Capítulo veinticinco. Thea
Capítulo veinticinco
Thea
¿Qué narices estaba haciendo? Por lo visto, carecía de todo control sobre mis cuerdas vocales porque acababan de soltar las palabras «Quédate aquí». Lo cual era una idea malísima, pésima, terrible.
Estaría atacadísima de los nervios en todo momento. O peor: me lanzaría a por Shep.
Porque sería incapaz de soportar verlo por ahí con esas camisetas blancas que se ajustaban sobre sus anchos músculos y que tanto había observado desde el otro lado de la ventana mientras él trabajaba en mi jardín.
¿Y si las combinaba con unos pantalones de chándal gris para estar por casa?
Dios bendito, si es que sería mi perdición.
Shep se me quedó mirando, estudiándome con esos ojos color ámbar.
—Astilla... Hace nada y menos que me dejaste entrar por primera vez en tu casa. No sé yo si estás preparada para esto...
Dios, era tan buena persona... Motivo por el cual tomé una profunda bocanada de aire y sentencié:
—Yo sí.
Shep continuó mirándome un segundo más.
—En serio —insistí—. Será agradable poder compensarte por lo que has estado haciendo por mí.
Por lo visto, la lie expresando eso, porque Shep arrugó la frente.
—No me debes nada —aclaró, haciendo especial énfasis en el verbo.
Yo también lo miré fijamente a los ojos.
—Soy consciente de que estás cobrándome un diez por ciento de lo que deberías, más o menos.
El otro día fui a la ferretería durante la pausa en el trabajo y me paseé por los pasillos. Los precios estaban muchísimo más altos de lo que me había dicho Shep. Muchísimo más de lo que se podía cubrir con un descuento.
Desvió la vista hacia un lateral y ahí supe que había dado en el clavo.
—Déjame que haga esto por ti. Dispongo de un cuarto de invitados que lleva tu nombre. Vamos a tener que compartir el baño y sé que no es tan elegante como a lo que estás acostumbrado, pero...
Shep volvió a mirarme de repente y me cortó a mitad de la frase:
—Si crees que en lugar de quedarme aquí preferiría estar en cualquier otro sitio, vas muy equivocada.
Al ver cómo le ardía la mirada, con una mezcla de molestia y algo que me llevó a notar cierta calidez en el estómago, se me entrecortó la respiración.
Shep conseguía resucitar partes de mí que yo ni siquiera estaba convencida de que continuaran existiendo.
Partes de las que solo me acordaba cuando leía alguna novela romántica excepcionalmente buena; alguna que me recordase que los «felices para siempre» seguían existiendo, por más que fuera solo entre las páginas de un libro.
—¿Eso es un «sí»?
Sonrió y contestó:
—Es un «por supuesto».
Se me escapó la risa.
—Vale, bien —respondí.
Empecé a bajarle la mano del pecho, pero él me la cogió y volvió a colocarla ahí.
—Thea, no pretendo que te sientas incómoda. Así que tú establece las normas que quieras y yo las seguiré. Lo que tú necesites.
Qué buena persona era... Demasiado buena para que yo fuera a por él, pero bien que lo estaba haciendo.
—Contigo no me siento incómoda. Noto que quiero... más.
Un brillo dorado centelleó en sus ojos color ámbar.
—Más —repitió Shep.
Asentí.
—Eso de «más» me gusta —dijo él envolviéndome los dedos con los suyos—. Gracias, Thea.
—De nada.
Me dio un apretón en la mano.
—Bueno, ¿qué te parece si te llevo a cenar? —propuso.
—¿A cenar? —pregunté con un tono agudo en la voz.
—Nada sofisticado —me aseguró Shep—. ¿Qué te parece El Fresco? La comida está muchísimo más rica recién salida de la parrilla.
Nunca había comido en El Fresco. Había probado algo para llevar o me había quedado mirando su adorable interior desde el otro lado de las ventanas, pero nunca me había sentado en uno de esos reservados rojos.
Jamás había querido arriesgarme a encontrarme con alguien que fuera a querer entablar un mínimo de conversación o a mostrar cierta curiosidad hacia mí.
Pero ya estaba harta de todo eso. Si quería más, iba a ir a por más.
Lo cual significaba que solo había una respuesta posible:
—De acuerdo.
Shep aparcó justo delante de aquel bar de los años cincuenta cuyo letrero de color rojo y verde azulado con luces de neón rezaba: EL FRESCO .
