Capítulo veintitrés. Thea
Capítulo veintitrés
Thea
—¿Crees que algún día dejaremos esta avalancha de turistas atrás? —preguntó Sutton apoyándose contra el mostrador trasero.
—Durará todo el verano. Y luego habrá otra ola más el Día del Trabajador —respondí mientras pasaba un trapo por la encimera, alrededor de la caja registradora—. A la gente le encanta ese último adiós.
Sutton movió el cuello hacia un lado y lo hizo crujir.
—Debería estar agradecida, pero lo que estoy es reventada y me muero de ganas de un descanso —señaló.
Me giré hacia mi amiga y la estudié. Se había pasado los últimos meses dejándose la piel para convertir este sueño en realidad.
—Tienes que contratar a alguien más —sugerí—. Estás forzando la máquina. Necesitas dormir ocho horas seguidas.
—Hummm. Ocho horas. ¿Qué se siente? —preguntó ella con aire soñador.
—Va en serio. Acabarás quemándote o cayendo enferma.
—Lo sé, lo sé... Pero es que no quiero contratar a nadie más cuando la temporada baja está a la vuelta de la esquina.
—¿Y si buscas a algún pastelero para no tener que despertarte a las tres de la madrugada? —insistí.
Sutton negó con la cabeza.
—Preparar las pastas es lo mejor de todo. Estar sola con el silencio... Es como si el mundo entero se desvaneciera.
—Me alegro de que te guste tanto, pero ¿y si te gustara solo un par de días a la semana?
Mi amiga rio.
—Algún día. Pero, de momento, tengo que hacerlo yo.
Asentí a pesar de que no me satisfizo su respuesta.
Aunque, a decir verdad, tampoco sabía cuál era la situación financiera de Sutton.
Tenía la sensación de que estaba apretándose el cinturón y de que se privaba de muchas cosas con tal de poder darle a Luca todo lo que el niño quisiera y necesitara.
Pero la panadería iba viento en popa, de modo que, con un poco de suerte, la situación cambiaría pronto.
—Por cieeertooo... —empezó a decir mientras se limpiaba los dedos con un trapo—. ¿Qué tal eso de tener a Shep ayudándote en casa?
Me bastó con oír su nombre para que se me avivara el cuerpo entero. Lo cual debería haber sido una red flag descomunal. Pero, por lo visto, yo no conseguía verla.
Tragué saliva en un intento por humedecerme la garganta.
—Pues... bien.
Ella arqueó una ceja a modo de pregunta y sin decir ni mu. Típico de las madres.
—Creo que... somos amigos.
Sutton suspiró y, con lo que parecía cierta decepción, señaló:
—Thea, la gente no es solo «amiga» de un hombre con esas pintas.
Ahora, a quien le tocó enarcar una ceja fue a mí.
—Tú sí —contraataqué.
Sutton movió la cabeza.
—Es distinto. Yo ya no estoy para esas cosas.
Jamás había insistido para saber más acerca de Sutton.
Ni para saber por qué se había mudado a Sparrow Falls ni para enterarme de si Luca tenía a alguna figura paterna en su vida.
No había insistido porque no quería que Sutton insistiera conmigo.
Y tal vez eso me convirtiera en una amiga pésima.
Pero últimamente estaba saltándome todas mis normas, así que... ¿vendría de una?
—¿Por qué? Eres lista, divertida y superguapa. Sé que más de uno te ha pedido salir.
A Sutton se le ensombreció un segundo la mirada.
—Tuve una mala experiencia con una relación. Mi pareja se convirtió en una persona a quien yo ni reconocía. Dudo que vuelva a estar preparada para nadar en esas aguas hasta dentro de mucho.
Me la quedé mirando durante un minuto eterno hasta que reuní tanta valentía como pude y confesé:
—Sé de lo que hablas. Al final, piensas que estás loca.
La empatía le inundó el rostro a Sutton.
—Hace que te replantees todos los momentos compartidos. Y todo se convierte en una mentira o en una punzada de dolor —añadió ella.
—Lo siento —dije en voz baja.
Sutton se irguió.
—Yo no. Me cambió, pero esta nueva versión me gusta más. He descubierto que soy fuerte. Me valgo por mí sola. Cuido de mí y de mi hijo. Es una sensación increíble.
