Capítulo veinte. Shep
Capítulo veinte
Shep
Thea palideció de golpe. Me odié a mí mismo por haber sido yo quien le había provocado dicha reacción, pero no pensaba dejar que me apartase de su vida. Que le pegara portazo a algo que yo tenía clarísimo que había sido un milagro para los dos.
Sin embargo, el color le volvió a la cara, vivo, con la misma rapidez con la que le había desaparecido. Las mejillas se le tiñeron de rojo y le ardió la mirada.
—¿Me has investigado? ¿Le has pedido a tu amigo el exagente del FBI que analizara mis huellas dactilares o algo parecido?
—No. —Hice todo cuanto pude por mantener una voz calmada y neutral—. Te he visto mirando la revista. Me he dado cuenta de que te ha afectado. Y quería saber por qué.
—¿¡Y en algún momento se te ha pasado por la cabeza que no es asunto tuyo!?
—Me preocupo por ti, Thea.
Al oír eso, las lágrimas le inundaron los ojos y aportaron brillo a ese color marrón.
—No puedes.
—Demasiado tarde —respondí, dando un paso hacia ella.
Thea retrocedió otros dos y sacudió la cabeza con brío.
—No puedes preocuparte por mí. No puedes inmiscuirte tanto en mi vida. No puedes.
—¿Qué pasa si me preocupo? ¿Qué sucede si lo hago?
Se me quedó mirando y las lágrimas fueron resbalándole por las mejillas.
—Que me odiarás.
Me quedé petrificado. Fue como si el corazón me hubiese dejado de latir para luego rompérseme. Y entonces ya no pude evitar moverme. Acorté el espacio que nos separaba con cuatro grandes zancadas.
Le coloqué la mano en la mandíbula para envolverle la cara.
—Absolutamente nada de lo que puedas decirme hará que cambie la forma en que te veo. Lo único que pasará es que sabré lo fuerte que eres para haber superado todo esto.
Se le escapó un sollozo y no pude contenerme.
La envolví en un abrazo y la acuné mientras ella gimoteaba, temblando.
Jamás habría pensado que alguien con una figura tan delicada pudiese agitarse con tanta fuerza.
Pero no debería de haberme sorprendido. Thea era fuerte como la que más.
Más fuerte que cualquier persona a quien yo hubiese conocido en toda mi vida.
La sujeté mientras lloraba y cada sollozo que se le escapaba a ella me agrietaba un poco más el corazón. Pero aguanté porque sabía que Thea tenía que soltarlo todo.
—N-no lo sabes. No querrás tener nada que ver conmigo.
La cogí en brazos y rodeé la casa para subir por la terraza trasera, donde tenía esa chaise longue . Me senté sin dejar de acunarla en ningún momento.
—Ponme a prueba —le susurré con la boca pegada a su cuello.
Thea negó con la cabeza pero la hundió en mí.
—No quiero que me veas con otros ojos.
Le acaricié la espalda con una mano y el pelo con la otra.
—¿Has asesinado a alguien a sangre fría? —quise saber.
—No —contestó en voz muy baja.
—¿Has robado a algún anciano?
—No.
—¿Le has hecho daño a algún cachorro?
—Claro que no —respondió con un hilo de voz prácticamente inaudible.
—Entonces no te veré con otros ojos.
Al oír eso, se separó y me buscó la mirada.
—Eso no lo sabes.
—No lo sabes tú. No lo sabrás hasta que lo intentes. —Entrelacé los dedos con los suyos—. Dijiste que confiabas en mí.
—Confío en ti más que en cualquier otra persona. Aparte de Nikki, mi mejor amiga.
Que Thea mencionase el nombre de alguien de quien no la había oído hablar hasta ahora ya era algo. Estaba dándome un pedacito de su pasado.
—Gracias —susurré. Thea volvió a mirarme, pero no hizo ademán alguno de hablar—. ¿Te hizo daño? ¿Él?
