empecé a arrancar el papel de estraza marrón.
Shep dio un paso al frente.
—Lolli, dime que no es lo que pienso que es.
Me detuve a la vez que la mujer le hacía un gesto con la mano a Shep para restarle importancia a su comentario.
—Anda, calla —lo riñó—. No te cargues la sorpresa.
—¿Sorpresa? —pregunté con sumo y repentino recelo.
—Tú no le hagas ni caso al retrógrado de mi nieto. Lo he hecho especialmente para ti. Sé lo mucho que te gusta plantar hortalizas en tu invernadero —dijo Lolli.
Al oír sus palabras, me relajé un poco. Si estaba relacionado con mi invernadero, tampoco podía ser tan malo...
Shep se pellizcó el puente de la nariz.
—Te pido disculpas por lo que estés a punto de ver —se excusó.
Arranqué el papel, dejé que cayese al suelo y estudié aquel lienzo cubierto de un montón de piedras. Era una de esas pinturas artísticas hechas con brillantitos. La imagen que había creado Lolli era la de un campo de calabazas. Pero, al observarlo con más detenimiento, me quedé boquiabierta.
Sutton se llevó una mano a la boca en un intento por contener la risa y manifestó:
—Calabazas con forma de pene.
Yo estaba más roja que un tomate. El lienzo estaba repleto de calabazas alargadas con forma de pene de todas las medidas, formas y tonalidades habidas y por haber; todas, distintivamente fálicas.
Shep fulminó a Lolli con la mirada.
—¿Por qué no puedes ser una abuela normal y tejer jerséis o algo así?
Lolli se repiqueteó los labios con los dedos y reflexionó:
—Podría pensar en algún diseño interesante con bolas de nieve...
—No me lo puedo creer... —musitó Shep.
Me entraron tantas ganas de reír que enseguida se convirtieron en un sonido que no pude controlar. Se me escapó un poco la risa y me tapé la boca con la mano.
Shep desvió la mirada hacia mí y noté que sus ojos estaban llenos de calidez; ternura, incluso.
—¿Ves? —le dijo Lolli—. A ella le gusta. Pero no he venido solo por eso.
—Has venido a aceptar mi pedida de mano —intervino Walter.
Lolli pasó de él y puso los ojos en blanco.
—A Nora y a mí nos encantaría que vinieses a cenar...
—Lolli, no la presiones —la avisó Shep.
—No la estoy presionando —espetó ella.
Mi risa sufrió una muerte súbita. Una cena de esas características sería muchísimo para mí, pero quería conocer a la familia de Shep. Aunque tal vez el sentimiento no fuera mutuo...
En cuanto dejé de reír, Shep me miró y leyó mi expresión en el acto, lo cual no debería haberme sorprendido. Si es que se le daba de maravilla, ostras.
Se plantó delante de mí en tres grandes zancadas.
—No creas que no quiero tenerte allí, Astilla. Deseo verte a todas horas. ¿Por qué crees que llevo meses viniendo a la panadería a diario? Si a mí ni siquiera me gusta lo dulce...
Me quedé literalmente boquiabierta y a Sutton se le escapó un sonido ahogado.
—Bueno, vamos mejorando... —murmuró Lolli.
Shep la advirtió con la mirada.
—Creo que ya has sembrado suficiente caos por hoy —le dijo a su abuela.
—Si no son ni las doce del mediodía... —se quejó la mujer.
Shep se giró de nuevo hacia mí.
—Nos vemos en casa —me dijo.
Y, tras guiñarme un ojo, se marchó.