Capítulo dieciocho. Shep
Capítulo dieciocho
Shep
Me sonó el móvil en el mismo instante en el que Anson y yo bajábamos de la camioneta. Cogí el aparato del bolsillo y miré lo que aparecía en la pantalla.
Nombre del grupo cambiado a «Podría haber sido un e-mail »
Cope: Shep, has exorcizado ya la casa?
Reí por lo bajo mientras respondía.
Yo: No, pero tampoco he avistado ningún fantasma
Fallon: Cómo vas a verlos si nunca has ido de noche?
Yo: Ahora eres una experta en embrujos?
Rhodes: Ha visto Supernatural tres veces, como mínimo
Fallon: Más bien cinco. Cuando os encontréis delante de algún espectro malhumorado, veréis cómo me pedís ayuda
Sacudí la cabeza y silencié el teléfono antes de volver a guardármelo en el bolsillo.
Un par de turistas nos aguantaron la puerta de La Mezcla para que pasáramos con Anson.
Nada más entrar, nos recibieron unos aromas increíbles y se me hizo la boca agua.
No obstante, ni siquiera el estómago pudo distraerme de mi único objetivo.
Paseé la vista por el espacio hasta detenerla en una melena color caoba.
Hoy, Thea llevaba el pelo suelto y unas gruesas ondas le caían por encima de los hombros.
Yo ya estaba caminando hacia ella, como si alguna especie de hilo invisible tirase de mí.
Sin embargo, a medida que iba aproximándome, me di cuenta de que estaba ahí de pie, petrificada y con la vista clavada en algo que había encima de la mesa.
—Hey —la saludé.
A pesar de que no alcé la voz, Thea se sobresaltó y desvió la vista hacia mí de repente.
—Shep.
Observé atentamente su cara. La vi pálida y me percaté de que le temblaban muy sutilmente las manos. No pude evitar acercarme un poco más.
—¿Te encuentras bien?
Ella se obligó a sonreír.
—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?
—Estabas petrificada. Y estás pálida. —El enfado se me arremolinó en las entrañas—. ¿Ha venido Russ? ¿Ha vuelto a molestarte?
Thea se apresuró a negar con la cabeza y respondió:
—No, nada de eso. Es solo que no he dormido bien. Y ahora estaba empanada.
Un puño invisible me estrujó el esternón. Thea no había dormido bien porque Russ la había incomodado. El mero hecho de saberlo me llevó a apretar los dientes.
—Tal vez deberías terminar antes. Vete a casa y descansa.
La sonrisa que esbozó en esta ocasión fue más genuina.
—Pareces Sutton —comentó.
—Está claro que Sutton es un genio y deberías escucharla.
Thea rio.
—Lo pensaré. —En ese momento, alargó la mano que tenía libre y me la apoyó en el antebrazo—. Estoy bien, en serio. Pero gracias por preocuparte.
Ese roce me abrasó la piel de la mejor forma posible, marcándome.
Jamás daría por sentada cualquier toma de contacto que iniciara Thea.
Cualquier ocasión en la que me buscara. Y ese calor, junto con el hecho de comprobar que cada vez se sentía más cómoda conmigo, que confiaba en mí, fueron como un preciadísimo regalo.
Algo que no cambiaría ni por todo el dinero del mundo.
Las palabras de Thea retumbaron en mi mente: «Vales». Y ella hacía que lo creyera. Puede que por primera vez en toda mi vida.
Apartó la mano y enseguida eché de menos su tacto. Ya no solo por el calor, sino por la conexión. Por esa vibrante energía que corría entre nosotros.
Desvió la vista hacia mis espaldas y dijo:
—Buenas, Anson. ¿Qué tal?
—Bien. ¿Y tú?
—Todo bien. ¿Habéis venido a comer? —preguntó Thea.
Asentí.
—No me vendría mal uno de esos bocadillos de queso fundido con espinacas y alcachofas —contesté.
Thea sonrió y le centellearon sus profundos ojos marrones.
—Uno de mis favoritos. Venga, que os tomo nota.
Caminó entre las mesas atiborradas de gente, rodeó el expositor de pastas y se colocó frente a nosotros, al otro lado del mostrador. Sutton levantó la vista de la caja de pastas que estaba preparando.
—Hola, chicos. ¿Cómo vais?
—A punto de que nos vaya mejor —respondí con una sonrisa.
Sutton rio.