Casi no pude ni soportar el simple hecho de tener que pronunciar esas palabras en voz alta. Como me contestase afirmativamente, no sabía si sería capaz de contenerme y no ir a por Brendan para demostrarle lo que era el dolor de verdad. Al traste con las consecuencias.
—Nunca me pegó. Jamás me puso la mano encima estando enfadado. Nada de moratones ni de huesos rotos; nada de pruebas.
Fruncí el ceño.
—¿Nada de pruebas? —pregunté.
Thea se irguió del todo, separó su mano de la mía y se apartó el pelo de la cara. Pensé que se estaba preparando para salir por patas, pero, en lugar de eso, se acercó las rodillas al pecho y se abrazó con fuerza.
—Antes, yo trabajaba para una ONG. El proyecto de alfabetización. Me encantaba; ayudaba a la gente a descubrir su amor por la lectura y a que adquiriera las habilidades necesarias para encontrar un buen trabajo.
Cuadraba. Thea era de las que ayudaban. Ya fuese acogiendo gatos sin hogar, echándole un cable a una niña que no sabía qué cupcake elegir o escuchando a una mujer de edad avanzada que necesitaba una amiga.
Y cuando anoche me abrió las puertas de su casa, descubrí que tenía montones de libros apilados por todas partes.
Desde volúmenes sobre el cultivo de hongos hasta thrillers góticos, pasando por un sinfín de novelas románticas.
—Fue ahí donde conocí a Brendan. —Se agarró las piernas con tanta fuerza que le quedaron los nudillos totalmente blancos—.
Vino a leerles un cuento a algunos de los niños.
Se mostró amable y encantador. Al terminar, cuando me preguntó si quería ir a tomar un café con él, me quedé en shock ; me sentí halagada.
Me dio un vuelco el estómago, consciente de que la historia no acababa bien.
—Deberían haberme saltado las alarmas al ver que iba tan deprisa.
Del café pasamos a que Brendan me invitase a cenar y, a la mañana siguiente, se presentó en mi apartamento con el desayuno.
Quería acaparar todo mi tiempo. Incluso hizo broma diciendo que le molestaba que yo tuviese que ir a trabajar, pero me pareció tierno.
—Thea tragó saliva con fuerza—. Enseguida empezamos a pasar todas las noches juntos.
Si me apetecía quedar con Nikki o con el resto de nuestras amigas, Brendan hacía mohínes.
Nikki lo caló antes que yo. Supo que la cosa iría por el mal camino.
—¿Y cuál fue ese mal camino? —le pregunté con una voz que a duras penas reconocí, desprovista de emoción alguna.
—Paranoia, supongo. Aunque, en parte, sigo preguntándome por qué.
—¿Qué tipo de paranoia?
Thea arrugó los labios y los apretó con fuerza.
—Se obsesionó a más no poder con mi pasado.
Me entró un escalofrío y una sensación que no me gustaba nada echó raíces en mi interior, muy hondo.
—En tu pasado, ¿en qué sentido?
—Quería saber con qué chicos había salido y estar al tanto de cualquiera con quien hubiese compartido algún mínimo de intimidad.
—Rio por lo bajo—. Tampoco es que la lista fuese muy larga.
Me pasé toda la carrera y el máster trabajando.
Tuve más bien poco tiempo para citas o para salir de fiesta. Pero él quería saberlo todo.
Guardé silencio un minuto y la escuché. Comparar cuántos ligues había tenido cada miembro de una pareja ya era arriesgado de por sí, pero me daba la impresión de que esto era todavía peor.
Thea tomó una profunda bocanada de aire.
—Empezó a presionarme para que le diese más detalles.
Quiso que le hiciera una lista. De todas las personas a quienes había besado.
De cualquiera que hubiese visto otras partes de mi cuerpo.
De todos los chicos con quienes había practicado sexo oral.
De todos con los que me había acostado. —Fue balanceando las rodillas hacia delante y hacia atrás, como si intentara tranquilizarse—.
Pensaba que, si se lo decía, vería que no tenía nada que esconderle. Pero no le bastó.
