Capítulo veintiuno. Thea
Capítulo veintiuno
Thea
Me quedé mirando los amplios campos que nos rodeaban a través de la ventana de la camioneta de Shep. Campos flanqueados por bosques que estaban, a su vez, flanqueados por montañas. Ver cómo se mecían los pastos con la brisa era reconfortante.
Mientras Shep conducía, yo me relajé. No insistió ni me hizo preguntas.
No dijo nada en absoluto. Simplemente me dejó espacio; parecía que hubiese entendido que necesitaba estar en silencio para recomponerme.
Me dolía un poco la cabeza y me ardían tantísimo los ojos que había tenido que quitarme las lentillas.
Pero daba igual. Ahora Shep ya sabía quién era. No hacía falta que me escondiese. Además, veía mejor sin ellas. No es que me molestara llevarlas, pero en algunas ocasiones me distorsionaban la visión. Ahora lo veía todo con claridad.
La majestuosa belleza de Castle Rock y las Montañas Monarca. Las depresiones e inclinaciones del terreno que llevaban a ambos lugares. Nunca me cansaría de este paisaje. Era tan distinto a los atascos de Los Ángeles...
Shep puso el intermitente a pesar de que no había más coches en la carretera; al menos, hasta donde alcanzaba la vista. Sonreí. Era de los que seguían las normas. Buena persona de los pies a la cabeza.
Avanzamos por el camino de gravilla unos cinco minutos más antes de llegar a lo que parecía un portón bastante nuevo. Shep bajó la ventanilla e insertó un código en el teclado numérico. Al cabo de un segundo, el portón se abrió.
Y entonces vislumbré algo en la distancia. Una casa con pintas de haber resistido la ira del viento, la lluvia y la nieve. A pesar de que quedaba lejos, el tono marrón grisáceo que atisbé indicaba que la estructura había ido aguantando, golpe tras golpe.
Ese color le pegaba. Hacía que el edificio casi se camuflara con los tonos dorados del follaje a su alrededor. Sobre todo, porque no había ninguna construcción más a la vista.
—¿Y esta casa? —pregunté con la voz oxidada, como debían de estar todas las bisagras de las puertas del lugar en cuestión.
—Es mía. Mi nuevo proyecto.
Me obligué a apartar la vista de la vivienda y a volver a centrarla en Shep.
—¿La has comprado?
Asintió.
—Cerré el trato hará un par de semanas. Hemos empezado a rehabilitarla con Anson, pero igual tardamos diez años en acabar.
—¿Quieres venderla de nuevo?
—Esa es la idea. Aunque creo que me costará despedirme de ella. Tiene algo.
Desvié la vista de nuevo hacia la casa. Sí, tenía algo. La majestuosidad de aquel edificio era un claro reflejo de la de aquel impresionante paisaje. Y, cuanto más nos aproximábamos, más embelesada me quedaba yo.
—¿De cuándo es?
—Data de cuando empezaron a asentarse en esta zona. Entre mediados y finales del siglo XIX .
—Guau... —Fue más un sonido que una exclamación.
Esa casa tenía muchísima historia. Formar parte de algo así era muy especial.
En cuanto Shep hubo aparcado, salté de la camioneta y eché a andar para poder contemplarla mejor.
Me acerqué más. Incapaz de contenerme, coloqué una mano directamente sobre el revestimiento.
Era áspero y la madera estaba prácticamente descascarada en algunas zonas.
Desde aquí pude apreciar que, en su día, la casa fue de color blanco.
—Tendremos que cambiar el revestimiento entero —me contó Shep, colocándose a mi lado.
—Este color le pega.
Noté que tenía la vista puesta en mí.
—Creo que tienes razón —coincidió—. Hace que parezca que la casa haya germinado de la mismísima tierra.
Asentí y paseé los dedos por las tablas de madera.
—Y que encaja —añadí.
Aguardamos un minuto en silencio y, acto seguido, Shep me preguntó:
—¿Quieres entrar?
Se me encorvaron los labios en una especie de discreta sonrisa.
—¿A ti qué te parece?
Shep rio.
—Justo la respuesta que esperaba.
Me guio por aquel machacado terreno y por los peldaños rotos de delante. Había un candado con una combinación en la puerta; Shep lo abrió en un periquete y se giró para mirarme por encima del hombro.
—Prepárate. No tiene las mejores pintas del mundo, ahora mismo.
No debería haberme advertido porque, en cuanto puse un pie en el interior, me quedé maravillada. Admiré la belleza de los fundamentos bajo el polvo y aquel cuarteado empapelado. La exuberante artesanía del lugar, aquella ornamentada escalinata, los techos de gran altura...
Aunque era un poco sofocante. Aquel montón de habitaciones (que, en su día, debieron de servir para infinitos propósitos de los adinerados dueños del lugar) desprendía cierta formalidad.
—Por tu cara, entiendo que estás dudando. Pero tú escúchame. —Shep empezó a adentrarse por la casa antes de que me diese tiempo a decir nada—. Vamos a echar estas paredes abajo. —Le dio un golpecito a una cuyo pladur ya habían arrancado—. Mira qué hay al otro lado.
Lo seguí y cruzamos ese par de puertas batientes hasta llegar a un salón grande y formal, con infinidad de ventanas.
—Nos desharemos de estas ventanas y pondremos unas nuevas de PVC, para ahorrar en consumo energético.