—Me encanta alegrarle el día a la gente.
Thea le dio unos golpecitos a la tablet y levantó la vista. Seguía con la cara pálida, pero consiguió dibujar una sonrisa.
—Un buen sándwich de queso. ¿Y para ti, Anson?
Observé a mi amigo y vi que estaba muy pendiente de Thea. Sabía que su mirada no tenía ningún componente sexual. Estaba intentando descifrarla. Aun así, unos diminutos celos se abrieron paso en mi interior; era algo a lo que estaba tan poco acostumbrado que me acojoné. Los celos no iban conmigo.
—Un bocadillo de ensalada de pollo y un Arnold Palmer —dijo él con tono neutro.
—¿Algo para beber? —me preguntó Thea.
—Una limonada. Ahora ya me has acostumbrado.
Thea se sonrojó y aquel tono rosado le devolvió ese saludable brillo a su rostro.
—¿Os lo pongo para tomar aquí o para llevar?
Miré la hora en la muñeca. Por más que me hubiese encantado poder quedarme y verla trabajar, era consciente de que hoy Anson y yo íbamos contrarreloj. Y más si quería empezar con la demolición en casa de Thea a última hora de la tarde.
—Para llevar, mejor.
—Hecho. Os pongo unas galletitas. Invita la casa —dijo ella mientras entraba en acción para ir cogiéndolo todo.
—Una monster cookie no estaría mal —comentó Anson.
Thea curvó los labios.
—Es bueno saber cuál es tu debilidad.
Como no teníamos a nadie detrás, me quedé mirando a Thea mientras le pasaba nuestro pedido a Walter, el cocinero, y se ponía a preparar las bebidas y las galletas.
Tanto ella como Sutton se movieron en una especie de baile sincronizado que evidenciaba la rutina que habían adoptado a lo largo de los últimos meses.
Sin embargo, solo aparté los ojos de Thea unos segundos.
—Dios, estás pilladísimo —musitó Anson.
Desvié de golpe la vista hacia él.
—Mira quién habla. Mi hermana te tiene bien agarrado por los cojones.
Anson soltó una risa.
—Justo como a mí me gusta.
Hice una mueca.
—Puaj. No tengo ninguna necesidad de saber nada sobre vuestra vida sexual.
—El que ha sacado el tema has sido tú.
—Qué va. Tío, que estoy a punto de comer.
A Anson se le ensanchó la sonrisa.
—Vale, vale. ¿Ya sabe lo que sientes?
Me retorcí, un poco incómodo.
—Sabe que me parece guapa. Pero no he cruzado ese límite. No quiero presionarla. Y menos cuando...
Anson bajó la voz y terminó la frase por mí:
—Cuando no sabes por lo que ha pasado.
Asentí. Desconocía a qué batallas había tenido que enfrentarse Thea; solo sabía que no había sido nada agradable. Lo último que deseaba yo era traerle malos recuerdos.
Anson me dio una palmada en el hombro y afirmó:
—Tiene suerte de tenerte a su lado.
Yo estaba convencido de que había alguien mejor para Thea. Alguien que mereciera estar con ella más que yo. Pero era demasiado egoísta como para hacerme a un lado y dejar que Thea encontrase a ese alguien. Y haría todo lo que estuviera en mis manos por convertirme en el hombre que le convenía.
—Aquí tenéis —dijo ella saliendo del mostrador—. He puesto un par de monster cookies , una de brownie , una snickerdoodle y un cortadito de limón.
—Coma diabético en tres, dos, uno... —bromeé sonriendo y moviendo la cabeza.
Thea me tendió la bolsa y la sutil forma en que le temblaba el brazo no me pasó desapercibida. Cuando nuestros dedos se rozaron, clavé la vista justo en ese punto.
—Seguro que lo quemáis todo en el trabajo esta tarde —respondió ella, sonriente.
Me preocupé sobremanera al ver lo bien que escondía dicho miedo.
—Gracias —contesté con cierta aspereza en la voz.
Thea bajó la mirada hasta mi boca, como si estuviese buscando la procedencia del sonido en cuestión. Tragó saliva y volvió a mirarme a los ojos.
—De nada. —Guardó silencio un par de segundos—. ¿Nos vemos por la noche?
La cadencia esperanzadora de sus palabras me alivió. Daba igual lo que hubiese ocurrido; no había sido suficiente para que Thea se alejara de mí.
—Ahí estaré.
