Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo veinticuatro . Shep
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Capítulo veinticuatro . Shep

Capítulo veinticuatro

Shep

Me sonó el móvil a través del manos libres de la camioneta mientras cogía la curva del camino de tierra que daba a la casa de Thea.

Había empezado a notar cierta incomodidad a media mañana, como una especie de sexto sentido que no había desaparecido.

Quería ver a Thea y detestaba no tener forma de preguntarle cómo se encontraba durante el día porque ella no disponía de un maldito teléfono.

Y todo por culpa del cabrón que la había aterrado.

Me obligué a deshacerme de estos pensamientos y desvié la vista hacia el salpicadero.

En la pantalla se leía: «Llamada entrante: Trace».

Dado que eran solo las tres y media de la tarde, sabía que estaba de turno.

Mi hermano se tomaba el trabajo en serio.

Para él, no era solo un trabajo. Era un deber.

Tuvo una infancia dura y, cuando creció, sintió que TENÍA que dedicarse a eso.

De modo que, cuando le tocaba pencar, no solía llamar para pasar el rato conversando.

Le di al botón del volante y respondí:

—¿Todo bien?

—Todo en orden —se apresuró a contestar—. No quería alarmarte.

Se me revolvieron las tripas. Hacía unos meses, Trace me habría vacilado por preocuparme por una simple llamada.

No obstante, ahora, iba con pies de plomo; tanto él como el resto de mi familia.

Se preocupaban porque sabían que lo que había ocurrido con Silas me había dejado tocado y no lo llevaba bien.

—Estoy bien —contesté entre dientes—. Lo que pasa es que tú no sueles llamar para cotillear en mitad del día.

—Vete a la mierda —musitó Trace.

Al oír esa respuesta, dejé la tensión a un lado. Una conversación normal.

—¿Qué hay? —pregunté.

—Quería informarte de que he intentado hablar con Raina Wheeler otra vez.

Desde que Thea me confesó lo suyo hacía un par de días, no había vuelto a pensar ni en Raina ni en Russ. Me había centrado tantísimo en Brendan que casi me había olvidado de las gilipolleces de Russ. Aunque para Raina esto era imposible. Era su día a día. Si es que menudo cabrón estaba hecho...

—¿Y cómo ha ido? —me interesé.

—Como siempre. Se ha cerrado en banda y me ha dicho que tenía que irme porque Russ volvería en cualquier momento y no le gustaría encontrarme allí.

Agarré el volante con más fuerza.

—No me gusta nada ver cómo se va apagando Raina. Cuando íbamos al insti, estaba llena de vida. Incluso era divertida. Ahora es como si le diese miedo dar hasta el más mínimo paso.

Tras un largo silencio, Trace confesó:

—Me mata no poder hacer nada. No tengo pruebas. No hay ninguna denuncia para que pueda detenerlo.

Seguro que eso le traía malos recuerdos a mi hermano. Por cómo se había visto obligado a vivir durante tanto tiempo. Por el entorno volátil en el que había tenido que sobrevivir.

—He llamado a Fallon —prosiguió—. Intentará enterarse de algo. Tiene muchas formas de conectar con Raina.

Fallon era trabajadora social en el condado de Mercer. Estaba en el departamento de los servicios de protección a menores, pero la oficina en general no era demasiado grande, así que tenía muchísimos contactos que podrían ayudar a Raina.

—Buena idea. Además, si alguien puede llegar a Raina, es Fal.

Fallon poseía una ternura especial. Nuestra hermana era sumamente empática, cargaba con el dolor del mundo entero y no miraba atrás. Hacía lo que hiciera falta con tal de conseguir que quienes la rodeaban se sintieran mejor.

—Eso he pensado yo también —coincidió Trace—. Es mi última esperanza. Ya no se me ocurre nada más.

—Has hecho todo lo que has podido. Más de lo que harían muchas personas.

Trace suspiró al otro lado de la línea y declaró:

—Yo no opino igual...

—Pues deberías —insistí.

—Supongo. —Guardó silencio—.Tú, ¿qué tal? Rho me ha comentado que has avanzado bastante en casa de Thea.

Al oír sus palabras, me puse tenso. Por lo general, no me desconcertaría que Rho y Trace hablasen de mí.

En una familia tan grande como la nuestra, nos manteníamos al tanto de los acontecimientos generales de la vida de nuestros hermanos.

Pero sabía que no era solo por eso. Trace quería saber cómo estaba.

Intenté evitar que me molestara.

—Sí. La fuga era bastante chunga. Ahora estoy arreglándole el baño.

—¿Y cómo te sientes con... todo?

Trace fue directo al grano. Supongo que era mejor eso que andarse con rodeos. Pero me irrité todavía más.

—Estoy bien. A quien secuestraron y casi matan no es a mí.

Trace inhaló con fuerza.

Si es que lo mío era de cabrón de manual. Simple y llanamente.