Toda la pared del fondo se convertirá en un ventanal; será como estar viviendo en la cima de ese campo de ahí.
Esta pared de aquí también desaparecerá porque al otro lado está la cocina.
Así, conseguimos una cocina salón abierta y, al entrar, solo se verá naturaleza.
Con solo esas palabras, Shep consiguió que pudiese imaginármelo todo. Y era espectacular.
—Una composición entre lo viejo y lo nuevo.
Asintió sonriendo como un niño el día de Navidad y prosiguió:
—Quiero mantener la carpintería original. Nos cargaremos varias paredes de arriba para ampliar algunas de las habitaciones más pequeñas. Hay trece.
Abrí los ojos como platos.
Shep rio.
—Ya. ¿Qué haría alguien con trece habitaciones hoy en día? —preguntó él.
—¿Tener un montón de hijos?
Sonrió y respondió:
—Es una forma de ocuparlas... Pero yo preferiría tener menos habitaciones y que fuesen más grandes. Y seguramente me desharé de algunas para poder agrandar los baños y añadir armarios. No es que hubiese demasiados en el siglo XIX .
—Hummm.
A mí, los armarios me daban igual. Ahora bien, si la cosa iba de baños, otro gallo cantaría.
—Con estas vistas, has de instalar una bañera delante de un ventanal.
Yo era consciente de todas y cada una de las veces que Shep me miraba. Siempre notaba su ahumada calidez. Sin embargo, ahora, esa sensación fue más intensa.
—Conque te van las bañeras, ¿eh?
Me dirigí a la ventana.
—No hay nada mejor que disfrutar de un buen baño después de un largo día. Pero ¿una bañera con estas vistas? —Silbé con discreción—. Yo no saldría ni a la de tres.
—Bueno es saberlo —contestó Shep con la voz muy sutilmente ronca.
Me giré hacia él y, al descubrir cómo me observaba, me quedé inmóvil.
No me equivocaba con lo del calor de su mirada.
Juraría que veía cómo centelleaban unas motas doradas en sus profundos ojos color ámbar.
Pero Shep no se movió. No se me acercó. Simplemente permaneció con la vista puesta en mí, dejando que esa maravillosa fogosidad me acariciara la piel.
—Gracias por traerme aquí.
El calor de sus ojos se difuminó y su mirada adoptó un tono amable.
—He pensado que igual te gustaría —confesó—. Y también he pensado que, después del día que has tenido, igual te gustaría ayudarme a partir mierdas varias.
Al oír eso, solté una carcajada.
—¿Partir mierdas varias?
Shep asintió.
—¿Qué me dices, Astilla? ¿Quieres ayudarme a echar esta pared abajo para que podamos construir algo mejor?
Me vino un recuerdo a la mente. Uno de Shep y yo en la terraza de mi porche trasero mientras él me contaba lo que había hecho su padre para ayudarlo a procesar mejor sus emociones. Cómo lo había logrado trabajando con sus propias manos. Shep estaba intentando ofrecerme lo mismo a mí.
—Algunas paredes sí que podría cargarme...
A Shep se le ensanchó la sonrisa.
—Liémosla un poco —sentenció.
Echó a andar hacia una ordenada pila de herramientas y equipamiento de construcción.
Rebuscó un poco y regresó con un par de gafas parecidas a las que había utilizado yo en la clase de Química, cuando iba al instituto.
Me las pasó por la cabeza para colocármelas bien y detuvo el movimiento justo ahí.
Inspiré mientras miraba a Shep a la cara, con toda su fuerza y ternura. Apartó las manos en un santiamén, se puso otro par de gafas y me pasó un mazo.
—Estámpalo en esta pared donde te apetezca. —Señaló una amplia extensión de vigas y pladur—. Ya hemos quitado todas las tuberías y la instalación eléctrica.
Me quedé ahí plantada un segundo, asimilándolo todo.
Nunca me había sentido cómoda ante la fuerza y la violencia, y menos después de mi relación con Brendan.
Pero era consciente de que necesitaba empezar a soltar la fealdad que hervía en mi interior; tenía que deshacerme de ella antes de que me consumiera entera.
Entré en acción antes de que pudiera pensarlo dos veces y moví el mazo con toda la fuerza que pude aunar. Acabó estrellándose con un feroz golpe contra una viga, que se agrietó y se astilló.
Noté cómo aumentaba el poder en mi interior a medida que el enfado y el miedo, que durante tanto tiempo había contenido, se manifestaban a través de los movimientos de mis articulaciones.
Volví a empotrar el mazo contra la pared de madera una y otra vez hasta que conseguí echar toda la viga abajo.
Fui avanzando viga tras viga hasta que me dolieron los brazos y tuve dificultades para respirar correctamente.
Fui volviendo en mí, despacio, y me giré para buscar a Shep.
Él me sonrió pletórico.
—¿Cómo te sientes? —se interesó.
Tuve que pararme a pensarlo un segundo y me quedé estupefacta.
—De maravilla —admití.
Aunque no era solo eso. También estaba el hecho de que Shep estuviese aquí por mí. Escuchándome sin juzgarme. Intentando entenderme y ayudarme.
Como no me anduviese con cuidado, podría enamorarme de un hombre como Shepard Colson. Aunque no tenía claro que el sentimiento fuese a ser mutuo. Y menos si lo descubría todo.