Me agarré a los laterales de la chaise longue mientras trataba, como buenamente podía, de mantener la respiración a raya.
—Quería saber dónde. Con quién. Quería una lista completa de nombres. De detalles. Quería que le prometiese que no volvería a hablar con ninguna de esas personas nunca más.
Me mordí el interior de la mejilla con fuerza.
—Nadie tiene derecho a esa información, Thea. Absolutamente nadie, joder.
Su mirada chocó con la mía.
—No sé... Me dijo que tenía que saber qué podían echarle en cara porque como tenía a tanta gente pendiente de él... Y luego me comentó que si no se lo decía era porque intentaba ocultarle algo. Manipularlo. Pero cuando accedí a ello...
—¿Qué hizo?
Thea empezó a temblar de los pies a la cabeza y yo tuve que echar mano de todas mis fuerzas por no volver a abrazarla.
—Empezó a beber más aún. A empastillarse. Me despertaba en mitad de la noche, gritándome. Exigiéndome que le confesara qué había hecho, dónde y con quién. Buscaba fotos de la casa de algún ex y procedía a señalar varias habitaciones y a preguntarme si me lo había tirado en un sitio o en otro.
—Thea —grazné.
Las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas, pero no hizo ningún gesto para secárselas. Tal vez ni siquiera se había percatado de que estaba llorando otra vez.
—Empezó a exigirme que le dijera dónde estaba en todo momento.
Si me iba al gimnasio, me llamaba antes y después.
Me preguntaba si se me había acercado algún chico para hablar.
Si me apetecía ir a casa de Nikki, me exigía que le diese un motivo.
También quería saber qué hacíamos para que él no pudiese venir, si es que le estaba mintiendo y en realidad íbamos a salir de fiesta, cómo me había vestido...
—Se agarró las piernas con más fuerza—. Y, cuando se iba de rodaje, era todavía peor.
Pensé que la distancia nos vendría bien.
Pero estaba tan equivocada... Si cenaba con Nikki, me acusaba de no priorizar nuestra relación porque a lo mejor le apetecía llamarme a esa hora.
Ni siquiera quiso que fuera a un evento benéfico para recaudar fondos que organizó la ONG para la que trabajaba.
Cada vez que inhalaba aire, me daba la sensación de estar respirando llamas. La ira que se arremolinaba en mi interior iba enroscándose cual serpiente, arremetiendo contra toda información que me fuese llegando.
—Así que, poco a poco, dejé de hacerlo. Todo.
Fue como si yo hubiese desaparecido y ya.
Iba a trabajar, regresaba a casa y hacía de tripas corazón para cuando me llamase.
A veces, era una llamada sin más, tan normal y corriente que me preguntaba si no me habría imaginado el resto.
—Suspiró temblorosa—. Aunque solía llamarme más bien en mitad de la noche.
Gritando iracundo. Dejé de dormir porque, cuando no me despertaba él, me iba mentalizando a la espera de que lo hiciese.
Y nunca, jamás, me planteé no cogerle el teléfono.
Al fijarme en que estaba hablando con un hilo de voz, se me encogió el estómago.
—Pero, en cierto modo, las otras llamadas eran peores. Esas en las que era amable y me alababa. Y yo me lo tragaba todo. —Las lágrimas empezaron a brotarle más deprisa—. Qué vergüenza... Vivía por y para esas migajas.
—Porque te adoctrinó —señalé en voz baja.
Thea levantó de repente su oscura mirada color café hacia mí, como si acabase de reparar en mi presencia.
—Es un ciclo. Primero, viene lo bueno y luego llegan las bofetadas —argumenté.
Yo mismo había descubierto cómo funcionaba eso del maltrato en una de las familias de acogida. Había presenciado lo peor de lo peor. Había comprendido que las heridas que más tardaban en sanar eran las mentales, no las físicas.
A Thea empezaron a gotearle las lágrimas por la barbilla, manchándole el mono a la altura de las piernas a su vez.