—Perdona —musité.

—Nos preocupamos por ti; eso es todo. Cuando descubrimos que era Silas, te lo tomaste muy a pecho.

—¿Y a ti no te habría pasado lo mismo? —espeté.

—Sí, también —respondió Trace—. Precisamente por eso quiero saber cómo estás, pedazo de cabezota. Así que deja de morder y dime la verdad.

Solté el aire en una larga exhalación.

—Voy tirando. Esto de pasar tiempo con Thea... me está ayudando.

Fui tan sincero como pude. Más de lo que debería haberlo sido.

Pero es que era la verdad. Thea provocaba en mí un efecto relajante y me tranquilizaba más de lo que me había calmado nada en los últimos meses.

Aunque, por encima de todo, estaba el hecho de que ayudarla me ofrecía el propósito que tanto necesitaba.

—Me apetece conocer a esta chica. ¿Vas a traerla a cenar algún día?

Me imaginé a Thea sentada en la mesa de la familia Colson. Encajaría. Pero también se agobiaría.

—No lo sé. Es un poco tímida.

Trace rio.

—¿Qué? ¿Todavía no quieres exponerla al caos de los Colson?

Sonreí con la vista puesta al otro lado del parabrisas, a través del cual ya se apreciaba la casa de Thea.

—No quiero asustarla.

Trace silbó por lo bajo y concluyó:

—A ti te gusta.

—Sí.

Era así de simple, pero también era mucho más que eso.

—Bueno, cuando estés listo, me apetecerá conocerla.

—Apuntado. Tengo que irme.

—Vale. Cuídate, Shep.

—Igualmente. Dile a mi sobrina que la quiero.

Cuando Trace volvió a hablar, oí la sonrisa que se escondía en su voz:

—Quiere que vayas a montar a caballo con ella y Arden el próximo finde.

—Veré qué puedo hacer.

Colgamos justo cuando detuve el coche delante de la casa de Thea. Ella estaba fuera, regando el jardín con ese maldito mono y su gato intentando atacar el agua a medida que Thea se iba moviendo. Era una imagen absurda como la que más, pero, en cierto modo, resultaba hipnotizante.

Por cómo se había recogido el pelo en un moño, dejando su largo y delicado cuello al descubierto; ese cuello que tantas ganas tenía yo de recorrerle con la lengua.

Por cómo el sol le acariciaba sus marcados pómulos, aportándoles un poco de brillo.

Thea había nacido para esto, para estar en su jardín, en sintonía con el sol y la naturaleza que la rodeaba.

Apagué el motor, cogí una bolsa y bajé de la camioneta. Thea desvió sus ojos, ahora verdes, hacia mí. Eso, el hecho de que ya no se escondiera de mí, de que ni siquiera escondiera el tono natural de sus ojos, hizo que algo me calara muy hondo en el pecho.

Sonrió y me saludó:

—Hola.

—¿Qué tal el día? ¿Cómo te sientes?

—Bien —contestó—. Aliviada. Creo que contártelo me ayudó a deshacerme de un poco de la presión que tenía acumulada dentro. Eso y echar las paredes esas abajo.

—Me alegro —dije acercándome a ella.

Alce pegó un salto en el aire e hizo una especie de pirueta en un intento por atacar la boca de la manguera.

Sacudí la cabeza.

—Pero ¿qué le pasa al gato mutante este?

Thea me miró con el ceño fruncido.

—No le pasa na-da. Y no es un gato mutante.

—¿Qué le ha hecho el agua?

Thea rio.

—Podría estar aquí para hacernos muchísimo daño físico a todos.

Alce batallaba con el agua, pero fue como si supiese que estaba hablando de él, porque se giró hacia mí y bufó.

—Alce —lo riñó Thea.

El gato soltó una especie de maullido estrangulado.

Rebusqué en la bolsa y saqué una más pequeña con premios. En cuanto la sacudí, Alce vino corriendo hacia mí y se sentó igual que lo habría hecho un perro.

Desvié la vista hacia Thea.

—¿Eso se lo has enseñado tú?

Ella contuvo la risa.

—No. Pero son sus favoritos. Es de chantaje fácil.

Abrí la bolsita y le di un par de premios. En cuanto alargué el brazo, Alce me agarró la mano con las patas delanteras y se la acercó a la cara.

—Por Dios... —musité mientras el animal se zampaba los premios—. Al final voy a perder un dedo.

Thea se limitó a sonreír.

—No te voy a decir que es imposible porque te aseguro que no lo es.

Me acerqué a ella; tanto que incluso noté el calor que desprendía su cuerpo. Sentí una necesidad tan apremiante de besar a Thea que tuve que morderme el interior de la mejilla para mantenerme a raya. Ella echó a andar con esos ojos verdes puestos en mí.

La envolví con un brazo y la acerqué más.

—¿De verdad que estás bien? —le pregunté.

