Capítulo diecinueve. Thea
Capítulo diecinueve
Thea
Fui avanzando por el invernadero, pasando los dedos por las plantas.
Me enorgullecía muchísimo del pequeño paraíso que había creado.
Hacía que me sintiera realizada; algo que tan desesperadamente necesitaba.
Hacer algo útil después de que alguien se hubiese pasado años desacreditándome, haciéndome sentir como una fracasada en todos los aspectos habidos y por haber, era un alivio.
Noté cómo se instalaba un nudo en mi garganta e iba creciendo con cada planta que dejaba atrás.
El hogar que había construido aquí era el retiro perfecto; un lugar donde por fin podía sentirme a salvo.
Pero debería haber sabido que Brendan también me arrebataría esto.
Porque mi huida siempre había sido frágil, en el mejor de los casos, y tan delicada que una fuerte brisa podría cargársela en un santiamén.
Durante la pausa, le pregunté a Sutton si podía utilizar el ordenador que tenía en su despacho y busqué la productora para la que trabajaba mi ex.
Estaba a menos de una hora de aquí y llevaba tres semanas rodando una película de época sobre los pioneros de estas tierras.
Había empezado a comentarse por ahí que esta era la oportunidad de Brendan para conseguir un Oscar y la gente gritaba a pleno pulmón que ya iba siendo hora.
Contuve las lágrimas y noté que se me revolvían las tripas.
El destino no podía tener peor capricho que enseñarte a gente animando a la persona que tanto te había atormentado.
Elogiándolo y llamándolo «generoso» y «buena persona» cuando no había hecho más que traicionarme sin parar.
Me había machacado con cada fracaso y me había acusado de las acciones más retorcidas del mundo, todas fruto de su imaginación.
A pesar de estar a treinta y pico grados, sentí un escalofrío. Me dejé caer en el suelo, envuelta por las plantas, me acerqué las rodillas al pecho y me abracé. Necesitaba sentir esa presión, como si así pudiera evitar que se me partiera el corazón en un millón de pedazos.
A veces aún oía la voz de Brendan en mi cabeza. Sus despiadadas burlas y sus crueles acusaciones.
¿En serio te vas a comer eso? ¿O sea, que tu ex estuvo con la versión delgada de ti y a mí me toca la gorda?
He visto cómo lo mirabas. Es tu tipo, ¿no? Esperabas que el tío te llevase al final del pasillo y te la metiera, ¿a que sí?
Eres una zorra de mierda. Ojalá hubiese sabido cómo eras de verdad cuando nos conocimos. Pero ahora ya es demasiado tarde. Me has arruinado la puta vida.
Y los sonidos que acompañaban cada una de esas frases. Un vaso rompiéndose al impactar contra la pared. Un grito que era más animal que humano justo en mi cara. Una mesa que se estampaba contra el suelo de mármol después de que él le diese la vuelta.
Una única lágrima me resbaló mejilla abajo y, al caer, oscureció el color caramelo del mono que llevaba puesto. Me quedé mirando cómo se dilataba la mancha en cuestión, contagiando los hilos a su alrededor al igual que las palabras de Brendan me habían contaminado el cerebro a mí.
Aunque luego siempre tenía palabras dulces, por más vacías que fueran. Disculpas. Promesas.
Selly... Lo siento muchísimo. Ya sabes que soy un desastre. No te merezco. Debería dejarte hacer tu vida, pero no sé qué haría sin ti. Dudo que pudiera sobrevivir.
En cuanto visualicé la cara de Brendan, las náuseas volvieron a mí. La angustia, el dolor. ¿O acaso había sido todo una farsa?
No tenía ni idea. Porque estar con él había sido como ir perdiendo la cabeza lentamente. Había tardado meses en recuperarme. Más de un año en apreciar lo muy jodida que era nuestra relación.
Sin embargo, había momentos, acompañada por las sombras de la noche, en los que una diminuta parte de mí empezaba a dudar.
¿Y si era tal y como decía Brendan? ¿Ni que fuera un poquito?
La mente me iba a mil por hora mientras intentaba discernir qué era cierto y qué no.
¿En serio había mirado demasiado rato al camarero cuando le había dado las gracias por la comida?
¿Realmente había mostrado tanto interés en el trabajo del amigo de Brendan sobre iniciativas contra la malaria en África?
Me agarré las piernas ejerciendo tanta fuerza con los dedos que incluso me clavé las uñas por encima del mono.
—Eres buena persona —me susurré—. No eres perfecta, pero intentas ser amable. Te esfuerzas por hacer lo correcto. No eres mala.
Fui repitiéndome esas afirmaciones hasta que conseguí calmar mi corazón y ralentizar la respiración. Pero estaba agotada. Exhausta de pelearme con ese fantasma que no parecía dejarme ni a sol ni a sombra. Y me preguntaba si me abandonaría alguna vez.
El sonido de unos neumáticos avanzando por la gravilla se coló a través de la puerta del invernadero, que seguía abierta.
Permanecí quieta un segundo. Dudaba que pudiese moverme.
Dudaba que hoy pudiese aunar las fuerzas necesarias para estar con Shep.
Veía su luz y amabilidad como todo aquello a lo que jamás podría optar.
A lo mejor eran cosas que yo ni siquiera merecía.
Me obligué a ponerme de pie y eché a andar hacia el exterior. A medida que iba caminando hacia la entrada, me imaginé añadiéndole una capa tras otra a mi máscara. Amabilidad, calma, relax. Nada fuera de lugar. Todo en el mismo punto de siempre.
Shep bajó de la camioneta y la pintura plateada del vehículo centelleó bajo la luz del sol de última hora de la tarde. Todo tan perfectamente impecable... como siempre. Y completamente opuesto al monstruo sucio y enrevesado que habitaba en mi interior.
Shep me dedicó una de sus naturales sonrisas, que fue haciéndose más amplia mientras caminaba. Con cada paso que daba, aquella camiseta blanca se le tensaba más y más a la altura del pecho.
—Buenas, Astilla.
Me obligué a sonreír.
—Hola. Hoy voy un pelín tarde. Todavía tengo que preparar la cena. Creo que voy a traerte la comida y luego volveré al escritorio. Le he dicho a Duncan que le prepararía un proyecto de diseño y quiero ponerme cuanto antes. Es una oportunidad superbue...
—Thea —me cortó agarrándome la mano. Shep era tierno y fuerte y bueno—. ¿Qué ocurre?
Me zafé de su agarre y noté que me escocían los ojos. No podía gestionar lo que suponía sentir a Shep con todo su esplendor. Un esplendor que nunca sería mío porque mi mente tergiversaría todo lo que compartiera conmigo. Y lo arruinaría. Puede que incluso le arruinase la vida a él.
—Nada. Es solo que tengo un montón de cosas por hacer. Si necesitas algo, avísame. Estaré en la cocina.
Eché a andar hacia mi casa. Shep ya sabría qué hacer. A lo mejor se daría cuenta de que yo era una zorra lunática y se marcharía. Probablemente fuera lo mejor.
—¿Es por Brendan Boseman?
Me quedé helada. Noté cómo me rugía la sangre en los oídos y se me aceleró el pulso. Me giré despacio.
—¿Qué has dicho?
El dolor inundó los ojos color ámbar de Shep.
—Lo sé, Thea.
Y ahí fue cuando mi mundo se derrumbó por completo.