Esbocé una sonrisa. Sutton tenía razón. Nunca me alegraría de haber pasado por lo que había pasado, pero me había ayudado a diferenciar lo verdaderamente importante. Y me había convertido en una persona más empática y comprensiva con los problemas ajenos.
—Eres una crack de la panadería y una supermadre —señalé.
Sutton me sonrió.
—Pues sí. ¿Te convierte esto en mi compinche?
Solté una carcajada.
—Dame un atuendo chulo, al menos.
—Hecho.
Al oír tintinear la campanita de la puerta, me giré y paseé la vista por la panadería, prácticamente vacía, hasta que mis ojos distinguieron una cara familiar. No pude evitar buscarle cualquier posible moratón. No encontré indicio alguno de nada. Ni siquiera en los brazos.
Le dediqué una cálida sonrisa.
—Hola, Raina. Me alegro de verte.
Ella dibujó otra, tímida.
—Igualmente —contestó.
—¿Qué te pongo hoy?
Normalmente, Raina venía en hora punta, por la mañana, pero ahora llevaba semanas sin pasarse por aquí.
—¿Una ensalada de pollo y un bocadillo de huevo para llevar, por favor?
—Por supuesto.
Apunté el pedido en la tablet y le di el total.
—Aviso a Walter —dijo Sutton, metiéndose en la cocina.
—¿Qué tal todo? —pregunté mientras Raina pasaba la tarjeta por el datáfono.
Levantó la vista de inmediato, sorprendida.
No solíamos hablar demasiado. Raina siempre se había mostrado tímida y tampoco es que yo fuese precisamente muy habladora.
Hoy, sin embargo, estaba siendo valiente.
Sutton me había recordado que el calvario que había vivido me había cambiado en muchos aspectos y no pensaba echar a perder algo tan bueno.
Además, a pesar de que yo no supiera qué le ocurría con Russ, Raina necesitaba una amiga.
Tragó saliva mientras guardaba cuidadosamente la tarjeta en la cartera.
—Bien. Bastante liada. —Me miró a los ojos—. Siento lo del otro día en el despacho. A veces Russ... Bueno, es que... No tiene mucha paciencia. Y Shep no le cae demasiado bien.
Me entraron ganas de resoplar, pero me contuve. Russ era más que impaciente y Shep le caía tan mal que casi parecía que lo odiase. Sin embargo, en lugar de manifestar nada de eso, elegí bien las palabras que pronuncié a continuación:
—A veces, cuando nuestra pareja se comporta de forma extrema, es complicado. Puede darnos la sensación de que es culpa nuestra. Pero te prometo que no es así.
Raina volvió a abrir los ojos como platos. Abrió y cerró la boca de nuevo y repitió esa misma acción varias veces, si bien nunca llegó a expresar ni una sola palabra.
—A mí también me pasaba —susurré—. Si alguna vez necesitas hablar con alguien o una persona en quien confiar, puedes contar conmigo.
Las lágrimas le centellearon en los ojos.
—He...
—Raina —la llamó alguien desde la puerta, con un tono seco—. ¿Por qué narices tardas tanto?
—Es, eh... —musitó ella.
Sutton apareció en ese mismo instante con una bolsa en la mano, pero con la frente arrugada.
—Tengo su pedido aquí mismo, señor Wheeler. He añadido un par de galletas; invita la casa.
El hombre se limitó a hacer una mueca de desprecio y reprendió a su mujer:
—Ya te he dicho que deberíamos haber ido a El Fresco. Aquí, el servicio siempre ha sido muy deficiente.
Raina cogió la bolsa y agachó la cabeza.
—Lo siento —se disculpó con un hilo de voz prácticamente inaudible para que solo pudiese oírla yo. Acto seguido, salió de la panadería.
Cuando ya estaban fuera y la puerta se hubo cerrado, yo seguí con la vista puesta en ese mismo punto durante un largo minuto.
—Creo que odio a este hombre. Y eso que a mí no me gusta utilizar esta palabra —comentó Sutton detrás de mí.
—Ya somos dos —musité.
Aunque, más que nada en el mundo, yo deseaba que Raina estuviese bien lejos de él.