Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo veintiséis. Shep
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Capítulo veintiséis. Shep

Capítulo veintiséis

Shep

Nada más aparcar delante de la casa de Thea, me sonó el móvil. Bajé la vista hacia la pantalla y vi que uno de mis hermanos había cambiado el nombre del chat a: «Devolved al remitente, por favor». Sonreí y moví la cabeza.

Cope: Shep, tío, qué coño...? Vas a irte a vivir con una MUJER? A los hermanos hay que contarles estas cosas

Habían pasado unos cuantos días desde que Thea me había invitado a quedarme.

Yo había querido darle tiempo por si se echaba atrás o cambiaba de opinión, pero no había sido el caso.

Así que aquí estaba yo: con todas mis pertenencias esenciales en la parte de atrás de la camioneta y todo lo demás en un trastero.

Yo: Calma. No va por ahí la cosa

Aunque tampoco era exactamente eso. No sabía qué éramos, con Thea. No éramos solo amigos, pero tampoco éramos nada más. Nos encontrábamos en una especie de limbo. Aunque tampoco me quejaba.

Kye: Por qué será que me cuesta creer que vas a irte a vivir a una casa hecha añicos en medio de la nada teniendo cero interés en la mujer que vive ahí?

Yo: Su casa no está hecha añicos. Y, aunque lo estuviera, sería muchísimo mejor que vivir contigo

Kye: Que mi casa la construiste tú, cabrón

Reí para mis adentros y tecleé a la velocidad de la luz:

Yo: No, si tu casa me flipa. El problema es que vivas tú allí

Rhodes: Niños, comportaos

Cope: Sois todos unos imbéciles. No me informáis nunca de nada

Fallon: A lo mejor es que deberías pasarte por casa ni que fuera muy de vez en cuando. Al final me olvidaré de tu cara, te lo juro

Kye: Tú solo vete a uno de los pueblos de al lado donde tienen los carteles esos. Qué patrocinas ahora? Viagra o calcetines sin talón?

Silencié el chat. Se pasarían horas así.

Aunque sabía que algún día me acorralarían en una cena familiar y me obligarían a explicarles mi relación con Thea; era solo cuestión de tiempo.

El problema era que no tenía palabras para describirlo.

Lo único que sabía era que me sentía bien cuando estaba cerca de ella.

Y eso era como disfrutar de una bocanada de aire fresco.

La puerta delantera se abrió en el mismo instante en el que apagué el motor y bajé de la camioneta. En cuanto Thea salió, el sol le acarició la piel, y yo respiré con fuerza. Porque Thea era guapísima. Tanto que te dejaba sin aliento.

Estaba cantado que había estado trabajando en el jardín o el invernadero. Llevaba unos shorts vaqueros deshilachados en las puntas, cuyos hilos caían sueltos. Y yo deseaba recorrerlos uno a uno. Quería saber cómo era pasear los dedos por esa suave piel, sutilmente morena.

El top que se había puesto revelaba unos hombros bronceados y el sutil escote que tenía delante dejaba un poco más de piel a la vista. Su cuerpo se componía de largas y esbeltas curvas, y daría lo que fuera con tal de memorizarlas.

¿Qué mosca me había picado? ¿Irme a vivir con una mujer que se adueñaría de todos mis pensamientos durante el día y que se colaría en mis sueños por la noche? Acabaría haciendo alguna estupidez monumental. Alguna para la que no estaba preparado.

Thea me sonrió con cierto titubeo y me saludó:

—Hola.

Ante su incerteza, cedí. Acorté el espacio que nos separaba antes de que pudiese obligar a mis piernas a detenerse. Tardé nada y menos en estar frente a ella y, cuando la tuve a un paso, me llegó ese aroma a flores y a coco. Un olor capaz de conseguir que me arrodillase.

—¿Estás bien? —quise saber, y mi voz adoptó cierta aspereza.

Thea echó la cabeza hacia atrás, dejando sus ojos verdes a plena vista.

—Un poco nerviosa.

Me encantaba su honestidad. Era un regalazo. Porque sabía que, para Thea, esa sinceridad tenía un coste. Alargué la mano y entrelacé los dedos con los suyos.

—Puedes cambiar de opinión. Puedo quedarme en casa de Cope...

Thea me cortó sacudiendo la cabeza y se le soltaron algunos oscuros mechones del moño.