Como todavía era temprano, no estaba atiborrado de gente, pero tampoco estaba del todo vacío.
Me habían empezado a sudar las manos, así que me froté las palmas en los vaqueros.
Eran los pantalones más elegantes que tenía.
Le había pedido a Shep que esperase mientras me cambiaba.
Él me había dicho que podía ir con lo que llevaba puesto, pero no pensaba salir con aquella ropa ni de broma.
De modo que, cuando me hube ocupado de Alce y de las crías de gato, hice todo lo que pude en veinte minutos.
Vaqueros oscuros y una blusa de manga casquillo con unos detallitos de encaje.
Incluso me había puesto un poco de sombra de ojos, rímel y algo de gloss .
Y, una vez más, había optado por descartar las lentillas.
Porque quería ser valiente. Quería ser yo .
Al salir, Shep me estudió de los pies a la cabeza y comentó:
—Si en veinte minutos consigues estar así, que Dios me libre.
Al oírlo decir eso, el estómago me dio una serie de vuelcos acrobáticos dignos de un espectáculo del Cirque du Soleil.
Sin embargo, ahora me preguntaba por qué me creía tan jodidamente valiente.
¿Y si alguien me reconocía como la ex de Brendan o, peor aún, de alguna de esas webs?
Empezó a subirme la bilis, pero me la tragué.
Shep me agarró la mano y entrelazó los dedos con los míos. A pesar de ser una acción simple, me ancló y consiguió que, juntos, fuésemos más fuertes que separados.
—Si es demasiado, puedo pedir que nos lo pongan para llevar y nos vamos de pícnic a algún lugar tranquilo.
Aparté la vista del bar para mirarlo a él. Su rostro era pura comprensión.
—Quiero entrar. Siempre he querido comer aquí. Tienen gramolas pequeñas en las mesas.
Shep dibujó una sonrisa.
—Y yo creo que tengo algo suelto para que podamos poner una o dos canciones. —Me observó durante un segundo—. Hagamos una cosa. Si en algún momento sientes que te agobias, tú dímelo. Pagaré y nos marcharemos. Vamos a ir a por más, pero sin punzadas.
Por punzada, la que noté en ese preciso instante. Pero fue de las buenas. De esas que notas cuando un hombre te entiende de la forma en la que jamás pensaste que te entendería nadie.
—A veces, vale la pena. Porque lo que te depara la vida es mucho más dulce que lo que has vivido hasta ahora.
Shep me acarició la mano con el pulgar.
—Me encanta que veas el mundo de esta manera —respondió dándome un último apretón en la mano, y luego me soltó—. Espérame aquí.
Arrugué la frente mientras Shep saltaba de la camioneta y rodeaba el vehículo por delante. Acto seguido, me abrió la puerta y sonrió.
El estómago me dio otro vuelco.
—Qué caballeroso —señalé.
En cuanto mis pies tocaron el suelo, Shep volvió a cogerme de la mano.
—A veces —me susurró al oído.
Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies. Uno de esos que van cargados de promesas. «Serénate».
Si no era capaz de entrar en un bar sin lanzarme sobre este hombre, ¿cómo iba a vivir con él?
Fue como si Shep me estuviese leyendo la mente porque, mientras me guiaba hacia El Fresco, no hizo sino ensanchársele la sonrisa.
—Regodearse está feo —espeté.
Él soltó una carcajada.
—Me gusta saber que influyo tanto en ti —respondió.
Lo fulminé con la mirada lo mejor que pude, pero él solo rio con más ganas.
Justo cuando Shep se disponía a coger el pomo, la puerta se abrió y él dio un paso hacia atrás para dejar salir a la otra persona.
Mara.
Nada más ver a Shep, los ojos azules de la chica se iluminaron. Sin embargo, ese brillo se apagó cuando reparó en que íbamos cogidos de la mano.
—Shep —graznó—. Thea. Me alegro de veros.
La mueca que dibujó él no me pasó desapercibida.
—Igualmente —respondió él—. ¿A por algo de cenar?
Mara se obligó a sonreír.
—Hoy toca noche de peli con las chicas —explicó—. Yo soy la encargada de llevar la comida.
—Seguro que os divertiréis —comentó Shep.
—Sí... —Mara desvió la vista hacia mí antes de volver a fijarse en él—. Que vaya bien, chicos.
Dicho esto, Mara se marchó tan deprisa como le permitieron sus piernas.