—Nunca me pegó.
—Si crees que no fue maltrato porque en ningún momento te puso la mano encima, te equivocas de medio a medio. Te aisló, te alejó de tu red de apoyo. No te dejaba dormir, te traicionó. Y estoy seguro de que todavía hay más que te estás callando.
Desvió la vista hacia un lateral. Joder... Sí, la cosa había ido a peor.
—No hace falta que me lo cuentes todo. —Por más que sintiera la necesidad de saber hasta el más mínimo detalle, no iba a ser un monstruo como el tío con el que había estado antes. Dejaría que Thea me lo contara cuando estuviese lista—. Pero, si quieres, estoy aquí. Siempre lo estaré.
—Aguanté demasiado tiempo —susurró ella—. Ahora ni siquiera sabría justificarlo. Es como si, poco a poco, hubiese ido perdiendo la cabeza. Estaba tan agotada y aterrada que ni siquiera fui capaz de tomar decisiones inteligentes.
Alargué el brazo y entrelacé los dedos con los suyos.
—Pero te fuiste.
Thea asintió con la cabeza.
—Sí, me fui.
—Estás huyendo de él.
No era una pregunta, pero Thea respondió sin pensárselo:
—Nikki me ayudó. Su hermano es contable. Preparamos un fideicomiso tras el cual pudiera esconderme. Lo utilicé para comprar esta casa. Y para pagar la hipoteca y el seguro del coche. Todo lo demás, lo pago en efectivo. No tengo teléfono, ordenador ni nada que se pueda rastrear.
—Puedes tener todo eso de otra forma. Hay maneras de proteger...
—No —sentenció con firmeza—. No lo conoces. Tiene contactos en todas partes. Gente dispuesta a todo y más con tal de darle lo que quiere. Tiene buena mano para los ordenadores y la tecnología. Aprendió a hackear e-mails y sistemas enteros él solo.
Noté un peso en el estómago. Sabía de otra persona que tenía mano para los ordenadores. Silas. El psicópata que había ido a por Rhodes y a por Anson. Joder. Necesitaba saber qué opinaba Anson. Ver cómo creía que debíamos proteger a Thea.
—Vale —la tranquilicé apretándole los dedos con delicadeza—. Nada de tecnología.
Thea se liberó ligeramente de la tensión que la envolvía.
—¿No has vuelto a saber nada de él desde que llegaste aquí? —quise saber.
Ella negó con la cabeza.
—No. Nada de nada. Pero ese artículo, ese que me ha alterado tanto, informaba que estaba de rodaje a una hora de Sparrow Falls.
Apreté los dientes. Se encontraba demasiado cerca, hostia. Aunque también era una tentación descomunal. Porque no me costaría mucho enterarme de dónde rodaba exactamente y hacerle una visitilla al muy cabrón.
—No dará contigo. Y, aunque lo hiciera, tienes a gente a tu lado. Eres más fuerte y esta vez sabes la verdad.
Thea soltó el aire y le entró hipo.
—No sabes de todo lo que es capaz. Todo lo que se puede cargar.
Y entonces lo vi. Vi el miedo atroz que se escondía en los ojos de Thea. Brendan la aterraba.
—No te encontrará. Te lo prometo.
No respondió y supe que era porque no me creía. Debía demostrarle que iba en serio. Pero Thea ya había tenido suficiente por ahora. Estaba pálida y tenía los ojos rojos.
—¿Me acompañarías a un sitio? —le pregunté.
Ella arrugó la frente con el rostro lleno de escepticismo.
—¿Adónde?
¿Cómo no? Necesitaba saberlo todo.
—Será más divertido si no te lo digo.
Lo meditó un segundo.
—¿Confías en mí? —le pregunté.
He aquí la pregunta del millón. Anoche había confiado en mí, pero ahora las cosas habían cambiado.
Clavó sus ojos en los míos e inhaló entre dientes.
—Confío en ti —contestó.
Dios, era el mejor regalo del mundo.