—Quiero que te quedes. A veces, estar nerviosa también puede ser algo beneficioso. Señal de que estoy abriéndome a lo desconocido.

Recorrí el dorso de su mano con el pulgar e insistí:

—Tú pones las normas, ¿recuerdas?

—Lo sé. Pero creo que no tengo ninguna. Excepto la de que no me instales Internet en casa.

Reí.

—A pesar de que me encantaría pasarte un cable de fibra óptica de alta velocidad por aquí, me contendré. Tengo el móvil. Puedo acceder a Internet sin problemas.

Thea soltó el aire de golpe.

—Vale.

—Entonces... ¿Seguimos adelante con esto?

Ella asintió.

—Sí. Adelante. Te enseño el cuarto de invitados.

En cuanto entramos, Alce nos saludó y soltó un estrangulado maullido. Me agaché para rascarlo detrás de las orejas.

—Buenas, socio.

Le di unos golpecitos en la cabeza. Al cabo de un segundo, me erguí y el animal aporreó mi pierna sin parar, a modo de respuesta.

—Alce —lo riñó Thea—. Eso no se hace.

El gato soltó algo parecido a un ladrido y se marchó.

Thea me dedicó una sonrisa como disculpa.

—Lo siento. Le gusta mendigar comida y atención. Aunque, sinceramente, es algo bueno. Demuestra que le caes bien.

Enarqué una ceja.

—¿Qué haría si NO le cayera bien?

—No pretendas saberlo.

Se me escapó la risa y Thea bajó la vista hasta mis labios en un gesto que no me pasó desapercibido. Fue como si estuviese recorriéndome la boca con la mirada y memorizando el sonido de mi risa.

Carraspeé.

—Bueno, ¿dónde acampo?

Thea se sobresaltó.

—Claro. Por aquí.

Me guio por un pasillo que ya me resultaba familiar y pasamos por delante del baño que le estaba arreglando.

—La cocina y el salón ya los tienes ubicados.

Se oyeron unos diminutos maullidos que procedían de dicho salón y comprobé que las crías de gato estaban peleándose en la zona de juego que tenían montada.

—El baño principal es este. —Thea señaló un pequeño baño con una ducha-bañera y un único lavamanos.

Noté un cosquilleo en los dedos, ansioso por remodelárselo. Thea podía amortizar muchísimo mejor ese espacio.

—Mi habitación está ahí. —Señaló una puerta abierta que había a unos pasos del baño.

Lo único que atisbé fueron retazos de color: un edredón verde claro con toques lila pastel y una foto de un campo colgada encima de la cama, a escasos treinta centímetros de la otra puerta abierta del pasillo.

—Y esta es la tuya.

Entré en el cuarto. Era pequeño pero acogedor. Había una colcha que parecía calentita encima de la cama y, delante de esta, una cómoda un poco vieja. Aun así, las dos ventanas daban al increíble jardín de Thea y conseguían que casi te diese la impresión de estar en el exterior.

—Sé que no es mucho, pero...

—Es perfecto —afirmé, y me giré hacia ella—. Menudo privilegio, despertarme cada mañana con vistas a ese jardín.

A Thea se le tiñeron las mejillas de rosa.

—Me alegro de que te guste.

—Me encanta —la corregí.

—Y a mí.

Nos quedamos ahí durante un largo minuto y el aire se fue cargando a nuestro alrededor.

Thea se humedeció el labio inferior.

—¿Te ayudo a traer tus cosas?

Quería seguir el recorrido que acababa de hacer su lengua con la mía. Dios... No habían transcurrido ni cinco minutos y ni pensar con claridad podía ya.

Tragué saliva para recomponerme.

—Yo me ocupo. Lo ordenaré todo y luego me pondré con el baño de invitados, si te parece.

Thea asintió con la cabeza.

—Por supuesto. Yo estaba en el invernadero, cosechando un poco. He pensado que tu madre igual querría algunas cosas.

Aquel ofrecimiento fue directo a mi maldita caja torácica.

—Le encantaría.

Thea sonrió.

—Enseguida traigo una cesta con algunas verduras —anunció.

Se giró y salió de la habitación. Yo no pude evitar bajar la mirada hacia su culo con forma de corazón mientras se marchaba. Y me quedé con los brazos a ambos lados del cuerpo con tantas ganas de tocarla que me dolían hasta los dedos.

Agua fría. Tendría que darme un montón de duchas de agua fría.