Escapar contigo (Sparrow Falls 2) Capítulo diecisiete. Thea
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Capítulo diecisiete. Thea

Capítulo diecisiete

Thea

El sutil sonido de una canción de country permeaba el aire mientras yo iba de una mesa a la otra, asegurándome de que todo el mundo tuviese el vaso lleno y recogiendo los que estaban vacíos.

Estábamos en pleno apogeo de la hora del almuerzo y no es que yo estuviese activa como la que más, precisamente.

Anoche, el sueño no fue mi aliado. Tuve una pesadilla a eso de las tres de la madrugada, lo cual no debería de haberme sorprendido. El día anterior había sido una prueba tras otra.

Me acordé de algo que había leído en un libro acerca del síndrome de estrés postraumático. «Hechos, no sentimientos». Los sentimientos eran siempre justificables, pero teníamos que encuadrarlos en hechos.

Tenía miedo. Aquel encontronazo con Russ había provocado que un montón de traumas que aún no había superado aflorasen de nuevo. Pero los hechos eran los siguientes: estaba a salvo, Brendan no tenía ni idea de dónde me encontraba y Russ no era más que un acosador cruel.

Así que me centré en lo bueno. En el aquí y el ahora. Fui hacia una mesa de turistas que estaban estudiando una guía.

—¿Desean beber algo más?

El hombre alzó la vista, sonrió y respondió:

—Disculpa, estábamos en pleno debate de montañismo.

—No se preocupe —lo tranquilicé.

La mujer levantó la taza de café y dijo:

—A mí no me importaría tomarme otro.

—¿Descafeinado o normal?

—Normal, por favor.

—Enseguida se lo traigo.

—Ya que estamos... —Me detuvo el hombre—. No sabemos si subir a Castle Rock o si decantarnos por esta excursión, que lleva a una cascada. ¿Has hecho alguna de las dos?

Me incliné para echarle una ojeada a la guía y examinar ambas opciones.

—Ambas, pero les recomendaría ir al Paso Broken Ridge. Tiene cuatro cascadas distintas y ofrece unas vistas increíbles a Castle Rock. Son unos ocho kilómetros, más o menos.

La mujer me sonrió.

—Qué maravilla. Muchísimas gracias.

El hombre simplemente movió la cabeza y puntualizó:

—Por eso siempre hay que preguntar a los locales.

—Encantada de ayudarles —contesté.

Noté cómo se me colaba cierta calidez en las venas. Porque era «una local». Y, por primera vez, me sentí como si estuviese construyendo un hogar en Sparrow Falls.

Seguí avanzando entre la clientela, recogiendo vasos vacíos y recordándome mentalmente que tenía que llevarle el café a esa turista.

Me detuve en otra mesa y me obligué a sonreír.

Me sentía fatal porque Mara siempre había sido muy agradable conmigo; sin embargo, saber que compartía cierto pasado con Shep casi despertó el monstruo de los celos que habitaba en mi interior.

—Hola, Mara. ¿Puedo traerte algo más?

Ella alzó la mirada de la revista que estaba leyendo y, riéndose, se llevó una mano al pecho.

—Perdona, estaba en otra galaxia.

Ahora, mi sonrisa fue del todo natural.

—Creo que es el día —contesté.

Mara me devolvió la sonrisa.

—Viernes... Siempre se hacen cuesta arriba.

—Cierto. ¿Puedo traerte algo más?

La chica negó con la cabeza.

—Tengo que volver al trabajo, pero gracias. Esto era justo lo que necesitaba para resucitar en pleno viernes.

—Me alegra oírlo. Disfruta del fin de semana.

—Igualmente —respondió Mara mientras yo me acercaba a la siguiente mesa.

Terminé la ronda y me coloqué detrás del mostrador para rellenarle la taza de café a la turista.

Sutton se me acercó y bajó la voz para preguntarme:

—¿Vas bien? Si quieres, puedes terminar antes.

Pensaba que había camuflado bastante bien mi falta de sueño, pero, por lo visto, no lo había conseguido.

—¿Tantas ojeras tengo?

Sutton sonrió con cierta malicia.

—Si lo que quieres es disimularlas, tal vez te vendría bien un poco de mi supercorrector.

Me hizo gracia el comentario.

—Al menos estamos en las mismas.

Me dio un apretón en el brazo.

—¿Todo bien?

Me giré hacia ella.

—Sí, de verdad.

Y no era ninguna mentira. Anoche había dejado entrar a alguien en mi casa.

Y no a alguien cualquiera, justamente. A un hombre.

A uno que había vuelto a prender una llama que hacía años que no sentía dentro de mí.

Y no tuve miedo ni lo eché. Puede que me sintiese un poco incómoda, pero, a estas alturas, seguro que Shep ya estaba acostumbrado.

Durante un segundo, Sutton se fijó en mi rostro atentamente y, acto seguido, fue como si toda su cara irradiase luz solar.

—¡Ha pasado algo con Shep! —gritó.

Le tapé la boca de un manotazo.

—¡Chisssssst! —solté, roja como un tomate porque seguro que la había oído gritar media sala—. No ha pasado nada. Solo cenamos.

—¿En plan... cita? —preguntó, aunque mi mano acalló el sonido de su voz.

Bajé el brazo, todavía sonrojada como la que más.

—No. A ver, no lo sé. Es solo que, cada vez que viene a mi casa a trabajar, trae comida.

A Sutton empezó a centellearle la mirada.

—¿Te trae comida cada noche?

—No llores, por favor. Ya sabes que no aguanto las lágrimas.

Sutton sorbió por la nariz y agitó una mano justo delante de su cara.

—Vale, vale. Es que me alegro por ti. Te lo mereces.

—No ha pasado nada, Sutton.

Lo último que necesitaba era que Sutton le diera rienda suelta a la imaginación de su escurridizo y romántico corazón. Antes de que se acabase el día, ya nos habría casado.

Ella sonrió con más ganas.

—Puede que todavía no, pero pasará.

Me limité a mover la cabeza y me lavé las manos en un santiamén antes de coger la taza de café.

—Tengo que llevar esto a una mesa.

—¡Lo digo en serio! —gritó Sutton a mis espaldas.

No hice sino darme más prisa. Deposité el café en la mesa de los turistas y paseé la vista por la sala. Mara se había marchado, de modo que me dispuse a limpiar su mesa. Cogí el plato, coloqué la taza ya vacía justo encima y luego hice ademán de guardar la revista que se había dejado.

En cuanto mis ojos se toparon con aquella reluciente página, me quedé helada. Un frío glacial se adueñó de mí y empecé a sudar. El corazón me latió tan desbocado que parecía que alguien me lo estuviese estrujando con todas sus fuerzas.

El rostro que aparecía en la portada se me quedó mirando. Un rostro con una sonrisa perfectamente alineada y unos brillantes ojos azules. Unos que había visto brillar así para mí. Aunque hubiese sido todo mentira.

Desvié la vista hacia el titular. Lo que leí hizo que se me helara la sangre.

«El superhéroe favorito de Estados Unidos va a Oregón a rodar un wéstern».