—Hoy preparo yo la cena —anunció con un tono serio, a lo profesora.
—Pero he...
Thea negó con la cabeza.
—Como no nos comamos algo del invernadero, va a explotar.
—De acuerdo —cedí—. Pero yo lavo los platos.
—Hecho. Hasta luego.
Dios, qué ganas tenía de tocarla. Quería besarla aquí, en medio de la panadería, por más que eso fuera a convertirnos en la comidilla del pueblo. Pero me contuve.
—Nos vemos.
—Hasta otra, Anson.
—Chao, Thea —respondió él, tirando de mí por detrás de la camiseta—. Vámonos antes de que se te empiece a caer la baba.
Le pegué un empujón mientras salíamos de la panadería.
—Serás capullo...
—Nada que no supiéramos ya —respondió Anson, caminando hacia su camioneta y abriéndola con el mando.
Subí y dejé la comida a mis pies.
En cuanto Anson se hubo sentado, me pasó una revista.
—Thea estaba mirando esto. La portada. Puede que no sea nada. O puede que sea una pista.
Bajé la vista hacia ese reluciente papel. Era prensa rosa. La misma con la que tan obsesionada estaba Mara. Estudié los distintos titulares en un intento por descubrir qué podía haber asustado a Thea.
Se mencionaba el divorcio de unos famosos; un escándalo porque alguien había engañado a su pareja; una boda, y la noticia principal, que giraba alrededor de un chico al que reconocía de un sinfín de películas y series de televisión.
—¿El escándalo de los cuernos, tal vez?
—No sé yo... —musitó Anson mientras arrancaba el motor—. Dudo que unos cuernos fueran a dejarla helada de esa manera.
Pero era lo que había ocurrido. Cuando entramos en la panadería, Thea estaba más blanca que el papel.
Estudié más detenidamente la revista mientras trataba de atar cabos, pero yo carecía de la capacidad que tenía Anson para analizar el cerebro humano.
—A lo mejor alguna de estas personas le recuerda algo.
—Podría ser. Busca a la gente en Google. Y ve leyendo lo que encuentres.
Saqué el móvil y fui buscando a la gente que se mencionaba en la portada en el sentido de las agujas del reloj, empezando por la pareja del reality televisivo. El tío le había puesto los cuernos a la mujer con la mejor amiga de esta. Encontré varios titulares sobre ambos y los fui leyendo.
—Hummm —musitó Anson—. Puede, pero no lo veo.
Acto seguido, pasé al titular principal.
Ese en el que salía una estrella de cine que enlazaba un proyecto benéfico con otro.
Cuando escribí su nombre, solo aparecieron artículos en los que se enumeraban los muchos elogios que recibía el chico en cuestión.
No tenía nada que ver con la pareja del reality .
Pero hubo una noticia que me llamó la atención:
brENDAN, CON EL CORAZÓN ROTO
El titular en cuestión tenía algo que me llevó a entrar en el enlace.
Tras años de relación, el romance entre Brendan Boseman y su novia, Selena Stewart, ha llegado a su fin.
A pesar de que eran una pareja notoriamente discreta, nos encantaban los pequeños guiños de su historia de amor, al más puro estilo Cenicienta.
Sin embargo, las malas lenguas dicen que a Cenicienta se le iba la vista y que le rompió el corazón al pobre Brendan.
Centré mi atención en la foto y todo cuanto me rodeaba se volvió borroso.
De no ser porque ya había memorizado hasta el más mínimo detalle del rostro de Thea, no la habría reconocido jamás.
En esta foto, en la que se los veía a los dos agarrados de la mano, ella tenía el pelo rubio.
Y los ojos verdes. A pesar de que hubiesen sacado la instantánea a cierta distancia, distinguí una mirada apagada, casi desolada.
Aun así, el puente de la nariz era el mismo.
Y ahí estaba esa diminuta peca justo debajo del ojo.
—Para —grazné.
—¿Qué? —preguntó Anson, girando la cara hacia mí de repente.
—Para.
Anson detuvo el vehículo en la cuneta y le pasé el móvil.
—Es ella —dije con una voz que a duras penas reconocí.
Anson examinó la imagen largo y tendido y, acto seguido, me miró y señaló:
—Está huyendo.
De eso ya me había dado cuenta. Era imposible que no hubiese estado huyendo. Pero ahora sabía de quién. De una de las personas más famosas del planeta.