Levanté la vista hacia Shep.
—Me siento como si acabase de clavarle un puñal.
Él se apresuró a negar con la cabeza.
—No estuvimos juntos demasiado tiempo y nunca fue nada serio —aclaró.
—Pero ella hubiese continuado —comenté.
No era ninguna pregunta. Había visto el anhelo en los ojos de Mara. Tanto cuando habían coincidido con Shep en la panadería como ahora.
—Puede —respondió él con sinceridad—. Pero yo no sentía lo mismo por ella. No quería... más.
Al oír sus palabras, se me entrecortó la respiración. Pero lo entendí.
Me apretó la mano.
—No dejes que esto nos estropee la noche. Tenemos que comernos todo nuestro peso en fritos y batidos.
Shep tenía razón. Se suponía que lo de hoy tenía que ser algo bueno. Mi primer paso hacia la normalidad. Hacia la vida .
—Gran idea.
Shep me guio dentro, hacia un reservado que estaba vacío. Me acomodé en aquellos asientos de cuero rojo y examiné el encanto de los años cincuenta que me rodeaba mientras se nos acercaba una mujer vestida con su pertinente vestido rosa y con toques rojos, ambientado en la misma época del local.
—Shepard Colson en persona. Ya empezaba a preocuparme por si te habías olvidado de nosotros.
—Eso nunca, señorita Sally.
La mujer, cuyo pelo dejaba entrever ya algunas canas, rio y se giró hacia mí.
—Este de aquí tiene demasiado encanto.
No pude evitar responder a su sonrisa con otra propia y añadí:
—Y ego, también.
La mujer volvió a reír.
—Me caes bien. Thea, ¿verdad? Aunque sueles venir a por comida para llevar. Te pierden los aros de cebolla.
Me puse tensa, pero respiré para relajarme. Era normal. Cosas que pasaban cuando vivías en un pueblo pequeño.
—He pensado que ya iba siendo hora de disfrutar de la experiencia al completo.
—Así me gusta —respondió Sally—. ¿Sabéis ya lo que queréis para beber, niños?
—Para mí, un Arnold Palmer —contestó Shep—. ¿Y tú?
—¿Una Coca-Cola Light? Todavía tengo que acabar de leer la carta de batidos.
Sally sonrió.
—Mi favorito es el de pastel de cumpleaños. Tiene un nombre raro, pero está riquísimo.
—Me lo apunto.
Sally nos dejó un par de cartas sobre la mesa.
—Decidid con calma. Ahora vuelvo con las bebidas.
Shep no miró la carta, sino que permaneció con la vista puesta en mí.
—¿Bien?
Asentí.
—Es maja.
—Es amiga de mi madre. Fijo que luego me llama para enterarse de todo.
Me mordisqueé la comisura del labio.
—¿Tan malo es?
—Solo el hecho de que mi madre vaya a hacerme ochenta y dos millones de preguntas. Y tampoco me sorprendería que se pasara por la panadería.
Seguí inspirando profundamente. Era lo típico de vivir en un pueblo pequeño. Lo típico de tener una familia que se preocupaba por ti. Había cosas buenas. Solo tenía que hacerme a la idea.
—Si viene por allí, al menos podré ganármela con pastas.
Shep soltó una carcajada.
—Ahora que lo dices, no es mal plan. —Señaló la carta con la cabeza—. ¿Cómo lo ves?
Bajé la vista para estudiar las opciones, pero algo me llamó la atención. Había una persona al final de la calle, a lo lejos, y llevaba la capucha puesta para que no se le viese la cara. Aun así, juraría que estaba mirándome.
—¿Thea?
Levanté la vista de golpe hacia Shep.
—Disculpa, ¿qué?
—¿Estás bien? —Se giró para ver qué estaba mirando yo, pero, cuando seguí el recorrido de sus ojos, no vi a nadie en la calle.
—Sí. Es solo que pensaba que había visto... —Negué con la cabeza y cogí aire con fuerza—. Serán los nervios.
Shep alargó el brazo por encima de la mesa y entrelazó los dedos con los míos.
—A lo mejor te sigue pasando hasta que te acostumbres a todo esto.
Asentí y miré por detrás de su hombro. He aquí el mismo problema de siempre. Que yo nunca sabía cuándo eran imaginaciones mías o cuándo tenía razón, y el instinto me estaba advirtiendo para que echase a correr.