Thea levantó la vista hacia mí sin esconder absolutamente nada. Y advertí el embrollo de emociones que inundaban sus ojos.

—No he dormido demasiado bien.

—Joder... —susurré.

—No pasa nada.

—Sí que pasa.

Y detestaba que hubiese estado sola mientras trataba de descansar. Quería estar aquí para acariciarla y que volviese a quedarse dormida. O para cansarnos ambos y que no nos quedara más alternativa que quedarnos fritos. Esta última opción pintaba muchísimo mejor, leches.

Me miró y se le relajó la expresión.

—Puede que haya dormido mal, pero el día ha ido bien. Me he sentido... mejor. Más valiente.

Aquellas palabras sonaron genial.

—Me alegro —le dije.

—Yo también.

En ese instante, no pude contenerme y me incliné. Le acaricié la sien con los labios en un roce suave como una pluma. Sin embargo, un maravilloso ardor se abrió paso en mi interior al notar su piel contra la mía.

—Eres una de las personas más fuertes que conozco —susurré.

Cuando me separé, nos aguantamos la mirada. Sería tan fácil agachar la cabeza y besarla... Thea separó los labios y echó la cabeza hacia atrás en un mudo permiso. Esos carnosos labios color fresa... Quería descubrir a qué sabían. A qué... Me sonó el móvil.

El sonido fue tan estridente que ella se sobresaltó en mis brazos. Solté una maldición mientras apartaba las manos de Thea y extraje el aparato de mi bolsillo. Vi el nombre de Jennie en la pantalla.

—Mi agente inmobiliaria —dije antes de aceptar la llamada—. Jennie, buenas.

—Shep —me saludó ella, que no perdió ni un segundo y fue directa al grano—: Esto de encontrar una casa que cumpla con tus requisitos no está siendo nada fácil. Podría ofrecerte una, como muy pronto, en septiembre.

Solté otro taco.

—¿Puedes quedarte en la de Cope un par de meses? ¿O con Nora?

He aquí el problema de vivir en un pueblo pequeño. Jennie conocía a toda mi familia y nos había ayudado a casi todos a comprar una casa.

—Sí. Ya me espabilaré. Tú ve preparándome el alquiler para la casa esa en septiembre.

—Hecho. Si necesitas algo más, avísame.

—Gracias, Jennie.

—Para eso estamos.

Colgué y vi que Thea me estaba estudiando.

—¿Qué ocurre? —se interesó.

Volví a guardarme el teléfono en el bolsillo.

—No, nada... Es que tengo que alquilar algún sitio mientras arreglo la nueva casa. Y no ha encontrado nada disponible hasta septiembre.

Thea me estudió largo y tendido, e insistió:

—¿Y qué más?

Thea era así. Siempre veía más allá. Cosa que yo ya había percibido al observarla de lejos. Sin embargo, ahora que la conocía de verdad, lo estaba experimentando de primera mano. Thea tenía un radar para los baches y las heridas, para todo aquello que pudiese ir mal.

—Esto significa que tendré que vivir un par de meses con mi madre o con mi hermano. Desde que secuestraron a Rho han estado muy... encima de mí. Cuando me enteré de que había sido cosa de Silas, no lo llevé nada bien.

Si Thea había estado dispuesta a contarme su cruda realidad, lo mínimo que podía hacer yo era contarle la mía. Por más débil que me hiciera parecer.

A diferencia de lo que creía, Thea no mostró lástima alguna. Simplemente cerró la manguera y vino hacia mí.

—Te culpas —observó.

Noté cierta acidez en la garganta.

—Me pasé casi una década trabajando con él —argumenté.

—Y el perfilador del FBI que se había formado hasta la saciedad también se pasó años trabajando con Silas y tampoco lo vio.

Cerré la boca de golpe.

—Shep —dijo Thea en un tono amable a la vez que me colocaba una mano en el pecho—. La gente engaña. Pensamos que son de una manera y, en realidad, son de otra. Esto no nos define a nosotros; en todo caso, los define a ellos.

Sabía que a Thea le había costado pronunciar esas palabras. Porque ella entendía ese tipo de tortura a la perfección.

—Detesto que Silas le hiciera todo eso a Rho. A Anson. Y si tuvo acceso a ellos y pudo infligirles tanto dolor fue por mi culpa.

—¿Y crees que no habría encontrado la forma de dar con ellos, con o sin ti? —me cuestionó Thea—. Era un maldito psicópata.

Solté el aire con aspereza.

—Ya lo sé. Pero es que... me jode.

—Normal. Y no ayuda que la gente de tu alrededor vaya siguiendo todos y cada uno de tus pasos por si te rompes.

—No. No ayuda —coincidí.

Thea guardó silencio un minuto sin apartarme la mano del pecho y me buscó la mirada con los ojos. Las dos palabras que pronunció a continuación me dejaron totalmente en shock .

—Quédate aquí.