Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo veintidós. Shep
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Capítulo veintidós. Shep

Capítulo veintidós

Shep

En cuanto me refugié de los rayos de sol de primera hora de la mañana y me metí en la vieja finca, me recibieron las palabras de un ocurrente Anson:

—¿Te has pasado la noche tragándote bebidas energéticas y currando?

Entendía por qué lo preguntaba. Thea y yo avanzamos más anoche en unas cuantas horas de lo que habíamos avanzado con Anson durante los dos días anteriores.

En parte porque, ahora que sabía dónde estaban el cableado y las tuberías, podía ir más deprisa.

Y en parte porque Thea se había puesto a demoler paredes como si de una experta se tratase.

Se me dibujó una sonrisa en los labios nada más acordarme de eso. De Thea, con el pelo recogido en un moño alto, unas gafas y una mascarilla enormes, bañada en polvo de pladur y gritando cosas sin sentido mientras estampaba el mazo contra la pared.

—Tío, ¿estás bien? ¿Te ha dado un infarto? —preguntó Anson mientras me chasqueaba los dedos delante de la cara.

Le aparté la mano y respondí:

—Deberías alegrarte del progreso.

—Me alegro, pero pensaba que habrías tenido una noche de mierda y que por eso te habías puesto a demoler paredes cabreado. Aunque estás sonriendo. Y hace meses que no te veo sonreír.

«Desde antes de que secuestraran a Rhodes». Eso no lo dijo.

Me froté mi barbuda mejilla con la mano.

—Anoche traje a Thea aquí. Necesitaba desahogarse. Unas horas y la pared... desapareció.

Anson guardó silencio durante un minuto bastante largo y concluyó:

—Le preguntaste por Brendan Boseman.

Me bastó con oír su nombre para que la iracunda culebra que habitaba en mi interior se despertase.

—Pues sí.

Anson simplemente esperó. He aquí una de sus cualidades. Sabía cuánto poder había en un silencio.

Pero yo ya estaba acostumbrado. Desde que empezó a trabajar conmigo hacía unos cuantos años, ya me había hecho a su carácter taciturno. Así que lo miré a los ojos y cogí la cartera. Tras hurgar un poco, saqué un billete de un dólar y se lo pasé.

—No pienso hacerte ningún striptease porque me des un dólar.

Le hice una peineta y aclaré:

—Quiero contratarte.

—Eh... Shep, ya trabajo para ti. Desde hace años.

Negué con la cabeza.

—Tu faceta de psicólogo. Eso significa que lo que hablemos será todo confidencial, ¿no?

Anson entró en tensión y se puso en modo alerta de inmediato.

—Ya no hago de psicólogo. Además, desde que acabé los estudios, nunca he ejercido como tal.

—Pero eso no significa que no lo seas.

Él entornó los ojos y contestó:

—Bueno, incluso suponiendo que mi licencia no hubiese caducado, dicha confidencialidad solo se mantendría siempre y cuando yo no crea que alguien supone un peligro, ya sea para sí mismo o para terceros.

—Por eso no tienes que preocuparte.

A no ser que el puto Brendan Boseman fuese su paciente.

Anson permaneció en silencio durante un largo minuto y, acto seguido, cogió el billete y se lo guardó en el bolsillo, vanagloriándose.

—Muy bien. Empecemos con la confidencialidad. Pero ya sabes que podrías habérmelo pedido y ya.

Cierto. Podría haberlo hecho sin más. Pero Rhodes era amiga de Thea.

Se preocupaba por ella y Anson lo sabía.

Si no me aseguraba de que le quedase claro lo muy importante que era que no se cargara la confianza que estaba depositando en él, muy probablemente se sentiría tentado a compartir algún que otro detalle con mi hermana.

—Thea estuvo años saliendo con Brendan —comencé a decir.

—¿La maltrató? —preguntó Anson, a quien no se le escapaba nada.

—Sí. Pero no como tú crees.

Y se lo solté. Intenté explicárselo de la forma más difusa posible a sabiendas de que Thea no querría que se lo contara todo. Pero yo estaba desesperado y no tenía ni idea de cuán preocupado debería estar ni de qué precauciones teníamos que tomar. Y sabía que encontraría esas respuestas en Anson.

Cuanto más hablábamos, más cabreado lo veía. Empezó a deambular de aquí para allá y a repiquetearse el muslo con los dedos. Cuando al fin terminé, se detuvo y se giró hacia mí.

—¿Qué te parece?

—Me parece que es un marrón jodidísimo y que ahora tengo ganas de arrancarle los huevos a ese Brendan.

—Vaya, gracias por darme una opinión tan profesional, doctor Hunt.

Anson suspiró y se apretó la nuca.

—No puedo diagnosticar a alguien sin verlo ni tratarlo.

—¿Pero...? —pregunté, porque me daba la impresión de que la cosa no terminaba ahí.

—Tiene pinta de seguir muchos de los patrones de alguien con trastorno de personalidad.

Grandes cambios en su percepción de los demás, que pasa de idealizarlos a menospreciarlos; sobre todo, en las relaciones románticas.

A veces se comportan de forma imprudente, dándole al alcohol o a las drogas, por ejemplo, tal y como te contó Thea.

—¿Y qué significa esto ahora para ella? —pregunté con la voz tensa.

Anson movió la cabeza.

—Puede que nada —respondió—. La gente que sufre estos trastornos sigue viviendo con normalidad. Hay muchas opciones para tratarlos. Pero... lo que me preocupa es que Thea sintiera que tenía que desaparecer por completo tras cortar con él. Apunta a que hay más.

Yo ya sabía que había más. Estaba convencido de ello.

—No puedo insistir para que me cuente de qué se trata ese «más».

—No, por supuesto que no. Thea solo puede contarte lo que esté dispuesta a compartir. Pero, dado el comportamiento de Brendan, aquí hay cierta obsesión.

—¿Y...?

Anson clavó los ojos en los míos.

—Pues que estaba obsesionado con algo que desapareció de su órbita. A no ser que haya encontrado un reemplazo para Thea, esa obsesión llevará años cociéndose.

Todo eso sonaba fatal.

—¿Qué ocurre si descubre dónde está Thea?

—Si Brendan descubre la ubicación de Thea ahora, las cosas podrían ponerse bastante violentas, por más que en el pasado no fuese el caso.

—¿Cómo la ayudamos? —quise saber, a pesar de que a duras penas pude pronunciar aquellas palabras.

—No sé yo si podemos hacer mucho por ella, aparte de echarle un cable para que se recupere —respondió Anson en voz baja—.

Ha dado un paso enorme al abrirse contigo.

Que también se haya abierto ni que sea un poquito con Sutton y Rhodes también es buena señal.

Tiene que seguir con su vida, pero a su propio ritmo.

Lo único que puedes hacer tú es animarla a que no desista en el empeño.

Si ya me costaba tragar saliva por culpa del nudo que se me había instalado en la garganta, ya no digo hablar. Aun así, al final conseguí sentenciar:

—No voy a permitir que le haga daño.

Anson me miró a los ojos.

—No siempre podemos controlarlo todo. Pero sí podemos llevar a cabo aquello que la ayude a estar a salvo.

Y una mierda que no. Yo ya le había fallado a una de las personas que más me importaban. No iba a suceder lo mismo con Thea.